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¿Cómo comienza Mayo del 68?




¿Cómo se dispara Mayo del 68? El 3 de mayo, los grupos politizados tienen un meeting en la Sorbona. Los ánimos se calientan cuando llegan noticias de la presencia cercana de grupos fascistas. La policía decide intervenir, rodea el edificio y tiende una trampa a los estudiantes: los líderes negocian una salida pacífica, pero los militantes estudiantiles son introducidos en furgonetas según van saliendo del edificio. Y sin embargo, con los líderes y militantes detenidos por la policía, el barrio mismo y la gente cualquiera que está allí presente se pone en pie y comienza una batalla campal con la policía. La paradoja aquí es, por tanto, que Mayo del 68 comienza de alguna manera desbordando a los grupúsculos y los militantes organizados, lo cual ya no dejaría hacer durante todo el tiempo de la revuelta. Lo cuenta aquí Jacques Baynac, participante del meeting de la Sorbona él mismo y detenido también el día 3, autor del último libro de Acuarela: Mayo del 68: la revolución de la revolución.


El 4 de mayo, fichado como «merodeador» y puesto en libertad hacia la una de la madrugada, llego al bulevar Saint Michel. Es como si una tormenta hubiese asolado París. La calle está cubierta de escombros, de ramaje, de basura diversa. Un detalle llama, no obstante, mi atención. Las cadenas aque ciñen el cruce entre Soufflot y Saint Michel han desaparecido.

Lo impensable había advenido. Mientras nos detenían en la plaza de la Sorbona, una multitud se amontonaba en el liceo Saint Louis. Era la hora de salir de clase. Estudiantes y transeúntes de todas las edades y condiciones se concentraban y observaban el arresto de los militantes, la noria de coches policiales. Algunos se morían de rabia por la impotencia. La mayor parte sólo estaba curioseando.

Delante de la librería de Presses Universitaires de France aparca un joven bajito de ojos verdes. Es estudiante de letras, hijo de profesores, anarquista. Tiene veinticinco años. Pierre Arènes ha caído casualmente por ahí. Está indignado. No tanto por la entrada de la policía en la Sorbona, pues hace tiempo que ha comprendido que esta puede permitirse cualquier cosa, como por la idea de que ya no se puede ni discutir sin terminar detenido. Él y otros gritan: «¡Liberad a nuestros compañeros!». Desde en frente se responde: «¡CRS, SS!». La excitación va creciendo. Alguien se atreve a bajar a la calzada y a quedarse en ella.

Este gesto anodino es una bomba. Para todos los presentes significa: «Vosotros habéis ocupado la Sorbona; nosotros ocupamos la calle. Vosotros habéis transgredido vuestra ley; nosotros ya no tenemos por qué respetarla». Unos coches de policía patrullan, todavía con pereza. Pierre Arènes se agacha. Coge una piedra, una no muy grande, vaya, y la lanza hacia un coche de policía(1). Inmediatamente, por no decir al mismo tiempo, dos o tres de las personas que están a su lado lo imitan. Son las 17:30. Las piedras no alcanzan su objetivo. Se buscan más. En este lugar no abundan. Se arrancan las verjas de los árboles y se tiran al bulevar, pero no se consigue bloquearlo. Un coche de policía llega por casualidad. Se grita más fuerte. Un joven taxista avanza pausadamente por la calzada con un adoquín en la mano sacado de quién sabe dónde. Lo lanza. El adoquín alcanza de lleno el parabrisas del vehículo y cae sobre un brigadier que resulta gravemente herido. El coche zigzaguea, se detiene, huye por la calle Médicis. Las fuerzas del orden reciben autorización para intervenir. Excitados por la herida de uno de los suyos, se desbocan enseguida, persiguen a todos aquellos a quienes consideran culpables, golpean de forma indiferenciada y salvaje a cualquiera que tenga la mala suerte de encontrarse al alcance de sus porras.

En el cruce entre el bulevar Saint Michel y la calle Monsieur-le-Prince, una joven pareja se dirige al cine Trois Luxembourg. Empleada de un restaurante universitario, ella tiene veintitrés años y vive con un estudiante suizo de veinticinco. Ella se llama Marie France Paro, él, Henri Dacier. Un grupo de policías persigue a un lanzador de piedras. A su paso van repartiendo porrazos a diestro y siniestro. Uno de ellos se abstiene in extremis de sacudir a Marie France y le dice: «Lárguese por ahí». Cuando ella se da la vuelta para recuperar a su Henri, este yace en el suelo con cinco policías ensañándose con él. Marie France arremete contra ellos con todas sus fuerzas, sobre todo contra el más salvaje, un pelirrojo con bigotes. Los policías terminan soltando a su presa y yéndose a dar porrazos a otra parte. Henri Dacier estará ciego durante varios días: «Ese momento», dice, «nos hizo comprender rápidamente de qué lado estábamos». A decir verdad, él sólo necesitaba una confirmación. Había participado en el Grupo de Estudios Marxistas de Lausanne en 1965 y dos años después en nuestro grupo de investigación parisino para el que había escrito un texto: «Compartimos reflexiones de una lucidez extraordinaria sobre los problemas de los demás pero nunca nos referimos a nosotros, a nuestra propia situación; como si personalmente no tuviéramos verdaderos problemas o como si –puesto que al fin y al cabo experimentamos el deseo de juntarnos– encontráramos en el estar ahí y comulgar en nuestro malestar social, la forma de saciar nuestras aspiraciones profundas»(2).

Desde hace ya una hora larga, una marea asciende y desciende por el bulevar Saint Michel. El ambiente es de jugar a lo grande, a un juego de polis y cacos. Con polis verdaderos y cacos falsos. Los atacantes se disuelven en una multitud más y más densa. Las cargas policiales se suceden. Las granadas lacrimógenas explosionan. Se llora mucho. Un grupo de unas cuarenta personas disfruta de lo lindo. El número de enragés crece a la misma velocidad de los porrazos recibidos. Un camionero frena su máquina, desciende tranquilamente de ella, saca primero un gato y acto seguido, la manivela. Haciéndolo girar de una forma terrorífica consigue dispersar él solo a un grupo de Guardias Móviles. Y se va.

Un Peugeot 404 negro para en la esquina de la calle de l’École de Médecine. Lo conduce un joven de veinticinco años. Vende software de IBM. Se ha enterado de las escaramuzas en el Barrio Latino por la radio del coche. Y llega allí justo en el momento en que unos policías están a punto de atrapar a unos jóvenes. Se interpone con su vehículo, lo detiene y, haciéndose el inocente, pregunta por las causas de tanto jaleo. Le responden con toda la claridad de dos golpes de porra bien atinados. Claude Frèche, casado y padre de familia, se convierte así en un enragé más.

Las verjas de los árboles bloquean ahora el bulevar. La multitud se ha adueñado de la calle. Está completamente envalentonada. Absorbe sin protestar a los perseguidos, no hace nada para ayudar a los perseguidores: ha elegido su campo. Sin dejarse llevar por el pánico, encaja los golpes más duros repartidos por una policía que ha perdido la cabeza. Aún espantado, el comandante Demurier, del cuerpo de los guardianes de la paz, declarará dos días más tarde ante el juzgado de lo penal número 10 que juzga a los manifestantes detenidos en delito flagrante: «He visto ya infinidad de manifestaciones, sobre todo en el Barrio Latino. El viernes [3 de mayo], vi a unos chicos enloquecidos por la rabia levantando barricadas, dedicándose a toda clase de destrozos, fundiendo el asfalto para sacar los adoquines de la calzada. Vi, por primera vez en toda mi carrera, a las fuerzas de la policía obligadas a retroceder ante una ofensiva de los manifestantes que las bombardeaban con adoquines. Aunque había algunos cabecillas, unos cuarenta, en mi opinión los manifestantes actuaban en su conjunto de forma espontánea, por el placer de destruir»(3).

