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¿Cómo comienza Mayo del 68?




¿Cómo se dispara Mayo del 68? El 3 de mayo, los grupos politizados tienen un meeting en la Sorbona. Los ánimos se calientan cuando llegan noticias de la presencia cercana de grupos fascistas. La policía decide intervenir, rodea el edificio y tiende una trampa a los estudiantes: los líderes negocian una salida pacífica, pero los militantes estudiantiles son introducidos en furgonetas según van saliendo del edificio. Y sin embargo, con los líderes y militantes detenidos por la policía, el barrio mismo y la gente cualquiera que está allí presente se pone en pie y comienza una batalla campal con la policía. La paradoja aquí es, por tanto, que Mayo del 68 comienza de alguna manera desbordando a los grupúsculos y los militantes organizados, lo cual ya no dejaría hacer durante todo el tiempo de la revuelta. Lo cuenta aquí Jacques Baynac, participante del meeting de la Sorbona él mismo y detenido también el día 3, autor del último libro de Acuarela: Mayo del 68: la revolución de la revolución.


El 4 de mayo, fichado como «merodeador» y puesto en libertad hacia la una de la madrugada, llego al bulevar Saint Michel. Es como si una tormenta hubiese asolado París. La calle está cubierta de escombros, de ramaje, de basura diversa. Un detalle llama, no obstante, mi atención. Las cadenas aque ciñen el cruce entre Soufflot y Saint Michel han desaparecido.

Lo impensable había advenido. Mientras nos detenían en la plaza de la Sorbona, una multitud se amontonaba en el liceo Saint Louis. Era la hora de salir de clase. Estudiantes y transeúntes de todas las edades y condiciones se concentraban y observaban el arresto de los militantes, la noria de coches policiales. Algunos se morían de rabia por la impotencia. La mayor parte sólo estaba curioseando.

Delante de la librería de Presses Universitaires de France aparca un joven bajito de ojos verdes. Es estudiante de letras, hijo de profesores, anarquista. Tiene veinticinco años. Pierre Arènes ha caído casualmente por ahí. Está indignado. No tanto por la entrada de la policía en la Sorbona, pues hace tiempo que ha comprendido que esta puede permitirse cualquier cosa, como por la idea de que ya no se puede ni discutir sin terminar detenido. Él y otros gritan: «¡Liberad a nuestros compañeros!». Desde en frente se responde: «¡CRS, SS!». La excitación va creciendo. Alguien se atreve a bajar a la calzada y a quedarse en ella.

Este gesto anodino es una bomba. Para todos los presentes significa: «Vosotros habéis ocupado la Sorbona; nosotros ocupamos la calle. Vosotros habéis transgredido vuestra ley; nosotros ya no tenemos por qué respetarla». Unos coches de policía patrullan, todavía con pereza. Pierre Arènes se agacha. Coge una piedra, una no muy grande, vaya, y la lanza hacia un coche de policía(1). Inmediatamente, por no decir al mismo tiempo, dos o tres de las personas que están a su lado lo imitan. Son las 17:30. Las piedras no alcanzan su objetivo. Se buscan más. En este lugar no abundan. Se arrancan las verjas de los árboles y se tiran al bulevar, pero no se consigue bloquearlo. Un coche de policía llega por casualidad. Se grita más fuerte. Un joven taxista avanza pausadamente por la calzada con un adoquín en la mano sacado de quién sabe dónde. Lo lanza. El adoquín alcanza de lleno el parabrisas del vehículo y cae sobre un brigadier que resulta gravemente herido. El coche zigzaguea, se detiene, huye por la calle Médicis. Las fuerzas del orden reciben autorización para intervenir. Excitados por la herida de uno de los suyos, se desbocan enseguida, persiguen a todos aquellos a quienes consideran culpables, golpean de forma indiferenciada y salvaje a cualquiera que tenga la mala suerte de encontrarse al alcance de sus porras.

En el cruce entre el bulevar Saint Michel y la calle Monsieur-le-Prince, una joven pareja se dirige al cine Trois Luxembourg. Empleada de un restaurante universitario, ella tiene veintitrés años y vive con un estudiante suizo de veinticinco. Ella se llama Marie France Paro, él, Henri Dacier. Un grupo de policías persigue a un lanzador de piedras. A su paso van repartiendo porrazos a diestro y siniestro. Uno de ellos se abstiene in extremis de sacudir a Marie France y le dice: «Lárguese por ahí». Cuando ella se da la vuelta para recuperar a su Henri, este yace en el suelo con cinco policías ensañándose con él. Marie France arremete contra ellos con todas sus fuerzas, sobre todo contra el más salvaje, un pelirrojo con bigotes. Los policías terminan soltando a su presa y yéndose a dar porrazos a otra parte. Henri Dacier estará ciego durante varios días: «Ese momento», dice, «nos hizo comprender rápidamente de qué lado estábamos». A decir verdad, él sólo necesitaba una confirmación. Había participado en el Grupo de Estudios Marxistas de Lausanne en 1965 y dos años después en nuestro grupo de investigación parisino para el que había escrito un texto: «Compartimos reflexiones de una lucidez extraordinaria sobre los problemas de los demás pero nunca nos referimos a nosotros, a nuestra propia situación; como si personalmente no tuviéramos verdaderos problemas o como si –puesto que al fin y al cabo experimentamos el deseo de juntarnos– encontráramos en el estar ahí y comulgar en nuestro malestar social, la forma de saciar nuestras aspiraciones profundas»(2).

Desde hace ya una hora larga, una marea asciende y desciende por el bulevar Saint Michel. El ambiente es de jugar a lo grande, a un juego de polis y cacos. Con polis verdaderos y cacos falsos. Los atacantes se disuelven en una multitud más y más densa. Las cargas policiales se suceden. Las granadas lacrimógenas explosionan. Se llora mucho. Un grupo de unas cuarenta personas disfruta de lo lindo. El número de enragés crece a la misma velocidad de los porrazos recibidos. Un camionero frena su máquina, desciende tranquilamente de ella, saca primero un gato y acto seguido, la manivela. Haciéndolo girar de una forma terrorífica consigue dispersar él solo a un grupo de Guardias Móviles. Y se va.

Un Peugeot 404 negro para en la esquina de la calle de l’École de Médecine. Lo conduce un joven de veinticinco años. Vende software de IBM. Se ha enterado de las escaramuzas en el Barrio Latino por la radio del coche. Y llega allí justo en el momento en que unos policías están a punto de atrapar a unos jóvenes. Se interpone con su vehículo, lo detiene y, haciéndose el inocente, pregunta por las causas de tanto jaleo. Le responden con toda la claridad de dos golpes de porra bien atinados. Claude Frèche, casado y padre de familia, se convierte así en un enragé más.

