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La revuelta del Pueblo Cucaracha: obra clave del renacimiento literario chicano

[Óscar Zeta Acosta continúa despertando pasiones. Raül Jiménez, de Indienauta, nos manda esta reseña en la que nos manifiesta su entusiasmo por este "grito contracultural enfurecido" del Pueblo Cucaracha.]


No tenía ni idea, la verdad. Pero gracias a Acuarela —atentos al catálogo de esta editorial que se las trae, pronto volverán a aparecer por aquí— acabo de añadir una jugosa nueva pieza a mi “mapa literario” de los Estados Unidos. Óscar Zeta Acosta, alias “Búfalo Pardo” o “Zeta”, que hasta toparme con este fascinante La Revuelta del Pueblo Cucaracha para mí sólo era el inolvidable abogado samoano, compañero de las más surrealistas aventuras de mi venerado Hunter S.Thompson —que firma el prólogo— en Miedo y Asco en Las Vegas. Pero Zeta fue mucho más que un personaje literario memorable. Es un enigma todavía sin resolver, ya que su desaparición en 1974, apenas un año después de la edición original de este libro, aún está por dilucidarse. ¿Ajuste de cuentas de narcos? ¿Asesinato político? Todavía hay quien dice que está “vivito y coleando”, perdido en algún lugar remoto. Fue hippie, misionero, defensa de fútbol americano, adicto a las drogas, recolector de melocotones, clarinetista, candidato a la alcaldía de Los Angeles… Y el abogado defensor y portavoz de los radicales activistas chicanos de la marginada y marginal zona de East Los Ángeles entre finales de los 60 y su exabrupta desaparición. En palabras de Hunter, “más rápido que Bo Jackson y más loco que Neal Cassady”. En las del FBI, el “Malcolm X hispano”. Según él mismo, el “vato número uno”. Obra clave del llamado renacimiento literario chicano, La revuelta del pueblo cucaracha es la crónica, alucinada y colosal, de ese levantamiento popular del pueblo chicano en California. Es un grito contracultural enfurecido, pero difuso y demasiado complejo de articular, ya que confluyen desobediencia civil, hippies, LSD y mota, zapatismo, anarquismo, tácticas de guerrillas, Vietnam, Anthony Quinn, Panteras Negras... [SIGUE LEYENDO]




CÉSAR CHÁVEZ (the movie)

Os adelantamos aquí la primera reseña aparecida de la película sobre el activista chicano, César Chávez (uno de los héroes e inspiradores de Óscar Zeta Acosta), estrenada ayer (28/03/2014) en Estados Unidos.

 
Escrito por Sergio Burstein

Convertido desde hace ya buen tiempo en una leyenda del activismo latino en los Estados Unidos, César Chávez es un sujeto de la vida real que ocupa cierto lugar en las enseñanzas impartidas dentro de las escuelas del Sur de California, que le ha dado nombre a una de las más conocidas avenidas de Los Angeles y que merecía tener una cinta que contara su historia, porque el conocimiento que se tiene de él suele ser demasiado impreciso.

Como se trataba de un chicano que vivió y desarrolló toda su labor en el Estado Dorado, parecía natural que el encargo fuera tomado por un cineasta del mismo origen; sin embargo, por una razón u otra, el proyecto terminó en manos de Diego Luna, un mexicano del DF que se ha hecho básicamente conocido como actor (su papel en "Y tu mamá también" es todavía recordado), pero que, antes de esto, había dirigido dos largometrajes: "J.C. Chávez" (2007) y "Abel" (2010).

Pese a la coincidencia de apellidos con el nuevo estreno, "J.C. Chávez" era un documental sobre un boxeador mexicano que, por su naturaleza misma, no garantizaba que Luna estuviera capacitado para encargarse de un título con un guión dramático; pero "Abel" sí era un filme narrativo, y además uno que, en medio de su carácter íntimo e inusual (trataba sobre un niño con desarreglos mentales que asumía el papel del padre ausente dentro de una familia), funcionaba perfectamente, lo que daba grandes esperanzas sobre la buena fortuna del nuevo proyecto.




Sin embargo, a diferencia de "Abel", el Chávez méxico-americano existió realmente, y su historia, al menos del modo en que está planteada, requería de una perspectiva muy distinta, tanto en el plano colectivo como en el del manejo de la información. Lamentablemente, las ambiciones del relato se salen del alcance de Luna, pese a que parece tener el corazón en el lugar correcto, que sus intenciones son las mejores y que no incurre nunca en sensiblerías excesivas. En este punto, es importante señalar que, a diferencia de "Abel", donde el mismo Luna coescribió el guión, el de esta cinta se encuentra adjudicado a los anglosajones Keir Pearson ("Hotel Rwanda") y Timothy J. Sexton ("Children of Men").
 
Pese a que "César Chávez" no es un recuento completo de la vida de su protagonista -lo que resulta una decisión adecuada-, lo que se ve en ella da la impresión de ser un resumen apretado del periodo que se recrea, es decir, el de la revuelta de fines de los '60. Desde el inicio, nos sentimos como si hubiéramos entrado a la sala con la película empezada, porque los personajes se encuentran ya completamente metidos en lo suyo y los hechos se van sucediendo de manera vertiginosa, sin darnos la impresión de que los conocemos ni de que entendemos sus motivaciones.
 