Los «cabecillas» eran, efectivamente, poco numerosos. Tenían el denominador común de no ser militantes organizados. Los poquísimos miembros de grupúsculos, que se encontraban allí porque no habían sido detenidos en el patio de la Sorbona, se esforzaban todos ellos por mantener la calma. «¡Esto es una locura, compañeros! ¡Replegaos! ¡No sigáis a los provocadores!», gritaba un militante de la FER encaramado a un automóvil frente a la Sorbona. Muerta de miedo, Élisabeth Brünner lo insultaba con todas sus fuerzas. En la calle Cujas, otro miembro de la FER, hijo de uno de los principales responsables de la OCI, impedía decididamente a Pierre Guillaume(4), que había acudido en auxilio, levantar una barricada que habría podido bloquear los coches de policía que llevaban a los militantes detenidos. Había, así mismo, algunos otros, de distintas tendencias, que no decían pero tampoco hacían nada. De todas formas, la multitud ignoraba a estos aguafiestas y, en lo que atañe a los combatientes, estos estaban demasiado ocupados como para preocuparse por ellos.

Aunque nunca olvidarían que si por fin habían podido actuar había sido gracias a la ausencia forzosa de los militantes y de sus organizaciones.

Al detener a todos los revolucionarios organizados del Barrio Latino, la policía había dejado involuntariamente el campo libre a todos los que, ignorando que era imposible porque «las condiciones objetivas y subjetivas» no se daban todavía, vencieron en calidad de amateurs en lo que todos los profesionales habían fracasado. La propia policía había aniquilado lo que retenía a las masas.

Se había cargado la última mediación entre el poder y la sociedad.

Había creado un vacío por donde todo se escapaba, aspirado por un agujero negro donde los grupos revolucionarios eran los primeros en disolverse.

Viendo su necesidad y legitimidad destruidas por el acontecimiento, los grupúsculos reaccionan autojustificándose. Las JCR fingen no esquivar el debate para poder enterrarlo mejor: «La manifestación del 3 de mayo ha suscitado en el movimiento estudiantil uno de sus típicos debates falsos. “Ya veis que no servís para nada, decían partiéndose de risa los espontaneístas a los grupúsculos. Mirad qué magnífica respuesta han desencadenado las bases estudiantiles cuando todos estabais bloqueados en la Sorbona. Es más, apostamos lo que haga falta a que con vosotros en la calle no habría pasado nada. Porque con vuestra labia, vuestra disciplina, vuestros servicios de orden habríais conseguido paralizar una vez más la iniciativa de las masas”»(5). A lo cual, las JCR replican: «Años de propaganda revolucionaria, años de movilización y de luchas asumidos por los grupúsculos, han llevado la «espontaneidad» del movimiento estudiantil a un nivel de madurez política muy apreciable. Es esa madurez la que se ha manifestado de forma «espontánea» durante la noche del 3 de mayo y las semanas posteriores».

El problema de esta tesis es que la madurez del puñado de combatientes del 3 de mayo no debía casi nada a la acción de los grupúsculos. En la plaza Maubert y la calle Écoles, donde también había habido bronca, eran los «macarras» del «Roméo Club» situado en la esquina del bulevar Saint Germain con la calle Saint Jacques, los que habían dirigido el cotarro; y nadie podría afirmar sin desternillarse que lo habían hecho influenciados por la propaganda de los grupúsculos. En lo que atañe a los escasos universitarios y estudiantes de secundaria que intervinieron, estos eran, salvo un puñado de excepciones, adversarios declarados de los grupúsculos leninistas.


1. La palabra utilizada en el texto es voiture pie, un vehículo de color negro y blanco usado por la policía [N. de la T.].

2. Archivos privados.

3. Cita de Rioux y Backmann, L’explosion de Mai, p. 114.

4. Fundador de la librería Le vielle taupe en 1965, militante durante algún tiempo de Socialismo o Barbarie y después de Poder Obrero, una de sus escisiones, Pierre Guillaume se convirtió años más tarde en una de las principales referencias del negacionismo en Francia (N. del E.).

5. Daniel Bensaïd y Henri Weber, Mai 68, une répétition générale, p. 112.

Deseo de Mayo, por Tomás Ibáñez






Prólogo de Tomás Ibáñez a Mayo del 68: la revolución de la revolución de Jacques Baynac.  

Por muy intenso que pueda ser nuestro deseo de que Mayo del 68 vuelva a acontecer algún día, de bien poco sirve alimentar la nostalgia de lo que nunca volverá a ser. La irreductible singularidad de aquel evento lo ha anclado firmemente en la historia convirtiéndolo en un episodio absolutamente irrepetible. Pero, cuidado, afirmar que Mayo del 68 no puede acontecer nuevamente no implica, ni mucho menos, que haya dejado de latir con fuerza en nuestro presente, ni que sus efectos se hayan extinguido con el paso del tiempo.

Definitivamente irrepetible, Mayo del 68 se reinventa, sin embargo, en cada gesto de colectiva rebeldía, desde la Selva Lacandona hasta la Plaza Taksim, pasando por Notre Dame des Landes, o por las abarrotadas plazas del 15M, entre muchos otros lugares. Pero, vayamos con cuidado, también en este caso, porque, decir que Mayo del 68 se reinventa en ocasiones, no significa que no presente notables diferencias con sus variadas reinvenciones.

Son esos extremos los que me gustaría abordar aquí, a modo de personal y fraternal homenaje al gran libro que Jacques Baynac nos ofrece. Sin duda, uno de los mejores que jamás se hayan escrito al respecto

Mayo del 68 forma parte de esos raros eventos históricos que están dotados de la suficiente magia para espolear la imaginación, encender deseos y hacernos soñar.

Acontecimiento absolutamente inesperado, Mayo no solo causó una enorme estupefacción en el mundo entero sino que dejó atónitos a sus propios protagonistas. Nadie había imaginado que algo semejante pudiese ocurrir en aquel periodo que era relativamente prospero, y en aquel país que era tan apacible que hasta podía resultar aburrido.

Es más, lo que entonces estaba ocurriendo seguía siendo inimaginable y desconcertante para nosotros mismos en el atardecer de cada día de lucha, y en el misterio que envolvía cada amanecer de un continuo combate(1).

Pensar, contar y ver Mayo del 68

Nota editorial de Mayo del 68: la revolución de la revolución, de Jacques Baynac.
 
Mayo del 68: una formidable toma de la palabra por parte de miles de personas condenadas hasta entonces al silencio y el aislamiento. La calle como lugar de diálogo y los muros como espacio de expresión creativa. La alegría desbordante del encuentro entre diferentes y de la interrupción de la normalidad mortífera. La política no como un asunto de partidos o profesionales, sino como la invención de prácticas mediante las cuales las personas cualquiera se vuelven capaces de hablar en nombre propio, pensar y decidir en primera persona, planteando colectivamente los propios problemas. Una pelea, no tanto entre izquierda y derecha, como entre los de arriba y los de abajo. En fin, una nueva experiencia de lo político, por fuera de los partidos y los sindicatos, más allá del horizonte de la toma del poder, que encuentra su recompensa en la misma acción y no en una promesa futura o trascendente. Todo ello resuena muy poderosamente con las búsquedas del presente y con los acontecimientos políticos recientes (primavera árabe, 15M, Occupy, Syntagma, Gezi, etc.). Casi 50 años después, Mayo del 68 puede seguir dándonos mucho que pensar.
 
