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Mediterráneo Sur: reseña de Estrella del Alba

 

Reseña de Estrella del Alba, de Wu Ming 4, Hombres soñando tras la guerra, firmada por Daniel Iriarte, en Mediterráneo Sur.


Es sabido que todos los hombres sueñan, pero no todos sueñan del mismo modo. Y eso, precisamente, es lo que nos viene a contar la novela Estrella del Alba. La última ficción del colectivo Wu Ming nos relata las cuitas de cuatro personajes que deambulan por el Oxford de 1919, veteranos todos ellos de la Gran Guerra, traumatizados, cada uno a su modo, obligados a lidiar con responsabilidades familiares e identidades reprimidas. Tom, Clive, Bob y Jack. O, respectivamente, tal y como el mundo les conocerá después, Lawrence de Arabia, C. S. Lewis, Robert Graves y J. R. R. Tolkien.
 
La idea de juntar a varios personajes históricos e imaginar sus interacciones dista mucho de ser nueva. Es, de hecho, una técnica bastante recurrente en los escritores de 'best sellers'. Pero Estrella del Alba está a años luz de ser un producto de fórmula, cocinado artificialmente.
"La sofisticación del cerebro que ha tramado esta deliciosa ficción queda de manifiesto guiños exquisitos"

Graves sobre Nancy Nicholson (II)


ROBERT GRAVES (Wimbledon, Londres, 24 de julio de 1895 - Deià, 7 de diciembre de 1985)
Poeta veterano de las trincheras, afectado por traumas, por explosiones, y en busca de una nueva inspiración. Conocer a Lawrence de Arabia cambiará por siempre sus versos y su vida.

NANCY NICHOLSON (1899–1977)
Primera esposa de Robert Graves. No se considera una buena esposa, sino una mujer. Quiere borrar la guerra y la prosopopeya de los hombres que la combatieron.

 Graves sobre Nicholson ( I)


CAMBIO DE LEALTADES
“[…] Mi nueva lealtad hacia Nancy y Jenny [su hija] tendía a disminuir la lealtad al regimiento, ahora que la guerra había terminado. En una ocasión en que me hallaba en mi habitación, contemplando el patio del cuartel, comencé a escribirles una absurda carta rimada:

¿Existe una canción lo suficientemente dulce / para Nancy y para Jenny? / Le preguntó Simón el Bueno a un comerciante. / Me parece que no; no conozco ninguna. / He recorrido el camino de Babilonia. / Volé alrededor de la tierra como un pájaro, / He cabalgado hasta Banbury Cross, / Pero jamás he oído esa dulce canción.

En aquel momento algunos camaradas del regimiento volvieron a los cuarteles después de una marcha de rutina; los tambores y los pífanos se acercaron a mi ventana haciendo vibrar los cristales con la Marcha de los granaderos ingleses. La insistente repetición de esta melodía y las ásperas palabras de mando que oía a medida que las tropas se reunían, compañía tras compañía, en el patio, parecieron un desafío a Babilonia y a Banbury Cross. La Marcha de los granaderos ingleses logró en un momento introducirse en el poema.

Hay quien habla de Alejandro, / quien habla de Hércules.

Para ser repudiada inmediatamente:

Pero, ¿quién habla de Nancy y de Jenny? / ¿Y con quién podría compararlas?

¿Había dejado de ser un granadero inglés? […]”

EL FEMINISMO DE NANCY (II)

“[…] Para Nancy, el socialismo no podía tener más que un objetivo: la igualdad jurídica entre los sexos. Para ella, todos los males del mundo se debían al dominio y a la estrechez mental de los varones, y no podía comparar mis sufrimientos de guerra con los padecimientos que millones de mujeres casadas tenían que sufrir sin quejarse. Esto, por lo menos, tenía el efecto de hacer pasar la guerra a un segundo plano de mis preocupaciones; mi amor por Nancy me hacía respetar sus puntos de vista. Pero la estupidez y el egoísmo masculinos constituían para ella tal obsesión que comenzó a incluirme en su condenación universal del sexo masculino. Pronto, no pudo tolerar la presencia de un periódico en casa, porque la lectura de algún párrafo la horrorizaba; por ejemplo, sobre la necesidad de anunciar el índice de natalidad, o sobre la inteligencia limitada de las mujeres, o sobre las desvergonzadas jóvenes modernas de pecho plano; o sobre todo aquello que los clérigos escribían en torno a las mujeres. Nos inscribimos en la recién formada Sociedad Constructiva para el Control de la Natalidad, y distribuimos sus folletos entre las mujeres de la población, para gran escándalo de mi familia.

