Reggae: una cultura supersónica (II)

(esta es la segunda parte del prólogo de Tomás González Cobos a Bass Culture: la historia del reggae de Lloyd Bradley; lo hemos dividido en tres partes en el blog, pero aquí tenéis también el archivo completo en PDF por si lo queréis imprimir y leer del tirón; y aquí la primera parte y la tercera)




RUGIDO DE BAJOS

Es el latido del corazón
este pulso de sangre
que es un bajo efervescente
un ritmo potente, potente
golpeando contra el muro
que oprime la sangre negra.
(Bass Culture, Linton Kwesi Johnson)


Ahora que tenemos levantado el altar para el exorcismo, vamos a poner la música. No se echen a temblar, no voy a darles la fórmula mágica para crear una poción reggae (ya quisiera), solo quiero dedicar unas líneas a dos elementos de Jamaica que me entusiasman: la obsesión por el ritmo y la creación colectiva.

Empecemos dándole caña al garito. Y cuando hablamos de subir el volumen en el contexto de los sound systems, estamos hablando de una auténtica burrada de vatios, muros de altavoces con especial énfasis en las frecuencias bajas. Hablar de la cultura jamaicana es hablar de una cultura sónica, de ahí lo acertado del título del libro, Bass Culture: una cultura de bajos. No solo por la preponderancia del instrumento de cuatro cuerdas en el reggae, sino también por la irradiación de graves en un sound system, que atraviesan el cuerpo y te quitan la tontería. El bajo adquiere dimensiones atronadoras y conecta con el alma de África a través de un ritmo insistente, hipnótico (al final va a tener razón la Academia con lo de «repetitivo»). Ese «atravesar» los cuerpos del sonido es una experiencia literal, como me comentaba una amiga que observó cómo su copa, tras medio segundo encima del bafle de un sound system londinense, pegaba dos alegres botes antes de caer al suelo. De ahí que el pincha Jah Vego diga en el libro que, mientras el hombre blanco está acostumbrado a menear la cabeza en el baile, el pueblo jamaicano danza desde su cintura y sus caderas, desde las entrañas. Se trata, por ello, de un baile mucho más visceral, menos cerebral que en las tradiciones occidentales blancas.

No extraña que los punks, en su búsqueda de sonidos contundentes, desafiantes y contraculturales, se enamoraran de las líneas de bajo y, en general, de los ritmos del reggae. Los patrones rítmicos, heredados en gran parte de las percusiones africanas, lo alejan de las tradiciones europeas y se convierten, por ello, en un rasgo de identidad para la población negra. No sin motivo, los dueños de las plantaciones a menudo prohibían los instrumentos de percusión durante la esclavitud: «Un espasmo de pánico recorría el espinazo de los blancos cuando oían el sonido reverberante de los tambores».[1] Creo que si, en lugar de tambores, el sonido que llegaba a los tiernos oídos de los rostros pálidos hubiera sido el terrorífico bajo amplificado de Dub The Right Way, de King Tubby & Soul Syndicate (o Declaration of Dub, de King Tubby, o King Tubby the Dub Ruler, etc.), el terror habría sido idéntico. Como si un león rugiera en la espesura.

El otro aspecto que quería comentar sobre la identidad musical del reggae, las formas de creación, también conecta con África, en este caso por el fuerte componente coral. El concepto de la autoría de la música en Jamaica es mucho más borroso que en Occidente y no solo porque hasta 1993 no contaban con una ley de derechos de autor. Para entenderlo, hay que recordar que el núcleo de la experiencia musical jamaicana ha sido siempre el sound system y no el artista sobre el escenario o el mp3 que descargamos en nuestro reproductor (es cierto que también existen las discotecas en Occidente, pero, aparte de muchas otras diferencias que no vienen al caso, su papel en la creación y consumo musicales no es central). Este papel medular de los sound systems significaba que el público de la sesión siempre tenía la primera y la última palabra.
Durante mucho tiempo, el público ignoraba quiénes eran los cantantes o músicos de las canciones que sonaban. Para evitar que la competencia consiguiera el mismo material, los dueños de los sound systems borraban la etiqueta de los singles —suyos o no— que sonaban en los platos; de esta forma, las canciones se mantenían en el anonimato y se convertían en propiedad del sound system (que rápidamente les proporcionaba un nuevo título) y de sus seguidores. El público jamaicano siempre ha sido, además, un participante activo en la música, bailando, dando palmas, abucheando, cantando y proporcionando gritos de ánimo; por su parte, el pincha (denominado selector) reaccionaba rápidamente a los cambios de humor del público, mientras que el deejay (en Jamaica, el tipo que está al cargo del micrófono, el maestro de ceremonias encargado de animar la sesión, lo que en Estados Unidos se llamaría después MC)[2] actuaba como antena humana, recogiendo las conversaciones y comportamientos que observaba a su alrededor para incorporarlos a su despliegue de rimas, juegos de palabras y cháchara rítmica.