El libro que tienes entre manos reúne tres textos:

en primer lugar, el prólogo escrito para esta edición por Tomás Ibáñez. La vida de Tomás Ibañez está marcada por el anarquismo desde su infancia: hijo del exilio libertario en Francia, participó en los años 60 en los circuitos estudiantiles anarquistas cuando aún casi nadie se atrevía a cuestionar la hegemonía del Partido Comunista. En Mayo del 68, integrado en el Movimiento 22 de Marzo junto a compañeros anarquistas como Daniel Cohn-Bendit o Jean-Pierre Duteuil, se sumerge en la cotidianeidad de los acontecimientos hasta que es detenido el 10 de junio y confinado en destierro por su condición de refugiado político. En 1973 volvió a España y participó en los fracasados intentos de reconstrucción de la CNT. Autor de referencia para las corrientes libertarias en España y el extranjero, ha enriquecido los planteamientos anarquistas básicos con las aportaciones del post-estructuralismo francés y, muy en concreto, de Michel Foucault. La trayectoria de Tomás Ibáñez es de enorme valor, porque rompe con la idea dominante que quiere hacernos ver a todos los protagonistas del 68 atrapados en la alternativa entre arrepentimiento, normalización, cinismo y/o autodestrucción. Y su pluma trabaja siempre para que la historia sea memoria viva y no lengua muerta, catapulta y no ancla, presente y futuro, no sólo pasado.
 
 

En segundo lugar, el libro original que publicó Jacques Baynac en 1978, titulado originalmente Mayo reecontrado (Mai retrouvé). Diez años después de haber acontecido, el movimiento de Mayo del 68 se estaba haciendo paradójicamente invisible por un exceso de reinterpretaciones que tendían a aniquilar toda su radicalidad. El libro de Baynac trata de revitalizar la potencia del 68, pero no proponiendo otra interpretación más en disputa, sino rescatando la historia de las prácticas concretas que le habían dado vida (las manifestaciones, las ocupaciones de fábricas, los enfrentamientos con la policía, la reapropiación de la calle, los Comités de Acción, la vertiginosa toma de la palabra por parte de aquellos que siempre han estado excluidos de ella), borradas ya en el primer aniversario de Mayo, pero silenciadas y sepultadas después a lo largo de décadas por los iconos, estereotipos y clichés desgraciadamente por todos conocidos. Es difícil encontrar otro libro sobre Mayo del 68 donde se muestre, con el mismo rigor y la emoción, la historia y la materialidad misma del movimiento.
 

 
En tercer lugar, el ensayo que cierra este libro, «Mayo del 68: una hipótesis sobre la estrategia, el tiempo y la revolución», fue publicado por Baynac también en 1978 en Libre, la mítica revista de política, antropología y filosofía fundada en los años 70 por personalidades como Cornelius Castoriadis, Claude Lefort y Marcel Gauchet. Es un ensayo perfectamente complementario del trabajo de investigación histórico en el que Baynac despliega algo que en el libro se encuentra quizá sólo de modo latente: una interpretación política sobre el carácter radicalmente innovador de la estrategia que se despliega a través de las prácticas concretas de Mayo. Una estrategia que no razona en términos de poder y de tener, de espacio y de cantidad, de mediación y organización, sino de no-poder y de ser, de tiempo y de calidad, de aquí y ahora y autoorganización. Una «nueva racionalidad» de lo político, a cargo precisamente de los excluidos de la política, que rechaza «cambiar el mundo a través de la toma del poder» y encarna el deseo de una sociedad y un modo de vida radicalmente nueva.

Por último, el libro está «ilustrado» (portada, solapa, interiores) por Natalia Matesanz Ventura, arquitecta e investigadora. Durante el proceso de edición del libro, conocimos el trabajo cartográfico de Natalia sobre el «espacio afectivo» de Mayo del 68 y nos interesó muchísimo. Los afectos son esas fuerzas e intensidades que nos activan, transforman y ponen en movimiento. Uno de los motores principales de la política de transformación social, por tanto. En Mayo, las intensidades afectivas irrumpen, desarreglan y hacen vibrar las ciudades, los espacios, los lugares. Desordenan las divisiones sociales cotidianas, los espacios fijos, unívocos, reglamentados. Agujerean las distancias. Acercan lo que estaba lejos, separado. Producen nuevas conexiones entre personas, cosas, lugares, corrientes de energía y empatía. Crean una maraña dinámica de nuevas relaciones y vínculos donde había un espacio compartimentado, regulado, jerarquizado. Sin lugar a dudas, podemos aprender mucho de Mayo a partir de estos «mapas afectivos», que no son tanto «ilustraciones» como «máquinas de visión». Que dialogan y resuenan con el texto de Baynac y a la vez dan a ver otras cosas.
 
 

Mayo del 68: la revolución de la revolución (Novedad en Acuarela)

Mayo del 68: quizá por primera vez en la historia se manifiesta una fuerza revolucionaria creada por la abundancia y no por la penuria, una fuerza que no quiere morir por la revolución, sino vivir gracias a ella, que quiere cambiar el mundo y la vida, pero rechaza tomar el poder para hacerlo.


La novedad radical de esta motivación revolucionaria engendra una estrategia insólita e imprevista, que cuestiona tanto las estructuras asfixiantes del capitalismo como las del bloque comunista. Una estrategia que no razona en términos de poder y de tener, de espacio y de cantidad, de mediación y organización, sino de no-poder y de ser, de tiempo y de calidad, de aquí y ahora y autoorganización.

Mayo del 68 fue la revolución de la revolución. El acontecimiento no encaja en ningún esquema teórico conocido y, a partir de él, todos entraron en cuestión.
¿Cómo se encarnó esa novedad, en qué clase de palabras, de gestos, de hechos, de alianzas, de sujetos, de lugares, de dispositivos organizativos? Jacques Baynac, participante él mismo desde el primer minuto en los sucesos de Mayo, escribe en este libro su historia, toda la historia, y traza desde dentro el relato completo de los acontecimientos.

Manifestaciones y barricadas. Facultades y fábricas ocupadas. La realidad cotidiana de la autogestión. «Campesinos rojos», militantes, trabajadores, estudiantes. Octavillas, Comités de Acción, esquiroles, barrios movilizados, viajes a provincias y al extranjero. Es difícil encontrar otro libro sobre Mayo del 68 donde se muestre, con semejante precisión y emoción, la historia y la materialidad misma del movimiento.


El autor: Jacques Baynac

En 1960, Jacques Baynac rechaza combatir en la Guerra de Argelia y parte al extranjero. Vuelve a Francia en 1966, tras haber visto «siete países en tres continentes», ya vacunado contra el modelo leninista y autoritario de la revolución. Cuando estalla Mayo del 68, Baynac tenía tan solo veintiocho años, pero su pasado lo había preparado particularmente bien para reconocerse en el movimiento, en cuyo corazón participa desde la primera hasta la última hora, particularmente desde el centro de coordinación de iniciativas que fue Censier.

Jacques Baynac se ha dedicado más tarde al estudio de los movimientos revolucionarios (ruso, chino, cubano, «la Baader-Meinhof», anarquista, etc.) y a publicar obras de historia y teoría, así como a escribir artículos de actualidad en el diario Libération y realizar y/o producir documentos televisados para la cadena ARTE.

