Para que no se diga que nos lo hemos inventado, reproducimos a continuación las portadas de las cuatro traducciones que hay (que sepamos) de Bass Culture: La historia del reggae, de Lloyd Bradley, que acabamos de publicar en castellano. Además, incluimos la cubierta de la versión original publicada en Reino Unido por Penguin y una de las ediciones en Estados Unidos, y os contamos de paso algunas cosas interesantes que hemos descubierto en el proceso.
Versión británica (Penguin, 2000), diseño firmado por Intro y fotografía de Adrian Boot (un sound system en Jamaica). El título completo original es "Bass Culture: cuando reinaba el reggae".
Versión de EEUU (Grove Press, 2001). La foto superior es de Adrian Boot, desconocemos quién hizo la de abajo. El título cambia ("Esto es música reggae - La historia de la música jamaicana"), de hecho hemos tomado la segunda parte, adaptándola, para nuestra edición: "Bass Culture: La historia del reggae", pero nosotros decidimos mantener Bass Culture (un tema de Linton Kwesi Johnson) por motivos que comentaremos más adelante.
Versión italiana (2008, traducción de Giancarlo Carlotti). Cambiamos de aires, aquí tenemos a un afrocaribeño en Londres (foto de Mihlawhdh Faristzaddi), delante del típico autobús rojo de dos pisos, en el que se alcanza a leer que pasa por Brixton y Camberwell, dos de los barrios tradicionales de la comunidad jamaicana en la capital británica. El título mantiene "Bass Culture" y añade "La música de Jamaica: ska, rocksteady, roots reggae, dub y dancehall". Editorial: Shake Edizioni, quienes como veréis en su web comparten con nosotros muchos intereses aparte del reggae (contracultura, punk, jazz, pensamiento crítico....) e incluso autores (Abbie Hoffman, Bifo y Hunter Thompson, que prologa La revuelta del Pueblo Cucaracha, de Óscar Zeta Acosta).
Versión francesa. Más austera, pero debemos decir que de las que hemos visto (la inglesa, la italiana y la francesa) por dentro es quizá la más cuidada, en un formato grande, con mucha ilustraciones de portadas (algunas de las cuales nosotros también hemos metido) y de contra una foto buenísima del gran Mikey Dread. La traducción la hizo Manuel Rabasse y la edición (de 2005, reedición en 2011) corrió a cargo de Editions Allia, con quienes también compartimos intereses: pensamiento crítico, jazz, trascendentalistas, dadá, situacionistas, punk... y por lo menos un autor: Raoul Hausmann.
Versión en alemán (Hanibal,
2003 y 2006), con diseño idéntico al de la edición británica. Mantienen "Bass
Culture" pero modifican la segunda parte: "La marcha triunfal del
reggae" (según nos dice un traductor online). Por lo que vemos en su web, Hanibal es una editorial dedicada principalmente a la música. No hemos encontrado el dato de quién es el traductor o traductora del libro.
Versión japonesa. Mantienen "Bass Culture" y añaden debajo algo que no entendemos (¿alguien que nos pueda traducir?). Mantienen la foto de la edición inglesa y abajo a la derecha meten la otra foto de Adrian Boot que utiliza la versión estadounidense. Publicado por Shinko en 2008, con traducción de Mizuho Takahashi. No hemos encontrado la web de Shinko, pero dudo que sirviera para mucho dado nuestro nulo conocimiento del japonés...
A nosotros nos gustan todas las portadas, pero hemos de decir que la japonesa tiene un punto exótico incomparable. En fin, ¿para cuándo las ediciones en portugués, ruso, turco y árabe?
Ya sabéis que tenemos nuevo libro, Bass Culture: la historia del reggae, de Lloyd Bradley. Ante el aluvión de pedidos/consultas que hemos tenido, os anunciamos que estará en librerías el día 28 de mayo. Tenemos preparados muchos contenidos (textos, libros, música, vídeos, imágenes, etc.) para adentrarnos en la música y la cultura jamaicanas en los próximos meses (bienvenidas las sugerencias), pero entretanto os dejamos un fragmento del primer capítulo del libro que colgó Rockdelux.