La cinta no deja de transmitir de manera adecuada, sin histrionismos innecesarios, la relevancia social del icono, plasmada en una estrategia de no violencia y en un ingenioso boicot contra los poderosos (en este caso, los empresarios agrícolas) que dieron como resultado cambios sustanciales para los campesinos hispanos de la región; pero, quizás en el intento de no caer en la cursilería, Luna hace que todo se vuelva demasiado frío y mecánico como para resultar emocionante, una característica que es esencial para que el espectador sienta realmente empatía por estos militantes.
 

 


No ayuda tampoco que los pesares de los campesinos no sean mostrados de modo contundente ni que los adversarios anglosajones de esta justa causa sean presentados de manera tan acartonada, casi como villanos de caricatura, sobre todo en el caso del jefe de policía Galen (Michael Cudlitz). Nos agrada la comparación con el detestable Sheriff Arpaio del presente, claro, pero lo cierto es que "César Chávez" es una película demasiado solemne y seria como para que esa clase de detalles sean interpretados como elementos de comedia (a diferencia de "Abel", que en un primer nivel podía ser visto como un drama y hasta un melodrama, pero a que a nosotros nos supo a comedia negra).
 

En el área de los antagonistas, el que sale mejor librado es el empresario Bogdanovitch, interpretado por John Malkovich, también productor del filme. Esta es una figura ficticia que representa a los ejecutivos de la uva y que, en los dominios del gran actor, no luce como un villano despiadado, sino como un tipo que también pasó por momentos duros (es igualmente descendiente de inmigrantes, aunque del Este de Europa) antes de volverse rico.
 

Lo más grave se da en el plano histórico, porque la falta de profundidad del relato -curiosamente detallista en la reconstrucción de los discursos y las reuniones políticas- se hace evidente en la casi completa omisión de la polémica más grande alrededor de Chávez: su supuesta colaboración con agentes de inmigración para deportar a los nuevos inmigrantes indocumentados, que llegaban aparentemente a los campos traídos por los empresarios mientras que los trabajadores que ya habían estado ahí (muchos de ellos igualmente sin "papeles") andaban metidos en una huelga para reclamar por sus derechos.
 

 


Se trata de un tema complejo que no debería condenar toda la labor que realizó el activista, pero sí de uno que ha preocupado a muchos estudiosos a lo largo de los años, y que el filme de Luna no se interesa en atender más que de pasada. De ese modo, su visión del líder termina siendo demasiado idealista, marcada además por una impronta católica -realmente proveniente de la persona en cuestión- que no deja de tener paralelos con la historia de Cristo.
 
Michael Peña, quien hace de Chávez, es un actor sumamente talentoso al que se ha visto en papeles tan impresionantes como los de "Crash" y "End of Watch"; pero aquí, no tiene oportunidad de imprimirle demasiada pasión al representado, pese a que él mismo creció en medio de una situación semejante. No le va mejor a sus compañeros (la participación de Rosario Dawson como la eterna activista Dolores Huerta es mínima), con la excepción de la fenomenal America Ferrera, quien, en la piel de la fiera esposa de Chávez, Helen, protagoniza al menos una escena de rebeldía absolutamente convincente.
 
"César Chávez" representó sin duda un esfuerzo enorme para Luna y sus allegados, y su mensaje es absolutamente relevante en momentos en que el drama de los indocumentados se agudiza. Además, técnicamente, está muy bien realizada, y tanto su ambientación de época (en lugar de California, se filmó en Hermosillo y en Sonora, dentro de México, ya que los territorios originales habían cambiado mucho) como la caracterización inicial de los personajes (es decir, la que se relaciona a sus modos de lucir y de hablar) son de lo más convincentes. Hay que verla, sin duda, y nos interesaría darle una segunda oportunidad; pero la primera nos dejó con la idea de que la marcha se quedó a mitad de camino. Y no somos de los que rompen huelgas.




LITERATURA CHICANA: Ser chicano en California (Califas), según el poeta chicano/apache Jimmy Santiago Baca.

Inauguramos con esta entrada una serie dedicada a la literatura chicana con el objeto de contextualizar y situar la obra del nuevo autor de nuestro catálogo, Óscar Zeta Acosta. Una literatura muy rica que, lamentablemente, en nuestro país, salvo por el caso de la exitosa Sandra Cisneros, publicada por Seix Barral y en su día por Ediciones B, apenas ha tenido resonancia editorial.

Jimmy Santiago Baca
Y comenzamos por nuestro autor chicano favorito: Jimmy Santiago Baca, extraordinario poeta nacido en Santa Fe, Nuevo México. Sus padres lo abandonaron a la edad de dos años y vivió con su abuela antes de ingresar en un orfanato, de donde se fugó a la edad de trece años. A los veintiún años fue condenado a cinco años en una prisión de máxima seguridad por problemas con las drogas. En la prisión aprendió a leer y escribir y comenzó a componer poesía. Además de varias novelas y colecciones poéticas, Baca escribió el guión para la película de Taylor Hackford, Blood in Blood Out, que fue distribuida por Hollywood Pictures en 1993 y que narra la historia de tres primos, Miklo (Damian Chapa), Cruz (Jesse Borrego) y Paco (Benjamin Bratt), que crecen como hermanos en medio de la violencia de las bandas del este de Los Ángeles (barrio en el que Óscar Zeta Acosta centró su militancia, como relata en La revueta del Pueblo Cucaracha).