Pero rebobinemos. Volvamos a aquel cedé de King Tubby que tan fraternalmente cayó en mis manos. Algo que me chocaba era la dificultad para establecer quién era el autor de aquellos sonidos, quién había creado aquella música. King Tubby no era músico. Ni siquiera productor[3]. Era ingeniero. El artesano de la mesa de mezclas —uno de los personajes más oscuros en la cadena de montaje de la música— convertido en artista.

Dos de los grandes ingenieros jamaicanos: Scientist y Prince (King) Jammy
Sin embargo, aunque en muchos discos se le acreditara como «artista» del invento y nadie se quejara de ello —convertía en oro ultrasónico todo lo que tocaba con su varita mágica—, nos equivocamos si le damos al rey Tubby el título de «creador» único de esa música, ignorando el ambiente de creación colectiva que había a su alrededor. En torno al organismo vivo que eran los sound systems encontramos una larga cadena de montaje: un cantante que llegaba al estudio con una tonadilla y una letra a medio acabar y que, a veces, era el mismo que ponía la voz; un arreglista que estructuraba la canción y decidía, hasta cierto punto, qué tenía que tocar cada cual; unos músicos que tocaban los instrumentos, materializando la música según su formación e intuición; un productor que dirigía la sesión con aportaciones que iban desde la mera financiación hasta la más absoluta dictadura creativa; un ingeniero que, además de mezclar los cortes a la manera tradicional, podía engendrar versiones alternativas a discreción, con la mente puesta en su utilización en el sound system; un selector (recuerden, el tipo a los platos) que decidía qué pinchar en el sound system y que, si lo deseaba, añadía efectos sobre la marcha; un deejay/DJ (lo repito para que no lo confundan con el pincha o deejay/DJ occidental: en Jamaica era el tipo que presentaba el material y «rapeaba» a diestro y siniestro sobre las partes instrumentales) que añadía su contribución en directo de manera, en gran medida, improvisada; y el público del sound system, del que emanaba (como parte de la herencia cultural popular) y al que se dirigía toda la música. Esta lista se puede multiplicar además varias veces si pensamos en la multitud de versiones a las que se someten muchas canciones en Jamaica y que, por lo tanto, añaden nuevas capas de intérpretes, productores, ingenieros, deejays…

Como aún intuyo a lectores y lectoras torciendo el gesto, voy a contarlo de otra manera. Quizá no debería haber hablado antes de «creación» musical, porque algunos me dirán: «Vale: músicos, compositores, cantantes, productores... Lo que quieras, pero el disco no lo han hecho ni el del micro, ni el pincha, ni, menos aún, el público». Supongamos que esto es verdad (y, en mi opinión, es mucho suponer, pero lean el libro y opinen). De lo que aquí hablamos es de un desplazamiento: el meollo de la historia no está en el dichoso disco, en una mercancía, está en el baile comunal, en la ceremonia del sound system. Para explicar el concepto de colectividad al que me refiero, Christopher Small acuñó el sustantivo «musicar», en contraposición a «sonar». Musicar [musicking] consiste en el «ensamblaje de todas las cosas, actividades y personas —tanto en la escucha como en la producción— que conforman un evento musical».

La naturaleza y el significado fundamentales de la música no subyacen en un objeto, ni en las obras musicales, sino en la acción, en lo que la gente hace. Solo comprendiendo lo que la gente hace al participar en un acontecimiento musical podremos entender su naturaleza y la función que realiza en la vida humana. (…) Musicar es participar, en cualquier función, en un evento musical, ya sea interpretando [es decir, cantando, tocando un instrumento], escuchando, ensayando o practicando, proporcionando material para el evento (lo que se llama componer) o bailando. A veces se puede extender el significado a las personas que venden las entradas en la taquilla o los que cargan con el piano y la batería, o los que preparan los instrumentos y hacen pruebas de sonido o los encargados de la limpieza que trabajan cuando todo el mundo se ha ido. También ellos contribuyen a la naturaleza del acontecimiento musical.[4]

Como dice uno de los entrevistados por Bradley, en Jamaica no escuchan la música, la «sienten», en un formato que difumina la división tradicional entre actividad y pasividad en la música, entre artistas y público, y fomenta una cultura libre en estado puro. Esto no quiere decir que no haya habido grandes estafas a los artífices (compositores, cantantes, músicos, etc.), ni que falten personajes que sobresalgan por su enorme talento creador. La lista de ejemplos de atraco a mano armada e individualidades deslumbrantes sería, seguramente, casi tan larga como la de los personajes mencionados en este libro.
Como prueba, aquí van dos genios del universo jamaicano (las estafas ya se las cuenta Bradley): el productor e ingeniero Lee Scratch Perry, al que llaman el «Salvador Dalí del reggae», sacaba sonidos de las piedras y si al entrechocar dos rocas no salía el sonido que buscaba, probaba con otras dos; el ingeniero Errol Thompson, con el fin de añadir un toque especial a sus remezclas, llevaba un micrófono al baño para grabar el sonido de la cisterna (nunca se ha podido aclarar si antes del experimento se desahogaba en la taza del váter para darle un carácter más orgánico al asunto).