Las verjas de los árboles bloquean ahora el bulevar. La multitud se ha adueñado de la calle. Está completamente envalentonada. Absorbe sin protestar a los perseguidos, no hace nada para ayudar a los perseguidores: ha elegido su campo. Sin dejarse llevar por el pánico, encaja los golpes más duros repartidos por una policía que ha perdido la cabeza. Aún espantado, el comandante Demurier, del cuerpo de los guardianes de la paz, declarará dos días más tarde ante el juzgado de lo penal número 10 que juzga a los manifestantes detenidos en delito flagrante: «He visto ya infinidad de manifestaciones, sobre todo en el Barrio Latino. El viernes [3 de mayo], vi a unos chicos enloquecidos por la rabia levantando barricadas, dedicándose a toda clase de destrozos, fundiendo el asfalto para sacar los adoquines de la calzada. Vi, por primera vez en toda mi carrera, a las fuerzas de la policía obligadas a retroceder ante una ofensiva de los manifestantes que las bombardeaban con adoquines. Aunque había algunos cabecillas, unos cuarenta, en mi opinión los manifestantes actuaban en su conjunto de forma espontánea, por el placer de destruir»(3).

Los «cabecillas» eran, efectivamente, poco numerosos. Tenían el denominador común de no ser militantes organizados. Los poquísimos miembros de grupúsculos, que se encontraban allí porque no habían sido detenidos en el patio de la Sorbona, se esforzaban todos ellos por mantener la calma. «¡Esto es una locura, compañeros! ¡Replegaos! ¡No sigáis a los provocadores!», gritaba un militante de la FER encaramado a un automóvil frente a la Sorbona. Muerta de miedo, Élisabeth Brünner lo insultaba con todas sus fuerzas. En la calle Cujas, otro miembro de la FER, hijo de uno de los principales responsables de la OCI, impedía decididamente a Pierre Guillaume(4), que había acudido en auxilio, levantar una barricada que habría podido bloquear los coches de policía que llevaban a los militantes detenidos. Había, así mismo, algunos otros, de distintas tendencias, que no decían pero tampoco hacían nada. De todas formas, la multitud ignoraba a estos aguafiestas y, en lo que atañe a los combatientes, estos estaban demasiado ocupados como para preocuparse por ellos.

Aunque nunca olvidarían que si por fin habían podido actuar había sido gracias a la ausencia forzosa de los militantes y de sus organizaciones.

Al detener a todos los revolucionarios organizados del Barrio Latino, la policía había dejado involuntariamente el campo libre a todos los que, ignorando que era imposible porque «las condiciones objetivas y subjetivas» no se daban todavía, vencieron en calidad de amateurs en lo que todos los profesionales habían fracasado. La propia policía había aniquilado lo que retenía a las masas.

Se había cargado la última mediación entre el poder y la sociedad.

Había creado un vacío por donde todo se escapaba, aspirado por un agujero negro donde los grupos revolucionarios eran los primeros en disolverse.

Viendo su necesidad y legitimidad destruidas por el acontecimiento, los grupúsculos reaccionan autojustificándose. Las JCR fingen no esquivar el debate para poder enterrarlo mejor: «La manifestación del 3 de mayo ha suscitado en el movimiento estudiantil uno de sus típicos debates falsos. “Ya veis que no servís para nada, decían partiéndose de risa los espontaneístas a los grupúsculos. Mirad qué magnífica respuesta han desencadenado las bases estudiantiles cuando todos estabais bloqueados en la Sorbona. Es más, apostamos lo que haga falta a que con vosotros en la calle no habría pasado nada. Porque con vuestra labia, vuestra disciplina, vuestros servicios de orden habríais conseguido paralizar una vez más la iniciativa de las masas”»(5). A lo cual, las JCR replican: «Años de propaganda revolucionaria, años de movilización y de luchas asumidos por los grupúsculos, han llevado la «espontaneidad» del movimiento estudiantil a un nivel de madurez política muy apreciable. Es esa madurez la que se ha manifestado de forma «espontánea» durante la noche del 3 de mayo y las semanas posteriores».

El problema de esta tesis es que la madurez del puñado de combatientes del 3 de mayo no debía casi nada a la acción de los grupúsculos. En la plaza Maubert y la calle Écoles, donde también había habido bronca, eran los «macarras» del «Roméo Club» situado en la esquina del bulevar Saint Germain con la calle Saint Jacques, los que habían dirigido el cotarro; y nadie podría afirmar sin desternillarse que lo habían hecho influenciados por la propaganda de los grupúsculos. En lo que atañe a los escasos universitarios y estudiantes de secundaria que intervinieron, estos eran, salvo un puñado de excepciones, adversarios declarados de los grupúsculos leninistas.


1. La palabra utilizada en el texto es voiture pie, un vehículo de color negro y blanco usado por la policía [N. de la T.].

2. Archivos privados.

3. Cita de Rioux y Backmann, L’explosion de Mai, p. 114.

4. Fundador de la librería Le vielle taupe en 1965, militante durante algún tiempo de Socialismo o Barbarie y después de Poder Obrero, una de sus escisiones, Pierre Guillaume se convirtió años más tarde en una de las principales referencias del negacionismo en Francia (N. del E.).

5. Daniel Bensaïd y Henri Weber, Mai 68, une répétition générale, p. 112.

Deseo de Mayo, por Tomás Ibáñez






Prólogo de Tomás Ibáñez a Mayo del 68: la revolución de la revolución de Jacques Baynac.  

Por muy intenso que pueda ser nuestro deseo de que Mayo del 68 vuelva a acontecer algún día, de bien poco sirve alimentar la nostalgia de lo que nunca volverá a ser. La irreductible singularidad de aquel evento lo ha anclado firmemente en la historia convirtiéndolo en un episodio absolutamente irrepetible. Pero, cuidado, afirmar que Mayo del 68 no puede acontecer nuevamente no implica, ni mucho menos, que haya dejado de latir con fuerza en nuestro presente, ni que sus efectos se hayan extinguido con el paso del tiempo.

Definitivamente irrepetible, Mayo del 68 se reinventa, sin embargo, en cada gesto de colectiva rebeldía, desde la Selva Lacandona hasta la Plaza Taksim, pasando por Notre Dame des Landes, o por las abarrotadas plazas del 15M, entre muchos otros lugares. Pero, vayamos con cuidado, también en este caso, porque, decir que Mayo del 68 se reinventa en ocasiones, no significa que no presente notables diferencias con sus variadas reinvenciones.

Son esos extremos los que me gustaría abordar aquí, a modo de personal y fraternal homenaje al gran libro que Jacques Baynac nos ofrece. Sin duda, uno de los mejores que jamás se hayan escrito al respecto

Mayo del 68 forma parte de esos raros eventos históricos que están dotados de la suficiente magia para espolear la imaginación, encender deseos y hacernos soñar.

Acontecimiento absolutamente inesperado, Mayo no solo causó una enorme estupefacción en el mundo entero sino que dejó atónitos a sus propios protagonistas. Nadie había imaginado que algo semejante pudiese ocurrir en aquel periodo que era relativamente prospero, y en aquel país que era tan apacible que hasta podía resultar aburrido.

