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Festival de cine Creative Commons en Madrid


La Casa Encendida acoge hasta el 27 de enero la segunda edición de CCMAD, Festival de cine Creative Commons de Madrid. El jueves 24 de enero, a partir de las 18:00 h, se podrá seguir por streaming la mesa redonda "Crowdfunding en cine: presente y futuro en la financiación de películas".

Quevedo contra el copyright

Conocí a Diana Eguía en la Comisión de Pensamiento de la Acampada Sol. Diana es filóloga y especialista en el Siglo de Oro. Me la volví a encontrar en marzo de 2012 en la Universidad de Filadelfia donde vive y estudia ahora. Charlando durante una cena surrealista, me explicó cómo algunas prácticas que hoy se considerarían atentados piratas contra la cultura promovieron la explosión creativa del Siglo de Oro, poniéndome sobre todo el ejemplo de Quevedo. Le animé a escribir sobre ello y aquí está el resultado. Agradezco a Javier de la Cueva su lectura y  sugerencias [Amador Fernández-Savater]


Diana Eguía Armenteros, doctoranda de la UAM

Uno de los argumentos esgrimidos con frecuencia por los últimos Ministros de Cultura del Gobierno de España, así como por la Sociedad General de Autores, es la lapidaria amenaza de muerte que persigue a la cultura si no se pone freno a la copia. Sin los derechos de autor, cánones digitales, cierres de páginas de descargas, persecución policial de cibernautas, etc. los autores que producen cultura, nuestros artistas, morirán irremediablemente de hambre, devolviendo al homo hispanicus a un primitivo y peligroso estado precultural. Cabría preguntarse quiénes son estos autores y qué entienden por cultura, aunque este debate mejor se ubica en otro momento y lugar. De lo que voy a tratar aquí es de recordar someramente a uno de los artistas más alejados de cuestionamientos valorativos: don Francisco de Quevedo y Villegas, Caballero de la Orden de Santiago y Señor de la Torre de Juan Abad. Irónicamente, la SGAE reclama a esta villa castellano-manchega, que fue propiedad de don Francisco, el impago de los derechos de las canciones de su romería y del órgano barroco de su iglesia, donde se interpretan piezas de los siglos xvi y xvii.

Desde tiempos inmemoriales la cultura ha sido considerada como “peligrosa”; no, como nos quieren hacer creer, en peligro de desaparecer, sino peligrosa por su capacidad de expandirse, de multiplicarse, de llegar a aquellos que podrían manejarla “peligrosamente”. Cuando el cauce por el que discurría era la letra manuscrita, Mundo Antiguo y Edad Media, la cultura quiso primero ser preservada de los metecos, las mujeres y los esclavos, para restringirse posteriormente a la exclusividad de élites monárquicas y religiosas. En la Edad Moderna, por el contrario, los caminos de la cultura se dispararon de un modo que podríamos considerar similar a lo que ocurre en la actualidad. Esto produjo una explosión escrita sin precedentes conocida como el Siglo de Oro de las letras españolas.

Con el libro impreso bien establecido, la cultura manuscrita no solo no desapareció, sino que empezó a ser utilizada para hacer circular textos de un modo más libre y, frente a lo que pueda parecer, rápido. La copia de mano en mano podía tener un efecto que hoy llamaríamos viral, puesto que permanecía exenta del control legislativo que operaba sobre el libro impreso. Es el caso de las dos obras en prosa más populares de Quevedo, a las que me referiré en seguida. No obstante, el género que circuló con más soltura de forma manuscrita fue el poético, debido a su extensión y facilidad de memorización, pero también gracias a algunos subgéneros nuevos: recuérdese por ejemplo el desafío que la poesía satírico-burlesca supuso no solo para las costumbres religiosas, también para la política del Imperio. Aún hoy, tras dos décadas de world wide web, los textos breves se mueven y se comparten mejor en internet que los extensos. Al tiempo, la cultura oral adquirió si cabe más energía al hibridarse con la llamada poesía culta, que corría de mano en mano y de boca en boca en los foros públicos. Debe puntualizarse que la lectura silenciosa era considerada aún por muchos casi un rasgo de extravagancia, por tanto, toda literatura demandaba ser compartida simultáneamente por un grupo de personas para existir.

La imprenta asimismo introducía en el tablero todo un nuevo mundo de posibilidades. La copia impresa pirata no fue infrecuente. El mismo Lope de Vega se hartó de ver Madrid inundado de sus comedias pirateadas y decidió ejercer un activo e infrecuente rol en la moderna industria editorial, la publicación de sus propias obras, convirtiéndose en lo que denominaría uno de los primeros poetas auto editados de Europa.

La prueba histórica de la peligrosidad del nuevo formato nos la da la prohibición de imprimir en los Reinos de Castilla “libros de comedias, nouelas ni otros deste género” de 1625 a 1634. La literatura en general, pero sobre todo el teatro, estaba viviendo una verdadera revolución, uno de esos desafíos que asustan. ¿Aplacó la medida tomada por Felipe IV dicha explosión cultural? El ejemplo del Rey Planeta (la Ley Habsburgo, que apodaríamos por imitación a la Ley Sinde-Wert) serviría de inspiración para nuestros políticos si no fuera porque los impresores se limitaron a cultivar su oficio en otros reinos, como el de la vecina Corona de Aragón, en ocasiones incluso sin trasladarse, simplemente, falseando los datos del pie de imprenta. En conclusión, la prohibición sirvió para aumentar la piratería. (Del mismo modo, la Ley Sinde no afecta a proveedores extranjeros de servicios, por lo que las páginas piratas pueden migrar para seguir funcionando).

Vayamos al caso particular de Quevedo. El primer Sueño, El sueño del Juicio final, debió redactarse en Valladolid, adonde se había trasladado el joven autor, en 1604 y el último, El sueño de la muerte, en 1628. También por 1604 y en la misma ciudad, comienza a correr manuscrito el Buscón. El éxito y el escándalo explican la veloz difusión de ambas obras. Lógicamente, en el proceso de la copia, el lector-copista se torna co-autor, reescribiendo el texto, engordándolo, democratizándolo, exactamente igual que ocurre en la red. Conservamos como ejemplo curioso la anotación de un estudiante que mientras duplicaba la parte de El Alguacil alguacilado en que se habla de la falta de pretendientes de las feas, añade: “pues vénganse a Salamanca y no tendrán hambre”(1).

¿Sabía Quevedo que los textos de los Sueños y del Buscón iban a ser alterados cuando los puso a circular? Podemos especular que conocía lo suficiente los circuitos de la cultura como para utilizarlos en su favor, por tanto, además de ser consciente de las posibles consecuencias de lanzar un texto manuscrito al bullicio copista-lector, las avivó. ¿Qué mejor manera de burlar los flujos inquisitoriales que con el astuto tráfico manuscrito? Por otro lado, las diez primeras ediciones de los Sueños fueron pasadas a las planchas sin su autorización, a cargo de editores que hoy recibirían la categoría de impresores piratas o hackers de la imprenta. La primera de ellas, en Barcelona, 1627, es decir, tras 13 años de carreras manuscritas. La versión autorizada de estos textos, Juguetes de la niñez, ve la luz en 1631, no siendo más que un pacto con la Inquisición. Aún hoy los editores modernos se dividen entre quienes editan la tradición manuscrita, aunque tratando de eliminar todo lo que no se cree original del autor, y los que publican la versión inquisitorial. Personalmente como lectora me pregunto qué preferimos leer: ¿la adaptación de los lectores o la de la Iglesia Contrarreformista?

¿Quiere esto decir que Quevedo era un autor jocoso que solo se movía en círculos alternativos? Nada de eso, Quevedo supo identificar qué canal convenía a cada ocasión, exactamente igual que un autor contemporáneo juega con los formatos de blogs, Facebook, libro en papel, ebook, Twitter, etc. en función del contenido que desea transmitir. Algunos de sus textos religiosos fueron a las planchas con total ortodoxia. La vida de Santo Tomas de Villanueva constituye su primera publicación en letra de molde. Otros, como la Carta al Serenísimo Rey de Francia, fueron mandados copiar a todo lujo por calígrafos profesionales con el fin de regalar escogidamente a personajes influyentes de la corte o al mismísimo monarca. Curiosamente, el modo en que se propuso ante la pléyade como autor serio fue el de la traducción de Anacreonte y Focílides, sin que esto quiera decir que se considerase un traductor como lo entenderíamos hoy. Traducción, imitación y plagio no cargaban en la época con las pesadas fronteras de la actualidad. Si para componer su aspiración poética más importante, las silvas, hubiera tenido que pagarles derechos de autor a los descendientes del poeta latino Estacio, la poesía carecería de algunos de sus más significativos ejemplos. ¿Se imaginan qué hubiera pasado de haberse podido registrar legalmente las formas estróficas? ¿Qué hubiera ocurrido si el soneto en castellano les hubiera pertenecido legalmente a Garcilaso y a Boscán? La diferencia es que el diálogo artístico entre los clásicos se llama estudio de fuentes en el ámbito académico, mientras que para la SGAE y referido a autores contemporáneos el mismo vaivén se tacha de plagio. Y no solo eso, algunos poemas quevedianos no son otra cosa que traducciones, véase el caso del poema Le pinceau del francés Belleau y El pincel de nuestro poeta, por poner solo un ejemplo(2).

