Las chicas hacían su
propia guerra. Se paseaban ante los soldados, les hablaban, se
detenían para observarles, introducían flores en los cañones de
sus fusiles, les sonreían... algunas eran dulces y amables, genuinas
chicas "de las flores"; otras eran atrevidas, con aire
maduro y "picante" (...): se abrían las blusas, exhibían
un generoso escote, sonreían ante los ojos de los soldados, lanzaban
risas de vampiresa, luego carcajadas de buscona -más hondas, desde
el vientre- ante la impotencia de aquellos hombres en uniforme que no
podían dejar la formación para tomarlas. Los marshals, situados
detrás de los soldados, tensos como perros policía, iban de un lado
a otro del frente, miraban airadamente a los manifestantes, se daban
golpecitos en la mano con la porra, ansiosos por poner en práctica
sus modos específicos de acción.
De cuando en
cuando se producía una detención. Al parecer sin mucho sentido. Un
manifestante sentado, por ejemplo, tocaba accidentalmente a algún
soldado; el marshal más próximo lanzaba los brazos entre las
piernas del soldado, agarraba al manifestante, lo arrastraba hacia sí
a través del hueco; venía en su ayuda un segundo marshal, y -tras
un rápido empleo de sus porras- se llevaban al detenido al furgón o
camión. A lo largo de todo el día se habían producido detenciones
sin sentido. Al principio hubo un claro intento de limitar el número
de detenciones: luego, cuando un contingente de los Estudiantes para una Sociedad Democrática (ESD) tomó un lado de la
explanada, se produjo una ola de detenciones masivas; y, finalmente,
durante el largo lapso desde el atardecer hasta la medianoche, hubo
detenciones al azar, esporádicas y sin sentido.
Sin embargo, tal estrategia tenía un sentido, una suerte de hondo
sentido tecnológico: la técnica de evitar que surgieran mártires
en los disturbios. La esencia de esa técnica consiste en efectuar
detenciones al azar. El detenido, que no ha hecho nada en particular
en ningún sentido, se ve como una víctima o como un estúpido. Una
vez en libertad, sus amigos lo reciben como a un héroe. Pero es un
héroe que acaba por decepcionarles. Ahí reside en parte la
sabiduría técnica de las detenciones al azar. Se trata, además de
una técnica inquietante, pues ante ella no caben los preparativos
para protegerse, se hace inviable asumir gradualmente la posibilidad
de ser detenida,y proliferan sobremanera los rumores (las detenciones
al azar dan siempre una impresión de mayor brutalidad que las
detenciones más o menos lógicas; son, de hecho, más brutales).
En tales detenciones, sin embargo, se daba un elemento en absoluto
fortuito. El número de detenidos del sexo femenino era
extraordinariamente elevado en relación con el de los varones. Las
mujeres, además, eran golpeadas con saña en las detenciones. Dagmar
Wilson, líderes del Movimiento Femenino Pro Paz, fue tratada con mayor
brutalidad que cualquier otro notable del sexo masculino. Y no habría
de ser la única. Existen numerosos y sobrecogedores relatos de
testigos oculares que dan fe de la ferocidad con que marshals y
soldados se ensañaron con las mujeres. Examinemos, pues, tales
relatos.
Poco antes de medianoche, se convocó
a los periodistas a una conferencia de prensa -la última de la
jornada- en el interior del Pentágono. El secretario de Defensa se
había marchado a casa, las cámaras de televisión se habían
retirado de la escena. Se producía un paréntesis en la cobertura
informativa de los acontecimientos. Se trataba de un momento sin duda
previsto por los altos mandos militares. Nuevas columnas de soldados
salían ahora del edificio: los soldados de primera línea iban a ser
relevados. Los recién llegados eran veteranos del Vietnam. Había
veteranos en la explanada desde el anochecer, pero éstos parecían
especialmente adiestrados; mediaba un abismo entre ellos y la más
medrosa tropa de primera línea a comienzos de la tarde (aquella que
en la primera hora fue derrotada por los manifestantes en la
contienda de miradas). La fuerza conquistada entonces por los
manifestantes iba a ser sometida a prueba en un fuego distinto. Lo
que más tarde se conoció como la Batalla de la Cuña había
comenzado. Tengamos noticia de ella a través de unos retazos del
relato de la testigo ocular Margie Stamberg, aparecido en Free Press
(Washington):
Cuando
aparecieron los paracaidistas, con sus fusiles M-14, sus bayonetas y
sus porras y sus caras de piedra, los manifestantes pidieron ayuda a
través de los megáfonos a los que se hallaban en el Mall alrededor
de las hogueras.
Repárese en que la llamada a través de los megáfonos fue, al
parecer, inmediata. Cuán palpable debió de ser, pues, el súbito
cambio de ánimo en todos los presentes...
Se formó una sólida barrera (varias hileras yuxtapuestas) de
personas sentadas con los brazos enlazadas. Y entonces comenzó el
estrujamiento. Al principio vimos cómo gente de primera línea era
arrastrada hasta la retaguardia de la tropa y sacada de la escena. De
pronto, los soldados que cargaban en hileras simples formaron una
cuña en el lado derecho. Al parecer su táctica consistía en partir
en dos a los manifestantes y obligarles luego a retroceder. No se dio
explicación alguna de aquella súbita acción. Los furgones
celulares avanzaron, entre la tropa aparecieron soldados con
lanzaproyectiles de gases lacrimógenos; del parque a nuestra espalda
iban llegando refuerzos.
La cuña fue
adentrándose despacio entre la gente. Con las bayonetas y las
culatas en ristre, los paracaidistas cargaron primero contra las
chicas de la primera línea: les daban patadas, les lanzaban
continuas estocadas con los fusiles, les golpeaban en cabeza y brazos
para romper la cadena de brazos unidos... La multitud rogó a los
paracaidistas que se retiraran, que se unieran a ella, que actuaran
como seres humanos. Entonó 'Bandera Estrellada' y otros himnos.
Pero los soldados ya no eran humanos, y todos los llamamientos
resultaron vanos.
Militantes del ESD, a
través de megáfonos, trataban de convencernos de que, vista la
situación tácticamente insostenible, debíamos retroceder,