Lo que empeoraba las cosas era que ninguno de nosotros frecuentaba la iglesia de Harlech, y que nos negamos a bautizar a Jenny. Mi padre llegó a escribirle al padrino de Nancy, que resultó ser mi editor, pidiéndole que persuadiera a Nancy, por cuyos principios religiosos había prometido velar ante la pila bautismal, de bautizar cristianamente a su hija. Les escandalizaba también que Nancy siguiera usando su propio nombre y que se negara a que la llamasen “señora Graves” en cualquier ocasión. Ella explicaba que con “señora Graves” perdía su individualidad. En aquella época los hijos eran propiedad exclusiva del padre. La ley no reconocía a las madres derechos sobre ellos […]”.

FIN DEL MATRIMONIO Y TÍTULO DE LA AUTOBIOGRAFÍA DE GRAVES

“[…] El resto de esta historia, de 1926 a la fecha, es dramático pero impublicable. Tanto la salud como nuestras finanzas mejoraron, pero el matrimonio se derrumbó. Nuevos personajes aparecieron en el escenario. Nancy y yo nos dijimos cosas imperdonables. Nos separamos el 6 de mayo de 1929. Ella, por supuesto, insistió en quedarse con los niños. De manera que yo me marché al extranjero, decidido a no volver nunca más a vivir en Inglaterra; lo que explica el Adiós a todo eso del título […]”.

(Textos extraídos de Adiós a todo eso, de Robert Graves. Traducción de Sergio Pitol).


Más aventuras y textos de C.S. Lewis, Tolkien, Graves y Lawrence de Arabia
Estrella del Alba: una historia que cambiará sus vidas

Graves sobre Nancy Nicholson

ROBERT GRAVES (Wimbledon, Londres, 24 de julio de 1895 - Deià, 7 de diciembre de 1985)
Poeta veterano de las trincheras, afectado por traumas, por explosiones, y en busca de una nueva inspiración. Conocer a Lawrence de Arabia cambiará por siempre sus versos y su vida.

NANCY NICHOLSON (1899–1977)
Primera esposa de Robert Graves. No se considera una buena esposa, sino una mujer. Quiere borrar la guerra y la prosopopeya de los hombres que la combatieron.

PRIMER ENCUENTRO CON NANCY NICHOLSON

“[…] Por esa época comencé a recordar a Nancy Nicholson. La había conocido en abril de 1916, en la casa de los Nicholson en Harlech, después de mi operación de nariz. Tenía entonces dieciséis años, y había ido a pasar las vacaciones escolares en Harlech; conocí también a su hermano Ben, el pintor, que debido al asma no se había podido incorporar al ejército. Cuando volví a Francia en 1917, fui a visitar a Ben y al resto de su familia en Chelsea, y la última persona que se despidió de mí cuando me dirigía a la estación Victoria fue Nancy. La recordaba de pie en el pórtico de su casa, con un vestido de terciopelo negro y un collar de coral. Era una joven ignorante, con una mente independiente y buen corazón; su actitud hacia la guerra era mucho más inteligente que la de la mayoría de las personas en Inglaterra. En el verano de 1917, poco después del episodio con Marjorie, la llevé a una revista musical, la primera que veía en mi vida. Era Cheep, con Lee Write, que cantaba sobre una Susana de ojos negros, y de cómo “las chicas debían convertirse en los hijos de los granjeros, quitarse la falda y ponerse pantalones de pana”. Nancy me dijo que también ella trabajaba en el campo. Me mostró sus pinturas, unas ilustraciones para el Jardín de poemas infantiles de Stevenson. Mi amor por los niños se correspondía con el suyo. Me gustaba toda la familia, especialmente su madre, Mabel Nicholson, pintora, una mujer bella y con una fantasía melancólica muy escocesa. William Nicholson, también pintor, se cuenta todavía entre mis amigos. Tony, un hermano algo mayor que Nancy, era oficial de artillería, y esperaba ser movilizado a Francia en cualquier momento […]”.


EL FEMINISMO DE NANCY (I)

“[…] Comencé a mantener correspondencia con Nancy sobre algunos poemas para niños que había escrito y que ella deseaba ilustrar. Poco tiempo después me enamoré de ella. Durante mi siguiente salida con permiso, en octubre de 1017, fui a visitarla a la granja donde trabajaba en Huntingdonshire… sola, con su caniche negro, entre granjeros, braceros y soldados heridos que trabajaban en el campo; la ayudé en sus labores. Después de eso nuestras cartas fueron más íntimas. Me advirtió que debía tener mucho cuidado al expresar mis opiniones sobre las mujeres, porque ella era feminista; la actitud de los granjeros de Huntingdon para con sus mujeres e hijas la mantenía en un estado de ira permanente. El brutal resumen de Nancy de la religión cristiana (“Dios es varón, por consiguiente todo está podrido”), me quitó un peso de encima […]”.