Quevedo fue un ávido lector, se preciaba de ejecutar una lectura humanista, es decir, una lectura intertextual, en la que se cotejan diferentes textos a la vez registrando activamente, interpretando, ordenando, relacionando, catalogando y aderezando materiales para un uso futuro, donde las citas (con referencia expresa o no) son obligadas para cualquier intelectual del momento que se precie. Veamos un ejemplo del google books de la época en esta rueda atril inventada por Agostino Ramelli en 1588.

(Tomado de Peraita)

Otra faceta destacable que confirma la imagen del escritor como agitador cultural es la del Quevedo editor. A él le debemos la publicación de la poesía de Fray Luis de León y de Francisco de la Torre. Sin este trabajo ambos poetas hubieran quizá caído en el olvido.

Manuscritos, impresos, copias piratas impresas, copias piratas manuscritas, oralidad, etc. Lo interesante aquí es como, a pesar de los intentos por controlarlo, la multiplicación de los canales, sus combinaciones, juegos y posibilidades resultó en una explosión cultural como nunca se había vivido antes y de la que aún debemos estar agradecidos.

La pregunta que algún candidato a carteras ministeriales tendrá en mente será la de qué relación guardan los hábitos de escritura, lectura y difusión de los textos en la Edad Moderna con la necesidad de proteger el derecho económico de los autores, o dicho de otro modo ¿vivían nuestros artistas del Siglo de Oro de su obra? La respuesta inmediata es que el dinero no era aún el motor de la maquinaria cultural. En el supuesto imaginario de que alguien le hubiera preguntado a don Francisco si consideraba su arte un trabajo, además del anacronismo incomprensible, hubiera contestado quizá con una sátira contra los oficios. No olvidemos que aquellos susceptibles de enriquecerse con las nuevas profesiones liberales, tales como taberneros, sastres, médicos, cerrajeros, buhoneros, alguaciles, escribanos, etc. fueron blanco predilecto de sus críticas. Debe entenderse por tanto que el desafío era otro, fundamentalmente político y moral, no económico, y en este sentido podemos decir que los grandes pusieron toda la carne en el asador. Quevedo, Lope, Cervantes, Fray Luis, San Juan, incomparables artistas y biografías, aunque con dos circunstancias en común: todos vivieron en la distintiva España de los Austrias y todos sufrieron la cárcel o el destierro por una razón u otra en algún momento de su vida.

Entonces, ¿qué papel jugaba el dinero? ¿de qué vivieron nuestras plumas áureas? Lo cierto es que cada uno se buscaba los maravedíes como podía, exactamente igual que hacen hoy la amplia mayoría de los artistas. ¿Cuántos escritores viven de los royalties? No planteo la vuelta al mecenazgo como forma de patrocinio artístico, idea tan rocambolesca como la de poner frenos legales y económicos a la libre difusión de la propia obra. Desde mi punto de vista la disputa ha sido desplazada con los siglos del contenido a la forma. Los Sueños y el Buscón se copiaron para evitar la Inquisición porque su mensaje se antojaba desafiante a las instituciones. Por el contrario, ahora cualquier contenido es bienvenido por más antisistema que parezca, no así el medio que se escoja para difundirlo. Es en esto donde encuentro en los clásicos un ejemplo de valentía doble por cuanto no tuvieron miedo de retar ambos tejidos. Por ello, creo que determinados políticos deberían preguntarse si no están contribuyendo a estancar el mismo proceso que dio origen a la identidad cultural de la que tanto hacen gala, y con cuya defensa se llenan la boca, a pesar de que en mi opinión tienen un pobre conocimiento de la misma.
  1. J. O. Crosby, La tradition manuscrita de los Suenos y la primera edicion, West Lafayette: Pardue University, 2005, p. 9.
  2. R. Cacho Casal, “La silva ‘El pincel’ de Quevedo y Remy Belleau”, en Studies in honor of James O. Crosby, Newark: Juan de la Cuesta, 2004, pp. 49-68.
La ilustración se atribuye a Alonso Cano y se supone que la realizó cuando murió Quevedo para la publicación de su poesía.

"La autenticidad es invalorable; la originalidad es inexistente" (Jim Jarmusch)


"Nada es original. Roba de cualquier lugar que haga resonar a tu inspiración o que alimente tu imaginación. Devora películas viejas o nuevas, música, libros, pinturas, fotografías, poemas, sueños, conversaciones aleatorias, obras de arquitectura, puentes, señales callejeras, árboles, nubes, cuerpos de agua, luz y sombras. Elige para robar sólo las cosas que te hablen directamente al alma. Si lo haces de este modo, tu trabajo (y tus robos) serán auténticos. La autenticidad es invalorable; la originalidad es inexistente. Y no te molestes en ocultar tus hurtos -celébralos si tienes ganas. En todo caso, recuerda siempre lo que dijo Jean-Luc Godard: "No se trata de de dónde tomas las cosas, se trata de a dónde las llevas".

Jim Jarmusch

El gordo de Megaupload y otras películas

Por Leónidas Martín Saura

Hace unos días empecé a ver una colección buenísima de películas japonesas de ciencia ficción. Estaban todas realizadas en la década de los cincuenta, con muy poco presupuesto; los efectos especiales lo eran no tanto por su ímproba sofisticación como por lo mucho que —obviamente— se notaban. Encontré estas películas un día por casualidad mientras buscaba otra cosa en la Red, colgadas en una página muy rara. De las seis, había visto ya tres de ellas y me habían gustado mucho, con todos esos monstruos de plastilina y los escenarios de cartón piedra. Me encontraba ya completamente enganchado cuando van y, de pronto, cierran Megaupload.

Desde ese momento las he buscado por todos los rincones de internet. Nada. Tampoco las venden en las tiendas, ni las pasan en ninguna sala de cine, ni centro cultural que yo conozca. Muy a mi pesar, he ido poco a poco dándolas por perdidas; parece que ahora me toca probar anuevas experiencias audiovisuales, y en eso estoy. Ayer, por ejemplo, vi la televisión, ya sabéis, Urdangarín, SGAE, los trajes de Camps y todo eso. Durante todo el Telediario no dejé ni un segundo de pensar en el monstruo aquel de los rayos intermitentes: ¿lograrían finalmente acabar con él? El único relato televisivo que atrajo un poco mi atención fue ese que han construido alrededor de la figura de Kim Dotcom, el chico entradito en carnes creador de Megaupload. Digo lo de «entradito en carnes» porque esta característica física de Dotcom es parte del storytelling que acompaña a su noticia. Una noticia emitida por todos los canales de televisión del mundo, una y mil veces, y cuyo relato podría resumirse así: un gordinflón sin escrúpulos que se aprovecha de la gente común, como tú y como yo, para forrarse de pasta, comprarse mansiones, coches caros y alguna que otra pistola también. Menos mal que el F.B.I. pasaba por ahí y nos ha salvado la vida de nuevo.

Esto sí que es ciencia ficción de la buena —pensé.

Según cuentan, lo que ha hecho el gordito de Megaupload es algo intolerable, un acto tiránico y despótico; lo peor que alguien puede llegar a hacer jamás. Quizá tengan razón, quién sabe; sin embargo, ¿no es eso lo que hace cualquier empresario capitalista, incluidos, por supuesto, todos aquellos que ahora condenan a Dotcom? Siempre que aparece una nueva demanda social (acceder a la cultura sin intermediarios, por ejemplo), ¿no aparece también siempre un tío como el director de Megaupload y monta la infraestructura capaz de responder a dicha demanda a cambio de dinero? ¿Qué hay de raro en ello? A mí me parece algo casi natural en el mundo en el que vivimos. Un mundo en el que todo se ha convertido en mercancía, y la cultura más. Los que se rasgan las vestiduras y apoyan la operación policial contra Megaupload dicen hacerlo en nombre de la cultura, pero eso no es verdad. Lo hacen en nombre de la propiedad intelectual, que no es lo mismo. Para comprobar esto que digo no tienes más que preguntarte si Megaupload ha interrumpido en algún momento la transmisión cultural, o sea, aquello que permite a la cultura reproducirse y seguir viva. ¿A qué no lo ha hecho? Todo lo contrario. Gracias a Megaupload, yo he visto, por ejemplo, algunas películas frikis japonesas que antes no sabía ni que existían. Otra cosa bien distinta es cómo ha afectado esto a los negocios apoyados en la propiedad intelectual, la del Copyright, la que se sostiene sobre el principio de «Todos los derechos reservados». Para estos negocios es verdad que Megaupload significaba un inconveniente, un obstáculo es su camino hacia las mansiones, los coches caros y las armas. Por eso se lo han cargado.

Si hablas con los que defienden esta intervención del F.B.I., que, por cierto, para llevarse a cabo ha necesitado saltarse muchas de las garantías del Estado de derecho como son la privacidad del usuario, o la soberanía jurídica nacional; si hablas —decía— con alguno de ellos, te dirán que el fin justifica los medios, que lo más importante ahora, lo que está por encima de todo, es detener «el asalto pirata que sufren los creadores». Quien así opina lo hace por dos razones. Una, porque es un mentiroso, o dos, porque está muy mal informado y confunde crear con poseer.