En su trabajo de investigación sobre el pasado, se ha esforzado especialmente en «pasar el cepillo a contrapelo» (como pedía Walter Benjamin) a la historia de la Revolución Rusa y de la Resistencia francesa, publicando varios libros sobre ellas.

El prologuista: Tomás Ibáñez

La vida de Tomás Ibañez está marcada por el anarquismo desde su infancia: hijo del exilio libertario en Francia, participó en los años 60 en los circuitos estudiantiles anarquistas cuando aún casi nadie se atrevía a cuestionar la hegemonía del Partido Comunista. En Mayo del 68, integrado en el Movimiento 22 de Marzo junto a compañeros anarquistas como Daniel Cohn-Bendit o Jean-Pierre Duteuil, se sumerge en la cotidianeidad de los acontecimientos hasta que es detenido el 10 de junio y confinado en destierro por su condición de refugiado político.

En 1973 volvió a España y participó en los fracasados intentos de reconstrucción de la CNT. Autor de referencia para las corrientes libertarias en España y el extranjero, ha enriquecido los planteamientos anarquistas básicos con las aportaciones del post-estructuralismo francés y, muy en concreto, de Michel Foucault. La trayectoria de Tomás Ibáñez es de enorme valor, porque rompe con la idea dominante que quiere hacernos ver a todos los protagonistas del 68 atrapados en la alternativa entre arrepentimiento, normalización, cinismo y/o autodestrucción. Y su pluma trabaja siempre para que la historia sea memoria viva y no lengua muerta, catapulta y no ancla, presente y futuro, no solo pasado.

Otras referencias de Mayo del 68 en Acuarela Libros:

Documentos complementarios a la lectura de Mayo del 68: la revolución de la revolución



Estos documentos complementan la lectura de Mayo del 68: la revolución de la revolución, de Jacques Baynac.



DOCUMENTO 1


(Véase página 126)

Anverso
RHÔNE POULENC VITRY

CFDT

 
Acabamos de vivir una semana agitada. La actualidad ha dado un vuelco total. Los titulares se han transformado. Sólo se ha hablado de París y de lo que allí sucedía. ¡El mundo ha descubierto de repente que no todo eran maravillas en el universo gaullista! Agotada su paciencia, los jóvenes se han rebelado y empezado a rechazar de forma global todo un sistema, porque han comprendido o sentido que las dificultades encontradas en la organización de sus estudios y, sobre todo, en sus salidas laborales, procedían del propio sistema, un sistema que sólo acepta formar a la juventud si esta se pone a su servicio... (¡Esta es, de hecho, la concepción de la dirección de Rhône Poulenc en materia de formación profesional!)
Y hablamos de los JÓVENES, sí, porque sabemos perfectamente que TODOS LOS JÓVENES, trabajadores, estudiantes de instituto o universitarios, se han sentido aludidos por el movimiento lanzado por los estudiantes. Francia se ha dividido en dos campos: el de los que eligen el lado de los Jóvenes... y el de los demás, los que prefieren el ORDEN...
Pero nosotros, los trabajadores, hemos comprendido, aunque algunas cosas nos hayan chocado (pero ¿acaso cabe pedir a los jóvenes la sabiduría y la madurez de los más mayores?), nosotros hemos comprendido que ellos tenían razón y los LLAMAMIENTOS de la UNEF a las organizaciones sindicales obreras no pueden dejarnos indiferentes.
Y si somos padres, si hacemos sacrificios para que nuestros hijos estudien... ¡quizá sea al fin y al cabo para que les sirva de algo!...
AHORA BIEN, NADA se ha RESUELTO. Cuidémonos del optimismo que se pretende crear, porque...
................................................................................../
 

Reverso

Ni la reapertura de las universidades ni la liberación de las personas detenidas resuelven el problema fundamental: LA REFORMA DEMOCRÁTICA DEL SISTEMA EDUCATIVO.
Esta es la razón por la que las organizaciones sindicales obreras y la UNEF preparan UNA GRAN MANIFESTACIÓN en PARÍS, el sábado 11 de mayo, por la tarde.
Os invitamos a todos a acudir en masa a esta manifestación (cuya hora y lugar serán confirmados a través de la prensa y de la radio), PARA:
PROTESTAR CONTRA ESTE RÉGIMEN DE PLENOS PODERES
RECLAMAR LA REFORMA DEL SISTEMA EDUCATIVO
MANIFESTAR CONTRA VIENTO Y MAREA LA SOLIDARIDAD TRABAJADORES-ESTUDIANTES



Transformando lo cotidiano en Mayo del 68 (Kristin Ross)


(fragmento de Mayo del 68 y sus vidas posteriores, de Kristin Ross)

Frente a la imagen dominante del militante profesional (o más bien el ex militante profesional) dominante en los ochenta, Nicolas Daum ofrece su recuerdo de una experiencia colectiva:


Pero de la misma manera que nos sentíamos juntos en la corriente general de Mayo del 68, al mismo tiempo ahora tengo la impresión de ir totalmente a contracorriente de la ideología dominante. Esa es la única nostalgia que me produce Mayo del 68: lo que hacíamos no era en realidad militancia, era una forma de vida, no había diferencia entre la vida y la militancia, no existía un corte que las dividiera. Casi todas las noches había compañeros en casa. Existía cierta concordancia entre lo que se decía y lo que se hacía.

Estos comentarios ofrecen la mejor descripción que he encontrado de lo que se experimenta cuando el imaginario político se infiltra en la vida cotidiana de la gente. Definen de forma precisa la noción de praxis como experiencia de lo cotidiano expresada en toda su riqueza y liberada de todas sus miserias. Es la cotidianeidad fusionada con la política como lugar donde se pueden superar las divisiones causadas por la alienación, donde se puede abolir la constante y profunda ruptura entre lo cotidiano y lo no cotidiano, lo público y lo privado, entre la vida militante y la vida ordinaria. En las frases de Daum se encuentra lo que Henri Lefebvre quiere decir cuando habla de “lo cotidiano transformado”: la creación de una cultura que no se concibe como una institución sino como un modo de vida que se aplica durante un tiempo en la actividad de un grupo que combina su función y su actividad social. La actividad política ya no parece una esfera diferenciada y aislada de la vida social: cada persona puede trabajar en el nacimiento de otro futuro desde su lugar de trabajo o residencia. La especialización –el dominio “natural” de los expertos– se basa en la separación de las esferas; aquí, lo social se ha reconfigurado para eliminar dicha separación, para rechazar las categorías naturalizadas del experto.

(Traducción de Tomás González Cobos; ilustración de Acacio Puig)

Debord y el «grand style»

Décima entrega de la selección de textos que estamos subiendo al blog de Los situacionistas de Mario Perniola, que hemos reeditado en Acuarela Libros. Este fragmento corresponde al epílogo del libro, donde Perniola ofrece una valoración más global de los situacionistas y un recorrido personal de su encuentro con el movimiento y, en este caso, con Guy Debord.

[...] el distanciamiento respecto de la subjetividad era una cualidad exclusiva de Debord y constituía el aspecto fundamental tanto de la fascinación como de la hostilidad que suscitaba. Durante la segunda mitad del siglo veinte, Debord ha sido la personificación del gran estilo. «Doctor en nada» pero maestro de los ambiciosos, amigo de los rebeldes y de los pobres, pero secretamente admirado por los poderosos, un hombre que suscitó grandes emociones, pero sin embargo era frío y distanciado de sí mismo y del mundo. Tal es, de hecho, la primera condición del estilo: el distanciamiento, la lejanía, la suspensión de los afectos desordenados, de la emotividad inmediata, de las pasiones sin freno. Debord ha sido una figura clásica, en absoluto romántica.