Es más, lo que entonces estaba ocurriendo seguía siendo inimaginable y desconcertante para nosotros mismos en el atardecer de cada día de lucha, y en el misterio que envolvía cada amanecer de un continuo combate(1).

Pensar, contar y ver Mayo del 68

Nota editorial de Mayo del 68: la revolución de la revolución, de Jacques Baynac.
 
Mayo del 68: una formidable toma de la palabra por parte de miles de personas condenadas hasta entonces al silencio y el aislamiento. La calle como lugar de diálogo y los muros como espacio de expresión creativa. La alegría desbordante del encuentro entre diferentes y de la interrupción de la normalidad mortífera. La política no como un asunto de partidos o profesionales, sino como la invención de prácticas mediante las cuales las personas cualquiera se vuelven capaces de hablar en nombre propio, pensar y decidir en primera persona, planteando colectivamente los propios problemas. Una pelea, no tanto entre izquierda y derecha, como entre los de arriba y los de abajo. En fin, una nueva experiencia de lo político, por fuera de los partidos y los sindicatos, más allá del horizonte de la toma del poder, que encuentra su recompensa en la misma acción y no en una promesa futura o trascendente. Todo ello resuena muy poderosamente con las búsquedas del presente y con los acontecimientos políticos recientes (primavera árabe, 15M, Occupy, Syntagma, Gezi, etc.). Casi 50 años después, Mayo del 68 puede seguir dándonos mucho que pensar.
 
El libro que tienes entre manos reúne tres textos:

en primer lugar, el prólogo escrito para esta edición por Tomás Ibáñez. La vida de Tomás Ibañez está marcada por el anarquismo desde su infancia: hijo del exilio libertario en Francia, participó en los años 60 en los circuitos estudiantiles anarquistas cuando aún casi nadie se atrevía a cuestionar la hegemonía del Partido Comunista. En Mayo del 68, integrado en el Movimiento 22 de Marzo junto a compañeros anarquistas como Daniel Cohn-Bendit o Jean-Pierre Duteuil, se sumerge en la cotidianeidad de los acontecimientos hasta que es detenido el 10 de junio y confinado en destierro por su condición de refugiado político. En 1973 volvió a España y participó en los fracasados intentos de reconstrucción de la CNT. Autor de referencia para las corrientes libertarias en España y el extranjero, ha enriquecido los planteamientos anarquistas básicos con las aportaciones del post-estructuralismo francés y, muy en concreto, de Michel Foucault. La trayectoria de Tomás Ibáñez es de enorme valor, porque rompe con la idea dominante que quiere hacernos ver a todos los protagonistas del 68 atrapados en la alternativa entre arrepentimiento, normalización, cinismo y/o autodestrucción. Y su pluma trabaja siempre para que la historia sea memoria viva y no lengua muerta, catapulta y no ancla, presente y futuro, no sólo pasado.
 
 

En segundo lugar, el libro original que publicó Jacques Baynac en 1978, titulado originalmente Mayo reecontrado (Mai retrouvé). Diez años después de haber acontecido, el movimiento de Mayo del 68 se estaba haciendo paradójicamente invisible por un exceso de reinterpretaciones que tendían a aniquilar toda su radicalidad. El libro de Baynac trata de revitalizar la potencia del 68, pero no proponiendo otra interpretación más en disputa, sino rescatando la historia de las prácticas concretas que le habían dado vida (las manifestaciones, las ocupaciones de fábricas, los enfrentamientos con la policía, la reapropiación de la calle, los Comités de Acción, la vertiginosa toma de la palabra por parte de aquellos que siempre han estado excluidos de ella), borradas ya en el primer aniversario de Mayo, pero silenciadas y sepultadas después a lo largo de décadas por los iconos, estereotipos y clichés desgraciadamente por todos conocidos. Es difícil encontrar otro libro sobre Mayo del 68 donde se muestre, con el mismo rigor y la emoción, la historia y la materialidad misma del movimiento.
 

 
En tercer lugar, el ensayo que cierra este libro, «Mayo del 68: una hipótesis sobre la estrategia, el tiempo y la revolución», fue publicado por Baynac también en 1978 en Libre, la mítica revista de política, antropología y filosofía fundada en los años 70 por personalidades como Cornelius Castoriadis, Claude Lefort y Marcel Gauchet. Es un ensayo perfectamente complementario del trabajo de investigación histórico en el que Baynac despliega algo que en el libro se encuentra quizá sólo de modo latente: una interpretación política sobre el carácter radicalmente innovador de la estrategia que se despliega a través de las prácticas concretas de Mayo. Una estrategia que no razona en términos de poder y de tener, de espacio y de cantidad, de mediación y organización, sino de no-poder y de ser, de tiempo y de calidad, de aquí y ahora y autoorganización. Una «nueva racionalidad» de lo político, a cargo precisamente de los excluidos de la política, que rechaza «cambiar el mundo a través de la toma del poder» y encarna el deseo de una sociedad y un modo de vida radicalmente nueva.

Por último, el libro está «ilustrado» (portada, solapa, interiores) por Natalia Matesanz Ventura, arquitecta e investigadora. Durante el proceso de edición del libro, conocimos el trabajo cartográfico de Natalia sobre el «espacio afectivo» de Mayo del 68 y nos interesó muchísimo. Los afectos son esas fuerzas e intensidades que nos activan, transforman y ponen en movimiento. Uno de los motores principales de la política de transformación social, por tanto. En Mayo, las intensidades afectivas irrumpen, desarreglan y hacen vibrar las ciudades, los espacios, los lugares. Desordenan las divisiones sociales cotidianas, los espacios fijos, unívocos, reglamentados. Agujerean las distancias. Acercan lo que estaba lejos, separado. Producen nuevas conexiones entre personas, cosas, lugares, corrientes de energía y empatía. Crean una maraña dinámica de nuevas relaciones y vínculos donde había un espacio compartimentado, regulado, jerarquizado. Sin lugar a dudas, podemos aprender mucho de Mayo a partir de estos «mapas afectivos», que no son tanto «ilustraciones» como «máquinas de visión». Que dialogan y resuenan con el texto de Baynac y a la vez dan a ver otras cosas.
 
 

Mayo del 68: la revolución de la revolución (Novedad en Acuarela)

Mayo del 68: quizá por primera vez en la historia se manifiesta una fuerza revolucionaria creada por la abundancia y no por la penuria, una fuerza que no quiere morir por la revolución, sino vivir gracias a ella, que quiere cambiar el mundo y la vida, pero rechaza tomar el poder para hacerlo.


La novedad radical de esta motivación revolucionaria engendra una estrategia insólita e imprevista, que cuestiona tanto las estructuras asfixiantes del capitalismo como las del bloque comunista. Una estrategia que no razona en términos de poder y de tener, de espacio y de cantidad, de mediación y organización, sino de no-poder y de ser, de tiempo y de calidad, de aquí y ahora y autoorganización.