El autor es aquél que crea un bien cultural, pero eso no quiere decir que ese bien cultural le pertenezca. Los bienes culturales sólo pertenecen a la humanidad. Para crear un bien cultural, todo autor necesita del conocimiento común acumulado en la cultura. Si es un director de cine necesita ver otras películas; escuchar otras composiciones si es un músico; leer otras libros si es un escritor. Ésa es la fuente de la que mana su nueva creación, sin ella nadie puede llegar a crear nada. En términos culturales, todo lo que se escapa a esta lógica, carece de sentido. ¿Os imagináis a Einstein guardándose para él solo la fórmula de la relatividad, o prohibiendo su uso a según qué personas?

Defender, como yo defiendo, esta definición de cultura, no significa, ni mucho menos, abolir el reconocimiento. Otro error habitual presente en los discursos de aquellos que han cerrado Megaupload. Todo autor debe ser reconocido por su trabajo, «el que no es agradecido, no es bien nacido», decía mi madre. Es deber de la comunidad reconocer siempre a aquél que con su esfuerzo aporta algo beneficioso para ella. Ese reconocimiento puede —y debe— ser de muchos tipos, no únicamente económico, como defiende la actual legislación de la propiedad intelectual, aunque es verdad que éste, el económico, hay que tenerlo muy en cuenta. Por eso es importante ir pensando en nuevos modelos económicos adaptados a las condiciones sociales y tecnológicas de nuestra época. Algo que se torna muy difícil si la ley lo prohíbe en defensa del mantenimiento de un sistema obsoleto.

Yo no apoyo a Megaupload ni a su orondo director, tampoco apruebo su modelo de negocio. Para mí, Megaupload no es más que otro ejemplo de la condición tan miserable en la que se encuentra la cultura de nuestros días. Es evidente que mientras continuemos tratándola como una mercancía, cientos de Kim Dotcom (o gente mucho peor) seguirán apareciendo por todas partes. Es inevitable. Como también lo es el hecho de que los 180 millones de usuarios que estábamos registrados en Megaupload, más todos los otros que usaban a diario sus servidores de manera gratuita, volvamos a utilizar cada nuevo sistema de intercambio de archivos que aparezca. ¿Por qué? Porque no nos queda otro remedio, sencillamente por eso. Porque intercambiar cultura no es un capricho, es una necesidad humana además de la condición única por la que la cultura pervive. Todo el mundo sabe que ahora disponemos de una tecnología ideal para ello y no estamos dispuestos a renunciar a eso. Al menos, no sin protestar.

Ya me gustaría a mí que un día no fuese una empresa privada la que ofreciese la capacidad tecnológica de intercambiar cultura. Claro que molaría que fuese una Institución pública, y que lo hiciese porque hubiera comprendido que la cultura es un bien común, y que para seguir viva necesita moverse sin restricciones, libremente, fuera de la lógica del mercado. Eso no estaría mal, nada mal. Pero creer que algo así pueda suceder hoy es ciencia ficción. El presente es la Ley Sinde, La S.O.P.A, el cierre de Megaupload y todo lo que sea necesario para sostener un sistema de propiedad intelectual que ya no se tiene en pie, que está obsoleto. Así podrán por un tiempo frenar —e incluso detener— la potencia cultural latente en las tecnologías de nuestro presente, pero esa potencia terminará abriéndose paso, se desplegará les guste o no. Eso es algo que sabemos todos: los que han cerrado Megaupload, los que apuestan por la cultura libre y yo, que quiero ver esas tres películas japonesas que me faltan.


La cena del miedo (un año después y, lamentablemente, la misma actualidad y el mismo miedo)

La cena del miedo (mi reunión con la ministra Sinde)

Versión en PDF

[Amador Fernández-Savater, coeditor de Acuarela Libros, fue invitado (por azar, por error o por alguna razón desconocida) a una reunión el 7 de enero de 2011 con la ministra de Cultura y otras figuras relevantes de la industria cultural española para hablar sobre la Ley Sinde, el tema de las descargas, etc. En este texto cuenta lo que vivió, lo que escuchó y lo que ha pensado desde entonces. Su conclusión es simple: es el miedo quien gobierna, el miedo conservador a la crisis de los modelos dominantes, el miedo reactivo a la gente (sobre todo a la gente joven), el miedo a la rebelión de los públicos, a la Red y al futuro desconocido.]

La semana pasada recibí una llamada del Ministerio de Cultura. Se me invitaba a una reunión-cena el viernes 7 con la ministra y otras personas del mundo de la cultura. Al parecer, la reunión era una más en una serie de contactos que el Ministerio está buscando ahora para pulsar la opinión en el sector sobre el tema de las descargas, la tristemente célebre Ley Sinde, etc. Acepté, pensando que igual después de la bofetada que se había llevado la ley en el Congreso (y la calle y la Red) se estaban abriendo preguntas, replanteándose cosas. Y que tal vez yo podía aportar algo ahí como pequeño editor que publica habitualmente con licencias Creative Commons y como alguien implicado desde hace años en los movimientos copyleft/cultura libre.

¿Cómo funcionará la Ley Sinde? Preguntas frecuentes


09/01/2012. Tras las declaraciones de Lucía Etxebarría, el abogado David Bravo explica cómo se va aplicar la polémica ley.

¿Contra quién puede dirigirse el procedimiento?

Contra cualquier responsable de un servicio de la sociedad de la información que haya sido llevado ante la Sección Segunda por alguien que crea que están vulnerado sus derechos de propiedad intelectual.

¿Ante la Sección Segunda? ¿Eso qué es?

Es una comisión adscrita al Ministerio de Cultura que será la que decida si existe o no una infracción de derechos de propiedad intelectual por parte de responsables de servicios de la sociedad de la información.

En cualquier caso, yo puedo estar tranquilo porque hasta ahora los jueces han dicho que una página como la mía no infringe la propiedad intelectual.

No tan rápido. Tenga en cuenta que ahora no decidirán jueces, sino un órgano administrativo que está formado por representantes de distintos ministerios. Pueden decidir de forma distinta a la que venían sosteniendo los jueces hasta ahora. Es más, en algunos casos como el de las páginas de enlaces prácticamente se ha adelantado ya que sostendrán una postura que es contraria a la que habitualmente vienen recogidas en las resoluciones judiciales.

Bueno, pero esto irá contra páginas que ganan mucho dinero, ¿no?

Ni siquiera es necesario que ganen algo de dinero. El reglamento aclara que se podrá dirigir el procedimiento contra un responsable de un servicio de la sociedad de la información tanto si actúa con ánimo de lucro como si no. En este último caso se pide que haya causado un daño patrimonial al titular de los derechos “o sea susceptible” de causarlo, lo que es una formulación lo suficientemente genérica como para dar cabida a prácticamente cualquiera.

Pero ¿este procedimiento no iba contra las páginas esas de piratería que facturan siete millones de euros al año?

No. Va contra cualquiera que sea denunciado ante la Sección Segunda por un titular de derechos. Nada impide que sea llevado ante la comisión el titular de una web que enlaza vídeos de Youtube. La Sección Segunda será la que decida si eso es o no una infracción.

¿Qué sucedería si soy denunciado por un titular de derechos ante la Sección Segunda?

La Sección Segunda dictará acuerdo de inicio del procedimiento y le requerirá para que retire voluntariamente y en 48 horas los contenidos señalados por el titular de los derechos y que éste considera infractores.

¿Y si lo quito voluntariamente para que me dejen de líos ya se termina todo?

El procedimiento contra usted se archivará, pero el reglamento dice que esa retirada voluntaria tendrá valor de reconocimiento implícito por su parte de que usted estaba infringiendo esos derechos de propiedad intelectual. Ese reconocimiento puede ser usado contra usted si le interponen una demanda para reclamarle la correspondiente indemnización por esa infracción ya reconocida.

Entonces parece que no debo picar el anzuelo y retirar los contenidos por poco que me guste continuar con el procedimiento. ¿Qué pasos hay que dar una vez he decido que no voy a retirar los contenidos para no reconocer vulneración alguna?

Usted tendrá dos días para realizar alegaciones y proponer pruebas ante la Sección Segunda.

¿Y qué sucede después de presentar yo esas alegaciones?

Que la Sección Segunda dictará una propuesta de resolución en la que se puede solicitar la eliminación de los contenidos o la interrupción de sus servicios y le darán cinco días para presentar sus conclusiones al respecto.

Vaya, hasta ahora no he visto un juez por ninguna parte, supongo que está a punto de llegar. De acuerdo, presento mis conclusiones, ¿y ahora qué?

Ahora la Sección Segunda en un plazo máximo de tres días dictará una resolución en la que decidirá si usted está infringiendo un derecho de propiedad intelectual y en ese caso le ordenará la retirada de los contenidos o la interrupción de su servicio. Usted debe cumplir con esa resolución en 24 horas.

Un momento, ¿y eso que leí en los periódicos de que al final era un juez el que decidía todo eso?

No, eso era mentira, lo siento.

Pero, oí decir otra cosa a Lucía Etxebarría, que es hija de un abogado.

Pues no, lo lamento. El reglamento dice claramente quién decide todo de la siguiente manera: “declarado en dicha resolución que para la Sección Segunda ha quedado acreditada la existencia de una vulneración de derechos de propiedad intelectual por el responsable del servicio de la sociedad de la información, la misma resolución de la Sección Segunda ordenará al referido responsable la retirada de los contenidos que vulneren derechos de propiedad intelectual o la interrupción de la prestación del servicio de la sociedad de la información que vulnere los citados derechos objeto del procedimiento”.