El distanciamiento en el caso de Debord se manifiesta antes que nada en forma de una completa y total extrañeza frente al mundo de la universidad, de la edición, del periodismo, de la política y de los media; frente a todo el establishment cultural, Debord nutre el más profundo disgusto y el más radical desprecio. No menos absoluta es su repugnancia por todo lo mundano, por la frivolidad snob que coquetea con el extremismo revolucionario –el así llamado «radical chic»–. A fin de cuentas tanto desdén no reposa ni tan siquiera sobre el confort de un patrimonio heredado: en este sentido Debord afirma haber «nacido virtualmente arruinado». En una época en que los ambiciosos están dispuestos a todo por el poder político y el dinero, la estrategia de Debord hace palanca sobre un solo factor: la admiración que su modo de ser suscita en aquellos que consideran el poder político y el dinero como beneficios secundarios con respecto a la excelencia y su reconocimiento. El tipo de superioridad a la que aspira esta estrategia no es muy diferente de aquella que anhelaban algunos filósofos antiguos, como Diógenes, para los cuales la coherencia entre los principios y la conducta constituía lo esencial. Sin embargo, la fuente de donde bebe no es tanto de tipo ético como estético: es en la revuelta poética y artística donde hay que buscar la tradición en cuyo seno se sitúa Debord. Dicha tradición, que encontró en las vanguardias del siglo veinte un desarrollo extraordinario, se remonta nada menos que al Medioevo: el gran poeta francés del siglo XV, François Villon, representó el modelo de un encuentro entre cultura y conductas alternativas (y en su caso incluso criminales) que se ha transmitido a través de los siglos.

A todo esto se añade también la lejanía de todas las organizaciones y tendencias político-revolucionarias predominantes en la época. El camino que eligió Debord lo condujo a un total rechazo de cualquier posición leninista, trotskista, maoísta y tercermundista. Al mismo tiempo, sin embargo, Debord también tomó distancias con respecto al anarquismo, que abandona al ser humano al capricho individual: para él no cabe duda de que el punto más alto de la teoría revolucionaria lo alcanzó Marx, no Bakunin. Si por «político» se entiende la distinción entre «amigo» y «enemigo», unida al esfuerzo de ampliar el número de los primeros, hay en Debord un radical «apoliticismo» que conduce al aislamiento. Ésta, por otra parte, fue una de las razones que llevaron a la ruptura de mi relación con él en la primavera de 1969.

Lo cierto es que la aprobación y la afectividad obtenidas a través de la simpatía, del acuerdo y de la buena disposición para con los demás no eran cosas que entraran en absoluto dentro del estilo de Debord, que en este punto seguía la opinión de Nietzsche según la cual «el gran estilo excluye al agradable». En una época que ha hecho de lo adaptable y de la desenvoltura las cualidades más apreciadas, Debord se pone frente a sus contemporáneos con aspereza, con rudeza y hoy por hoy es el único estilo

Reescribiendo la historia desde el periodismo (Kristin Ross)

(fragmento de Mayo del 68 y sus vidas posteriores, de Kristin Ross)

La dificultad de reivindicar una versión de la historia propia aparece también en un artículo de Les Lauriers de Mai que analiza la trayectoria de Libération, el periódico cuyos orígenes (“Libération, que no era un diario maoísta pero que lo habían puesto en marcha maoístas”) y aspiraciones iniciales de recoger la voz del pueblo tenían tanto en común con el colectivo que publicaba Révoltes Logiques. Con el título de “Libération mon amour?”, el artículo no pretendía simplemente analizar la historia institucional de Libération en función de las transformaciones que había sufrido el eslogan “Es justo rebelarse”, sino que consideraba el periódico mismo como un proyecto activo de escritura de la historia. “No podríamos permanecer indiferentes a la representación que hace Libération de esa historia [la del izquierdismo], que es en gran medida la nuestra”. Aunque el periódico había sido una parte fundamental de la historia del movimiento y del periodo post-68, también es cierto que estaba convirtiéndose rápidamente en un vehículo importante –si no el principal– de la representación popular de esa historia.

Con la idea de evitar el punto de vista del lector descontento, el colectivo Révoltes Logiques llevó a cabo una encuesta con cinco trabajadores de Libération, entre ellos el director Serge July, B. Mei, antiguo tipógrafo y redactor, y Philippe Gavi, uno de los autores, junto con Sartre, de Es justo rebelarse. El artículo, redactado a partir de sus comentarios, comienza presentando un veredicto: los objetivos izquierdistas-populistas del periódico de ser,

A propósito de la violencia policial (I): Mayo del 68



(texto: fragmento de Mayo del 68 y sus vidas posteriores, de Kristin Ross)

“Cualquier diálogo entre los matraquers [los que golpean] y los matraqués [los golpeados] es imposible”.

En algún momento en pleno mayo de 1968, como indica este eslogan, la porra de los policías o matraque se había convertido para los insurgentes en una pura sinécdoque del Estado. Durante el largo silencio de De Gaulle y la titubeante respuesta del gobierno a los primeros brotes de violencia callejera, la policía se había convertido en la única y solitaria representación del Estado. Dos figuras paradigmáticas se situaban a cada lado de esta barrera infranqueable, los agresores y los agredidos.

Toda posibilidad de reconocimiento recíproco o “diálogo” entre dos figuras tan radicalmente distintas, que habitan espacios tan desiguales, y a la vez contiguas, es inútil. La relación entre los golpeadores y los golpeados es una antidialéctica de absoluta diferencia y oposición total, una relación de “pura violencia” que no es muy distinta a la que describe Frantz Fanon entre el “colonizador” y el “colonizado” en Los condenados de la tierra. La matraque, un arma corta y contundente, hecha con un palo de madera, más grueso y pesado en un extremo y recubierto de caucho endurecido, ocupa un lugar destacado en los relatos dramáticos, imágenes documentales e iconografía de los días de Mayo y Junio. Así, un típico pasquín militante titulado “Cómo evitar las porras”, distribuido en la noche más sangrienta de los acontecimientos, el 24 de mayo, instruye a los manifestantes sobre cómo doblar las hojas de periódicos como France-Soir o “Figaremouche”, como llamaban los militantes al diario derechista Le Figaro, para utilizarlos como capa protectora para los hombros y el cuello: “El grosor ha de corresponderse con el de la piel ‘aporreable’, es decir, unas veinticinco páginas de prensa burguesa”. En los relatos sobre la toma de conciencia política de personas que se habían mantenido al margen de la política hasta ese momento, la porra cumple con frecuencia un papel casi pedagógico de “despertar” o revelación. De esta forma, un activista recuerda en 1988 la violencia policial de veinte años antes: “Era una lección excelente sobre la naturaleza de un Estado que se mantiene gracias a la fuerza de la porra: era una educación directa”.

Otro testigo afirma:

Mayo del 68 y el 15-M

De una primavera a otra: Mayo del 68 y el 15-M
Desde la Asamblea Popular del Barrio de Malasaña queremos invitaros a participar en la proyección de cine y posterior debate, que se celebrarán el viernes 20 de enero, a partir de las 19:00, en la Calle Santa Lucía, 10 (cercana a la Plaza del Dos de Mayo y semi-esquina con la calle San Vicente Ferrer).
En esta ocasión nos acercaremos a la atmósfera vital de Mayo del 68 y a sus resonancias con el movimiento 15-M.