De la película Blood In Blood Out
En España Alfaguara publicó en 2002, con traducción de Manu Berástegui, su impresionante libro de memorias En suelo firme, que ganó el Premio Internacional en la Feria de Frankfurt del 2001. 

De esta obra hemos seleccionado dos textos. En el primero de ellos se refiere a lo que para él fue ser chicano (y activista) en California, y en el segundo, que publicaremos en un próximo cuelgue, cuenta el momento crucial en que durante su estancia en la cárcel comenzó a ser consciente del valor de su herencia chicana.

I

"[...] Ser chicano en California molaba. Todo el mundo escuchaba y bailaba la música de grupos como Santana o Los Lobos, que cantaban sobre nuestra cultura indio mexicana, y a mí me encantaba, a pesar de que no sabía mucho de mis propias raíces. El activismo político chicano flotaba en el aire y yo tenía un punto de resentimiento que las chicas atribuían a mi inexistente actividad contracultural. Fuera lo que fuese, ellas querían descubrir mi secreto, qué herida se ocultaba detrás de mi reflexivo silencio y mi sonrisa tímida. La mayoría eran chicas blancas a punto de ir a la universidad o que ya la habían dejado. Les parecía genial que yo estuviera trabajando y que me las arreglara solo. Yo les decía que, si pudiera, me encantaría ir a la universidad y, acto seguido, les largaba alguna frase altisonante sobre lo difícil que es la vida cuando naces con la piel tostada. Por lo general, Marcos escuchaba mi perorata mientras se fumaba un canuto y hojeaba un ejemplar de la revista Mecánica Popular, empapándose de mis arengas activistas, que acababan con las chicas rodando en mis brazos por la hierba de delante de nuestro apartamento playero, nuestros cuerpos entrelazados, besandonos y abrazándonos [...]".

LA LOCA CARRERA DEL BÚFALO, por Josep Vicent Miralles

Amanecemos hoy con esta fantástica reseña de

La revuelta del pueblo cucaracha es la crónica lisérgica de la lucha que mantuvieron los chicanos en EE UU para ver reconocidos sus derechos civiles.

Una pelea constante por su dignidad y sus derechos. Bajo el salvaje influjo de un personaje que se sobrepasa a sí mismo se despliega un milagroso artefacto con un pie en la comedia y otro en el pulp.

Cuando no sepa a quien atribuirle una cita célebre, pruebe suerte con Borges o con Wilde. Si no acierta, nadie será capaz de decirlo. Incluso si a usted mismo le sucede un episodio de ingenio verbal, no arriesgue; diga que es de Borges o de Wilde. O de Sain-Exupery si se siente especialmente audaz. Al final puede que nadie dijera nada y todo sea una conspiración de los editores y los fabricantes de sobres de azúcar. 

Viene esto a cuento de aquella frase, de Borges, de Wilde, de Saint-Exupery, que decía que cuanto menos interesante resultaba la obra, más interesante acababa siendo el artista. La cita no es literal, claro, pero sirve para explicar lo que se siente cerca de la literatura de Óscar Zeta Acosta.

Zeta Acosta, el Búfalo Acosta, fue un abogado chicano que solo publicó dos novelas a principios de los años 70. Una, autobiográfica, y la otra, La revuelta del pueblo cucaracha, en la que sin dejar de lado la recreación literaria del yo, de un yo avasallador, omnipresente y fuera de órbita, ofrece una panorámica sincopada de los Estados Unidos de la desigualdad y la bronca racial.

La novela vive en el difícil equilibrio de algunos genios de lustroso pedigrí canalla. A la carencia técnica contrapone algunos megatones de energía. A los vacíos de estructura y a las caídas de ritmo, o a las transiciones torpes, enfrenta el chute adrenalítico de anécdotas y escenas absolutamente inolvidables, como la descerebrada autopsia a siete manos a un pobre diablo dos veces enterrado. O la sentada frente a una sinagoga en la que, de pronto, y llevados por el porro y el sexo generoso bajo las mantas, nadie sabe muy bien qué hacen allí esos vatos locos.

Pero lo mejor, el verdadero festín, es saber que al fondo de toda esa desmesura hay verdad. Que como si de un spin-off por anticipado se tratase, se está ante un autor que es una mezcla entre los personajes límites de Bolaño y Tarantino. Un outsider de raza y ¡viva la raza! No en vano Óscar Zeta Acosta fue retratado por el cine y la literatura: bajo el nombre de Dr Gonzo, en Miedo y asco en las Vegas, de Hunter S. Thompson. Acosta conoció al periodista norteamericano en 1967 y juntos emprendieron un viaje a Las Vegas que por sí mismo bastaría para edificar una leyenda. Para redondear el mito, se desconoce la fecha y el lugar de la muerte del Búfalo Pardo, como se hacía llamar el abogado mexicoamericano. Lo último que se sabe de él, por boca de su hijo Marco, es que en 1974 llamó desde la ciudad de Mazatlán, en Sinaloa, y dijo que estaba a punto de subirse en un barco lleno de nieve blanca.

Es una imagen que podría estar sacada de la mejor novela negra. Después de esa llamada de teléfono llegó el silencio. Que lo mataron, es la opción más repetida. Hunter S. Thompson incluso se animaba a fantasear con Óscar a bordo de un descapotable con un kilo de heroína en una mano y una ametralladora Uzi en la otra cruzando la frontera. Disparando a las estrellas. Fanfarroneando. Cavando su tumba. Gritando que hay seres que no están diseñados para vivir mucho tiempo, sino solamente para vivir. A secas. Dejando un rastro de huellas profundas y desparejas.