BODA

“[…] Volví a ver a Nancy nuevamente cuando fui de visita a Londres en diciembre, y decidimos casarnos de inmediato. Aunque no concedíamos mayor importancia a la ceremonia, Nancy no quería desilusionar a su padre, a quien le gustaban mucho las bodas y las fiestas. Yo esperaba que me movilizasen a Egipto, y además me proponía ir a Palestina. Sin embargo, la madre de Nancy puso como condición para el matrimonio (Nancy era aún menor de edad) la visita a un especialista de Londres para saber si estaba en condiciones de incorporarme al servicio activo en el curso de uno o dos años más. Fui a ver a sir James Fowler, que me había visitado en Ruán cuando estaba herido. Me dijo que mis pulmones parecían bastante saludables; aunque tenía adherencias bronquiales y el pulmón herido no alcanzaba más que la tercera parte de su desarrollo normal; afirmó que sería una locura en el estado en que se encontraba mi sistema nervioso pensar en volver al servicio activo en cualquiera de los teatros de la guerra.

Nancy y yo nos casamos en enero de 1918 en la iglesia de St. James, en Picadilly. Tenía dieciocho años y yo, veintidós. George Mallory fue nuestro padrino. Nancy había leído por primera vez esa mañana el acta de matrimonio y se había quedado tan aterrorizada que estuvo a punto de renunciar a la boda, aunque logré que la ceremonia se modificara y se redujera en todo lo posible. Es otra escena caricaturesca la que tengo ante mis ojos; yo, caminando por aquella alfombra roja, con botas de campo, espuelas y espada: Nancy, frente a mí, vestida con un traje de novia de seda azul, absolutamente furiosa; los bancos a ambos lados de la iglesia llenos de familiares; tías con pañuelos en los ojos; los niños del coro; Nancy murmuraba las respuestas con indignación; yo las recitaba con mi voz de oficial en un campo de maniobras.

Luego, la recepción. En esa etapa de la guerra, el azúcar sólo se podía obtener con tarjetas de racionamiento. Había un pastel de boda de tres pisos, pues los Nicholson habían guardado todas sus tarjetas de azúcar y mantequilla de un mes, para que supiera a pastel de verdad; pero cuando George Mallory quitó la caja de plástico que imitaba el hielo, un suspiro de desencanto escapó de boca de los invitados. De cualquier manera, el champán era otro producto muy difícil de obtener en esos días, y los invitados se arremolinaron ante la docena de botellas que había en la mesa.

–Espera –dijo Nancy–; por lo menos voy a obtener algo de este matrimonio.

Después de beber tres o cuatro copas, Nancy salió de la habitación y volvió a aparecer vestida con sus pantalones y su chaqueta de trabajadora agrícola. Mi madre, que había disfrutado enormemente de la ceremonia y la fiesta, tuvo que apoyarse en su vecino, el ensayista E.V.Lucas; luego exclamó:

–¡Oh, cielos, me hubiera gustado tanto que no hiciera eso!

La turbación que experimentamos en nuestra noche de bodas (tanto Nancy como yo éramos vírgenes) la atenuó una incursión aérea alemana; las bombas arrojadas por un zepelín no lejos de allí produjeron una confusión indecible en el hotel.

Una semana después, Nancy volvió a su granja y yo a mi campamento en Kinmel Park […]”.


Más aventuras y textos de C.S. Lewis, Tolkien, Graves y Lawrence de Arabia

GRAVES sobre LAWRENCE (II)

T. E. Lawrence
La fascinación que sintió Robert Graves por T. E. Lawrence quedó de manifiesto tanto en su obra Lawrence y los árabes (1927), uno de sus primeros libros extensos en prosa, como en sus memorias Adiós a todo eso, una obra que veintiocho años más tarde, Graves corregiría para reemplazar el capítulo dedicado a Lawrence por otro más amplio escrito cinco años después. Seleccionamos aquí algunos pasajes de dicho capítulo. (Ver primera parte de 'Graves sobre Lawrence')
 
EL DEPARTAMENTO DE LAWRENCE

“[…] El departamento de Lawrence era oscuro, con las paredes revestidas de caoba, con una gran mesa y un escritorio como muebles principales. Había también dos pesados sillones de cuero que había adquirido de un modo curioso. Un día se presentó repentinamente un millonario americano, petrolero, cuando yo estaba allí, y le dijo:

–He venido desde Estados Unidos, coronel Lawrence, con el objeto de hacerle una sola pregunta. Usted es el único hombre que puede responderla honestamente. ¿Justifican las condiciones políticas de Oriente Medio la inversión de mi dinero en el petróleo de Arabia Saudita?

Lawrence, sin levantarse, respondió tranquilamente:

–No.

–Eso es todo lo que deseaba saber; ha valido la pena hacer el viaje. ¡Muchas gracias y buenas tardes! –en su rápida mirada por el cuarto advirtió que algo faltaba, y al pasar por Londres camino de su país, eligió los sillones y se los envió a Lawrence con su tarjeta.