Podremos ver el documental Grands soirs et petits matins (1978) realizado por William Klein durante Mayo del 68 en el Barrio Latino de París montando ese material diez años después. La presentación y moderación correrá a cargo de Amador Fernández- Savater, periodista, editor y participante activo en diversos movimientos sociales.
Grands soirs et petits matins (1978), William Klein, b/n, 98 min.
Diez años después de que, a instancias de los Estados Generales del Cine, hubiera rodado con la cámara al hombro los sucesos más relevantes que tuvieron lugar durante Mayo del 68 en el Barrio Latino de París, el fotógrafo y cineasta William Klein monta con el metraje original un documental que capta con extraordinaria intensidad la atmósfera de las manifestaciones, reuniones y debates públicos.
La memoria pesa y aburre cuando alecciona al presente en lugar de inspirarlo y hacerle preguntas. Hay toda una memoria aburrida y pesada de Mayo del 68 (“yo estuve allí, entonces sí que se luchaba”, etc.). Pero las imágenes que captó William Klein con su cámara al hombro nos muestran (directamente, sin intermediarios) un acontecimiento vivo y que conecta con nuestro presente. Vemos el 68 como una formidable toma de la palabra por parte de miles de personas condenadas hasta entonces al silencio y el aislamiento. La calle como lugar de diálogo y los muros como espacio de expresión creativa. La alegría desbordante del encuentro entre diferentes y de la interrupción de la normalidad mortífera. La política no como un asunto de partidos o profesionales, sino como la invención de prácticas mediante las cuales las personas cualquiera se vuelven capaces de hablar en nombre propio, pensar y decidir en primera persona, planteando colectivamente los propios problemas. Una pelea, no entre izquierda y derecha, sino entre arriba y abajo. Todo ello resuena muy poderosamente con el movimiento 15-M, ¿es un espejismo o existe algún tipo de relación? ¿Qué nos dice aquel pasado sobre nuestro presente? Más de 40 años después, Mayo del 68 puede seguir dándonos mucho qué pensar.

Alegría pública


(fragmento de Mayo del 68 y sus vidas posteriores, de Kristin Ross)

(...) como muestran testimonios como el de Martine Storti, la individualidad puede completarse y no verse anulada con la colectividad y una experiencia puede ser seria y alegre al mismo tiempo. De hecho, la naturaleza de las experiencias revolucionarias colectivas parece requerir los dos estados a la vez; al menos, esa es la forma en que se recuerdan:

"Si bien no pretendo saber comunicar el significado de Mayo, sí sé lo que hice durante las semanas de mayo y junio del 68, y puedo afirmar que para mí siguen siendo el arquetipo de la alegría pública... Sin duda, cada persona vivió Mayo a su manera. La mía fue alegre y seria. Ni siquiera me di cuenta de que todo París se dirigía a la Sorbona, que era el sitio “a la última”. Es verdad que pasé casi todo el tiempo en la Sorbona o en Censier, pero iba corriendo de una reunión a otra, de una asamblea general a otra y no tenía tiempo de ver a las celebridades paseando por el campus. No participé en la ocupación del teatro Odeon, de hecho en cierto modo me parecía una acción que rozaba la indecencia. ¿Era consciente de lo que se ha llamado “Fiesta de Mayo”? Sí, si se le llama fiesta a manifestarse todos los días o casi todos los días, o creer que por fin era posible cambiar el mundo, compartir con los demás esa esperanza, y a partir de ese día a día vivir con esa especie de ligereza que he descrito antes. No, si se le llama “fiesta” a querer “todo, en seguida” [Tout, tout de suite], buscar un “goce sin trabas” [jouir sans entraves] o “prohibir las prohibiciones” [interdire d’interdire]. Para ser sincera, yo le daba poca importancia a estos eslóganes; pese a su aparente radicalismo, me parecía que apenas eran revolucionarios. Pensaba que la sociedad podía digerir esos desafíos pero no el desafío que presentaba un eslogan como “el poder para los trabajadores”.

Lo que se borra en el estereotipo de la “fiesta de Mayo” es la experiencia que Storti prefiere describir como “alegría pública”: la relación con lo colectivo o con formas en que el placer –incluido el placer de expresarse– no se veía o sentía entonces como en los ochenta: como un fenómeno aislado e individualista. “Era posible creer que nos movía el pueblo porque había una huelga general y todo el mundo estaba en movimiento. Todos vivían más allá de los límites intelectuales, emocionales y sensoriales: cada persona existía más allá de sí mismo”. El “más allá” de sí mismo mencionado en esta descripción corresponde a la formación de una unidad que ya no es una individualidad sino la relación de una individualidad con otra; se trata de un “uno” que mantiene la identidad individual y colectiva y la alteridad juntas de una manera indisociada e indisociable. Es el “nosotros” que surge si nos fijamos atentamente en el comentario de Lucien Goldmann sobre el hecho de que el pronombre personal “yo” no tiene, de hecho, plural: “nosotros” no es el plural de “yo”, sino algo de una naturaleza distinta. En su gráfico análisis del rumor y la comunicación durante la insurrección, Evelyne Sullerot evoca esa relación totalmente distinta entre el yo y los otros, la interfaz del individuo y la colectividad, fijándose en un lugar insólito hasta ahora en las investigaciones: la fenomenología concreta del uso del transistor durante las manifestaciones de Mayo. Sullerot analiza los efectos de lo que se podría describir como una comunicación puramente horizontal, instantánea y “paralela” que se desarrolló poco después de que la televisión quedase desacreditada y los periódicos se vieran desbordados por los acontecimientos, en un momento en el que sólo quedaba la radio, a través de emisoras locales de onda corta. “La ubicuidad de la información por medio del transistor”, señala, “parecía dar, a los ojos de muchos participantes, a cada individuo su propia autonomía de criterio sin separarle de la masa”. También cita la descripción de una estudiante:

El 6 de mayo estaba en Denfert-Rochereau. Desde allí fui a St. Germain-des-Prés. Mucha gente iba con transistor. Era maravilloso. Era información instantánea y todo el mundo podía configurar su estrategia personal. Me daba la impresión de que el individuo no era una oveja más del rebaño. El individuo pensaba. La gente se agrupaba en torno a los transistores. Después se apartaban todos y cada uno se hacía su propia idea de lo que había escuchado, a veces tras un breve comentario a la gente con la que se había estado escuchando: “Bueno, van para allá. Vamos a ver si la cosa se pone caliente allí. No podemos dejarles solos”. O: “A esa mejor no ir”, cuando a alguien no le apetecía participar en un enfrentamiento. En esencia, se trataba de lo que cada uno decidiera por sí mismo, según el temperamento y convicciones propios. Había un espíritu colectivo, claro, pero no había jefes. Cada persona era independiente. Al escuchar el transistor me daba la impresión de que participaba en el juego.

El gobierno cerró las emisoras de onda corta el 23 de mayo, eliminando las retransmisiones en directo. Desde una perspectiva más general, Fredric Jameson recuerda con lucidez y tristeza al mismo tiempo la dinámica que existía entre lo individual y lo colectivo:

En los sesenta mucha gente se dio cuenta de que la multitud que anima un movimiento revolucionario no se compone de una suma de rostros anónimos o de una masa de individuos indisociables los unos de los otros. El individuo no desaparece en la colectividad, al contrario, se desarrolla, se afirma y adquiere una nueva dimensión. Es una experiencia que se ha ido borrando en el recuerdo y que no ha resistido el regreso violento del individualismo en todas sus formas.