Leer entrada original aquí

 


De Ambrose Bierce a Zeta Acosta pasando por Carlos Fuentes

(reseña de La revuelta del Pueblo Cucaracha de Óscar Zeta Acosta en El Cultural)
Óscar Zeta Acosta por Jesús Barraza
Gringo Viejo, la novela que dio a conocer a Carlos Fuentes, narra la vida y enigmática muerte en México del autor norteamericano Ambrose Bierce. Similar destino tuvo Oscar Zeta Acosta (1935-1974), un abogado activista del movimiento chicano, que desapareció misteriosamente en México (se le da por muerto) en el año de 1974. Zeta Acosta inspiró el personaje del Dr. Gonzo en Fear and Loathing in Las Vegas (1972), la novela de Hunter S. Thompson luego llevada al cine. Thompson se ocupa aquí de la Introducción (Álex Portero firma el Epílogo).

La producción literaria de Acosta, como la de Bierce, también fue escasa, únicamente... (Sigue leyendo)

LA VIDA DESENFOCADA

Bicheando por la red nos encontramos con esta genial correspondencia ficticia ideada por Sergi Sánchez para El Cultural del Mundo hará unos quince años entre Hunter S. Thompson y Terry Gilliam con motivo del estreno de la película Miedo y Asco en Las Vegas. Contiene auténticas perlas.


Los genios también se escriben cartas. Uno no sabe si Terry Gilliam y Hunter S. Thompson se han escrito cartas o han hablado por teléfono, porque en la dimensión desconocida de “Miedo y asco en Las Vegas” todo es posible: lo cotidiano se convierte en lo lisérgico, y viceversa. Gilliam es el representante díscolo de los Monty Python, un hombre que luchó para que “Brazil”, su primera obra maestra, se estrenara en América sin ser remontada por el presidente de la Universal; doce años después, su segunda obra maestra, “Doce monos”, se convertía en uno de los éxitos sorpresa de la temporada... y fue producida por la Universal. Mientras, Thompson vivía en Kentucky, dormido en los laureles del lenguaje “gonzo”. Veinticinco años antes, revolucionó la gramática del periodismo: se podía permitir un descanso. Estaban hechos el uno para el otro; y sí, Gilliam ha conseguido adaptar la obra de Thompson, una novela inadaptable. ¿Qué tal si nos tomamos la libertad -después de todo, la pirámide invertida fue aniquilada por Thompson- de inventarnos su correspondencia? Un aviso: aunque parezca mentira, cuanto se cuenta en ellas es rigurosamente cierto.

Terry Gilliam

Querido Terry: 

He visto dos veces “Miedo y asco en Las Vegas”. La he visto dos veces en uno de esos multicines del centro comercial de Aspen, en uno de esos cementerios cristalizados en los que, en cualquier momento, se puede presentar un tipo disfrazado de oficinista y volarte la tapa de los sesos. Ésa es una de las ventajas de vivir en Woody Creek, Colorado. Todo vale, todo puede ocurrir, como en Las Vegas, ese lugar donde los modernos se reunirían los sábados por la noche si los nazis hubieran ganado la guerra. Creo que esto lo he escrito antes, pero no importa.

Johnny Depp se parece a mí. Es Raoul Duke, el protagonista de tu película, y es Hunter S. Thompson. No lo digo como un cumplido, pero estoy orgulloso de haberme metido en su cabeza durante los días que estuvo en mi casa. Los dos, supongo, nacimos en Kentucky. Es una pena que yo naciera un 18 de julio de 1937. Podríamos haber esnifado éter juntos si hubiéramos pertenecido a la misma generación.

Creo que a Kate Moss, la percha que lo acompañó el primer día de su visita, no le caí bien. Una lástima: tal vez la bomba que hice detonar en el jardín de mi casa no le pareció un buen recibimiento. A Johnny se le veía a gusto. Le puse a ordenar mi correspondencia en un sótano. Luego me acompañó en mi gira de promoción de “Proud Highway”, y se vistió de guardia de seguridad para protegerme.

Johnny es como una palabra en estilo “gonzo”, que, como sabes, es el que me hizo célebre en los desiertos de Nevada. Mutante, eléctrico, obediente en su creativo mimetismo. Algo así como un camaleón borracho, así se comportó cuando se hizo pasar por mí en ese absurdo homenaje que le hizo la Universidad de California a Ginsberg


Me alegró no haber insistido en mi obsesión por Jack Nicholson -“¿Hunter es Jack Nicholson? Vamos, no me tomes el pelo y apura el canuto”-, y me alegró que Brad Pitt y Woody Harrelson se alejaran de tu proyecto, Terry. Sólo recordar a Bill Murray intentando reproducir mi entrecortada dislexia gestual en “Where the Buffalo Roam”, esa película inspirada en mis “deliriums tremens” periodísticos que dirigió Art Linson -espero que no le conozcas-, se me escama la piel.

El tramposo no miente
Hace poco, en una pesadilla terrible, releía algo que había escrito por 5.000 dólares. Había sido publicado, cómo no, en “Rolling Stone”. Apostado junto a mí, ese millonario con el corazón roto que frecuenta a gente que me irrita, Tom Wolfe. Vestido con su traje blanco, me susurraba algo sobre la importancia del nuevo periodismo, y yo le decía: “Todo fue una mentira, y como todas las mentiras, fue bella”.