HIJOS DE ESCLAVOS

¿No somos los hijos de esclavos? Sí, lo somos.
¿No somos los hijos que huyen de las plantaciones? Sí, lo somos.
¿No somos los hijos de Israel?
Nos arrancaron de África.
Nos trajeron aquí, a Babilonia.
Ahora somos como un león que ruge.
(Sons Of Slaves, Junior Delgado)

La voz del pueblo
Ya tenemos el aquelarre bien montado, con la vibración ancestral de los bajos caldeando el ambiente y la comunidad congregada en torno al altavoz para darlo todo en la pista. Decíamos antes que el sound system y, por extensión, el reggae, eran la voz del pueblo, veamos entonces qué dice esa comunidad.

Uno de los temas que abordaban las letras de la música jamaicana (ya fueran cantantes al uso o deejays armados con un micro) ya lo ha avanzado antes Bradley al describir los sound systems como el «periódico del gueto». Mientras los gobernantes se esforzaban por invisibilizar a los sufridos habitantes de los arrabales y ocultar que, tras la independencia (1962), las penosas condiciones en las que se encontraba gran parte de la población eran las mismas de siempre, el reggae aireaba los trapos sucios sin ningún tipo de reparo. Las letras sobre la realidad social y la contestación a las políticas de las autoridades no temían la frecuente censura en las radios del país, ya que en el sound system no había autoridad que pudiera tapar los bafles.

Un ejemplo clásico de canción-reportaje prohibida por el Gobierno es Everything Crash (Ethiopians), que trata de las huelgas, revueltas y represión policial de finales de los sesenta y llega a la conclusión de que «todo se va al carajo» (traducción libre de Everything Crash). Otro auténtico rompepistas fue 007 Shanty Town, de Desmond Dekker,[5] que llegó al número uno de ventas describiendo los disturbios provocados por el intento del Gobierno de arrasar una ciudad de chabolas: dem a loot, dem a shoot, dem a wail, a shanty town [Ellos saquean, ellos disparan, ellos lloran, una ciudad de chabolas]. Y lo curioso es que cualquiera que haya oído estas dos canciones estará conmigo en que las crudas realidades descritas no vienen envueltas en oscura rabia y negatividad, sino que lo que apetece es echarse a bailar con una sonrisa de oreja a oreja: la alegría vital que les decía al principio.
A esta labor de intrépidos reporteros de los letristas de reggae[6] le podemos sumar la de «historiadores del gueto». En una cultura de influjo africano tan fuerte y, por lo tanto, tan oral como la jamaicana, la música juega un papel central como transmisor de la memoria colectiva. El reggae en general y, sobre todo, el roots —el estilo preponderante de la segunda mitad de los setenta, muy influido por el orgullo negro de los rastas, sobre los que hablaré en breve— promovían un despertar de la conciencia que volvía la mirada al origen en África y reconstruía el pasado sin temor a hurgar en las heridas de la esclavitud. Porque se trataba de recontar su historia sin tapujos, pero desde el punto de vista propio, con un prisma negro, trazando un mapa alternativo al relato tergiversado y manipulado de las potencias europeas. «La mitad de la historia nunca se ha contado», decía Bob Marley en Get Up, Stand Up.

Pensemos que los pocos negros afortunados que, en el siglo XIX, comenzaron a acceder a la educación en Jamaica aprendían la historia de grandísimos héroes de la nación negra como Cristóbal Colón, sir Francis Drake (el pirata Francisco Draque en España) o Henry Morgan (otro malandrín británico tan blanco como la tiza), junto con otras lecciones muy necesarias que ponían de relieve la barbarie incivilizada de los salvajes negros del África. Ante este panorama, a los alumnos de piel oscura no les quedaba otra alternativa que avergonzarse de sus orígenes. Los buenos negritos y negritas tenían que detestar sus rostros, su color y la tosca cultura de sus antepasados.

Para narrar la historia desde una óptica nueva que abandonara esos cursos acelerados de auto-odio negro, el pueblo jamaicano tiró de los canales de transmisión oral que se conservaban: las leyendas, los proverbios y las canciones, que, acompañadas de los tambores y las danzas que conectaban con el continente materno, invocaban los espíritus ancestrales y reavivaban las memorias colectivas. Permítanme que le ceda de nuevo la palabra a Norman Stolzoff: «La centralidad de estas representaciones rituales da fe del hecho de que tanto la memoria histórica como la sensibilidad artística han desempeñado un papel importante para los afroamericanos a la hora de mantener, elaborar y crear sus visiones del mundo, sus identidades y sus formas de vida en la Diáspora».