Dillinger
“La gente para la que se hacía el reggae nunca hacía distinciones
entre este estilo y ese estilo. Es una música que nos llega desde la
esclavitud, pasando por el colonialismo, de manera que es más que un
estilo. Da igual que vengas de la Calle Patata, la Calle Banana o las
montañas, la gente canta. Para liberarse de sus frustraciones y levantar
el ánimo, la gente canta. También es una forma de diversión los fines
de semana: ya sea en la iglesia o en un funeral o en la puerta de casa,
la gente canta. Si estás cortando maleza te pones a cantar, si estás
cavando te pones a cantar. La música es vibrante. Es una forma de vida,
no es solo una música lo que se está creando, es un pueblo... una
cultura... una actitud, una forma de vida creada por un pueblo” (Rupie Edwards)
Boogie In My Bones
Formar parte del público en una sala de baile grande, como
Forresters' Hall en North Street, mientras sonaba música en el sound
system, era seguramente la mejor sensación del mundo para cualquier
chaval jamaicano. Pero si además tenías aspiraciones de hacer música,
era mágico. Era... grandioso.
Derrick Harriott es ahora un exitoso empresario musical, con una
tienda de discos familiar en la zona de Constant Spring en Kingston y un
negocio internacional de reediciones en CD especializado en sus propias
grabaciones y producciones de reggae y rocksteady. Pero durante dos
décadas, desde finales de los cincuenta, fue uno de los artistas
jamaicanos de éxito más duradero, uno de los pocos que pasó por el
R&B, el ska, el rocksteady, el reggae y el dub produciendo hits
internacionales para sí mismo y para otros con absoluta convicción.
Aunque a este elegante cincuentón no hace falta que le insistas mucho
para que se suba a un escenario a mover al público; para que te haga
caso de verdad lo mejor es preguntarle por sus años de adolescente en el
centro de Kingston. Le brota una sonrisa y se le empañan los ojos. (Sigue leyendo)
Despierta a la ciudad y avisa a la gente de este libro musical que sale a tu encuentro.
Este libro es un viaje. A los guetos de Jamaica, en
el corazón del Caribe, pero también al eco hipnótico de los tambores y los
graves primigenios del África profunda. En Bass Culture: La historia del
reggae, Lloyd Bradley cuenta la apasionante historia de la música
jamaicana en su contexto social, político, económico y espiritual, desde
los sound systems de los años cincuenta, pasando por el ska, el rocksteady y el
dub, hasta el éxito internacional de Bob Marley y el posterior nacimiento del
dancehall.
Más allá de documentar la evolución musical,
Bradley se sumerge en una historia de Black Power, altavoces que
retumban, cantantes con agujeros en los zapatos, vudú anticolonialista, ligoteo
en la pista de baile, rastas antisistema, productores avariciosos, espiritualidad
profunda, flirteos con el punk, malotes barriobajeros, estudios de grabación
envueltos en marihuana, skinheads que bailan música negra, tejemanejes de la
guerra fría, pistoleros en las chabolas, miembros de los Rolling Stones locos
por el reggae, revueltas en las calles británicas, reciclaje sonoro y cultura
del pueblo para el pueblo. Cargado de testimonios de los grandes del género
(Prince Buster, Horace Andy, Bunny Lee, Jimmy Cliff, Lee Scratch Perry), Bass
Culture captura en una narración narcótica la historia de una comunidad del
llamado "tercer mundo" que alzó la voz para decir que no solo
existían, sino que tenían ganas de dar guerra y bailar hasta el amanecer.
En el mundo anglosajón, Bass
Culture se
considera una obra fundamental sobre la historia del reggae. El libro lo publicó en 2000
Viking, un sello de la editorial británica Penguin, pero al año
siguiente, en vista de lo bien que funcionaba, lo publicó directamente Penguin
(2001). También se ha editado (y reeditado varias veces) en Estados Unidos (Grove
Press, 2001) y se ha traducido al francés, japonés, alemán e
italiano. Ya era hora de que se publicase en español.
«La
gente para la que se hacía el reggae nunca hacía
distinciones entre este estilo y ese estilo. Es
una música que nos llega desde la esclavitud,
pasando por el colonialismo, de manera que es
más que un estilo. Da igual que vengas de la
Calle Patata, la Calle Banana o las montañas, la
gente canta. Para liberarse de sus frustraciones
y levantar el ánimo, la gente canta. También es
una forma de diversión los fines de semana: ya
sea en la iglesia o en un funeral o en la puerta
de casa, la gente canta. Si estás cortando
maleza te pones a cantar, si estás cavando te
pones a cantar. La música es vibrante. Es una
forma de vida, no es solo una música lo que se
está creando, es un pueblo... una cultura... una
actitud, una forma de vida creada por un
pueblo.» Rupie
Edwards (fragmento
del libro).