Y entonces leí en voz alta: “Sólo soy el médium, el canal, un pararrayos humano para las sulfurosas y trémulas visiones y los horribles ‘flash-backs' de ácido de toda una generación... que son preciosas, aunque sólo sea como monumentos vivos y salvajes de un sueño que nos embruja”. ¿Qué aprendí de esa pesadilla? Que soy un tramposo que cuenta la verdad.

Incluso cuando escribí ese reportaje sobre cómo estuve a punto de ser elegido sheriff de Aspen (Colorado) -creo que se titulaba “El poder freak en los rockies”-, luchando contra todos los barberos y contables que no entendían mi acérrima defensa del consumo de drogas, quería decir la verdad. Mi buen amigo Jann S. Wenner, fundador de esa revista que convirtió en arte la crónica musical (y cualquier crónica), lo sabe muy bien: con él he compartido más de una docena de cervezas enlatadas.

¿Por dónde íbamos? Estábamos en Las Vegas. No te puedes imaginar lo que era eso. Continuos brotes de locura. Vampiros reflejados en las gafas de sol. Voces insufribles que llegaban, a todo volumen, a través de la pared. Todos esos lagartos jugando a las tragaperras, y los dibujos de la alfombra hechizados por una serpiente imaginaria. ¿Cómo lo has hecho? Ya lo sé: con efectos digitales, con filtros de colores, con grandes angulares, pero, repito: ¿cómo lo has hecho?


Los editores del “Sports Illustrated”, los que me enviaron a cubrir esa extraña carrera de motocicletas Mint 400 en medio de la nada, no lo sabían, pero América era eso: el pánico de los hombres vestidos con camisas de chorreras y las mujeres de lentejuelas, el pánico del juez de paz al casarlos, el del autoestopista del comienzo de mi novela. Una América llena de pánico y polvo.

“Miedo y asco en Las Vegas” era eso. El abogado samoano, el doctor Gonzo (que en la vida real se llamaba Oscar “Zeta” Acosta), gritando en una habitación iluminada por el neón rojo -por cierto, Benicio del Toro ha engordado 20 kilos y se ha tomado unos cuantos ídem de mescalina, ¿no?-, eso era la América del Vietnam. Íbamos a buscar el sueño americano y nos volvimos locos. No fue el LSD, ni el éter, ni la cocaína, ni la marihuana: fue lo que vimos al otro lado del espejo


Ni siquiera en mis días del reformatorio, ni siquiera cuando escribí sobre Brando o sobre Hemingway, ni siquiera cuando mecanografié “La gran caza del tiburón”, ni siquiera en mis excursiones al interior del mundo de Los ángeles del Infierno -que casi acaban con mi vida-, ni siquiera entonces me di cuenta de la magnitud de nuestra tragedia. Vivíamos (y seguimos viviendo) en el averno americano. Tal vez por eso me gustaron tanto esa habitación rosa inundada hasta la rodilla, ese circo de monstruos que Fellini hubiera aplaudido, esa voz en off obstinada en representar la polisemia de la locura.

Siempre en camas incómodas
Sigo sintiéndome tan enfermo como entonces y, por supuesto, tan confiado y tan seguro. Los depresores han hecho su efecto. Si no fuera por ellos, no podría soportar la acidez del pomelo que, ahora mismo, estoy pelando con un cuchillo de caza.

Gracias, Terry.

Hola, Hunter: 
Acabo de regresar del Festival de Cannes y me apetecería esconderme en el sótano de unas catacumbas florentinas. Ni el público ni la crítica han reaccionado bien a “Miedo y asco en Las Vegas”. Excesivo, delirante, hiperbólico, abrumador, derrochador, imbécil: todo esto ha salido de sus bocas. Soy así (tal vez lo de imbécil es ir un poco lejos), y no lo puedo evitar. Por lo demás, no me parecen calificativos peyorativos. ¿Cómo, si no, hubiera soportado un rodaje como el de “Las aventuras del barón de Mönchausen”, con un productor, Thomas Schuhly, cuyos bolsillos estaban llenos de dinero sucio, un hombre incapaz de diseñar un plan de rodaje factible? ¿Cómo hubiera luchado contra los gigantes de la Universal cuando sus directivos me confesaron que no entendían “Brazil”?

A la película le van de perlas esos adjetivos. Me han bastado poco menos de 20 millones de dólares y 8 semanas de rodaje. Quien me conozca sabe que no me gustan las camas cómodas. Supongo que por eso adapté tu novela. Leí el libro en 1971, cuando se publicó. Me lo perdí cuando salió por entregas en el “Rolling Stone”. Realmente captaba el signo de los tiempos con una actitud con la que podía identificarme. Pero, si he de ser sincero, no se me ocurrió adaptarlo. El guión me llegó en 1989, pero estaba demasiado ocupado como para convertirlo en película.

Luego apareció Alex Cox, y creo que no os caísteis muy bien, y digo “creo” porque nunca has querido hablarme de él. Les prometió el oro y el moro a los productores, los de la Rhino: que si un presupuesto de siete millones, que si todo estaría listo en cuatro meses escasos. Alex me dio problemas. Cuando se apartó del proyecto -a instancias tuyas y de Laila Nabulsi, tu “ex”, negociadora de los derechos del libro-, se atrevió a pedirme cuentas del guión que escribí junto a Tony Grisoni. ¡Dijo que estaba basado en el suyo! Es obvio que los dos partíamos del mismo libro, y eso ya fue motivo suficiente para que los miembros de la Writer's Guild of America se me lanzaran encima para imponerme la inclusión de Alex y Tod Davies en los créditos. Me faltó tiempo para quemar en público mi tarjeta de socio de la WGA.