En esta reinterpretación negra de la historia, el reggae —sobre todo el reggae conscious o consciente de los setenta— da la vuelta a la tortilla y ahora son los africanos los «civilizados», los que fueron arrancados de una cultura superior por las fuerzas del mal. En Declaration of Rights, los Abyssinians proclaman: Took us away from civilization / Brought us to slave in these big plantations / Fussing and fighting, among ourselves / Nothing to achieve this way, it’s worse than hell [Nos apartaron de la civilización / Nos trajeron para trabajar como esclavos en estas grandes plantaciones / Luchando entre nosotros / Así no conseguiremos nada, es peor que el infierno]. Pero que nadie piense que se trata de una lectura estéril del pasado, muy al contrario, ya que se establece una conversación con los tiempos pretéritos desde el presente, tejiendo una identidad sin ruptura que mira hacia atrás para discernir el camino futuro. Peter Tosh lo ilustra perfectamente en 400 years (Bob Marley & the Wailers), que, como dice el título, recuerda los siglos de exilio forzoso en Jamaica: 400 years / And it’s the same philosophy / Look, how long / And the people they still can’t see / Why do they fight against the poor youth of today? / Come on, let’s make a move: / I can see time has come... The youth is gonna be strong / So, won’t you come with me / I’ll take you to a land of liberty / Where we can live a good, good life / And be free [400 años / Y es la misma filosofía / Mira cuánto tiempo / Y la gente aún no es capaz de ver / ¿Por qué luchan contra los jóvenes pobres de hoy? / Vamos, tenemos que movernos / Veo que ha llegado la hora... La juventud va a ser fuerte / Así que ven conmigo / Te llevaré a una tierra de libertad / Donde vivir una vida buena / Y libre]. Es, al fin y al cabo, la misma conclusión inconformista que presentan los Abyssinians en el estribillo de la canción recién mencionada: Get up and fight for your rights, my brothers / Get up and fight for your rights, my sisters [Levantaos y luchad, hermanos / Levantaos y luchad, hermanas].
Las revueltas de Notting Hill (Londres) en 1976.

Ojo, que no solo de dolor y lucha viven el hombre y la mujer, pues aunque pareciera que todo se fuera al carajo, como decían entre risas los Ethiopians, siempre había un hueco bien grande para el amor (el tema número uno en la letrística jamaicana, desde el anhelo romántico hasta la lascivia), la alegría y el desenfreno. Levantémonos y luchemos, sí, pero no te olvides de bailar: We were caught in the jungle / By the hands of a man / We’re out of the jungle / We’re going to Broadway / When we reach out of the jungle / We’re going to jump and shout / Come on girl, come on boy / Jump in the line, everybody gonna be alright [Nos atraparon en la jungla / Caímos en manos de un hombre / Salimos de la jungla / Vamos a Broadway / Cuando salgamos de la jungla / Vamos a saltar y a gritar / Vamos, chica, vamos, chico / Saltad en la fila, todo va a ir bien].[7]

[Continuará: en breve la tercera parte; si queréis leerlo ya completo, está aquí en PDF]



[1] Horace Campbell.

[2] Todos estos términos están incluidos en un glosario de consulta rápida que hemos introducido al final del libro para facilitar la lectura.

[3] King Tubby ejerció de productor al final de su carrera, en los ochenta, pero no en la época que se publicaron los temas de marras. No obstante, hay que añadir que la división entre la labor de productor e ingeniero en Jamaica no encaja de manera exacta con la existente en la industria musical occidental.

[4] La idea de aplicar el concepto de «musicar» al dancehall y la cita las he sacado del libro de Julian Henriques que incluyo en la bibliografía.

[5] Subsano aquí el imperdonable gazapo (dislexia galopante) que me llevó a decir en la primera edición impresa del libro que 007 es de Toots & the Maytals y no del gran señor Dekker.

[6] Como se explica en el libro y en el glosario, el término «reggae» puede referirse a toda la música jamaicana desde principios de los sesenta o, en sentido más estricto, al estilo dominante desde finales de los sesenta hasta principios de los ochenta. Lo señalo aquí porque 007 Shanty Town y Everything Crash se inscriben en el periodo rocksteady (1966-1968).


[7] Broadway Jungle, de Toots & the Maytals.

¡Babilonia se derrumba! Babylon Falling, Rasta is calling!

Babylon falling
Babylon falling
Yes children, Rasta is calling


Babylon falling (wicked men)
Babylon falling (revelation)
Yes children (don't you know)
Rasta is calling (calling, calling)


Reggae: una cultura supersónica (prólogo a Bass Culture)

(esta es la primera parte del prólogo de Tomás González Cobos a Bass Culture: la historia del reggae de Lloyd Bradley; lo hemos dividido en tres partes, esta es la primera entrega, pero aquí tenéis también el archivo completo en PDF por si lo queréis imprimir y leer ya del tirón, aunque con menos ilustraciones)



UNA CULTURA SUPERSÓNICA1


Tomás González Cobos





reggae 1. m. Música de origen jamaicano, caracterizada por un ritmo sencillo y repetitivo.