Mayo del 68 fue la revolución de la revolución. El acontecimiento no encaja en ningún esquema teórico conocido y, a partir de él, todos entraron en cuestión.
¿Cómo se encarnó esa novedad, en qué clase de palabras, de gestos, de hechos, de alianzas, de sujetos, de lugares, de dispositivos organizativos? Jacques Baynac, participante él mismo desde el primer minuto en los sucesos de Mayo, escribe en este libro su historia, toda la historia, y traza desde dentro el relato completo de los acontecimientos.

Manifestaciones y barricadas. Facultades y fábricas ocupadas. La realidad cotidiana de la autogestión. «Campesinos rojos», militantes, trabajadores, estudiantes. Octavillas, Comités de Acción, esquiroles, barrios movilizados, viajes a provincias y al extranjero. Es difícil encontrar otro libro sobre Mayo del 68 donde se muestre, con semejante precisión y emoción, la historia y la materialidad misma del movimiento.


El autor: Jacques Baynac

En 1960, Jacques Baynac rechaza combatir en la Guerra de Argelia y parte al extranjero. Vuelve a Francia en 1966, tras haber visto «siete países en tres continentes», ya vacunado contra el modelo leninista y autoritario de la revolución. Cuando estalla Mayo del 68, Baynac tenía tan solo veintiocho años, pero su pasado lo había preparado particularmente bien para reconocerse en el movimiento, en cuyo corazón participa desde la primera hasta la última hora, particularmente desde el centro de coordinación de iniciativas que fue Censier.

Jacques Baynac se ha dedicado más tarde al estudio de los movimientos revolucionarios (ruso, chino, cubano, «la Baader-Meinhof», anarquista, etc.) y a publicar obras de historia y teoría, así como a escribir artículos de actualidad en el diario Libération y realizar y/o producir documentos televisados para la cadena ARTE.

En su trabajo de investigación sobre el pasado, se ha esforzado especialmente en «pasar el cepillo a contrapelo» (como pedía Walter Benjamin) a la historia de la Revolución Rusa y de la Resistencia francesa, publicando varios libros sobre ellas.

El prologuista: Tomás Ibáñez

La vida de Tomás Ibañez está marcada por el anarquismo desde su infancia: hijo del exilio libertario en Francia, participó en los años 60 en los circuitos estudiantiles anarquistas cuando aún casi nadie se atrevía a cuestionar la hegemonía del Partido Comunista. En Mayo del 68, integrado en el Movimiento 22 de Marzo junto a compañeros anarquistas como Daniel Cohn-Bendit o Jean-Pierre Duteuil, se sumerge en la cotidianeidad de los acontecimientos hasta que es detenido el 10 de junio y confinado en destierro por su condición de refugiado político.

En 1973 volvió a España y participó en los fracasados intentos de reconstrucción de la CNT. Autor de referencia para las corrientes libertarias en España y el extranjero, ha enriquecido los planteamientos anarquistas básicos con las aportaciones del post-estructuralismo francés y, muy en concreto, de Michel Foucault. La trayectoria de Tomás Ibáñez es de enorme valor, porque rompe con la idea dominante que quiere hacernos ver a todos los protagonistas del 68 atrapados en la alternativa entre arrepentimiento, normalización, cinismo y/o autodestrucción. Y su pluma trabaja siempre para que la historia sea memoria viva y no lengua muerta, catapulta y no ancla, presente y futuro, no solo pasado.

Otras referencias de Mayo del 68 en Acuarela Libros:

LA REVOLUCIÓN DIFUSA: LOS AGENTES DE LA SOMBRA




Ilustración: David Muñoz
A través del torrente de luz desfilaba una cola de usuarios que casi asomaba su extremo posterior por la boca de la Ciudad Iluminada. Entre ellos nos mezclamos el Maestro Penumbra y yo, haciendo sonar las monedas que contábamos para el billete, como habíamos convenido para pasar inadvertidos. Cuando con paciente paso nos acercábamos hacia la taquilla, entre ancianos de codos afilados, un señor de bigote arrogante paseó su mirada por las facciones del Maestro, que al instante abandonó su fingimiento y echó a correr hacia el interior, saltando ágilmente sobre los tornos y seguido a corta distancia por la mayor velocidad que mis piernas permitieron. El Agente de la Luz del bigote no salió en nuestra persecución. Le bastaba comunicar nuestra presencia para dejar la ejecución en manos de sus compañeros armados. No abandonamos por este peligro el plan previamente concebido: era la principal habilidad de Penumbra, adquirida por la costumbre, sortear al enemigo. 
 
Me había costado un tiempo decidirme a acompañarle en aquel sabotaje. Aunque lo conocía ligeramente desde la infancia, ya que éramos vecinos, sólo comencé a conversar con él dos meses antes de esta primera aventura. Una noche de diciembre lo encontré en la escalera en avanzado estado de embriaguez. Debido sin duda a un ebrio arranque de alegría me propuso acompañarle a su casa. Allí, tras varias horas de charla intrascendente junto a una botella y un paquete de cigarros, se atrevió a confesarme sus conocimientos, sus planes y su insuperable timidez. En un cuarto apenas iluminado por la luz de la calle que se filtraba entre las cortinas, escuché revelaciones sorprendentes de cuya veracidad no podía sino dudar entonces. ¿Cómo podría haber sospechado que era la Luz causa de todos los sufrimientos de la ciudad? Me parecía inconcebible aquella relación entre la Luz, hasta entonces símbolo de progreso y civilización para mí, y la destrucción de la alegría. Me explicó, en un lenguaje con dejes mesiánicos, que esta destrucción había tenido su origen varios siglos antes del nacimiento del cristianismo. La Luz se fue introduciendo poco a poco en los rincones, en la intimidad de los pequeños cuartos, y acabó por desplazar el mundo de sombras que nos rodeaban. Entre las muchas heridas abiertas, Penumbra destacaba la timidez y la seriedad.
 
«Es obvio que la luz causa malestar. La luminosidad nos deja indefensos antes las miradas de los demás, sin poder cobijarnos. La respuesta de nuestros cuerpos se debe a esa sensación de opresiva vigilancia, esa continua y dolorosa exposición pública, que provoca diversas reacciones:

»Los tímidos, desde hace un tiempo Agentes de la Sombra, nos hemos replegado hacia la oscuridad, donde nadie nos observa. 
 
»Los más sufridos, ignorantes de la procedencia de su aflicción, se refugiaron de manera inconsciente en la careta de la seriedad, homogeneizando sus gestos. Obtienen por recompensa, a cambio de su rigidez facial, la seguridad de no convertirse en el blanco de las miradas del mundo. Y no sólo tienen estos Severos Semblantes, como nosotros los llamamos, que enfrentarse a cualquier juicio visual, sino que la represión es sistematizada por dedos acusadores.

»Esos dedos, que como rayos caen sobre el desafortunado que muestra algún rasgo que lo diferencia, risa irrespetuosa o expresión informal, pertenecen a los Agentes de la Luz. Recuperados por el Flujo de Luz de entre los Severos Semblantes, han sido sometidos a largas exposiciones bajo los focos, de tal manera que han terminado por anular todo impulso de individualidad en sus mentes. Una segunda misión les ha sido encomendada: eliminar a los Agentes de la Sombra en los pasillos y vagones de la Ciudad Iluminada. Para ello se sirven del Deslumbrador, que camuflan bajo las más diversas formas.»