No me importa lo que la gente piense de mí. A decir verdad, creo que a Raoul Duke y al doctor Gonzo tampoco les importa demasiado. De hecho, y estoy seguro de que es algo inconsciente, ellos son una prolongación psicotrópica de mi anárquica personalidad. Hago lo que me da la gana desde que, trabajando con los Monty Python, no enseñaba mis “sketchs”, realizados en formato “cut out animation” -especie de collage con vida propia diseñado a partir de una combinación entre materiales ajenos y dibujos hechos ex profeso-, hasta el día de emisión del programa.

Esa adicción al libre albedrío es algo que comparto con todos mis personajes: el Kevin de “Los héroes del tiempo”, el Sam Lowry de “Brazil”, el Barón Mönchausen, el Parry de “El rey pescador” y el James Cole de “Doce monos”. Ellos, como yo, tienen que pagar las consecuencias de su libertad: incapaces de dar su brazo a torcer mientras buscan la realización de sus sueños más ocultos (y, con frecuencia, imposibles), sucumben a la locura o al aislamiento. Duke y Gonzo son, otra vez, Don Quijote y Sancho Panza encarcelados en sus alucinaciones, atrapados entre las aspas de sus peculiares molinos de viento. Pienso en ellos como los últimos románticos en un mundo de pesadilla, lírico y poético, cuyo horizonte visual abarca desde el Bosco y Doré a Goya y Botticelli.

La guerra química
“Miedo y asco en Las Vegas” se parece a un cuadro de Bacon pintado por Robert Crumb o, en su defecto, por un historietista de la revista “Mad”, a ser posible su creador y fundador, Harvey Kurtzman. Quería que tu universo, ese lugar donde se libra una guerra química entre bandos enemigos, se consolidara en un infierno de colores primarios, un infierno al que Duke es enviado para sufrir los pecados de América.


Creo, sin embargo, que la película no es nada moral, y espero que estés de acuerdo conmigo. No hay nadie que busque una redención porque, a simple vista, todo parece irremediable. Es una película hecha con los colores de la rabia y el sarcasmo, como tu novela. A Nicola Pecorini (le llamábamos el Tuerto; es, de hecho, el primer director de fotografía tuerto que conozco) le di instrucciones claras al respecto: cada droga debía tener su color, su desenfoque, su sonido.

No es, tampoco, una película sobre las drogas, a pesar de que la cadena de televisión ABC prohibiera la emisión de trailers por considerarla una glorificación del dopaje. “Miedo y asco en Las Vegas” es América, y si la película es así tal vez sea porque yo me fui de América a finales de los 60, en plenas manifestaciones anti-guerra del Vietnam. Odiaba todo aquel conserva- durismo, me aburría e irritaba. Por aquel entonces, cualquier valor americano se fue al garete, y Las Vegas era el gran escaparate de América, el lugar que mejor sintetiza su infantilización. Lo sigue siendo. Por suerte, tú y yo hemos conseguido nuestro objetivo, o al menos lo hemos intentado: derrocar el mito de las utopías para convertir sus cenizas en imágenes (o metáforas) inolvidables. 

Gracias por todo. 
Terry 
 

Para leer el artículo original, pincha aquí.

"VIVA LA CAUSA" (I) por MIREIA SENTÍS

Os ofrecemos ahora (en tres entregas) el fántástico texto que escribió Mireia Sentís (y que gentilmente nos ha facilitado) para el catálogo de la exposición que ella misma comisarió en La Casa Encendida, "Pintores de Aztlán". Se trata de un texto clave para encuadrar y contextualizar el Movimiento Chicano y la obra de Óscar Zeta Acosta en particular.

Mireia Sentís es fotógrafa, profesional de prensa, radio y televisión, y directora de BAAM (Biblioteca Afro Americana Madrid). Es autora del libro Al Límite del juego (1994), dedicado a siete artistas de la vanguardia estadounidense más heterodoxa (entre ellos, Abbie Hoffman) y de En el pico del águila (1998), primer libro editado en España acerca de la cultura afronorteamericana.


VIVA LA CAUSA” [1]

César Chávez

“Considero detestable la máxima de que, en materia de gobierno, la mayoría de un pueblo tiene derecho a todo, y, no obstante, sitúo en la voluntad de la mayoría el origen de todos los poderes. ¿Estoy en contradicción conmigo mismo?”


      (Alexis de Tocqueville, 1835)

“La singularidad de los pueblos en trance de crecimiento se manifiesta como interrogación: qué somos y cómo realizaremos lo que somos”.


                                                                                                 (Octavio Paz, 1959)

   “La historia política de los chicanos incluye un continuo esfuerzo para obtener justicia social en lo que respecta a sus derechos económicos y culturales. Una lucha recompensada con desigual éxito”.