(Traducción de Tomás Cobos; ilustración de Acacio Puig)
Foto de Diego González, Diagonal

Cuando el periodismo fue un punto de encuentro (Kristin Ross)

(fragmento de Mayo del 68 y sus vidas posteriores, de Kristin Ross)

(...) fue en las actividades que abordaban directamente la cuestión de la representación del pueblo por los intelectuales –es decir, el periodismo y la historiografía–, donde continuaron realizándose nuevos experimentos en los meses y años después de Mayo del 68. Para muchos militantes de la época, la experiencia de Mayo implicaba la necesidad de insistir en el problema de la comunicación directa con los explotados y su historia y perseverar en el esfuerzo por construir nuevas formas de comprensión (y por tanto de lucha) entre grupos diferentes. Los colectivos se disolvían, se reagrupaban y adoptaban nuevas configuraciones para encontrar otros espacios y rumbos en su lucha. Los periodistas militantes que se formaron en las encuestas de fábricas como Jean-Louis Péninou, Jean-Marcel Bouguereau y Françoise Fillinger pasaron de Cahiers de Mai a un nuevo periódico radical, Libération, que comenzó con paso inestable en mayo de 1973 y fue afianzándose bajo los auspicios de Sartre; al diario se unieron militantes que habían escrito en Action, periódico que se publicó y vendió entre Mayo y Junio a un “precio mínimo” –como en otras publicaciones militantes, se podía pagar más si se deseaba– de 50 céntimos, o en el periódico maoísta La Cause de peuple, cuyo último número se publicó en septiembre de 1973. Libération, cuyo manifiesto inaugural, de orientación maoísta, proclamaba que su objetivo utópico era “ayudar al pueblo a tomar la palabra”, se consideraba, o al menos esa era la voluntad inicial de algunos de sus fundadores, como una especie de “redactor público” o colectivo: “La información viene del pueblo y vuelve al pueblo”. Para promocionar el periódico, Sartre aceptó hablar en la radio por primera vez desde la campaña de denigración emprendida por el gobierno contra el manifiesto de los 121 durante la guerra de Argelia. Durante la emisión, Sartre describió así la aspiración del periódico a la democracia directa: “Queremos que los actores de un acontecimiento sean aquellos a los que consultamos, queremos que sean ellos los que hablen”.

Michel Foucault, que participó en los primeros debates de Libération sobre las nuevas formas que necesitaba el periodismo para dar prioridad a la voz del pueblo, quería contribuir personalmente con una “crónica de la memoria de los trabajadores”. La democracia directa se aplicaba también al funcionamiento diario del periódico: las decisiones editoriales se debatían y compartían de forma colectiva; todos los trabajadores del periódico cobraban el mismo salario –1.500 francos al mes en 1974, poco más que el salario mínimo– y todos participaban por igual en las tareas de redacción y producción física. En los meses y años posteriores, Libération se convertiría en una especie de estación o punto de encuentro para cientos de militantes que trabajaron durante periodos de diversa duración en las oficinas, situadas en un barrio obrero del distrito Era, en palabras de uno de estos militantes, “una forma de no volver a los engranajes del sistema... de estar en un sitio en el que podías contribuir cotidianamente a que progresaran ciertas ideas, a dar testimonio de las luchas, defender causas”. Mientras algunos, como el director Serge July, han seguido en el periódico hasta hoy, muchos otros se fueron al estar en desacuerdo con las concesiones y cambios realizadas por la directiva a lo largo de los años; otros, como Sartre, perdieron interés en el periódico a medida que se fue convirtiendo en un medio más establecido y convencional.

Pero con independencia de lo que ocurriera después con el periódico, Libération permitía a los lectores de los primeros números, sobre todo los de las provincias, mantener el contacto con la actualidad. Libération proporcionaba una continuidad, una conexión con los recientes acontecimientos, a todos aquellos que se sentían aislados o desechados en el aterrorizador clima político del periodo post-Mayo, cuando hasta conseguir un número del periódico era difícil; constituía, en este sentido, una señal tangible de que en efecto algo había ocurrido en Mayo del 68.

(Traducción de Tomás Cobos; ilustración de Acacio Puig)

Fabricando protestas en Londres 68: carteles del Poster Workshop

"Si redes sociales como Facebook y Twitter han demostrado su importancia en las recientes revueltas del mundo árabe, en aquellas lejanas protestas de 1968 difundir consignas y mensajes no era tan rápido, ni tan sencillo, ni tan económico. En un verano convulso, donde la revolución esperaba a la vuelta de la esquina y existían mil motivos para alzarse en defensa de una causa, un grupo de idealistas se unió para crear The Poster Workshop (el taller de carteles) en un sótano de Camden Town, en Londres. Inspirados por la imprenta del Atelier Populaire de la escuela de Bellas Artes de París y gracias a un pequeño taller de serigrafía, infinidad de colectivos dieron forma gráfica a sus reivindicaciones de una manera rudimentaria pero relativamente rápida y económica."

'The Poster Workshop' fue el principal taller británico de donde salieron los carteles que alimentaron los movimientos reivindicativos entre 1968 y 1970... (artículo completo en El País)

En la página web de Poster Workshop podéis ver más de estas maravillas de carteles (¡Gracias a David Cortés por el soplo!) y debajo recuperamos dos textos que publicamos en Acuarela sobre carteles, pintadas y octavillas: Maurice Blanchot comenta brevemente el aspecto efímero y por ello tan poderoso del arte de la protesta callejera y Kristin Ross reflexiona sobre cómo los artistas abandonaron sus talleres para sumarse al movimiento de Mayo del 68.


Maurice Blanchot: Palabra de las calles
(fragmento de Escritos Políticos, traducción de Diego Luis Sanromán )

Octavillas, carteles, boletines, palabra de las calles o infinita... no es una preocupación por la eficacia lo que imponen. Eficaces o no, pertenecen a la decisión del instante. Aparecen, desaparecen. No lo dicen todo, al contrario, lo arruinan todo, están fuera del todo. Actúan, piensan fragmentariamente. No dejan huellas: trazo sin huella. Como la palabra sobre los muros, se escriben en la inseguridad, son recibidos bajo amenaza, portan en sí mismos el peligro, pues pasan con el paseante que los transmite, los pierde o los olvida.

Kristin Ross: Los artistas en la calle
(fragmento de Mayo del 68, traducción de Tomás Cobos)