Las otras cosas que podían verse en el cuarto eran cuadros, incluido el retrato del emir Feisal, pintado por Augustos John, que Lawrence compró, según tengo entendido, con el diamante que llevaba como marca de honor en su turbante árabe; sus libros, entre los que se hallaba Chaucer de Kelamscott; tres alfombras para orar, regalo de los jefes árabes, una de ellas con un bordado en lapislázuli, la campana de la estación de Tell Shawn procedente del ferrocarril de Hedjas; y, sobre la chimenea, un juguete de cuatro mil años de antigüedad, un soldado de arcilla hallado en la tumba de un niño en Charhemish, donde Lawrence había hecho excavaciones antes de la guerra […]”.

PROYECTOS DE LAWRENCE EN OXFORD




“[…] Yo trabajaba entonces en un nuevo libro de poemas, que reflejaba mi angustiosa condición de entonces; apareció más tarde con el título de El espejo. Lawrence me hizo algunas sugerencias para mejorar esos poemas, la mayoría de los cuales aproveché. A veces su comportamiento era como el de un estudiante. En una ocasión visité la cima de Radcliffe y desde allí vi los techos de los colegios vecinos. En un pináculo de All Souls ondeaba una pequeña bandera escarlata de Hedjas. Lawrence había sido un famoso escalador de muros doce años antes, cuando era estudiante en el Colegio de Jesús. Me habló de dos o tres proyectos para engalanar All Souls y Oxford en general. Uno era reemplazar la madera podrida del cuadrángulo; había sugerido en una reunión del colegio que se quemara o la sustituyeran; no se hizo nada. Había propuesto sembrar setas en él, y consultó con un experto de la ciudad. Pero las dificultades técnicas del cultivo de setas resultaron ser muchas, y Lawrence tuvo que ir a ayudar a Winston Churchill a redactar los acuerdos sobre Oriente Próximo de 1922, antes de que los acontecimientos los superaran.

Otros proyecto, para el que solicitó mi ayuda, consistía en robar los ciervos del Colegio de la Magdalena. Los podríamos conducir una mañana muy temprano al pequeño cuadrángulo interior de All Souls, bastaba con convencer al colegio para que respondiera a las protestas de los de la Magdalena afirmando que se trataba del rebaño de All Souls que había pastado en nuestros prados desde tiempo inmemorial. Esperábamos grandes cosas de aquel asalto, pero nos hacía falta Lawrence como caudillo; por eso el plan se derrumbó con su partida. Sin embargo, logró organizar con buenos resultados una huelga entre los sirvientes del colegio para obtener mejores honorarios y salarios, cosa que no había ocurrido desde la fundación de la universidad. También se proponía regalar un pavo real al colegio, que debería llamarse Nathaniel, el nombre de lord Curzon, un enemigo de Lawrence y rector de la universidad […]”.


RETRATOS DE LAWRENCE

Retrato de Augustus John
“[…] En esa época Lawrence se interesaba en conocer a los principales pintores y escultores, y trataba también de aprehender el secreto de su arte. Frecuentemente posaba como modelo para ver lo que hacían con él y comparar los resultados.

Hace poco vi la versión de sir Williams Orpen (la obra amplía de manera curiosa y casi difamatoria un elemento muy rara vez visto en el carácter de Lawrence), un aire furtivo de muchacho de la calle. Es lo opuesto al retrato de Augustus John en el que su heroísmo es demasiado grandilocuente […]”.

(Textos extraídos de Adiós a todo eso, de Robert Graves. Traducción de Sergio Pitol).


Graves sobre Lawrence (I)
Más aventuras y textos de C.S. Lewis, Tolkien y Lawrence de Arabia
Estrella del Alba: una historia que cambiará sus vidas


GRAVES sobre LAWRENCE (I)

ROBERT GRAVES

(Wimbledon, Londres, 24 de julio de 1985 - Dejà, 7 de diciembre de 1985)

Poeta veterano de las trincheras, afectado por traumas, por explosiones, y en busca de una nueva inspiración. Conocer a Lawrence de Arabia cambiará por siempre sus versos y su vida.











La fascinación que sintió Robert Graves por T. E. Lawrence quedó de manifiesto tanto en su obra Lawrence y los árabes (1927), uno de sus primeros libros extensos en prosa, como en sus memorias Adiós a todo eso, una obra que veintiocho años más tarde, Graves corregiría para reemplazar el capítulo dedicado a Lawrence por otro más amplio escrito cinco años después. Seleccionamos aquí algunos pasajes de dicho capítulo.


PRIMER ENCUENTRO CON LAWRENCE,
LA IMAGEN DE LA ESTRELLA DEL ALBA

“[…] La primera vez que vi al coronel T. E. Lawrence, vestía de rigurosa etiqueta. Debió de ser en febrero o marzo de 1920, y la ocasión fue una velada en All Souls, donde acababa de obtener una beca de investigación de siete años. La formalidad del traje de etiqueta concentraba la atención en los ojos, y los ojos de Lawrence me atrajeron inmediatamente. Eran de un azul sorprendente, aun a la luz artificial, y nunca se fijaban en los del interlocutor, sino que recorrían toda la persona como si se propusieran hacer un inventario de la ropa y los miembros. Yo era un huésped circunstancial y conocía allí a muy poca gente. Lawrence conversaba con el profesor de teología sobre la influencia de los filósofos griegos de Siria en el cristianismo primitivo, y en especial sobre la importancia de la Universidad de Gadara, junto al lago de Galilea; mencionó que Santiago había citado a uno de los filósofos de Gadara (a Menasalco, me parece) en su epístola. Habló después de Meleagro y de otros poetas griegos de Siria que habían contribuido a la antología griega, y cuyos poemas pensaba publicar en traducción inglesa. Yo me uní a la conversación y mencioné una imagen sobre la estrella de la mañana que Meleagro empleó alguna vez de un modo poco frecuente entre los griegos. Lawrence se volvió hacia mí.