 
Ilustración: David Muñoz
Dos meses después de aquella noche agarraba el grasiento pasamanos de las escaleras mecánicas, a la retaguardia del Maestro. En mi bautizo como Agente de la Sombra bajaría nada menos que a la búsqueda del Generador Central de la Ciudad Iluminada. Aunque en la Ciudad Exterior, más antigua, el Flujo de Luz seguía cegando muchas pupilas, los Agentes de la Sombra, ayudados por la noche, habían prosperado gracias a exitosas actividades terroristas. De este modo los Grandes Jefes Relucientes resolvieron trasladar su centro de operaciones a los Subterráneos del Transporte, morada del relucir desde su construcción en el siglo XIX. Llevaron así la primacía de la Luz al subsuelo, a las profundidades de la tierra, atravesándola con sus cuchillos de claridad. Lo indefinido recibía por primera vez contorno.

Sabíamos, por tanto, la dificultad que entrañaba nuestra empresa. Pues incluso las sombras de los hombres y mujeres, que no son sino diminutos restos del dominio de la oscuridad, tienden en los Subterráneos Iluminados a desvanecerse, atacadas desde todos los puntos.

Bajo los fluorescentes que techaban los túneles vi en la cara del Maestro aquel temor que ya me había anticipado en nuestras conversaciones. «Por supuesto que he vivido el miedo infantil de las noches a oscuras en que las sábanas sirven de escudo. Pero es un sentimiento mil veces preferible a su faro deslumbrante en la cara. Cualquier intento de huida resulta vano bajo sus focos eléctricos. Al menos aquel miedo a los fantasmas de la noche era mío. Jugaba con él, estaba ahí para fascinarme, para vencerlo llegado el momento. Pero el otro miedo viene de ellos, el que me meten por los ojos.»

En el vagón los Severos relajaban su crispación mirándose los zapatos negros. «El calzado negro, con sus oscuros cordones, al igual que toda vestimenta de este color, constituye una amenaza para el orden luminoso pues libera a la vista del reluciente asedio.» Así disertaba Penumbra sobre las virtudes de la sombra: «La oscuridad, amigo Borroso, es el lugar donde nada nos es impuesto: hacemos y nos hacemos a nuestro antojo. Cuando nos sumergimos en las sombras, renunciamos, por imposible, a la medición, al cálculo. Su naturaleza es tal que los objetos ya nunca permanecen fijos, ni tienen principio ni final, pues no hay líneas. Me sorprenden al rozarme, al chocar con la extensión de mi piel, y en esto precisamente reside lo prodigioso: recuperamos a oscuras la pasión por explorar lo desconocido y lo innombrable, porque nadie juzga nuestras caras... Cuando encendemos la Luz las paredes se revisten de claridad, la claridad propia de la ciencia que encierra los territorios en un mapa. Pero no olvidemos que el interruptor lo apretamos casi siempre nosotros».

El curso de estas reflexiones fue interrumpido por un acontecimiento imprevisto durante el trasbordo hacia la línea del Generador. En un pasillo desolado nos cruzamos con un cochecito de bebé guiado por una elegante anciana. Al llegar a su altura Penumbra lanzó una mirada furtiva al interior del cochecito. Me cogió del brazo, cuando los sobrepasamos, para decirme al oído: «Corre hacia el andén». Y mientras me alejaba rebotaban en las paredes los pasos del Maestro retrocediendo y su voz amable que entablaba conversación con la anciana: «Hermosa criatura, abuela».

Dos minutos de impaciente espera separaron mi llegada al andén y la aparición simultánea, como si lo hubiesen concertado de antemano, del Maestro Penumbra y un tren que nos transportaría a nuestro destino. 
 
Y no venía solo Penumbra, sino que apresuradamente entró al vagón cargado con aquel bebé en los brazos. Indignado, en mi ignorancia, le exigí una explicación por el absurdo rapto. Temía yo que por una insensatez sin motivo no estuviéramos a la altura de las maravillosas proezas realizadas por nuestros compañeros: pensaba yo en el Capitán Modorra, que había llenado de niebla los Subterráneos de Londres, y en Juana Tinieblas, que ensombreció con su inmenso manto negro el pabellón donde científicos de todo el globo celebraban una convención sobre bombillas... y en tantas otras hazañas que conocía por el Maestro Penumbra. Pero tan pronto como tuve conocimiento de los motivos de aquel delito, todos mis temores huyeron en desbandada: habíamos capturado a la Gran Esperanza Blanca. Era El Prometido. El elegido por la Luz, que tomaría cuerpo en él para convertirlo, como a otros antes, en un Gran Jefe Lúcido. Los profetas de la Luz habían anunciado que aquel bebé que nos sonreía tímidamente, embutido en un vestido blanco y con inconfundible palidez en la cara, habría de sumir al género humano en la mayor concentración de Luz que había conocido la historia. El Mesías de los Grandes Jefes, como se le nombraba en los Salmos de Lucero, tendría poder para reducir las sombras a su mínima expresión. Pero el azar había puesto a nuestro alcance la posibilidad de desbaratar el Apocalipsis Blanco. Aquel Mesías, que viajaba siempre desprotegido para no levantar sospechas, nos sonreía en el vagón, gracias al talento del Maestro Penumbra.

Sin embargo, no dejamos que la emoción nos embargara de tal modo que peligrase nuestra empresa original: el Gran Apagón. Si llegábamos al Generador, en la estación de Las Bengalas (llamada así por los de la Sombra) conseguiríamos apagar las luces de la Ciudad Iluminada creando un feliz caos, que vendría a ser la culminación de los sueños más ambiciosos de Penumbra. Y nada ni nadie parecía capaz de detenerlo.

En el tren, Penumbra, animado por lo acontecido, me obsequió con nuevos detalles sobre la historia de la Revolución Difusa que habían iniciado los Agentes de la Sombra. La mayor parte se concentra en cavidades sombrías bajo las montañas. En la Ciudad Exterior caminan muchos junto a las paredes de los edificios aunque un gran número de ellos han sido deslumbrados cuando acudían a orgías en sótanos deshabitados. Una docena escasa actúa en los túneles de la Ciudad Iluminada, por donde corren los trenes hasta alcanzar la siguiente estación. «Podrás verlos acurrucados contra un hueco en la pared, si pegas la cara a la ventanilla.»

También me contó algo, por primera vez, de su vida anterior. Había trabajado grabando la voz de esos monos de las máquinas que se veían en algunas tiendas de Frutos Secos. Inventando un original tono atiplado encontró un espacio donde verter su afán creativo, frenado en otras actividades por su asfixiante timidez. Pero acabó por dimitir cuando le fue negada su petición de variar el texto que recitaba el animal. Tras una prolongada temporada perdido en ocupaciones sin expectativas, un aluvión de sueños reveladores le abrió la puerta hacia una nueva vida. El Maestro amaba los sueños. En ellos comprendió las causas de aquella timidez y entró en contacto con los restantes Agentes de la Sombra, que utilizaban este medio para su comunicación. «El sueño es la más completa ausencia de luz.» En la pared interior, negra, de sus párpados, el Maestro poseía su propia pantalla de cine, y en ella se proyectaba la Revolución Difusa.