(...) De hecho, esa inconmensurabilidad es de lo que trataba el acontecimiento: el fracaso de las soluciones culturales para proporcionar una respuesta, la creación y desarrollo de formas políticas en oposición directa a las formas culturales existentes, la exigencia de prácticas políticas frente a las culturales. En ningún sitio es más evidente que en la experiencia de los estudiantes de Bellas Artes que ocuparon la facultad a mediados de Mayo de 1968 y la rebautizaron como Atelier populaire des Beaux-Arts [Taller popular de Bellas Artes]. Allí comenzaron a producir, a velocidad de vértigo, los carteles de apoyo a la huelga que cubrieron las calles de París durante esas semanas. El “mensaje” de la mayoría de los carteles, escueto y directo, afirmaba, en ocasiones de manera perentoria, que, fuera lo que fuera lo que estaba ocurriendo –la interrupción, la huelga, el “tren en movimiento”–, debía continuar sin más: “Continuons le combat” [“Continuemos el combate”], “La grève continue” [“La huelga continúa”], “Contre offensive: la grève continue” [“Contraataque, la huelga continúa”], “Chauffeurs de taxi: la lutte continue” [“Taxistas: la lucha continúa”], “Maine Montparnasse: la lutte continue” [“Maine Montparnasse: la lucha continúa”]. Los mensajes no aspiran a “representar” lo que ocurría; el objetivo era más bien estar en sintonía, confundirse con los acontecimientos. La utilización de una técnica rápida era esencial; los estudiantes no tardaron en descubrirlo, pues abandonaron la litografía al poco tiempo ya que un ritmo de entre diez y quince impresiones por hora era demasiado lento para responder a las necesidades de un movimiento de masas. La serigrafía, ligera y fácil de usar, permitía producir hasta 250 ejemplares por hora. Pero aunque la velocidad y la flexibilidad del formato facilitaban la absoluta compenetración de arte y acontecimiento que se logró en los carteles, no eran los factores esenciales. Treinta años después, uno de los militantes activo en el taller, Gérard Fromanger, recuerda la génesis de los carteles en una nota biográfica. El título de su artículo, “El arte es lo que hace que la vida sea más interesante que el arte”, expresa a las claras el sentido de apertura vertiginosa de posibilidades que se produce cuando el arte rechaza quedarse aislado de lo social, o cuando el arte busca participar más que representar.

Eso es lo que fue Mayo del 68. Los artistas ya no estaban en sus talleres, ya no trabajaban, ya no podían trabajar porque lo real era mucho más poderoso que sus creaciones. Naturalmente, se convertían en militantes, yo entre ellos. Creamos el Atelier populaire des Beaux-Arts y hacíamos carteles.

Hacíamos carteles día y noche. Todo el país estaba en huelga y nunca habíamos trabajado tanto en todas nuestras vidas. Al fin éramos necesarios. Fromanger describe con gran lujo de detalles las fases en el desmantelamiento del medio artístico durante Mayo. Así, cuenta cómo, durante las manifestaciones a mediados de mayo, los estudiantes de arte “se bajaron de sus caballos para recoger las flores” –como dirían los maoístas–, abandonando el arte para correr de una manifestación a otra. “Los artistas formábamos parte del movimiento desde hacía diez días, nos encontrábamos en las manifestaciones. Nos habíamos separado de todo lo que teníamos antes. Ya no dormíamos en los talleres... Vivíamos en las calles, en los espacios ocupados...

Ya no pintábamos, ya no pensábamos en ello”. La siguiente fase describe una retirada a espacios familiares: “Los pintores nos decimos que tenemos que hacer algo en Bellas Artes, que no podemos dejar que los edificios estén vacíos y cerrados”.

Localizan una vieja máquina de litografías y enseguida imprimen el primer cartel, “USINE-UNIVERSITE-UNION”. En ese momento la idea es que alguien corra con las treinta copias a venderlas en una galería de la calle Dragon y así obtener fondos para el movimiento. Pero es en este momento cuando entra en escena “lo real”, bajo la forma del movimiento, frenando en seco los pasos que debe dar el arte en la cultura burguesa y secuestrándolo, por así decirlo, para orientarlo hacia el presente. No hay tiempo para que el objeto artístico se convierta en artículo de consumo, ni siquiera en una mercancía que se habría redirigido al servicio del movimiento. En el camino a la galería, alguien arrebata las copias de las manos del estudiante encargado de transportarlas y se pegan al instante en la primera pared disponible. El cartel recupera su función de cartel.

“La cultura burguesa”, reza el texto que acompañaba la fundación del Atelier populaire, “separa y aísla a los artistas del resto de los obreros otorgándoles una condición privilegiada. Este privilegio encierra al artista en una prisión invisible. Hemos decidido transformar nuestro papel en esta sociedad”.

Descarga "Crisis de palabras" de Daniel Blanchard

Seguimos con nuestra serie de descargas de Acuarela Libros, en esta ocasión con Crisis de palabras (notas a partir de Cornelius Castoriadis y Guy Debord), de Daniel Blanchard.

Descarga Crisis de palabras

Entre 1957 y 1965, junto a Cornelius Castoriadis, Claude Lefort, Jean- François Lyotard y otros muchos, Daniel Blanchard participa en las actividades del colectivo revolucionario Socialismo o Barbarie, que desarrolla una crítica radical de los regímenes del Este y del Oeste a partir del "revelador" que constituía la capacidad de autoorganización del movimiento obrero. En 1959 entabló amistad y colaboración con Guy Debord, líder de la Internacional Situacionista, con quien escribe "Preliminares a la definición de la unidad del programa revolucionario", un manifiesto que reunía y sintetizaba la crítica del arte y la política especializadas. En Mayo del 68, Blanchard vive activa y gozosamente la tempestad colectiva desde el Movimiento 22 de Marzo y los Comités de Acción. A principios de los años setenta reside en Estados Unidos y se vincula al movimiento de la contracultura.

A partir de la riqueza heterogénea de todas estas experiencias, Blanchard revisa en los textos que componen Crisis de palabras las relaciones y tensiones entre palabra y experiencia, existencia y concepto, subjetividad y teoría, símbolo y vida. Lo hace mediante notas, ensayos, fragmentos y esquirlas de discurso, intuiciones, anécdotas e historias inspiradoras. Lo hace desde el compromiso vivo y testarudo con la idea de emancipación como autonomía, desde una trayectoria vital que rompe la alternativa dominante entre normalización, cinismo o (auto)destrucción.

Ilustración de Acacio Puig

Reseñas, ecos:

El próximo libro en Acuarela ya está en librerías: los "Escritos políticos" de Maurice Blanchot

Escritor, crítico y periodista, Maurice Blanchot (1907-2003) es una figura a la vez destacada y enigmática en el pensamiento francés y la literatura del siglo veinte. Su obra ha tenido una gran influencia en la filosofía y la escritura de Foucault, Derrida, Jean-Luc Nancy y muchos otros. Sin embargo, su pensamiento político es menos conocido.

Su violenta radicalidad incomoda incluso a muchos de sus seguidores. Los textos y declaraciones reunidos aquí por primera vez fueron escritos para revistas efímeras e incluso a veces confidenciales y aparecieron firmados por muchas personas (para manifestar así un movimiento colectivo) o por nadie (para que cualquiera pudiera sentirse responsable).

Desde la afirmación del derecho a la insumisión en la Guerra de Argelia hasta la revuelta de Mayo del 68, Blanchot, maestro del lenguaje indirecto e inacabado, escribe palabras cristalinas y directas para invocar la fuerza común y anónima del rechazo, la fuerza amistosa del NO. Ese NO que no es la expresión de un juicio o de una condena desde la distancia, sino que es la efectuación de una ruptura.

Comunidad anónima de nombres, potencia del rechazo, muerte política, palabra infinita e incontrolable... Hoy, cuando se extiende por todas partes una atmósfera gelatinosa de posibilismo y consenso, las intervenciones de Maurice Blanchot tienen el poder de interpelar, interrogar y sacudir nuestro presente como si no hubiese pasado un solo día desde que fuesen escritas. No es poco.


El derecho a la insumisión
Ruptura del tiempo: revolución
La fuerza anónima del rechazo, prólogo de Marina Garcés
Tres apuntes sobre los escritos políticos
De 1968 a 2011, de París a El Cairo: la calle habla
La muerte política
En estado de guerra: Maurice Blanchot + Mafia K'1 Fry
El rechazo absoluto de Blanchot
Marina Garcés sobre Blanchot, Albert Camus y Merleau-Ponty
El lado malo (reseña de José Ángel González)