Esta es la sucinta pero reveladora definición que encontré en el diccionario de la Real Academia Española. Me pregunto si los redactores se plantearon añadirle al término «ritmo» los calificativos de «primitivo», «salvaje» o, en un intento por aunar todos estos elementos, «ritmo de negros». Vamos, que es una música tan fácil que la pueden tocar hasta unos negros fumetas en el Caribe. No obstante, enseguida me surgió la duda de si, como aficionado al reggae en España, no estaría asumiendo el papel de víctima incomprendida, así que rápidamente busqué en la página web del diccionario normativo las definiciones para otros géneros musicales. Y estos son algunos de los ejemplos que encontré:



rock 1. m. Género musical de ritmo muy marcado, derivado de una mezcla de diversos estilos del folclore estadounidense, y popularizado desde la década de 1950.

jazz 1. m. Género de música derivado de ritmos y melodías afronorteamericanos.

pop 1. adj. Se dice de un cierto tipo de música ligera y popular derivado de estilos musicales negros y de la música folclórica británica.

rap 1. m. Estilo musical de origen afroamericano en que, con un ritmo sincopado, la letra, de carácter provocador, es más recitada que cantada.

punk 3. m. Movimiento musical aparecido en Inglaterra a fines de la década de 1970, que surge con carácter de protesta juvenil y cuyos seguidores adoptan atuendos y comportamientos no convencionales.

blues 1. m. Forma musical del folclore de la población de origen africano de los Estados Unidos de América.



Tango, salsa, samba… No se molesten, ya se lo digo yo: en ningún caso aparece esa ocurrencia de introducir un juicio de valor (creo que los dos casos que, remotamente, pudieran catalogarse como tales, «música ligera» para el pop y «de carácter provocador» para el rap, tienen un tono mucho más descriptivo que enjuiciador, más allá de que estemos de acuerdo en la elección de los adjetivos). ¿No hubiera sido más neutro hablar, como en el caso del rap, de una «música de origen jamaicano que fusionó sonidos tradicionales africanos y géneros estadounidenses contemporáneos en los años tal y cual» o algo por el estilo?


Nada más lejos de mi intención que ensañarme con la Academia, bastante tienen con lo suyo. Al fin y al cabo, quizá lo que están expresando no es sino la distancia que existe entre el público español y la música afrocaribeña, ya que, a diferencia de países como el Reino Unido, hasta hace muy poco no hemos tenido la suerte de contar con una inmigración que diversifique nuestras aficiones musicales. Por ello no resulta extraño que, para un blanco europeo procedente de una tradición tan poco salpicada por los aromas del continente negro, la música jamaicana llegue envuelta en misterio.2



Como muchos españoles, mi primer contacto con el reggae fue Bob Marley (en mi caso en los años ochenta). No voy a detenerme aquí a cantar las maravillas del señor Nesta, ni a explayarme en el profundo impacto que me produjeron joyas como Sun Is Shining y su curiosa mezcla de rebeldía y fraternidad. A lo que voy es que, pese a lo valioso del hallazgo, no me empujó a una zambullida general en el mar musical jamaicano. No por culpa de Marley, sino porque, como cuenta muy bien Lloyd Bradley en Bass Culture: La historia del reggae, aquellas canciones me llegaban a través de los canales de la industria del pop rock, desvinculadas de su contexto inicial. Y ahí, a las puertas de aquel enigma, me quedé durante muchos años. Es cierto, y esto es algo de lo que no he sido plenamente consciente hasta mucho después, que el beat jamaicano me estaba tentando, de reojo, a través de grupos como Kortatu, los Clash, los Specials… Es decir, música muy excitante por su ocasional aliño jamaicano, pero que no exigía un viaje a territorios completamente desconocidos y que, de hecho, muchos miniadolescentes escuchábamos sin saber que el origen del ska estaba en Jamaica a finales de los cincuenta (y no en el ska revival británico de finales de los setenta) y que los bajos profundos de tantos grupos punk y new wave habían tomado mucho prestado de una pequeña isla al otro lado del Atlántico.


Mi verdadero viaje sonoro hacia Jamaica comenzó en los noventa con un cedé que me pasó mi hermano Pablo y que, muy a la jamaicana, no tenía más indicación que el misterioso nombre de «King Tubby» escrito con rotulador de punta gorda. ¿Se trataba de música contemporánea? ¿Era un músico, un grupo? Aquel sonido, en el que apenas había partes vocales, era dub, lo que por no detener el relato llamaremos por ahora «reggae cubista». Recuerdo que fue asomarme, meter la cabeza, y mi cuerpo se precipitó, ya sin remedio, en el interior de aquella niebla de cadencias hipnóticas. Creía percibir en aquella música una alegría desbordante y también una tremenda tristeza. Una alegría de bailar, de estar vivo, pero al mismo tiempo un sentimiento de pérdida y nostalgia, de algo irrecuperable. Era, claro, el sonido de África, pero con una envoltura llena de extrañeza; me hablaba de fragmentación, de desplazamiento. En aquel puñado de temas se hallaban ya muchas de las ideas que me parecen centrales en la música jamaicana: el lamento por la separación forzosa de África y el horror de la esclavitud, junto con el ingenio incontenible y el coraje de una comunidad de «exiliados forzosos» que trataban de forjarse una identidad en su nuevo hogar.


Soy consciente de que todo esto suena a reflexión cerebral a posteriori, lo contrario de la sensibilidad musical jamaicana, para la que el reggae es, ante todo, un beat. Por eso, les invito ahora a que dejen de leer este prólogo, se embarquen con Lloyd Bradley y, acompañados de una buena selección musical jamaicana, viajen al Caribe —empezando a finales de los cincuenta, un día caluroso como otro cualquiera— y se dejen seducir por los ritmos que retumban en las páginas de Bass Culture: La historia del reggae. Pero si antes prefieren meter un par de prendas en el equipaje y unas cuantas pistas —lo esencial, no se preocupen—, quédense un rato conmigo. Aun así, lo dicho, no pierdan de vista el ritmo: aquí hemos venido a bailar.