Ilustración: David Muñoz
En el trayecto hacia Las Bengalas sonaba un acordeón maltratado por un viejo adormecido, al cual Penumbra no quitaba ojo. Como el Maestro no me dijo nada, fueron los hechos mismos quienes me descubrieron las causas de tal interés por la música. Comenzó la luz del andén a entrar por las ventanas y el tren iniciaba su frenada. Al tiempo que Penumbra dejaba a La Gran Esperanza Blanca en mis manos, el acordeonista llegó hasta nuestra posición. Acercó su mano el Maestro al vaso para depositar una moneda, que cayó al suelo, como comprendí después, de manera intencionada. El músico agachado chilló al recibir la primera patada del Maestro, quien, después de propinarle la segunda, forcejeó con él para arrebatarle el instrumento. Con éste en la mano corrió hacia las puertas recién abiertas. Salí tras él y oí allí, en un extremo del andén, las últimas palabras que me dirigió su boca jubilosa: «¡Un Deslumbrador!». Me indicó con un gesto que no le siguiera y se lanzó hacia la oscuridad del túnel, delante de la cabecera del tren. Así se lo tragaron las tinieblas. Transcurrieron unos treinta segundos y del túnel llegó un prolongado gemido de placer al tiempo que un estallido de oscuridad absoluta se apoderaba del lugar. Me adentré, tanteando como pude, pues llevaba aún al bebé, en el maravilloso revuelo que se había formado en el vagón. Sentí entonces que mi timidez, como en átomos disgregados, se extendía por todo el vagón y se aproximaba a los cuerpos intercambiando hasta el infinito los papeles de tocador y tocado... Aún ahora se me empañan los ojos al recordar el Gran Apagón.

Hoy acudiré a la Sierra del Norte para unirme con los pobladores sombríos en su Guerrilla Oscura. Con la Gran Esperanza Blanca en nuestras manos la victoria está más cerca. Debo acabar estas líneas y partir antes de que vengan a buscarme. Quizá tres páginas en negro hubieran bastado para hacerme entender. Pero me temo que hasta que llegue el Gran Apagón Eterno tendré que conduciros a las Sombras a través de palabras.

Señor Borroso 

 

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  • Tiqqun:

En la Cábala de Isaac Luria (1534-1572), el término «Tiqqun» denomina el proceso de redención, de la restauración de la unidad del sentido y de la vida, de la reparación de todas las cosas por la acción de los hombres mismos.


  • Comunismo:
Es la realización del «Tiqqun» en el terreno de la historia, a través de la misma práctica colectiva de los seres humanos.

«Nuestra única preocupación es el comunismo. No hay nada previo al comunismo. Los que creyeron lo contrario, a fuerza de perseguir la finalidad, zozobraron con cuerpos y bienes en la acumulación de medios. El comunismo no es otra manera de distribuir las riquezas, de organizar la producción o de administrar la sociedad. El comunismo es una disposición ética: una disposición a dejarse afectar, en contacto con otros seres, por lo que nos es común. Una disposición a compartir lo común. El otro estado de Musil se le parece mucho más que la URSS de Jruschov.» (Teoría del Bloom).


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  • Bloom:

El Bloom es una figura ambivalente. Por un lado, sustituye al «proletario» de Marx, al «espectador» de Debord y al «musulmán» de Agamben como representación de la alienación y la desposesión extremas. El Bloom es una nada. Pero una nada que puede serlo todo. Expropiado de cualquier inscripción en una comunidad, el Bloom es también «pura disponibilidad para dejarse afectar». Pura humanidad desnuda.


Eso le abre la posibilidad de reapropiarse de su no-pertenencia esencial y recrear lo común y la comunidad fuera de los moldes tradicionales: nación, clase, comunidad de oficio, etc. En el Bloom habita la promesa de una comunidad abierta e incluyente, no definida por una identidad. Pero no es fácil hacerse cargo de tanta desnudez: la «mala sustancialidad» es la adhesión ciega del Bloom a cualquier identidad postiza desde el miedo al vacío.

Como explica Agamben hablando de Tiqqun, ellos «denominan Bloom a los nuevos sujetos anónimos, a las singularidades cualquiera, vacías, dispuestas a todo, que pueden difundirse por todos lados pero permanecen inasibles, sin identidad pero reidentificables en cada momento. El problema que se plantean es: “¿Cómo transformar el Bloom? ¿Cómo operará el Bloom el salto más allá de sí mismo?”»

  • SE:

Tiqqun escribe a veces el impersonal «se» en mayúsculas o cursiva. ¿Qué se pretende enfatizar así? Puede quedar más claro con esta cita de Heidegger: «Prisionero en la trivialidad de la existencia cotidiana, el hombre vive bajo el imperio impersonal del ‘se’ (das man): yo me veo obligado a trabajar, a vivir e incluso a sostener determinados puntos de vista porque así se trabaja, se vive y se piensa». Los rasgos de esta existencia impropia, inauténtica y banal según Heidegger son tres: la falsa curiosidad o afán de novedades por la que el sujeto salta de una cosa a otra incapaz de detenerse y sin profundizar en nada; la palabrería que consiste en hablar de las cosas sin entenderlas y asumirlas, repitiendo simplemente lo que se dice y se oye; y el equívoco en el cual no se sabe qué se comprende y qué no se comprende, todo tiene aspecto de  genuinamente comprendido cuando en el fondo no lo está.

Recordemos que el ON francés puede significar tanto SE como UNO. Hemos preferido traducirlo generalmente por SE, en el sentido expuesto en esta nota, pero en ocasiones hemos dejado UNO para sugerir otro sentido: el UNO de la organización social autoritaria.

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  • Nuda vida y formas-de-vida:
Son dos conceptos que Tiqqun retoma de Giorgio Agamben. La nuda vida es la vida concebida como mera función biológica. Se opone a la vida del ser político que tiene lugar en el espacio de una comunidad política. En su trilogía Homo sacer, Agamben analiza el poder en Occidente como gestión de la vida reducida a nuda vida: personas sin ningún derecho que habitan un espacio de excepción o cobayas humanas convertidas en objetos experimentales de la tecnociencia.

Por el contrario, una forma-de-vida es esa intensidad apasionada que polariza nuestra existencia y deshace la distinción entre público y privado, existencial y político, interioridad y acción. Según Tiqqun, «cada cuerpo está afectado por su forma-de-vida como por una inclinación, una atracción, un gusto». Las inclinaciones de las formas de vida no definen una identidad (qué soy), sino por el contrario una singularidad, una presencia y un ser-en-situación (cómo yo soy lo que soy). La inclinación se puede conjurar o asumir. La nuda vida sería el resultado de la primera opción. La segunda abre el camino a la posibilidad política: la elaboración del libre juego entre formas de vida.