¿Y si no acato la resolución de la Sección Segunda?

Entonces la Sección Segunda se dirigirá a los Juzgados Centrales de lo Contencioso-Administrativo para que se ejecute la medida.

Ah, bueno, aunque tarde y después de haber yo desobedecido una resolución, por fin llega un juez, que podrá decir que mi página no vulnera derechos de propiedad intelectual ¿no?

Pues no. La ley limita expresamente las facultades del juez, que no podrá decidir ni si existe una infracción de un derecho de propiedad intelectual ni si la decisión de cierre de la Sección Segunda es o no ajustada a derecho. Esto compete en exclusiva a la Sección Segunda. Tal y como dice el artículo 122 bis de la Ley 29/1998, el juez tendrá que autorizar sin más la ejecución de la resolución de la Sección Segunda y sólo podrá denegarla si afecta a determinados derechos fundamentales.

Pero algo tiene que estar mal en esta explicación. ¡Pero si hasta Javier Bardem estaba de acuerdo con la Ley Sinde! Y él es una persona progresista, como demuestra el hecho de que lleva habitualmente chupas de cuero.

Probablemente Javier Bardem ni siquiera sepa cómo funciona realmente el procedimiento y se ha creído sin más lo que le han contado esos fanáticos del copyright con los que se junta.

Lo siento pero no me fío de un abogado que sale en la tele debatiendo con María del Monte.

Hace usted bien. Aquí tiene el reglamento publicado en el BOE. Describe el proceso claramente (artículo 15 y siguientes) y no es necesario ser jurista para entenderlo o interpretarlo. Le animo a que lo lea y compruebe por sí mismo lo que le he explicado.


Cómo matar al intermediario, por Hernán Casciari


En provecho de todos

Este articulito (¡360 palabras!) apareció el 28 de diciembre en el diario El País, acompañando a un reportaje sobre la “revolución cultural del procomún”. Las ideas libres se van abriendo paso…
por Amador Fernández-Savater
El aire, la biodiversidad, el genoma, el lenguaje, las calles, Internet… Los bienes comunes no nos rodean. Nos atraviesan y constituyen, nos hacen y deshacen. De todos y de nadie, sostienen el mundo, son el mundo. En el cuidado y enriquecimiento del procomún nos jugamos la vida misma. Es un asunto demasiado importante como para dejarlo en manos del Estado o del mercado. Nuestro desafío es hacernos cargo en común de un mundo común.
La lógica privatizadora (patentes, copyright restrictivo, industria cultural, etc.) sólo beneficia a una estrecha minoría. Desde el crowdfunding hasta la ciencia abierta, desde el copyleft hasta las plataformas en defensa del agua, desde la Puerta del Sol hasta Zuccotti Park, una constelación amplísima de comunidades en movimiento ensayan hoy otros modos de producir, decidir y convivir. Abiertos y colaborativos, incluyentes, acogedores y sostenibles, ni estatales ni privados (aunque no necesariamente anti-estatales ni anti-mercantiles). Por y para el 99%, como dice el movimiento americano Occupy.
Pero ajenos a la belleza de la cooperación, desde arriba nos repiten que lo común es un caos y hay que regularlo, como si la alternativa estuviese entre la Ley Sinde (por ejemplo) y la guerra de todos contra todos. Hacen trampa: la constelación del procomún inventa sus propias formas de autorregulación (como Creative Commons). No autoritarias, sino horizontales, comunitarias, distribuidas. Lo que ocurre es que no tienen apenas amparo institucional, suelen ser invisibilizadas, trabadas por los marcos jurídicos, criminalizadas incluso.
Lo público-estatal sólo puede recuperar su función al servicio de las personas si deja de subordinarse al mercado y apoya los procesos de autoorganización social de lo común. Desde luego no apuntan por ahí los artículos sobre la Ley Sinde y el 15-M con los que se ha ganado los galones el nuevo ministro de Cultura. Otra vez los tópicos sobre la convivencia y la creación cultural en peligro. La torpe equiparación de la propiedad intelectual con la propiedad física y, por tanto, de la copia con el robo. Los clichés denigratorios (“nuevos bárbaros”, “papilla anarco-comunista iletrada”).
El PSOE propuso más de lo mismo y acabó como acabó. En provecho de todos, ¿por qué no atreverse a escuchar, pensar y explorar otras vías?

Hernán Casciari responde a Lucía Etxebarría


Hernán Casciari, 21 de diciembre 2011

El contador de suscripciones anuales a la nueva revista Orsai acaba de llegar a mil. En nueve días, y sin noticias sobre los contenidos o la cantidad de páginas, mil lectores ya compraron las seis revistas del año próximo. Y eso que todos saben que habrá una versión en .pdf, gratuita, el mismo día que cada revista llegue a sus casas. Repito: acabamos de vender seis mil revistas. Seiscientas sesenta y cinco por día. Veintiocho por hora.

Al mismo tiempo, una escritora española acaba de informar que dejará de publicar. «Dado que que se han descargado más copias ilegales de mi novela que copias han sido compradas, anuncio que no voy a volver a publicar libros», dijo ayer Lucía Etxebarría. La prensa tradicional se hizo eco de sus palabras y la industria editorial la arropó: «Pobrecita, miren lo que internet le está haciendo a los autores».

A nosotros nos ocurre lo mismo. Durante 2011 editamos cuatro revistas Orsai. Vendimos una media de siete mil ejemplares de cada una, y con ese dinero le pagamos (extremadamente bien) a todos los autores. Los .pdf gratuitos de esas cuatro ediciones alcanzaron las seiscientas mil descargas o visualizaciones en internet.

Vendimos siete mil, se descargaron seiscientas mil.

Si los casos de Lucía Etxebarría y de Orsai son idénticos, y ocurren en el mismo mercado cultural, ¿por qué a nosotros nos causan alegría esos números y a ella le provocan desazón?

La respuesta, quizá, es que se trata del mismo mercado pero no del mismo mundo.

Existe, cada vez más, un mundo flamante en el que el número de descargas virtuales y el número de ventas físicas se suma; sus autores dicen: «qué bueno, cuánta gente me lee». Pero todavía pervive un mundo viejo en el que ambas cifras se restan; sus autores dicen: «qué espanto, cuánta gente no me compra».

El viejo mundo se basa en control, contrato, exclusividad, confidencialidad, traba, representación y dividendo. Todo lo que ocurra por fuera de sus estándares, es cultura ilegal.

El mundo nuevo se basa en confianza, generosidad, libertad de acción, creatividad, pasión y entrega. Todo lo que ocurra por fuera y por dentro de sus parámetros es bueno, en tanto la gente disfrute con la cultura, pagando o sin pagar.

Dicho de otro modo: no es responsabilidad de los lectores que no pagan que Lucía sea pobre, sino del modo en que sus editores reparten las ganancias de los lectores que sí pagan. Mundo viejo, mundo nuevo. Hace un par de semanas viví un caso muy clarito de lo que ocurre cuando estos dos mundos se cruzan. Se lo voy a contar a Lucía, y a ustedes, porque es divertido:

Me llama por teléfono una editora de Alfaguara (Grupo Santillana, Madrid); me dice que están preparando una Antologia de la Crónica Latinoamericana Actual. Y que quieren un cuento mío que aparece en mi último libro, «un cuento que se llama tal y tal, que nos gusta mucho».

Le digo que por supuesto, que agarre el cuento que quiera. Me dice que me enviará un mail para solicitar la autorización formal. Le digo que bueno.

A la semana me llega el mail, con un archivo adjunto:

Estimado Hernán, te explico lo que te adelanté por teléfono: Alfaguara editará próximamente una antología de bla bla bla cuya selección y prólogo está a cargo de Fulanito de Tal. Él ha querido incluir tu cuento Equis. Si estás de acuerdo con el contrato que te adjunto, envíame dos copias en papel con todas las páginas firmadas a la siguiente dirección. (Y pone la dirección de Prisa Ediciones, Alfaguara.)

Abro el archivo adjunto, leo el contrato. Me fascina la lectura de contratos del mundo viejo. No se molestan en lo más mínimo en disfrazar sus corbatas.

Al cuento que me piden lo llaman LA APORTACIÓN. En la cláusula cuatro dice que «el EDITOR podrá efectuar cuantas ediciones estime convenientes hasta un máximo de cien mil (100.000)». En la cláusula cinco, ponen: «Como remuneración por la cesión de derechos de la APORTACIÓN, el EDITOR abonará al AUTOR cien euros (100 €) brutos, sobre la que se girarán los impuestos y se practicarán las retenciones que correspondan».

Pensé en los otros autores que componen la antología, los que seguramente sí firman contratos así. Cien euros menos impuestos y retenciones son sesenta y tres euros, y a eso hay que quitarle el quince por ciento que se lleva el agente o representante (todos tienen uno), o sea que al autor le quedan cincuenta y tres euros limpios. No importa que la editorial venda dos mil libros, o cien mil libros. El autor siempre se llevará cincuenta y tres euros. ¿Firmará Lucía Etxebarría contratos así?