     (Juan Gómez-Quiñones, 1990)

Norteamérica mestiza

La idea de que en Norteamérica existen el mainstream, por un lado, y las minorías, por otro, empieza a estar tan caduca como lo está desde hace tiempo la del melting pot. Norteamérica es un espacio híbrido y políglota, cuyos componentes no se han mezclado de una sola forma, ni han dado como resultado una cultura homogénea. El tuétano de la sociedad norteamericana esta formado por un conjunto de culturas que, a su vez, son productos híbridos de otras culturas. Siempre reclamado como suyo por las clases dominantes, las que escriben la historia, el término mainstream designa una imagen que está muy lejos de representar el rasgo primordial de la identidad norteamericana. Se trata de un término demasiado poco ambiguo para intentar reflejar una realidad demasiado ambigua.

El problema de la identidad, tan debatido hoy día en Estados Unidos, jamás se resolverá. La única identidad a la que estamos universalmente abocados es la mestiza. El continente americano entero, desde Cabo de Hornos, en Chile, hasta Puerto Barrow, en Alaska, es mestizo. Y no olvidemos que Europa sigue el mismo camino. Nuestras grandes ciudades son hoy bi, tri o cuatrilingües. Con diversos nombres, las amalgamas lingüísticas surgen por doquier: portuñol, franglais, spanglish, chinglish, taglish

Ante el antiquísimo fenómeno de la emigración, existen dos puntos de vista: el de quienes se sienten culturalmente amenazados, y el de quienes se sienten culturalmente estimulados. Estos últimos, a la vez que aprenden de otras culturas, comprenden mejor la suya propia. Las identidades culturales son redes abiertas, y sus fronteras borrosas e inestables. El proceso de mutación es constante. La visión establecida por el mainstream está siendo cuestionada sin cesar por datos demográficos que sitúan a la comunidad angloamericana como un elemento más, dentro de un amplio y complejo mosaico en permanente metamorfosis.

En Estados Unidos circulan publicaciones en noventa lenguas diferentes. En 1995, residían en California cien mil latino-asiáticos, todos ellos trilingües. Aunque la óptica centralista del mainstream —piel blanca, origen europeo— insista en dar a la palabra etnia el significado peculiar de comunidad exótica, es decir, lejana, distinta, fuera de lo común, nadie negará que el carácter norteamericano y la propia Norteamérica serían inimaginables sin el espíritu del emigrante —asiático, africano, iberoamericano, europeo— que abandona lo conocido por lo incierto. Pero dentro de esa paradoja, aún encontramos otra: también los descendientes de los inmigrantes se resisten a reconocer el capital que aportan las siguientes oleadas, condenadas a su vez a abrirse camino en circunstancias hostiles. La creatividad norteamericana, sinónimo de búsqueda y construcción de nuevas convivencias entre culturas, no tardaría en desaparecer sin esa tensión incesante.

Norteamericolatinochicanos

De entre todas las etnias que actualmente conforman los Estados Unidos, la latina (hispana, latinoamericana, iberoamericana, denominaciones que remiten a diferentes conflictos históricos, salvo tal vez la más reciente: Generación Ñ) es la de mayor presencia, tanto por cuestión geográfica —mismo continente—, como demográfica, ya que crece en un porcentaje tres veces superior a las restantes.[2] Pero dentro de la cultura latina, no comparten la misma experiencia norteamericana un argentino y un puertorriqueño, como tampoco un puertorriqueño recién instalado en Nueva York y uno cuya familia lleve varias generaciones en la ciudad y se sienta nuyorican. Tampoco es lo mismo ser chicano que mexicano residente en Estados Unidos.

En 1519, la llegada de Hernán Cortes marcó el final del imperio azteca y el comienzo de un proceso de asimilación que avanzó a costa de la lengua, la religión y la cultura indígenas. Entre los siglos XVI y XVIII, la Nueva España se extendió hacia el norte, colonizando los territorios que hoy conocemos como Arizona, California, Nevada, Colorado, Nuevo México, Texas, Utah y Wyoming. Más al norte, franceses, ingleses y holandeses llevaban a cabo su propia actividad colonial, sin apenas contacto con las regiones del sur.

 
A pesar de compartir el estatus de Repúblicas independientes —Estados Unidos desde 1776, y México desde 1822—, las relaciones entre ambos países nunca fueron buenas. A mediados del siglo XIX, cuando Estados Unidos dio comienzo a su política expansionista, se enfrentaron por el control de Texas. La guerra, que concluyó en 1848 con el tratado de Guadalupe Hidalgo, arrojó un balance de 40.000 muertos. México, vencido, cedió los territorios del actual suroeste norteamericano, equivalentes a la mitad de su extensión. Desde entonces, la frontera natural entre las dos naciones quedó delimitada por el Río Grande. La transferencia territorial y su consecuente ruptura cultural hicieron surgir los primeros mexicano-norteamericanos, es decir, los primeros chicanos (abreviatura de me-xicano), palabra que ha cobrado diversos significados a lo largo del tiempo.