–Usted debe de ser el poeta Graves, ¿no es cierto? Leí un libro de poemas suyo en Egipto en 1917, y me pareció bastante bueno.

Aquella amabilidad me turbó. Empezó a preguntarme por los nuevos poetas; decía haber perdido el contacto con los autores contemporáneos. Yo le dije lo que sabía […]”.


LAWRENCE Y LOS POETAS

“[…] No hacía mucho que Lawrence había vuelto de la Conferencia de la Paz donde había actuado como consejero del Emir Feisal, y estaba trabajando en la segunda versión de Los Siete Pilares de la Sabiduría; le habían concedido la beca a condición de escribir un libro que fuera la historia formal de la rebelión árabe.

Con frecuencia lo visitaba en su departamento por las mañanas entre clase y clase, pero nunca antes de las once u once y media, porque sabía que trabajaba por las noches y que se acostaba al amanecer. Aunque él nunca bebía, enviaba siempre a un empleado a que me llenara un vaso de cerveza. Aquella cerveza, fabricada en el colegio, era tan suave como el té, pero tenía un alto nivel de alcohol. El príncipe Alberto de Schleswig-Holstein había ido en una ocasión a Oxford a inaugurar un museo; antes de la ceremonia había almorzado en All Souls; la suavidad de aquella cerveza pareció decepcionarlo, pero por la tarde habían tenido que llevarlo a la estación en un coche con todas las ventanillas cerradas.

No sabía nada en concreto sobre las actividades de Lawrence durante la guerra, aunque mi hermano Philip había estado con él en el Departamento de Inteligencia en el Cerro en 1915. Yo no le preguntaba sobre la rebelión, en parte porque a él parecía disgustarle el tema (Lowell Thomas daba en ese momento conferencias en Estados Unidos sobre Lawrence de Arabia), y en parte porque habíamos convenido no mencionar nunca la guerra: estábamos sufriendo ambos sus efectos y disfrutábamos de Oxford como un descanso demasiado bueno para creerlo. Por eso, aunque sobre la mesa se apilaban las largas hojas de papel cubiertas de letra pequeña de Los Siete Pilares, tenía que refrenar mi curiosidad. En cierta ocasión me habló de sus labores arqueológicas en Mesopotamia antes de la guerra; pero era sobre poesía, especialmente poesía moderna, de lo que más conversábamos.


Quería conocer a todos los poetas que había en Oxford, y a través de mí conoció entre otros a Siegfried Sassoon, Edmund Blunden, Masefield, y, más tarde, a Thomas Hardy. Sentía franca envidia por los poetas. Consideraba que ellos estaban en posesión de un secreto que tal vez podía aprehender y aprovechar. Charles Doughty era su héroe principal y logró que se lo presentaran a través de Hogarth, uno de los conservadores del museo de Ashmolean, y a quien él consideraba como su segundo padre. Lawrence veía en el secreto del poeta una maestría técnica del lenguaje más que un modo especial de vivir y pensar. Yo no tenía los suficientes conocimientos como para rebatir aquella tesis, y cuando llegué a saber algo, unos años más tarde, encontré que Lawrence era un individuo difícil de convencer. Para él, la pintura, la escultura, la música y la poesía eran actividades paralelas que diferían sólo en el medio de expresión que empleaban. Lawrence me dijo en una ocasión:

-Cuando le pregunté a Doughty la razón que lo había llevado a viajar por Arabia, me respondió que lo había hecho para redimir al idioma inglés del pantano en que había caído desde los tiempos de Spenser.

Aquellas palabras de Doughty parecían haber causado una gran impresión a Lawrence, y en parte a eso se debía la furia con que trabajaba el estilo de Los Siete Pilares […]”.


Más aventuras y textos de C.S. Lewis, Tolkien y Lawrence de Arabia
Estrella del Alba: una historia que cambiará sus vidas

LOS HORRORES DE LA GUERRA SEGÚN GRAVES (III)



“[…] Los heridos y los prisioneros desfilaban delante de nosotros en la penumbra. Me anonadó el espectáculo de los caballos y mulas muertos; los cadáveres humanos me parecían algo normal, en cambio resultaba innoble meter a los animales en una guerra como esa […]”.