Esa misma tarde le respondí el mail a la editora de Alfaguara:

Hola Laura, el cuento que querés aparece en mi último libro, que se distribuye bajo una licencia Creative Commons Reconocimiento 3.0 Unported, que es la más generosa. Es decir, podés compartir, copiar, distribuir, ejecutar, hacer obras derivadas e incluso usos comerciales de cualquiera de los cuentos, siempre que digas quién es el autor. Te regalo el texto para que hagas con él lo que quieras, y que sirva este mail como comprobante. Pero no puedo firmar esa porquería legal espantosa. Un beso.

La respuesta llegó unos días después; ya no era ella la que me hablaba, sino otra persona:

Hernán: entendemos esto, pero el departamento legal necesita que firmes el contrato para que no tengamos problemas en el futuro. Saludos!

Y ya no respondí más nada. ¿Para qué seguir la cadena de mails?

La anécdota es esa, no es gran cosa. Pero quiero decir, al narrarla, que no hay que luchar contra el mundo viejo, ni siquiera hay que debatir con él. Hay que dejarlo morir en paz, sin molestarlo. No tenemos que ver al mundo viejo como aquel padre castrador que fue en sus buenos tiempos, sino como un abuelito con alzheimer.

—¿Me das eso? —dice el abuelito.

—Sí, abuelo, tomá.

—No, así no. Firmame este papel donde decís que me das eso y yo a cambio te escupo.

—No hace falta, abuelo, te lo doy. Es gratis.

—¡Necesito que me firmes este papel, no lo puedo aceptar gratis!

—¿Pero por qué, abuelo?

—Porque si no te cago de alguna manera, no soy feliz.

—Bueno, abuelo, otro día hablamos… Te quiero mucho.

Y de verdad lo queremos mucho al abuelo. Hace veinte, treinta años, ese hombre que ahora está gagá, nos enseñó a leer, puso libros hermosos en nuestras manos.

No hay que debatir con él, porque gastaríamos energía en el lugar incorrecto. Hay que usar esa energía para hacer libros y revistas de otra manera; hay que volver a apasionarse con leer y escribir; hay que defender a muerte la cultura para que no esté en manos de abuelos gagá. Pero no hay que perder el tiempo luchando contra el abuelo. Tenemos que hablar únicamente con nuestros lectores.

Lucía: tenés un montón de lectores. Sos una escritora con suerte. El demonio no son tus lectores; ni los que compran tus novelas ni los que se descargan tus historias en la red.

No hay demonios, en realidad. Lo que hay son dos mundos. Dos maneras diferentes de hacer las cosas.

Está en vos, en nosotros, en cada autor, seguir firmando contratos absurdos con viejos dementes, o empezar a escribir una historia nueva y que la pueda leer todo el mundo.


"Seguimos vivos y con mucha ilusión por lo que hacemos"



Arrancar la Luna a la noche y ponerla a los pies de nuestra amante sin esperar nada a cambio. Agradecer la huella de su tacón y asumir que el día derretirá el gesto y en nuestras manos vacías sólo quedará la satisfacción privada pero nunca nos verán juntos en público. Eso es editar y escribir, y no conviene nunca olvidarlo.
Si añadimos una crisis mundo-mundial y una ley para proteger “los derechos del creador”, el inexplorado rio Congo de la red nos convierte en una especie de Marlow en busca de las entrañas de la literatura y que no tiene del todo claro cómo reaccionará Kurtz ante nuestra iniciativa.
Hablamos con Acuarela Libros de porqué mantener ciertas posturas frente al negocio, ser consecuente con nuestros principios y no ser encerrado por ello en un confortable manicomio atestado de locos.
Comienza nuestro viaje hacia el corazón de las tinieblas.
Sois una editorial pionera en el copyleft y en la publicación de libros bajo licencias de la Creative Commons, defendiendo como premisa el uso no comercial de la copia. Seguro que muchos piensan que es un suicidio empresarial. ¿Es buena la respuesta del lector a este tipo de iniciativas, es decir, se permite una mejor difusión de las obras que luego se traduce en ventas de libros en papel?
No tenemos estadísticas, pero nuestra sensación es claramente positiva. Hay libros que han funcionado muy bien económicamente y están desde el primer día disponibles en la Red. Como todo el mundo sabe, el mercado editorial está saturado y, por tanto, todo lo que promueva la visibilidad es un bien precioso (sobre todo para los “pequeños”, que no tenemos una presencia asegurada en prensa o mesas de novedades). Las licencias Creative Commons contribuyen a esa ampliación de la presencia, autorizando y animando la copia y la libre circulación (el compartir). Así, la Red se convierte en una especie de biblioteca donde los libros se pueden ojear y leer, y eso redunda luego en su venta. La Red y las librerías pueden ser aliadas, no necesariamente enemigas.
Todo esto que decimos tiene mucho que ver desde luego con el mundo específico del libro. La lectura en pantalla de un tocho de 300 páginas está al alcance de pocos ojos mutantes aún y no hay casi nadie tan descuidado como para regalarle a su pareja un taco de folios DIN3 grapados en lugar de un libro como dios manda. Veremos qué pasa ahora con el libro electrónico (¡y también con el progreso de los ojos mutantes!). Pero el reto siempre será el mismo: dar con los modos de conjugar la circulación libre del conocimiento y la retribución justa por el propio trabajo. Encontrar un equilibrio entre ambas cosas y no considerarlas vasos comunicantes. Las licencias CC lo han permitido durante los últimos años, eso es un hecho, pero igual en el futuro hay que inventar otras herramientas.

¿Qué os hizo decidiros por esta política de mercado?
Los primeros argumentos fueron éticos y políticos. El origen de Acuarela libros arraiga en el mundo del fanzine. En la universidad publicábamos una revista llamada Apuntes del subsuelo. Y hacíamos nuestros los principios de la cultura del fanzine: lo importante es hacer, hacer con poco y hacerlo tú mismo; es legítimo y saludable copiar y pasar. Publicábamos fragmentos de los autores que nos gustaban sin pedir permiso a nadie, aplicando un uso muy desenvuelto del derecho a cita.
Más tarde esos principios se fundieron de alguna manera en el ADN de Acuarela libros. Participamos activamente en los inicios del movimiento copyleft, donde se elaboró una reflexión muy fina y compleja sobre la cultura libre. Resumiendo mucho, afirmábamos que la cultura es 1) un bien infinito (porque la lógica en el mundo digital es de abundancia y no de escasez) y 2) un bien común (la creación es un hecho colectivo y anónimo). La consigna que deducíamos de esos dos principios es que “la creación se defiende compartiéndola”. Las licencias CC fueron la herramienta práctica que nos permitió concretar esa filosofía general en una política editorial sostenible económicamente, en el sentido de que recuperábamos las inversiones para publicar más libros.

A primeros de año participasteis en uno de los muchos careos del gobierno con creadores de varios ámbitos artísticos para tantear los efectos de la Ley Sinde. Esta reunión, en la que participaban figuras de muy distinta posición a la vuestra (entiéndase personas que viven holgadamente de lo que crean, ya sea música, cine, literatura, etc.), provocó un desencuentro público que apareció reflejado en La cena del miedo, un artículo aparecido en vuestra página que tuvo una gran repercusión en la red. Hace poco ha estallado el supuesto escándalo de la SGAE. ¿Quién roba a quién su parte del pastel? ¿No creéis que quizá fuera algo tan sencillo como una repartición de los medios a favor de unos y de otros, evitando ciertos comportamientos dignos de la época de los caciques en el tema de subvenciones, promociones con dinero público, etc.?
Lo más irritante de esa cena ministerial fue la desenvoltura con la cual algunos representantes de la cultura mainstream se hacían pasar por los portavoces de la cultura en general y de los trabajadores culturales en particular, como si sus problemas fuesen los mismos. En realidad es culpa de todos los demás, que nos dejamos representar. Yo no tengo recetas ni soluciones para los problemas que pone sobre la mesa un mundo que es y será infinitamente reproducible, copiable. De hecho la única propuesta que lancé entonces fue la de abrir un debate público entre creadores, autores y trabajadores de la cultura. Me parece vital que afloren esas voces tapadas y que una realidad múltiple y compleja como la de los creadores y los trabajadores culturales no pueda ser reducida e identificada completamente con los intereses de la industria cultural.
Se trataría de un debate directo, sin intermediarios, donde cada cual pudiese hablar con su propia voz. Para escucharnos y pensar juntos: ¿cómo trabajamos, de qué vivimos, cómo nos afectan realmente la descargas, qué podemos hacer, qué estamos inventando ya? Por un lado, sería una manera de empezar a hablar en nombre propio y, por tanto, de empezar a auto organizarse. Por otro lado, ese debate directo y desde abajo podría permitirnos ver más claro lo que está pasando, porque es muy difícil orientarse en esta realidad tan opaca donde sólo hay discursos propagandísticos que “ven lo que quieren ver” (estadísticas y datos instrumentalizados por la retórica del miedo, etc.). Ver claro me parece el primer paso necesario para una acción precisa.