El tratado de Guadalupe Hidalgo permitía a los (ex)mexicanos conservar sus tierras, utilizar su lengua y contar con los mismos derechos que los ciudadanos norteamericanos. Sin embargo, no podían obtener la nacionalidad, salvo que fuesen “blancos” o “españoles”. Los de clara ascendencia india vivirían como eternos extranjeros en su propia tierra. En 1859, Juan Cortina encabeza una revuelta (The Cortina War) como protesta por el maltrato del que eran objeto los mexicotexanos. En la misma época aparecen en California los “banditos” —así calificados por la prensa norteamericana contemporánea—, que no eran sino mexicanos resistentes a una avalancha de expropiaciones convenientemente disfrazadas de legalidad. En 1877, cuando los anglotexanos rehusan a los texanomexicanos sus derechos sobre la sal, la ciudad de El Paso se convierte en escenario de la guerra del mismo nombre (El Paso Salt War). Hacia 1880, uno de cada diez angloamericanos establecidos en Nuevo México era abogado. Nuevas leyes obligaban a los campesinos a pagar impuestos sobre sus tierras; a menudo insolventes, recibían préstamos que, al no ser devueltos, acarreaban la pérdida de sus propiedades en favor de los bancos o el Estado. [3]

Juan Cortina
En 1910, con la revolución mexicana, comienza la primera emigración a gran escala hacia el país vecino, necesitado de mano de obra para la construcción de su red ferroviaria. Cada mes, dos mil mexicanos atraviesan la frontera a fin de atender la demanda. En 1929, abrumado por la Gran Depresión, Estados Unidos pone en marcha un “programa de repatriación”, por el que casi medio millón de mexicanos, muchos de ellos ya ciudadanos norteamericanos, son “devueltos” a México. En la ciudad tejana de Corpus Christi se registra la primera reacción importante: la creación de la Liga de Ciudadanos Latinoamericanos Unidos (LULAC, League of United Latin American Citizens).

Alrededor de cuatrocientos mil soldados del ejército norteamericano que en 1941 se incorporó a la segunda guerra mundial, eran de origen mexicano. La contrapartida de la nacionalidad y la necesidad de empleo habían llevado a muchos de ellos a alistarse. De entre todas las minorías, la suya fue proporcionalmente la que más bajas y más medallas de honor recibió durante el conflicto. Pero, a pesar de las promesas, la situación de desigualdad no cambiaría lo más mínimo tras su regreso a la vida civil.

En el verano de 1943, en pleno fervor patriótico, tienen lugar en Los Ángeles los motines conocidos como Zoot-Suit Riots, que se extendieron a San Diego, Filadelfia, Chicago y Detroit. El apelativo hacía alusión a la forma de vestir que caracterizaba a los jóvenes chicanos: trajes estilo zoot-suit, con largos abrigos, pantalones recogidos en los tobillos, sombreros de ala ancha, cabellos largos, patillas, anillos y gruesas cadenas de reloj. La prensa, que tildaba de “extranjeros” a los latinos, contribuyó a alimentar los disturbios. Soldados y marines armados con bates de béisbol se lanzaron a las calles en busca de pachucos, término con el que se autodenominaban los jóvenes deseosos de afirmar su raíz hispana. La intervención de la policía se limitaba a arrestar a los zoot suiters que encontraba apaleados en las aceras. La prensa aclarará más tarde que los pachucos no eran extranjeros y que un alto porcentaje de los militares que se enfrentaron a ellos eran de origen hispano. 


En 1947, los veteranos mexicano-norteamericanos de la segunda guerra mundial fundan el American GI Forum, organización para la igualdad de derechos civiles, gracias a la cual se declarará inconstitucional la exclusión como miembros de jurado de ciudadanos de procedencia mexicana. En 1951, los gobiernos de México y Estados Unidos firman el Acuerdo de los Braceros, vigente hasta 1964, que abre la frontera a jornaleros temporales. Sin embargo, en 1954 se inicia la operación Wetback (Espalda Mojada: nombre asignado a quienes cruzan ilegalmente la frontera), que supone la deportación, en sólo tres años, de dos millones de trabajadores indocumentados. Un año más tarde se crea en San Antonio (Texas) la primera emisora de televisión en español.

 Pocho, título de la primera novela escrita en inglés por un mexicano-norteamericano, José Antonio Villarreal, se publica en 1959. En ella, se relatan los esfuerzos de un adolescente por comprender su identidad mestiza y hacerla compatible con la ciudadanía estadounidense. Pocho era el término despectivo que los mexicanos dirigían a los chicanos, acusándoles de negar su herencia mexicana, cuando, en realidad, estaban privados de la posibilidad de aprender y utilizar su lengua en las escuelas. El término fue adoptado más tarde por los propios chicanos para referirse a quienes de entre ellos pretendían asimilarse a la cultura anglosajona y, así, ascender socialmente.


[1] Palabras con las que concluye el manifiesto Plan de Delano, escrito y leído por César Chávez a raíz de una huelga de campesinos en la ciudad californiana de Delano, en 1966.
[2] En 1993, integraban el 10% de la población; en 2003, el 13%; en 2005, el 14%. Entre 1990 y 2000, la población hispana creció un 58%, frente al 13% correspondiente a la población total. En el año 2000, uno de cada cinco estadounidenses era de origen hispano. Actualmente, el 27% de los habitantes de Nueva York son hispanos, porcentaje que alcanza el 46% en el caso de Los Ángeles, segunda ciudad, después del D.F, en población mexicana. Unos 50 millones de ciudadanos de origen latinoamericano, 36 de los cuales son hispanohablantes, residen en Estados Unidos. La mitad de ellos, aproximadamente, son de ascendencia mexicana y menores de 27 años. En el año 2030 habrá 73 millones de latinos, equivalente al 20% de la población.
[3] A contracorriente de la política estadounidense de su época, se sitúa Henry David Thoreau (1817-1862), quien en protesta por la guerra contra México se niega a pagar los impuestos y elabora su teoría sobre la desobediencia civil.

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VIVA LA CAUSA 2.