UNA COMUNIDAD QUE BAILA




Una cosa buena de la música:
cuando te golpea, no sientes dolor.
(TrenchTown Rock, BobMarley & the Wailers)



Todo el mundo sabe que no hay mal que no cure (o alivie, al menos) una buena juerga con mucho baile de por medio. ¿Qué fiesta sería necesaria para superar cientos de años de esclavitud, opresión y humillación? Imaginen, en la medida de lo posible, que desde la más tierna infancia les han inculcado el odio a su piel, que durante generaciones les han contado que la suya es una cultura de bárbaros o, incluso, que ni siquiera es cultura. Imaginen que en su sangre hierve la furia de generaciones de esclavos despojados de todo y que la única propiedad que se trajeron sus antepasados de África, de donde salieron con lo puesto, son precisamente esas formas culturales despreciadas (y temidas) por los blancos: prácticas (leyendas, danzas, cánticos, música de tambores) entre las que se encuentran las tradiciones neoafricanas de magia negra en Jamaica —el denominado obeah— y la pocomania, un culto afroprotestante que incita la exaltación espiritual a través de la música y la danza. Con estos elementos, no vamos mal encaminados si intuimos que esa farra bailonga de la que hablábamos constituye también un gigantesco exorcismo, un ritual de autoestima que celebra la identidad propia y purga el maleficio sufrido.


Ahora que tenemos un poco más claro que lo que buscamos es una especie de parranda-aquelarre colectivo, nos falta un sitio donde ponerlo en práctica, un altar. Y aquí es donde entran en escena los sound systems, una invención de los negros pobres de Kingston que, desde los años cincuenta,3 retoma esa larga herencia de música y baile, regocijo espiritual y trance comunitario, y la sublima en la forma cultural por excelencia de los guetos jamaicanos. Un pequeño inciso (perdónenme los entendidos): el término sound system se refiere, en sentido estricto, a un equipo de música con una potencia brutal de amplificación y al grupo de personas a cargo del mismo; el espacio físico en el que se instala y emite su música un sound system —generalmente un terreno vallado al aire libre (lo que contribuye a que el sonido viaje mucho más allá del recinto)— es el dancehall, que podría traducirse como «local de baile» o «pista de baile». En este prólogo, al hablar de sound systems nos referimos al concepto amplio del mismo, es decir, el lugar de encuentro y baile.
 

Podríamos describir los sound systems —el núcleo en torno al que gravita toda la historia de la música moderna jamaicana— como «discotecas móviles», pero el término se queda muy corto. El sound system era, como dice Bradley, «el latido de la comunidad (…) una animada agencia de contactos, un desfile de moda, un punto de intercambio de información, un lugar donde verificar el estatus callejero, un foro político, un centro de comercio (…) el periódico del gueto». Los sound systems constituían una plaza, un espacio de reunión y celebración de la comunidad, un rito colectivo a través del baile y el poder sanador del sonido.


Como en otras culturas donde ha prevalecido la transmisión oral, en Jamaica la música está profundamente enraizada en el tejido social, es una fuerza viva, orgánica, un espejo que recoge la voz de la comunidad y pertenece por ello al pueblo. La función del sound system es heredera directa de ese hilo oral y de las tradiciones populares que mencionábamos antes, que no solo configuraban una identidad sino que con frecuencia asumían una labor contestataria. En la época de la esclavitud, el baile (en ocasiones mezclado con rituales religiosos) jugaba un papel importante para mantener los valores culturales, establecía un terreno en el que los esclavos compartían una experiencia comunitaria plena de significado que les permitía sobrevivir a las miserias de la esclavitud y al mismo tiempo fomentaba formas cotidianas de resistencia, «como la burla, la ridiculización y en general la evasión del trabajo».4 Los bailes de los esclavos «eran momentos de gran terror para los amos, quienes, al fin y al cabo, eran minoría. Durante las festividades, los dueños de las plantaciones tenían aún más temor a que estas celebraciones llevaran a rebeliones y, de hecho, muchas lo hacían».