Ahora que parece que no hay dinero para nada relacionado con la literatura (cada semana aparece en prensa un nuevo festival que no se celebrará), ¿puede ser el momento de considerar el libro electrónico en serio?
No hemos investigado apenas nada sobre el e-book, ni tenemos una opinión específica al respecto que pueda ser de interés. Nosotros insistimos aún con el libro físico, confiando en que es una buena tecnología y que sobrevivirá. Supongo que en el fondo lo hacemos porque nosotros mismos -nuestra cabeza y nuestra manera de leer- está muy hecha a la medida del libro físico. Jan Martí, amigo editor de Blackie Books que ha investigado un poco más sobre el libro electrónico decía: “me da la impresión de que todos los avances del libro electrónico consisten en que se parece cada vez más a un libro físico…”. Entonces el desafío para nosotros es cuidar bien todos esos aspectos y detalles que diferencian un libro físico de un libro electrónico, el valor singular que tiene el libro-objeto no sólo como fetiche sino también como una forma de organización específica de la información.

Parte de los libros que publicáis son revulsivos sociales en lo que a temática se refiere. ¿Debe aún despertar el lector y aprender a leer (pensar)?¿O quizá parte del éxito masivo de ciertos libros (best sellers) sea justamente ese, que no queremos que nos despierten para no ver lo que realmente sucede a nuestro alrededor?
Se habla de una pérdida de importancia de la palabra escrita en el mundo de la comunicación rápida y de la Red, una “crisis de palabras” en los términos del autor de Acuarela, Daniel Blanchard. Nosotros pensamos más bien que están apareciendo nuevos usos y lugares de la palabra. La fuerza de la palabra -tomada en las plazas, escrita en octavillas o carteles e intercambiada en las asambleas- ha sido por ejemplo un elemento clave en el 15-M, un motivo grande de alegría para nosotros. La palabra es un arma cuando entra en conexión con las necesidades de nuestra vida.
Hay que decidirse entre suponer al lector como alguien inteligente o estúpido. Nosotros nos decidimos por la capacidad del lector, apostando por su inteligencia para ir más allá de los estereotipos y las palabras fáciles. Y nos sentimos exigidos por ese mismo lector a la hora de seleccionar y presentar los libros de Acuarela. Cada libro es una propuesta que quiere plantear algún problema o mirada especial sobre la actualidad de la vida común (aunque el libro sea antiguo). Son también mensajes en la botella para establecer nuevas complicidades y nuevas amistades.

Tenéis un catálogo en el que se puede encontrar desde libros de memoria política e histórica, a poesía o novela de autores no demasiado conocidos en España, ¿cómo elaboráis dicho catálogo?
El nombre de Acuarela define tal vez nuestra trama: una coherencia hecha de retazos heterogéneos, distintos pigmentos agrupados un poco azarosamente, cruces imprevistos entre diferentes mundos y trayectorias (un sello discográfico, una revista común, un grupo de música, militancias compartidas, etcétera.). Nuestra goma arábiga, nuestro aglutinante, sería la amistad: una experiencia, una sensibilidad, una mirada y unos modos de trabajar comunes. Cada cual viene con la mochila de cosas que importan y la conciernen, pero hay líneas de fuerza comunes: por ejemplo, el pensamiento radical y el underground cultural.
Lo que está en crisis con el auge de la cultura digital es el papel de los intermediarios, pero cada vez serán más necesarios los mediadores. Nosotros nos resistimos en lo posible, desde el primer momento, a la figura del editor-intermediario que simplemente compra derechos y traduce libros. Y tratamos de hacer aportaciones propias que enriquezcan lo editado: una propuesta gráfica singular, una entrevista, un prólogo, un documento inédito… que prolongue los sentidos del texto. Es un trabajo que nos encanta hacer, porque los libros que publicamos nos tocan vitalmente. Las redes sociales nos permiten ahora prolongar aún más los sentidos de un libro: aportar materiales, hacer conexiones, abrir conversaciones. Cada libro es el satélite de una auténtica galaxia de elementos posibles. Es la diferencia entre el mediador y el intermediario: uno activa esa galaxia y el otro simplemente se aprovecha de las distancias (por ejemplo, entre escritura y mercado).

¿No os interesan los autores españoles o por el contrario es más difícil su publicación y posterior vida editorial?
No hay decisión establecida al respecto, nada consciente o premeditado, eso significa simplemente que frecuentamos y leemos más a autores extranjeros. Pero alguna cosa de autores españoles sí hemos publicado: la poesía de Martín López Vega o de José Luis Rendueles, el ensayo sobre Thoreau de Antonio Casado y el libro sobre el 11-M del colectivo “Desdedentro”. Y ahora estamos preparando una antología de los poetas underground de la Transición española. Se trata de leer la Transición desde el testimonio político, existencial y creativo de aquellos que no quisieron “transicionar” con el resto hacia el consenso en torno a la democracia-mercado como único horizonte posible de la vida en común. En esta línea seguramente vayamos incluyendo a más autores españoles en el futuro.

¿Qué próximas novedades nos podéis adelantar?
En otoño aparecerá Estrella de la mañana, novela solista de uno de los miembros de la banda de escritores italianos Wu Ming (en concreto, Wu Ming 4). Entre sus personajes principales, Lawrence de Arabia y unos jóvenes Tolkien, C.S. Lewis y Robert Graves recién vueltos del frente de guerra. Tejiendo las relaciones entre ellos, los temas preferidos de Acuarela: escritura, mito, revuelta, acción política.
También tenemos a punto los Primeros materiales para una teoría de la Jovencita del colectivo Tiqqun, que nos parece una de las voces más fuertes y singulares en el pensamiento crítico contemporáneo. Se trata de un libro de amor. O mejor dicho, sobre la imposibilidad del amor en nuestra sociedad del espectáculo y la necesidad de reedificar otra educación sentimental, libre del yugo de la imagen y el consumo.
Antes de verano publicamos Cuerpo de Harry Crews. Es el primer libro que se traduce en castellano de unos de los autores americanos contemporáneos más salvajes, divertidos, grotescos, violentos e incorrectos. Y la acogida está siendo buenísima, como atestiguan las reseñas que vamos recogiendo en nuestro blog. Pronto lanzaremos la que fue su primera novela en 1968, The Gospel Singer. Un viaje al fondo más oscuro del sur estadounidense.

En una entrevista de hace unos años decíais que “todos vuestros libros están secretamente relacionados” y que “había mucho de hobby en vuestra labor como editores debido a que no “vivíais” de ello”. Editar sigue siendo una actividad de riesgo. ¿Seguís manteniendo ese espíritu o por el contrario el mercado obliga y castiga al editor a replantearse las cosas con los años?
Durante diez años sostuvimos la editorial con nuestro “tiempo libre”. A eso nos referíamos seguramente con lo de hobby. Ahora la palabra me chirría un poco. Porque la editorial no es un descanso ni un mero entretenimiento, sino una pasión y un trabajo (aunque no sea remunerado). Fue una decisión que tomamos en los orígenes y la hemos mantenido: que ninguno nos ganásemos la vida con la editorial. Si hubiésemos empezado ahora quizá la cosa hubiera sido distinta, o quizá no. La editorial se ajusta a nosotros (nuestros ritmos de vida) más que nosotros a ella. Y no pretende ser un modelo de nada para nadie. Está hecha para disfrutar -en ese sentido sí tiene parentesco con un hobby. Pero el trabajo voluntario tiene también sus límites. Nuestras vidas se complicaron naturalmente con el tiempo y no sé qué hubiera sido de nosotros sin el acuerdo de co-edición que firmamos hace cuatro años con Antonio Machado, donde nuestras propuestas encuentran ahora acogida, soporte, cariño y atención. En esa alianza estamos la mar de contentos. Seguimos vivos y con mucha ilusión por todo lo que hacemos.



Richard Stallman sobre Anonymous: defender la libertad en la Red

(ante las detenciones de la "cúpula" de Anonymous en España, es necesario releer este artículo de Richard Stallman)

Anonymous: protestas contra el Gran Hermano


Richard Stallman


Las protestas de Anonymous por WikiLeaks son una manifestación popular contra el control

Las acciones contra MasterCard y Amazon no son hacking. Se trata de gente que busca una forma de protestar en un espacio digital.

Las protestas en la red de Anonymous en apoyo a WikiLeaks son el equivalente en internet de una manifestación multitudinaria. Es un error denominarlas hacking (un juego de inteligencia y habilidad) o cracking (penetrar sistemas de seguridad). El programa LOIC que está utilizando Anonymous viene ya preparado de manera que no hace falta saber de informática para ponerlo en marcha, y no rompe ningún sistema de seguridad informática. Los manifestantes no han intentado hacerse con el control de la web de Amazon ni extraer ningún dato de MasterCard. Entran por la puerta principal y eso hace que las webs atacadas no puedan abarcar tanto volumen.

Tampoco se puede denominar a estas protestas como ataques distribuidos de denegación de servicio (DDoS). Un ataque DDoS se hace con miles de ordenadores "zombie". Normalmente, alguien trata de romper la seguridad de esos ordenadores (a menudo con un virus) y se hace con el control remoto de las máquinas, después las monta en una red controlada para que obedezcan sus órdenes (en este caso, sobrecargar un servidor). Los ordenadores de la protestas de Anonymous no son zombies; la idea es que están operadas de manera individual.