“[…] Llevábamos puestos los uniformes de combate y por las noches teníamos frío, de manera que un día me interné en el bosque en busca de tabardos alemanes que pudiésemos utilizar como mantas. El bosque estaba lleno de cadáveres gigantescos de soldados alemanes y de pequeños cadáveres de soldados pertenecientes a los batallones del Nuevo Ejército, al Real Galés y a los fronterizos del sur de Gales. No había un solo árbol que no estuviera desgajado. Recogí los tabardos, y regresé lo más rápidamente que pude, abriéndome paso a través de las frondas caídas. Hic el viaje de ida y el de regreso por la única ruta posible, pasé junto al cadáver hinchado y fétido de un alemán con la espalda apoyada en el tronco de un árbol. Llevaba gafas. Tenía la cara verduzca y el cabello cortado casi al rape; unos coágulos de sangre negra le manchaban la nariz y la barba. Pasé al lado de otros dos cadáveres inolvidables: un soldado de los fronterizos del sur de Gales y otro del Regimiento Lehr, que habían logrado clavarse las bayonetas a la vez el uno al otro. Un superviviente de la batalla me dijo después que había visto a un joven soldado de la Decimocuarta Brigada del Real Galés emplear la bayoneta contra un soldado alemán como si estuviera haciendo prácticas en el cuartel, y exclamando automáticamente: “¡Adelante, atrás, en guardia!”. […]”.

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TEXTO SATÍRICO

“[…] Ya no veíamos la guerra como un conflicto entre dos potencias comerciales rivales: su continuación nos parecía sólo el sacrificio de una joven generación de idealistas en aras de la estupidez y el miedo egoísta de los mayores. En aquella época escribí algunos textos satíricos:

La guerra debería ser un deporte reservado únicamente a los hombres de más de cuarenta y cinco años, a los Josés y no a los Davides. Sí, querido papá, ¡qué orgulloso me siento de que sirvas a tu país como un valiente caballero dispuesto a realizar el sacrificio supremo! ¡Cómo desearía poder tener tu edad: con qué placer me pondría mi armadura y me lanzaría a combatir contra aquellos nombrables filisteos! Por supuesto, en estas circunstancias, no puedo marginarme; debo permanecer detrás, en el Ministerio de la Guerra y hacer el trabajo administrativo en beneficio vuestro, de los afortunados ancianos. ¿Qué de sacrificios ha hecho!, suspiraría David mientras los ancianos marcharían al frente cantando Tipperary. ¡Allá va mi padre, y mi tío Salomón y mis dos abuelos! ¡Todos en servicio activo! ¡Es necesario que ponga una tarjeta en mi ventana con sus nombres! […]”.


CARTA DE REPUDIO A LA GUERRA

“[…] (Esta declaración se la hizo a un oficial de su regimiento el subteniente del Tercer Batallón de los Fusileros Reales Galeses, Cruz Militar, recomendado para la condecoración por conducta distinguida, como explicación de su renuncia a servir por más tiempo en el ejército. Alistado el 3 de agosto de 1914, se distinguió por su valor en Francia, fue gravemente herido y hubiera podido obtener un puesto militar en Inglaterra en el caso de permanecer en el ejército).

La presente declaración es un acto de voluntario desafío a la autoridad militar, porque creo que la guerra ha sido deliberadamente prolongada por aquellos que tienen los medios de ponerle fin.

Soy soldado, y estoy convencido de que actúo en nombre de los soldados. Creo que esta guerra en la que había decidido tomar parte por tratarse de una guerra defensiva y de liberación, se ha convertido en una guerra de agresión


LOS HORRORES DE LA GUERRA SEGÚN GRAVES (II)



HERIDOS

“[…] Recibir una buena herida es lo único en que piensa un soldado después de cierto tiempo. Sólo doce hombres del batallón habían estado desde el principio, y todos eran soldados del equipo de transportes, con la excepción de Beaumont, un soldado de mi pelotón. Los pocos supervivientes del último encuentro infectaban a los hombres nuevos con su pesimismo; no creían en la guerra, no creían en nuestros dirigentes. Por lo menos obedecían a sus oficiales, porque los oficiales eran por lo general bastante decentes. Esperaban con ansiedad una batalla, ya que proporcionaba mayores oportunidades de obtener una herida seria en una pierna o en un brazo que la guerra de trincheras. En la guerra de trincheras la proporción de heridas en la cabeza es mucho mayor […]”.