Como continuador de esta tradición, el sound system no es un lugar de recepción pasiva de la música. Es, claro está, un sitio para bailar (Winston Blake, un pionero en el mundo de los sound systems, lo expresa bien clarito: «Si has venido al baile y no sabes bailar, ¿qué haces aquí? Si no sabes bailar, eres un espectador»),5 pero también un escenario y un megáfono para dramatizar las fuerzas amenazadoras, expresar opiniones y compartir las pasiones, tanto las más elevadas como las más bajas. No perdamos de vista que el título de este libro, Bass Culture, cuyo significado literal es «Cultura de bajos» o «Cultura de graves» —por la importancia de estos sonidos en el mundo del reggae—, puede pronunciarse también como Base Culture, que viene a significar «cultura abyecta», «cultura vulgar», «cultura lumpen» y, por lo tanto, «cultura del vulgo», «cultura del pueblo llano», «cultura popular». Estos calificativos se comprenderán mejor si se tiene en cuenta que el reggae —al igual que sus predecesores, el ska y el rocksteady, y sus descendientes (el dancehall y derivados; no confundir con los espacios de baile, que reciben el mismo nombre)— procede de los guetos de Kingston y, por lo tanto, era despreciado por las clases alta y media de Jamaica, que se avergonzaban de unas expresiones artísticas tan «primitivas», es decir, tan «negras» (¿será esto a lo que se refiere la Academia cuando habla del ritmo «sencillo» del reggae?). Por ello, la música ofrecía una identidad a los desarrapados del gueto, un símbolo de orgullo negro, una forma cultural en la que reconocerse y participar. Música del pueblo para el pueblo y, además, en el más amplio sentido posible, ya que a los bailes acudían jóvenes, adultos, niños y ancianos. Como dice Norman Stolzoff, el sound system «ha sido un importante medio para que el pueblo negro cree un universo social alternativo de representación, producción y política».


Para resumir la enjundia de los sound systems, podemos decir que en ellos se articuló un canal de comunicación comunitaria en la que sus partícipes se reconocían e intercambiaban información mediante los pasos de baile, la vibración del ritmo, las miradas, los gestos, las intuiciones, las pasiones, los gritos. Más que compartir una opinión concreta sobre el mundo, se trataba de un afecto en común, un sentimiento. [Aquí está la segunda parte y aquí la tercera; si queréis leerlo ya completo, está aquí en PDF, aunque contiene muchas menos ilustraciones]


1Publicado originalmente como prólogo a Bass Culture: La historia del reggae, de Lloyd Bradley (Acuarela Libros, Madrid, 2014).
2 Con estos comentarios me refiero al desconocimiento por parte de la inmensa mayoría del público y la indiferencia de gran parte de los medios de comunicación, ya que sería injusto afirmar que en España no existe una escena de músicos y fans del reggae (aunque minoritaria) o negar la labor de grandes defensores de la causa como la Asociación Cultural Reggae (ACR).
3 Aunque, como indica Bradley, los primeros equipos callejeros de música se encuentran ya a finales de los cuarenta, su explosión popular se produjo en los cincuenta.
4 Las dos citas del párrafo son de Norman Stolzoff. En la bibliografía incluida al final del prólogo menciono los detalles de los libros citados.
5 Ibid.

Reseñas y crónicas Bass Culture

Queríamos compartir la página de reseñas y crónicas de los amigos de Bass Culture, que nos hicieron un hueco en su programa hace unos días para presentar nuestro libro tocayo Bass Culture (menudo musicón que se gastan, por cierto). Aquí lo tenéis, muy recomendable.








El reggae asalta el mundo editorial en castellano

Tras años de un incomprensible silencio editorial respecto a títulos relacionados con una expresión musical tan importante como el reggae, cuatro iniciativas independientes entre sí coinciden en el tiempo con cuatro libros especializados. Los aficionados al reggae tienen su festival, el masivo Rototom donde caben todas las expresiones culturales que forman este fenómeno y sus distintos aspectos, pero hasta la fecha no existían libros que llevarse a los ojos, salvo algunas honrosas excepciones que han ido apareciendo de manera anecdótica a lo largo de los años.
  Cuatro iniciativas que nacen de espaldas a la gran industria editorial y que evidencian que existen nicho de mercado por cubrir en el sector editorial, que son detectables si se dispone de la suficiente sensibilidad y valentía.



Esta situación de sequía ha vivido un vuelco en este último año con la aparición de cuatro títulos que muestran la riqueza y lo variado de los estilos musicales, estéticas y sensibilidades que forman el universo que englobamos dentro del reggae. Efectivamente, en primer lugar, el título que abrió la veda fue uno especializado en la considerada era dorada del reggae, la época del rocksteady que se dio en Jamaica a finales de los años 60. Lutxo Pérez es su autor y en Catarsis Rocksteady propone en clave novelada un repaso de los sellos, artistas y temas que definieron aquel momento en el que el reggae adquiría su mayoría de edad, dejando atrás los excesos del ska y volcándose en la sofisticación y el tempo pausado, aportando las bases sobre las que se desarrollarán los posteriores estilos. 

En aquellos años 60, algunos sellos discográficos españoles recogieron el testigo de los jamaicanos y dieron cabida en sus catálogos a algunos de los trabajos que se iban publicando fuera de la isla. Una de las mayores colecciones de esas joyas en forma de singles de vinilo de 7 pulgadas está en manos de Pedro García, quien junto con el agitador Toni Face han sacado adelante el libro 50 años de reggae en España, un compendio de portadas y referencias discográficas aparecidas en el mercado español, comentadas por estos expertos, reconocidos en ámbitos especializados por sus largas y activas trayectorias.