No. Es mucho más correcto compararlo con la multitud que se agolpó la semana pasada en las tiendas de Topshop. No acudieron a las tiendas para llevarse nada, pero

Lawrence de Arabia: sobre la lucha contra el copyright


Sobre la lucha contra el copyright - 26 de julio, 2003

por Wu Ming 1

El siguiente texto fue escrito el 1 de julio de 2003 y apareció en Giap #8, cuarta serie, 07/15/2003. En las siguientes semanas la RIAA y una camarilla de republicanos han lanzado una nueva ofensiva contra la compartición de ficheros y la "piratería", quizás el bombardeo más violento hasta la fecha.

No obstante, creemos que la estrategia de "conmoción y pavor" de la industria discográfica está condenada al fracaso, por encima de las bajas que provoque a corto plazo. La guerra de guerrillas es la llave inglesa perpetua en la maquinaria de guerra corporativa, y la inteligencia colectiva está ya trabajando en plataformas de intercambio más seguras. La "piratería" es algo social, y está ya profundamente enraizada en los patrones de comportamiento contemporáneos. Los jefes del entretenimiento corporativo no lo entienden. Por supuesto que no: sus cerebros ya no funcionan; cuanto más se acercan a la papelera de la historia, más se intoxican por el hedor.

Lawrence de Arabia: sobre la lucha contra el copyright

Hace unos meses Stampa Alternativa publicó una nueva separata de su colección "Gli Euro" ["Los Euros", cada separata cuesta exactamente un euro, N. del T.]. Es un texto simple y ágil que Sir Thomas Edward Lawrence (1888-1935, más conocido como Lawrence de Arabia) escribió para la entrada "Guerrilla" de la decimocuarta edición de la Encyclopaedia Britannica (publicada por primera vez en 1929).

La explicación de Lawrence es a la vez precisa y pintoresca, y va al corazón de la teoría sobre la guerra irregular, partiendo del ejemplo de la revuelta árabe contra el imperio otomano (1916-1918), en la que Lawrence mismo tomó parte al instigarla y dirigirla como representante de Su Majestad de Inglaterra. Aventurero, héroe, mitómano, Lawrence relató aquella guerra en Los siete pilares de la sabiduría, una autobiografía monumental en la que, según algunos, se concedió a sí mismo no pocas licencias poéticas.

La separata de la que hablamos consta de 50 páginas escasas y es una síntesis teórica de esta biografía. En ella se explican los principios clave y se los hace perfectamente comprensibles. Sobre todo lo demás, nos interesa resaltar que el texto "La ciencia de la guerra de guerrillas" arroja nueva luz sobre las "guerras del copyright" actuales, que el colectivo Wu Ming ha estado siguiendo durante muchos meses en Giap y en el periódico L'Unità (todos estos artículos pueden ser encontrados aquí).

La que se está combatiendo contra un capitalismo parasitario y unas instituciones jurídicas obsoletas es una verdadera guerra de guerrillas, ya que reúne todos los requisitos identificados por Lawrence. Por este motivo la industria del entertainment no ha sido capaz hasta el momento de tomar las medidas que necesita. No han bastado redadas, leyes cada vez más represivas, iniciativas judiciales, terrorismo psicológico, quejas y demás: lo que el poder llama "piratería" es una práctica endémica e inextinguible. La "piratería" es al mismo tiempo


El concepto de copia está en peligro de extinción, Harry Jenkins

(Entrevista con Henry Jenkins en Público)

"Lo que está recuperando la cultura digital es un proceso creativo más abierto, que tiene mucho en común con esa cultura oral. Estamos asistiendo a un proceso en el que el contenido de los media se reescribe, se relee, se remezcla y circula continuamente. Por eso me interesa cada vez más cómo esa circulación del contenido representa un proceso colectivo por el cual el público ayuda a distinguir lo valioso y lo insignificante dentro del flujo infinito mediático que nos rodea a diario".

"Todo esto cortocircuita, ciertamente, esa concepción romántica del autor como genio solitario del que proviene toda creación. Puede que nos devuelva a esa vieja noción del autor como bardo, esto es, alguien que moviliza los recursos creativos de su comunidad. Cuando Homero recitaba la Odisea, no inventaba la guerra de Troya, ni los dioses griegos, ni siquiera muchos de los giros de sus versos. Él combinaba elementos que tomaba prestados de otros bardos frente a una audiencia específica en un momento determinado. Una noción de autor que me parece muy apropiada para la era digital, ya se trate de un narrador profesional que construye un mundo en el que captura la imaginación de su público o de un amateur que toma elementos de ese mundo y juega con ellos. En ambos casos, la historia no es algo que deba ser fijado, sino que pertenece a la cultura y cualquiera es libre de hacer con ese material lo que desee."

"¿Y cómo podría redefinir todo eso las leyes de copyright?

No podría hablar de la ley española, que no conozco lo suficiente. Pero la ley americana, que ha influido en la de otros muchos países, consagra algunos supuestos sobre la autoría. Básicamente, asume el supuesto de una autoría corporativa. Por mucho que se hable de los derechos morales de los autores, estos no tienen derechos morales, según el copyright americano. Sus historias son propiedad de las compañías que las producen y distribuyen, y son empujadas fuera del proceso generativo de la cultura al que me refería antes. La ley asume, por tanto, algo así como una alquimia en la que algo emerge de la nada, en un acto de prístina creación, y que todo uso de ese trabajo supone una degradación y un daño. Por lo demás, esa ley da por hecho también un mundo en el que la mayoría de nosotros somos meros consumidores y no productores de historias. Incluso cuando se refiere al "uso justo" por terceros, se refiere sobre todo al derecho de otros profesionales como críticos, académicos o periodistas, antes que al derecho del público a comentar esos productos culturales. El mundo que yo describo, por tanto, supone una reconceptualización total de esas leyes. Mientras, la Ley del Copyright actual nos lleva a una situación parecida a la que vivió Estados Unidos bajo la Ley Seca en la década de 1930."

Entrevista completa
Aquí nuestro amigo Guillermo Zapata entrevistó a Jenkins para La Dinamo

Ilustración: Para los que no lo recordéis, Ulises 31 era una serie de animación de principios de los 80 que trasladaba la historia de Ulises (Odiseo) al siglo XXXI.

Copyright y maremoto, por Wu Ming 1

(texto de Wu Ming 1 incluido en Esta revolución no tiene rostro)

Actualmente existe un amplio movimiento de protesta y transformación social en gran parte del planeta. Tiene potencialidades constituyentes desmesuradas, pero aún no es completamente consciente de ello. Aunque su origen es antiguo, se ha manifestado sólo recientemente, apareciendo en varias ocasiones bajo los reflectores mediáticos y, sin embargo, trabajando día a día lejos de ellos. Está formado por multitudes y por singularidades, por retículas capilares en el territorio. Cabalga las más recientes innovaciones tecnológicas. Le quedan pequeñas las definiciones acuñadas por sus adversarios. Pronto será imparable y la represión nada podrá contra él.

Es lo que el poder económico llama "piratería". Es el movimiento real que suprime el actual estado de las cosas.

Desde que –no hace más de tres siglos– se impuso la creencia en la propiedad intelectual, los movimientos underground y "alternativos" y las vanguardias más radicales la han criticado en nombre del "plagio" creativo, de la estética del cut-up y del "sampling", de la filosofía "do it yourself". De más moderno a más antiguo se va del hip-hop al punk al proto-surrealista Lautreamont ("El plagio es necesario. El progreso lo implica. Toma la frase de un autor, se sirve de sus expresiones, cancela una idea falsa, la sustituye con la idea justa."). Actualmente esta vanguardia es de masas.

Durante decenas de milenios la civilización humana ha prescindido del copyright, del mismo modo que ha prescindido de otros falsos axiomas parecidos, como la "centralidad del mercado" o el "crecimiento ilimitado". Si hubiera existido la propiedad intelectual, la humanidad no habría conocido la epopeya de Gilgamesh, el Mahabharata y el Ramayana, la Ilíada y la Odisea, el Popol Vuh, la Biblia y el Corán, las leyendas del Graal y del ciclo artúrico, el Orlando Enamorado y el Orlando Furioso, Gargantúa y Pantagruel, todos ellos felices productos de un amplio proceso de conmixtión y combinación, reescritura y transformación, es decir, de "plagio", unido a una libre difusión y a exhibiciones en directo (sin la interferencia de los inspectores SIAE).

Hasta hace poco, las empalizadas de las “enclosures” culturales imponían una visión limitada, luego llegó Internet. Ahora la dinamita de los bits por segundo vuela esos recintos y podemos emprender aventuradas excursiones en selvas de signos y claros iluminados por la luna. Cada noche y cada día millones de personas, solas o en colectividad, rodean/violan/rechazan el copyright. Lo hacen apropiándose


La escritura colectiva y el no-copyright de Wu Ming

Fragmento de la entrevista-río concedida por Wu Ming 1 a la revista Arranca y al periódico Jungle World de Berlín en un parque del barrio de Kreuzberg el 23 de octubre de 2001. Entrevista y transcripción de Stefania Maffeis. Publicado en Esta revolución no tiene rostro, de Wu Ming.

Comunismo literario

Háblame de vuestra operación literario-política de la escritura colectiva y del no copyright.