CADÁVERES

“[…] 28 de mayo. En las trincheras, en medio de las montañas de ladrillos de Cuinchy. Esta no corresponde en absoluto a la idea que tenía de las trincheras. Ha habido abundantes combates en los alrededores. Las trincheras se han hecho solas, más que por la acción humana, y corren en todas las direcciones en medio de un montón de ladrillos. Todo es de los más confuso. El parapeto de una trinchera que ocupamos se ha hecho con cajas de municiones y cadáveres. Todo aquí está húmedo y apesta. Los alemanes están muy cerca: tienen la mitad del muro de ladrillos y nosotros dominamos la otra. Este es un lugar privilegiado para los rifles y granadas de los alemanes y para sus morteros. No podemos responder adecuadamente; tenemos un número muy limitado de rifles y nada que pueda equipararse a los morteros alemanes. Esta mañana, a la hora del desayuno, nada más salir de mi refugio, una granada cayó a menos de dos metros de donde yo me encontraba. No sé por qué en vez de rodar y explotar se detuvo en la arcilla húmeda y se quedó contemplándome. Es difícil verlas llegar. Las disparan con rifle, con la base apoyada en el suelo y el cañón ligeramente inclinado hacia arriba; se elevan a gran altura y luego descienden con la cabeza hacia abajo. No puedo entender cómo esta granada llegó rodando. Cualquier posibilidad para ello parecía improbable […]”.


“[…] 9 de junio. Comienzo a advertir la suerte que he tenido al descubrir la guerra de trincheras en Cambrin. Ahora ocupamos una colina repugnante un poco al sur de los muros de ladrillos, donde tuvimos abundantes bajas. Nuestra compañía perdió ayer diecisiete hombres, víctimas de las granadas y los obuses. Nuestras trincheras están a menos de treinta metros de la primera línea alemana. Hoy me paseaba por un lugar que está sólo a unos veinte metros de un nido de ametralladoras ocupado por los alemanes y silbaba una melodía para mantener la moral alta, cuando de pronto vi a un grupo inclinado sobre un hombre hendido en el fondo de una trinchera. Emitía una especie de ronquido mezclado con ruidos animales. A mis pies yacía la gorra del soldado, mezclada con sus sesos. Nunca había visto un cerebro humano. De alguna manera lo había asociado siempre con un concepto poético. Uno puede bromear con un soldado malherido y felicitarlo porque lo han puesto fuera de combate. Se puede no hacer caso de un cadáver. Pero ni siquiera un minero puede bromear con un hombre que tarda tres horas en morir después de que le hayan volado la parte superior de la cabeza con un proyectil disparado a veinte metros de distancia […]”.


 
RATAS

“[…] En Cuinchy proliferaban las ratas. Subían del canal, se alimentaban de los cadáveres que abundaban en los alrededores, y se multiplicaban de una manera alarmante. Mientras estuve allí con el Galés, un nuevo oficial se unió a la compañía y, en señal de bienvenida, recibió un refugio con una cama colchón. Al caer la noche y dirigirse a su cama oyó un ruido extraño, encendió la linterna y descubrió a dos ratas que en la cama se disputaban encarnizadamente una mano. La historia suscitó la hilaridad general […]”.

CUERPOS DESPEDAZADOS

“[…] Al amanecer no recibimos ninguna orden, y después de aquello ya no se habló de nuevos ataques. Desde la mañana del 24 de septiembre hasta la noche del 3 de octubre, había dormido un total de ocho horas. Lo único que me logró mantener despierto y vivo fue el consumo de una botella de whisky diaria. Nunca había bebido whisky, y a partir de entonces lo he hecho en muy raras ocasiones; pero es seguro que entonces fue un gran sostén. No teníamos mantas, abrigos o impermeables, ni el tiempo ni el material necesarios para construir nuevos refugios. La lluvia caía implacablemente. Todas las noches salíamos a recoger los muertos de los otros batallones. Los alemanes seguían mostrándose indulgentes durante esas operaciones, y teníamos muy pocas bajas. Después de dos o tres días los cuerpos se corrompían y apestaban. Yo vomité más de una vez mientras vigilaba el transporte. Los que no podíamos recuperar por estar dentro de las alambradas alemanas se hinchaban hasta que las paredes del estómago reventaban, ya fuera de una manera natural o por obra de un proyectil; desprendían un hedor terrible. Los rostros de los cadáveres pasaban del blanco al gris amarillento, al púrpura, al verde, al negro, al color de la arcilla […]”.

Los horrores de la guerra según Graves (III)
Los horrores de la guerra según Graves (I)

LOS HORRORES DE LA GUERRA SEGÚN GRAVES (I)


ROBERT GRAVES. (Wimbledon, Londres, 24 de julio de 1895 - Deià, 7 de diciembre de 1985)


Poeta veterano de las trincheras, afectado por traumas, por explosiones, y en busca de una nueva inspiración. Conocer a Lawrence de Arabia cambiará por siempre sus versos y su vida.




“[…] Por lo menos uno de cada tres alumnos de mi generación murieron; porque todos se alistaron tan pronto como pudieron, la mayor parte en la infantería y en la Real Fuerza Aérea. El promedio de vida de un soldado de infantería en el frente occidental era, en determinados períodos de la guerra, sólo de tres meses; en ese tiempo ya le habían matado o herido. La proporción era más o menos de cuatro heridos por cada muerto. De esos cuatro, uno resultaba seriamente herido, y los otros recibían heridas ligeras. Estos tres regresaban al frente después de unas cuantas semanas o meses de ausencia y volvían a enfrentarse con la misma suerte. Las pérdidas aéreas eran aún más altas. Si consideramos que la guerra duró cuatro años y medio es fácil comprender por qué la mayoría de los supervivientes fueron heridos tantas veces, a menos que desde un principio resultaran permanentemente imposibilitados […]”.