  • Guerra civil:
«La guerra civil es el libre juego de las formas-de-vida, el principio de su co-existencia. Guerra porque, en cada juego singular entre formas-de-vida, la eventualidad del enfrentamiento bruto, del recurso a la violencia, no puede ser nunca anulada. Civil porque las formas-de-vida no se enfrentan como Estados, como coincidencias entre población y territorio, sino como partidos, en el sentido en el que esta palabra se entendía hasta la llegada del Estado moderno, es decir, puesto que hace falta precisarlo en adelante, como máquinas de guerra partisanas.» (Introducción a la guerra civil).

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LÉXICO TIQQUNIANO (2 de 5)



  • Poder, espectáculo, Imperio:
Tiqqun se esfuerza en analizar el poder, no tanto como la acción de un agente extranjero o un sujeto que nos hace frente, sino como un conjunto de relaciones en las que estamos involucrados. De ese modo redefinen y usan dos  conceptos relevantes de la teoría crítica contemporánea:  «espectáculo» (Guy Debord) e «Imperio» (Toni Negri).

«El espectáculo no es una cómoda síntesis del sistema de los mass-media. Consiste también en la crueldad con la que todo nos remite sin tregua a nuestra propia imagen. El Imperio no es una especie de entidad supra-terrestre, una conspiración planetaria de gobiernos, de redes financieras, de tecnócratas y de multinacionales. El Imperio está allí donde no pasa nada. En cualquier sitio donde esto funciona. Ahí donde reina la situación normal.» (Llamamiento; y otros fogonazos).

  • Partido Imaginario:
Tiqqun llama así a la multiplicidad de prácticas, existencias y mundos dis-conformes. No se trata de una clase social ni de un segmento concreto de la sociedad, sino más bien de un movimiento difuso de deserción de las formas de vida y los papeles impuestos (jóvenes, obreros, mujeres, víctimas). El Partido Imaginario no plantea un antagonismo dialéctico o una relación de fuerzas clásica (clase contra clase), sino un movimiento de secesión creativa y separ/acción de la sociedad. La tarea política es articular esas deserciones heterogéneas en un plano de consistencia, sin totalizarlas ni unificarlas.

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Giorgio Agamben: "A propósito de Tiqqun"




En este vídeo, subtitulado por primera vez en español, Giorgio Agamben habla sobre Tiqqun, ofreciendo, de manera sucinta, dos o tres claves para entender de dónde viene y en qué consiste la especificidad y la potencia del pensamiento de Tiqqun, destacando sobre todo la idea de que, más allá de una crítica de «el Poder», para Tiqqun se trata sobre todo de un análisis (estratégico, es decir, orientado a la acción) de los diferentes dispositivos de poder.

El texto está incluido en La Hipótesis Cibernética, de Tiqqun, que hemos publicado este año. La traducción es de Alfredo Borroso y los subtítulos de Acuarela

La pesadilla de un mundo en red

(texto de Amador Fernández-Savater en eldiario.es)




“En aquel Imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el Mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el Mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, estos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el Tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y los Inviernos. En los Desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas (Borges, “Del rigor de la ciencia”)


Las distopías o “utopías negativas” son obras de ficción que llevan hasta un extremo de pesadilla elementos o tendencias reales ya activas en el presente. Entre las más conocidas están por ejemplo 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley. No puedo evitar leer La hipótesis cibernética, del misterioso no-grupo Tiqqun, como una obra de este tipo. Un relato, a la vez real e irreal, que advierte y alerta sobre algo. ¿Sobre qué? La pesadilla que se dibuja aquí es la de un mundo enteramente organizado en red: transparente, conectado, dinámico, autoorganizado, fluido. Una lectura que produce vértigo, sobre todo entre quienes hemos pensado en algún momento la red como metáfora-herramienta de emancipación. Quizá por eso, para protegerme, leo este ensayo como una obra de ciencia-ficción: “exageran, sólo es un mal sueño”. ¿Seguro?

De la hipótesis liberal a la hipótesis cibernética

Se dice que el liberalismo surgió como meditación sobre la guerra y anhelo de paz. ¿Cómo podían evitarse de una vez por todas conflictos armados tan devastadores como los que asolaron Europa durante los siglos XVI y XVII? Era necesario encontrar otro motor... [SIGUE LEYENDO]


LÉXICO TIQQUNIANO (1 de 5)

Ilustración incluida en la revista Tiqqun

En los textos de La Hipótesis Cibernética, de Tiqqun, se pueden encontrar a veces, sin mayor explicación, alusiones a conceptos como Bloom, Partido Imaginario o el propio término Tiqqun. Reproducimos aquí, para facilitar algunas claves de comprensión, el glosario o «léxico tiqquniano» que publicamos en su día en Primeros materiales para una teoría de la Jovencita, ampliado con algún otro término. No se trata de dar definiciones unívocas de los conceptos, sino de aportar alguna referencia más, alguna pista más.



  • Metafísica occidental y metafísica crítica:

La metafísica occidental encuentra su consistencia en el presupuesto de un punto de vista soberano sobre el mundo. No se trata de un pensamiento sin consecuencias, sino de una filosofía práctica: Occidente está hecho a imagen y semejanza del esquema metafísico por el cual un sujeto soberano (Hombre, Razón o Progreso) se opone o gobierna todo lo que no es él («dueños y señores de la naturaleza»). Ese sujeto o presencia soberana asume la forma de una fortaleza absoluta, separada, sin relación, autosuficiente y autocentrada. De la distinción entre sujeto y mundo, base de la metafísica occidental, se derivan luego otras muchas separaciones desgarradoras: entre cultura y naturaleza, contemplación y acción, libertad y apego, sí mismo y otro, humano y no humano, etc. 

La filosofía de Tiqqun recibe el nombre de «metafísica crítica» porque parte de preguntas radicales sobre el sentido dela vida que hunden la frontera que nos separaba nítidamente del mundo (es la llamada «crisis de la presencia»). A través de ellas nuestro ser-en-el-mundo se vuelve problemático, pierde el control sobre la realidad y se abre así a la posibilidad de crear otros modos de existencia.

  • Política extática:

Cada crisis de la presencia (ya sea personal o colectiva) abre una rasgadura en el orden de la metafísica que puede habilitar otra experiencia del mundo: ya no la identidad absoluta de uno consigo mismo más allá de los contextos y las relaciones, sino la exposición, el ser-en-situación, el entrelazamiento, la presencia común. Es una experiencia extática que nos pone «fuera de sí» y dentro del campo de relaciones heterogéneas en el que estamos irremediablemente implicados y al que llamamos mundo. Si la metafísica occidental encuentra su consistencia en el presupuesto de un punto de vista soberano, la crisis de la presencia puede ser la antesala de un desplazamiento, porque disuelve todo ideal de una presencia autoritaria y dispone otro punto de partida para la política, una política extática, del habitar.