Sobre la escritura colectiva se puede responder a dos niveles. Uno es que la literatura en realidad siempre ha sido colectiva, no existe la narrativa individual. La novela como tal no existiría sin un proceso que la ha dado forma y la ha transformado continuamente y es un proceso de cooperación social. Si pensamos en los poemas épicos de la antigüedad, veremos que no estaban compuestos por individuos sino por toda la comunidad, después una persona recogía todos los mitos y leyendas, pero se trataba de mitos que eran narrados y transformados constantemente, se les daba forma durante generaciones. Los otros precedentes de la novela en los últimos siglos han sido:

- El teatro isabelino, que era escrito de forma colectiva. Los autores intercambiaban historias y personajes, discutían juntos, ensayaban con actores que sugerían las respuestas, no había una división de papeles hiperespecializada como la que hoy hay entre autores, actores y público. Muchas de las tragedias y comedias isabelinas tenían versiones distintas y aquellas sobre las que nos basamos son las más recientes o bien son síntesis, montajes.

- la novela por entregas decimonónica, publicada en los periódicos. Es el antecedente más directo de la novela contemporánea, porque se ve como el feedback de los lectores puede cambiar radicalmente un texto. Hay un ensayo estupendo de Umberto Eco a propósito de Los misterios de París de Eugène Sue, donde se explica que los lectores mandaban cartas al periódico en el que se publicaba diciendo: “este personaje es odioso, quítalo”; o “porqué no se sitúa la acción en tal ciudad”, “pero cuándo vas a hacer que muera éste”.

Son todos procesos colectivos. Si existiese verdaderamente la escritura individual, entonces no existiría la novela. Nosotros cortamos por lo sano: no existe la escritura individual.

El otro aspecto de la respuesta es: ¿cómo nos arreglamos para escribir juntos? Una pregunta típica. Nosotros respondemos siempre que el método cambia de libro en libro, el método debe cambiar de acuerdo con la historia que se quiere contar. La constante es que hacemos mucha investigación histórica y que antes de empezar a escribir tenemos al menos el 90% de la trama, esbozada y dividida en secuencias. Entonces llegamos a un nivel en el que sabemos qué estilo queremos dar a cada cosa y podemos dividirnos el trabajo por capítulos que después releemos juntos. Para llegar a esto hemos tenido que trabajar durante años.

Respecto al no copyright: está claro, puesto que pensamos que la escritura es colectiva, la idea de propiedad intelectual de un escrito pierde vigencia. Nosotros plagiamos y “robamos” sin parar ideas de otros, y creemos que los demás deben de ser libres de hacerlo con las “nuestras”. Esto lo decimos con total honestidad: somos plagiadores como lo son todos los demás. Nos tocan los cojones los que dicen que tienen ideas originales, los que reproducen el mito del Autor, del Genio, se apropian de las ideas de otros sin decir que lo hacen, haciéndolas pasar por propias o ganando dinero sin reconocer la deuda. Si alguien quiere hacer dinero con las historias que escribimos, debe pagar, si alguien quiere cambiarlas o difundirlas de manera gratuita, puede hacerlo. Esta es la distinción fundamental. Nuestros libros son reproducibles hasta el infinito siempre que sea con fines no comerciales; por ejemplo, si un productor cinematográfico coge nuestras historias y gana dinero sin que nosotros veamos una lira, se trata de una política de rapiña típicamente capitalista enfrentada a las verdaderas dinámicas de producción y circulación del saber.

¿Es también en el sentido de la escritura colectiva como se debe entender vuestra presencia en el movimiento italiano?

Sí, en tanto que narradores de mitos estamos interesados en los movimientos, porque son forjas de mitos, los recuperan, los reinventan, los contienen y presuponen, los implican, remiten de unos a otros. En los movimientos se encuentran todas las hachas de guerra que hay que desenterrar y además se puede ayudar a desenterrarlas, porque quien sabe narrar apadrina el mito. Existe un uso inconsciente del mito: te limitas a asumirlo, como la bandera con la cara del Che Guevara, un mito que te viene dado y que no reformulas. Sin embargo, si se amplia la conciencia de cómo funciona un mito y de cómo puede ser útil, entonces habrá menos iconos del Che Guevara y una utilización del mito más parecida a la de los zapatistas, un mito que ha cambiado, la verdadera expresión de una comunidad que se desarrolla, que vive. Un mito debe estar vivo como la comunidad que lo narra, cuando se esteriliza se puede decir que también la comunidad se ha secado.


"La Red no tiene representantes, esa es su fuerza"


Diálogo de Amador Fernández-Savater con los lectores de Diagonal

Hola a tod@s, para mí ha sido muy complicado responder a las preguntas. Mi función nunca ha sido la del opinador que tiene respuesta y posición ante todo, sino más bien la de alguien que construye conversaciones y espacios donde poder pensar con otros. Respondiendo el cuestionario, me decía todo el rato a mí mismo: “esto lo contestaría bien Fulano o Mengano”, o bien “pues no sé, esto daría para una buena conversación colectiva”. Aquí se me hacen preguntas y se esperan respuestas. Pero mi actividad (en la editorial, en el periódico o en la radio) no pasa por ofrecer respuestas o soluciones, sino más bien por aportar elementos para construir nuevos marcos de lectura e interpretación de la realidad, nuevas bases donde las respuestas pueden tal vez algún día aflorar. En todo caso, espero no decepcionaros demasiado.

Ramón Calandria: Lo que cuentas en tu texto da miedo, no tanto por la coyuntura de la ley Sinde si no por ese poso que queda de una élite "intelectual" encerrada en sí misma --exagerando un poco-- al estilo del Ángel Exterminador, de Buñuel. Mi pregunta, no obstante, va por otro lado y apela a tu faceta de editor: ¿qué piensas del e-book? ¿tiene sentido si los libros en formato digital nos va a costar lo mismo que una edición en papel? ¿qué posibilidades le ves (recuperar libros descatalogados, "usar" libros que pasado su momento de utilidad no sirven de mucho --tipo guías de viaje, etc.--)?

Amador Fernández-Savater: Ay, Ramón. Qué vergüenza. No sé apenas nada sobre el e-book, ni tengo una opinión específica al respecto que pueda ser de interés. En Acuarela no nos hemos puesto aún a experimentar y reflexionar seriamente sobre este asunto (vaya tela, ¿no?). Nosotros insistimos aún con el libro físico, confiando en que es una buena tecnología y que sobrevivirá. Supongo que en el fondo lo hacemos porque nosotros mismos -nuestra cabeza, nuestra manera de leer- está hecha a la medida del libro físico. Un amigo editor que ha investigado un poco más sobre el libro electrónico nos decía: “me da la impresión de que todos los avances del libro electrónico consisten en que se parece cada vez más a un libro físico...”. Entonces el desafío para nosotros es cuidar bien todos esos aspectos y detalles que diferencian un libro físico de un libro electrónico, el valor singular que tiene el libro-objeto no sólo como fetiche sino también como una forma de organización específica de la información.

Ya ves que no te digo mucho. A cambio, te lanzo algo sobre lo primero que comentas. En efecto, creo que, más allá de la coyuntura-Sinde, lo interesante de lo que está pasando en el terreno cultural es quizá que refleja una situación más general. Yo lo expresaba así en el texto: “hay una élite que está perdiendo el monopolio de la palabra y de la configuración de la realidad. Y sus discursos traducen una mezcla de disgusto y rabia hacia esos actores desconocidos que entran en escena y desbaratan lo que estaba atado y bien atado”. Me refiero a la crisis general de la Cultura de la Transición que gobierna en España desde hace treinta años (en todos los planos: político, cultural, etc.). Y a la aparición en escena de nuevos actores difusos, borrosos y ambiguos, que no son exactamente “movimientos sociales” pero están cambiando las cosas a su modo, abriendo lo posible. Trato de desarrollar un poco más esto en un artículo titulado “La crisis de la cultura consensual en España” que aparecerá enseguida en una revista nueva llamada El estado mental.

La imagen de El ángel exterminador que propones me parece muy buena. Estamos encerrados en un bucle y no podremos salir hasta que dejemos de pensar con un “viejo cerebro” que confunde la cultura con la industria, a los trabajadores culturales con el star-system, el intercambio en la Red con la piratería, etc. Con el viejo cerebro estamos en un callejón sin salida, en una espiral hecha de miedo y ignorancia que tiene por solo recurso la fuerza bruta. Eso es lo que yo vi y viví en la cena famosa.

Julio Carriedo: ¿Qué opinas de la dimisión de Alex de la Iglesia al frente de la academia de cine?

AFS: En “la cena del miedo”, Álex de la Iglesia no cuestionó nada, ni dijo nada esencialmente distinto a la mayoría, ni recogió ninguna de mis intervenciones “críticas” como algo a valorar. Esa es la verdad. Así que su dimisión posterior me sorprendió (para bien). Hay quien dice que se trata de la decisión honesta de alguien que ha cambiado de opinión. Hay quien dice que se trata de un gesto oportunista para rehacer una imagen muy cuestionada (la de un cineasta independiente, crítico, gamberro, outsider), algo que estaba afectando decisivamente a su trabajo. Yo ahí no entro. En cualquier caso, lo importante para mí es que su gesto, amplificado por toda la gente crítica con la Ley Sinde, ha supuesto una crisis muy fuerte en la legitimidad del búnker.

Antonio: Buenas, era un devoto seguidor de la Revista Archipiélago, y ahorita querría preguntarle si no sería interesante poner con licencia "copyleft" los contenidos de la misma, disponibles para todo el mundo. En la web sólo hay algunos textos sueltos y los índices.