Por su parte, el punto de arranque de Bass Culture: la historia del reggae, es históricamente previo a las obras anteriores, pero su punto de llegada es mucho más actual, ya que casi llega a nuestros días. Publicada por la editorial Acuarela, su autor es Lloyd Bradley y su traductor Tomás González Cobos, quien también firma un prólogo en el que contextualiza la grandeza e importancia de esta expresión popular y dimensiona el fenómeno para abrir la puerta a este universo desconocido en muchos ámbitos culturales fuera de los especializados. Bass Culture está considerada como una de las obras fundamentales en la literatura musical especializada en reggae, porque en ella no sólo se da un repaso histórico a la música jamaicana, sino también se enmarca en su contexto social, económico y político.


Por último, Black Star ediciones ha traducido la biografí­a que sobre Sugar Minott escribió a periodista canadiense, Beth Lesser, figura clave en el registro de la explosión que sacudió el reggae tras la muerte de Bob Marley y devolvió al gueto su espacio. Se trataba del fenómeno del dancehall que tuvo en Sugar Minott a uno de sus artífices y máximos exponentes, con su estilo como vocalista cargado de soul y sus letras sobre la realidad del gueto donde vivía y desde donde desarrolló su exitosa carrera. Su iniciativa Youth Promotion fue una puerta de acceso a la industria musical para numerosos jóvenes del gueto, que acabaron convertidos en estrellas. El título de esta obra cargada de realismo y trascendencia es Sugar Minott y la leyenda de Youth Promotion.

(Esta es una iniciativa conjunta de las cuatro editoriales en la que hemos estado encantados de participar, para demostrar que no solo de competencia vive el mundo editorial. De paso, nos sirve para iniciar la prometida bibliografía reggae.)

Cuando el reggae era el rey: Bass Culture, texto canónico (de Blas Fernández)

(Reseña de Blas Fernández Lanseros sobre Bass Culture: la historia del reggae, de Lloyd Bradley, publicada en la edición impresa del Diario de Sevilla, además de en El Día de Córdoba, Granada Hoy, Huelva Información y Europa Sur)
El músico y productor Lee Scratch Perry.
Para comenzar, desmontemos, o casi, un lugar común: el reggae fue al punk lo que el añejo blues al rock de los 60 y primeros 70, el nutriente que aportó las calorías necesarias para poner el organismo en movimiento. Vale, sí… Pero esa tajante afirmación, teoría habitualmente aceptada sin mayores reparos, queda como mínimo en entredicho al rastrear la dieta de aquellos pioneros sound systems que, a partir de la década de los 40, articularían el desarrollo de la moderna música jamaicana. ¿Y sabe qué? Junto a expresiones autóctonas como el mento o geográficamente afines como el merengue y el latin-jazz, el rhythm&blues norteamericano, como más tarde el soul, formaría parte insustituible del menú. Así que el blues, o al menos alguno de sus vástagos, quedarían también registrados en el frondoso árbol genealógico del género.

La pronta exposición de esta conexión sirve como ejemplo de lo mucho que revela Bass Culture. La historia del reggae, célebre título del periodista musical y discjockey Lloyd Bradley, londinense de ascendencia jamaicana, por primera vez editado en español trece años después de su publicación original (entonces, bajo el título Bass Culture. When Reggae Was King). Con excelente traducción y divertido prólogo a cargo de Tomás Cobos, Bass Culture certifica ahora pues en castellano su condición de texto canónico, imprescindible a la hora de abordar la historia de ese otro semillero caribeño (un afectuoso saludo a Cuba) con importancia capital en el devenir de la música pop.
Resultado de una concienzuda labor de documentación, que incluye en primera persona las voces de los protagonistas del relato, el libro de Bradley –afortunadamente esforzado, además, en la contextualización histórica de cada periodo tratado– nos traslada en primer lugar hasta aquellos originarios dancehalls de los barrios populares de Kingston, imponentes en presencia y volumen, en los que el selector comprueba de primera mano qué funciona y qué no a la hora mantener en marcha al respetable. Sound systems que harán, como en tantas otras ocasiones, de la necesidad virtud: la música que pinchan está al margen del único canal convencional de la época… (Sigue leyendo)

Playlist "Bass Culture": el libro capítulo a capítulo


Una de las cosas que llama la atención al hojear Bass Culture: la historia del reggae (Lloyd Bradley) es que cada capítulo/sección lleva el título de una canción jamaicana que ilustra bien el contenido que viene a continuación, ya sea porque son representativos de la época, porque el título encaja perfectamente con lo que se está contando o por ambas cosas (en el libro hemos introducido notas a pie de página dando pistas al respecto).

El caso es que nos hemos dado cuenta de que solo reproduciendo el listado de capítulos y secciones sale una playlist impresionante que además ofrece un recorrido sonoro a través de los distintos periodos y estilos de la isla. Y con ese listado hemos elaborado la primera sesión en spotify, inaugurando la cuenta de Acuarela Libros, que os ofrecemos a continuación. En algunos casos nos hemos visto obligados a eliminar una canción ya que no aparece en spotify, incluyendo en su lugar otra del mismo artista o estilo.

También os pasamos debajo el listado con los links a youtube para quienes no tengáis spotify, indicando las canciones sustituidas. 

Un consejo: subid los graves.




Dubwise Situation – The Impact All Stars SUSTITUIDA POR Bag a Wire Dub – King Tubby