Tiqqun + Comité Invisible + Agamben: los «autores» del libro La Hipótesis Cibernética


Es muy poco común que un grupo anónimo se lea y se traduzca tanto como a un filósofo célebre. Pero es lo que ocurre con Tiqqun, un colectivo que publicó únicamente dos números de una bella revista entre 1999 y 2001, y que sin embargo es hoy una referencia de primer orden para todo aquel interesado en reinventar a la vez una filosofía de combate y una acción política de transformación adecuada al presente. Su nombre se cita como uno más entre otros: Butler, Žižek, Rancière, Badiou, Tiqqun... 

Tiqqun cuestiona radicalmente (y no es uno de sus aportes menores) el monopolio académico del pensamiento filosófico y político. Combinando una lectura singular de algunos autores, como Foucault, Heidegger o Agamben, y desarrollos teóricos propios, Tiqqun dibuja una serie de figuras conceptuales que se proponen como un mapa muy sugestivo de la dominación y de aquello que la desafía. 

El estallido del grupo Tiqqun en 2001 –del que no se sabe prácticamente nada– libera varias esquirlas, una de las cuales se asienta en un pueblecito francés: es la llamada «comuna de Tarnac». Desde ahí surgen textos como Llamamiento (2003, sin firmar) o La insurrección que viene (2007, firmado por el Comité Invisible), que se inscriben muy claramente en el marco teórico de Tiqqun, aunque tal vez en una versión menos filosófica y más directa, más militante, más decididamente política.

En noviembre de 2008, la policía antiterrorista francesa detiene a 20 personas en Tarnac y alrededores. Hasta diez personas han sido acusadas hasta ahora de «asociación criminal con objetivo terrorista» en conexión con unos sabotajes que se dieron en las líneas de ferrocarril francesas. Apenas se han presentado pruebas contra los acusados, a los que se les imputa por lo demás la escritura del texto La insurrección que viene (!) y sus vínculos con lo que el gobierno y los media han llamado «el movimiento anarco-autónomo».

Este episodio policial-judicial, un montaje con todas las de la ley que se disuelve poco a poco por inconsistencia, ha puesto el foco mediático sobre Tiqqun, la comuna de Tarnac y el Comité Invisible, amplificando y multiplicando el interés y la atención pública por esta constelación de grupos, personas, nombres ficticios, formas de vivir, de hacer y de decir.


Después de publicar La insurrección que viene, que fue un paradójico bestseller subversivo traducido a varias lenguas, el Comité Invisible acaba de publicar su último libro, A nuestros amigos, donde apuestan por replantear abiertamente la cuestión revolucionaria, es decir, el problema de la transformación radical (de raíz) de lo existente, pero por fuera de los esquemas del comunismo autoritario que condujeron a los desastres del siglo XX .

Por su lado, el filósofo italiano Giorgio Agamben no necesita presentación, su renombre hoy en día es internacional. Pero sí se puede decir que, a diferencia de otros autores de referencia para Tiqqun como Heidegger, Foucault o Reiner Schümann, Agamben es para este no-grupo un cómplice y un interlocutor directo, vivo, presente. De hecho, una de las mayores aportaciones de Tiqqun es haber inventado una especie de «política agambeana», una política inspirada en un autor al que precisamente resulta bien difícil encontrarle una.

(este texto es la tercera y última parte de la nota editorial incluida en La Hipótesis Cibernética; los dos textos anteriores son "¿De dónde salen los textos  que incluimos en La Hipótesis Cibernética?" y "¿Qué es La Hipótesis Cibernética?"; en breve colgaremos en la web el léxico tiqquniano que incluimos en el libro)

Siete estrategias para sabotear La Hipótesis Cibernética (en programa de radio)



Según Tiqqun, vivimos en el tránsito entre el paradigma soberano del poder (vertical, estático, centralizado) y el cibernético (horizontal, dinámico, distribuido). El orden cibernético es un orden que alimentamos entre todos, con nuestra participación, feedbacks y datos. El modelo serían Google o Facebook, pensados como formas de gobierno y no solo como inocentes páginas de contactos o buscadores. Un poder radicalmente distinto, pero no menos opresivo. En el programa de hoy trataremos de plantear modos de sabotear La Hipótesis Cibernética (LHC)

Programa de radio en El Estado Mental 
(abrir directamente en reproductor externo)


Referencias usadas:


 Músicas:


Marcas:

Presentación del programa y de la musica (free jazz)
minuto 4.00: ¿Quién o qué es Tiqqun?
minuto 8.25: ¿Qué es La Hipótesis Cibernética?
minuto 20.40: Del orden económico al cibernético
minuto 25.20: La Hipótesis Cibernética no como orden estático, sino como dinámica de autoorganización
minuto 45.08: El orden cibernético gobierna por anticipación
minuto 1.00.20: Sabotear La Hipótesis Cibernética (7 estrategias)
minuto: 1.01.45: La lentitud 
minuto: 1.14.20: El ritmo
minuto: 1.21.40: La niebla

¿De dónde salen los textos que incluimos en La Hipótesis Cibernética?


 (Entrada anterior: ¿Qué es La Hipótesis Cibernética?)

«La hipótesis cibernética» es un texto aparecido en el número II de la revista Tiqqun (2001). Ese número II llevó por título: Zonas de Opacidad Ofensiva.

En esta edición, hemos decidido acompañarlo de un texto del Comité Invisible que retoma y actualiza la crítica de LHC desde sus más recientes avances (redes sociales, smart cities, open government, etc.). Se trata de «Fuck off Google» y es el quinto capítulo del último libro del Comité Invisible, A nuestros amigos. Pepitas de Calabaza publicará el libro en mayo de 2015 y nos ha autorizado generosamente a publicar aquí ese capítulo (¡muchas gracias, Julián!). «Fuck off Google» prolonga la crítica de LHC y añade, a las estrategias de subversión mencionadas antes, una reflexión inédita sobre la potencia y algunos límites de las prácticas hacker.

Finalmente, el libro se abre con un texto breve de Giorgio Agamben, leído en una conferencia tumultuosa desarrollada en el contexto de la detenciones antes referidas. El texto de Agamben ofrece, de manera muy sucinta, dos o tres buenas claves para entender de dónde viene y en qué consiste la especificidad y la potencia del pensamiento de Tiqqun, destacando sobre todo la idea de que, más allá de una crítica de «el Poder», para Tiqqun se trata sobre todo de un análisis (estratégico, es decir, orientado a la acción) de los diferentes dispositivos de poder. En el caso de este libro, de la hipótesis cibernética.

"Como abogado tuyo te aconsejo..." (VIII)


Óscar Zeta Acosta


“Como abogado tuyo, te aconsejo que no te preocupes”.  
[Esto va por quien quiera venir a vernos a la Feria del Libro este fin de semana: caseta 178 con nuestros socios de la editorial Antonio Machado]


DR. GONZO (alias Óscar Zeta Acosta
en "Miedo y Asco en Las Vegas" de Hunter S. Thompson.