LA GUERRA DE TRINCHERAS

“[…] Aquellos eran los primeros balbuceos de la guerra de trincheras; los días de las bombas confeccionadas en latas de conservas y de los morteros de gas: eran días inocentes aún, antes de la aparición de los cañones Lewis o Stokes, de los cascos de acero, de los rifles de mira telescópica, de las bombas de gas, de los nidos de ametralladoras, los tanques, los asaltos a trincheras bien organizados, o cualquier otro refinamiento de la guerra de trincheras […]”.


SUICIDIOS EN EL FRENTE

“[…] Al dirigirme al cuartel de la compañía a despertar a los oficiales, vi a un hombre tendido en un refugio de ametralladoras tirado boca abajo. Me detuve y le dije:

–¡A las armas! ¡Levántese! –encendí mi linterna de mano y vi que tenía un pie descalzo.

El artillero que estaba a su lado me dijo:

–Es inútil que le hable, señor.

–¿Qué le pasa? –pregunté–. ¿Por qué se ha quitado la bota y la media?

–¡Véalo usted mismo, señor!

Sacudí al hombre por un brazo e inmediatamente advertí el agujero de la nuca. Se había quitado la bota y la media para tirar el gatillo de su fusil con un dedo del pie; aún tenía en la boca el cañón del fusil.

–¿Por qué lo hizo? –pregunté.

–Estuvo en el último combate, señor, y eso lo dejó un poco raro; para colmo recibió malas noticias de Limerick; su chica se había ido con otro.

Pertenecía a los Munsters; sus ametralladoras custodiaban el lado izquierdo en nuestra compañía, y su suicidio había sido ya comunicado. Llegaron dos oficiales irlandeses.

–Hemos tenido varios casos parecidos últimamente –me dijo uno de ellos. Luego le dijo al otro–: No te olvides de escribir a sus familiares, Callaghan. El mismo tipo de carta; di que murió con una muerte digna de un soldado, lo que se te ocurra. No voy a informar que fue un suicidio […]”.

Los horrores de la guerra según Graves (II)
Los horrores de la guerra según Graves (III)
Estrella del Alba: una historia que cambiará sus vidas

Reparto de "Estrella del alba", de Wu Ming 4

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T. E. Lawrence. Ned o T. E. para los amigos, conocido en todo el mundo como «Lawrence de Arabia». Es el héroe de la revuelta árabe contra los turcos; que una vez acabada la guerra, envuelto en un aura de celebridad, tiene que redactar la crónica de su propia aventura. Para hacerlo tendrá que profundizar en la ambigüedad, afrontando el propio lado oscuro.


Robert Graves. Poeta veterano de las trincheras, afectado por traumas, por explosiones, y en busca de una nueva inspiración. Conocer a Lawrence de Arabia cambiará por siempre sus versos y su vida.


J. R. R. Tolkien. El joven filólogo del Oxford English Dictionary tiene que arreglar las cuentas con los recuerdos de la guerra y los fantasmas de los amigos muertos. Solo así podrá encontrar el propio camino.


C. S. Lewis. Llamado Jack. Una promesa lo obliga a una doble vida en tiempos de paz. Para soportar ese peso siente la necesidad de descubrir la verdad sobre la estrella del momento.


D. G. Hogarth. Arqueólogo clasicista, experto de Oriente Medio y brujo de muchos hechizos. Es el demiurgo del destino del héroe.
(Lawrence y el Teniente Coronel Dawnay con D.G. Hogarth en el exterior de su Agencia Árabe en el Cairo, mayo 1918.)


Feisal. Descendiente del Profeta. Condujo la revuelta de los árabes contra los dominadores turcos, pero fue traicionado por los aliados ingleses. Es un príncipe en busca de un reino.

Edmund Allenby. General de Su Majestad Británica. Lo llaman «el Toro», porque cuando avanza, nada puede pararlo.


Jemal Pachá. Desde Armenia a Arabia lo conocen como «el Sanguinario». Tiene que detener a los cruzados ante la Ciudad Santa.


Lowell Thomas. Corresponsal de guerra, convirtió a Lawrence de Arabia en una estrella.


Nancy Nicholson. No se considera una buena esposa, sino una mujer. Quiere borrar la guerra y la prosopopeya de los hombres que la combatieron.
(Robert Graves con su primera esposa Nancy Nicholson)


Edith Mary Tolkien. Es la reina de las hadas, que un día bailó en los bosques y hoy desea la paz.


Andy Mills. La guerra no le dejó nada. Espera que alguien se enamore de él y le permita cambiar de vida.