EL AUTOR
Lloyd Bradley nació en
Londres en 1955. En su adolescencia se sumergió en
el submundo de los sound systems del norte de
Londres con tal pasión que creó su propio sistema,
Dark Star, donde pinchaba en los años setenta. Ha
escrito sobre música para diversas revistas y
periódicos, como NME, Black Music
Magazine, The Guardian, Q, Mojo
Blues & Soul, The Observer y The
Independent. Es autor de Sounds Like
London (2013), una historia de la música
negra de Londres, y fue productor asociado de la
serie Reggae: The Story of Jamaican Music
para la BBC2.
LO QUE HAN DICHO LOS MEDIOS
«La
primera historia exhaustiva de todos los aspectos
del reggae [y] podría tratarse del último autor
que ha hablado con los personajes de la primera
etapa... Bradley no deja piedra por remover en una
chispeante montaña rusa de crímenes, estafas de
grandes sellos, paranoia marihuanera y racismo,
culminando con el deseo de Luciano de que regresen
las buenas canciones y los buenos cantantes. Y si
en algún momento se menciona a UB40, yo no me he
enterado. ¿No basta todo esto para recomendarlo?»
Mojo.
«Fascinante... escrito con pasión, estilo y gusto.
Es un libro que les vendría muy bien a muchos
músicos.» Jah Wobble, Independent on Sunday.
«Una irresistible historia musical y social que se
mueve entre las raíces en los sound systems de los
cincuenta y el dancehall contemporáneo...
Rebosante de anécdotas que harán las delicias de
los aficionados a la música.» Face.
«Un clásico... Desternillante por momentos, a
ratos salpicado de comentarios sobre la historia y
la sociedad jamaicana, es un relato revelador que
describe al detalle cómo surgió el reggae en
Jamaica y cómo se convirtió en un fenómeno
mundial.» New Nation
«Cuando
se habla del tsunami provocado por el desplome de los fondos
monetarios, de la sequía crediticia o de la fuerza del huracán
financiero, se nos están presentando fenómenos propiamente
económicos como si fueran fuerzas desatadas de la naturaleza. El
primer efecto retórico consiste en anular toda responsabilidad por
la crisis. Nadie es responsable de los tsunamis o las sequías, luego
nadie es responsable de la crisis. Una vez construida así la
irresponsabilidad particular, queda el terreno abonado para
declararnos responsables a todos en general: ahora resulta que quien
no consuma lo suficiente, contribuye a ahondar la crisis. Un segundo
efecto esinyectar miedo y resignación ante lo que se construye como
inevitable y universal. Nadie puede escapar a las leyes de la
economía, del mismo modo en que nadie escapa a la ley de la
gravedad.
Luego
está, como bien apuntas, lo que estas metáforas impiden ver. Si los
fenómenos económicos son naturales, dado que naturaleza –como
madre– no hay más que una (la naturaleza), tampoco puede haber más
que una economía: la economía. Cualquier alternativa (ya sea en
términos de otros modelos económicos, ya en términos de
deseconomizar tantas facetas de la vida como nos han economizado:
capital humano, coste de la vida, etc.) no puede ser sino un dislate,
una quimera o ganas de hacer el ridículo. Como decía Vargas Llosa,
quien se oponga a las leyes de la economía, que se tire por la
ventana y verá si funciona o no la gravedad. Lo curioso es que si en
el novelista esa analogía trasluce ideología descarada, en el
bombardeo de metáforas como las anteriores por la prensa salmón es
el propio discurso de los expertos el que se revela intrínsecamente
ideológico. Si se leen los razonamientos económicos como argumentos
novelísticos o como poesía (aunque sea poesía de madera), tanta
«expertez» resulta un puro despropósito.
Os adelantamos aquí la primera reseña aparecida de la película sobre el activista chicano, César Chávez (uno de los héroes e inspiradores de Óscar Zeta Acosta), estrenada ayer (28/03/2014) en Estados Unidos.
Convertido desde hace ya buen tiempo en una leyenda del activismo latino en los Estados Unidos, César Chávez
es un sujeto de la vida real que ocupa cierto lugar en las enseñanzas
impartidas dentro de las escuelas del Sur de California, que le ha dado
nombre a una de las más conocidas avenidas de Los Angeles y que merecía
tener una cinta que contara su historia, porque el conocimiento que se
tiene de él suele ser demasiado impreciso.
Como se trataba de un chicano que
vivió y desarrolló toda su labor en el Estado Dorado, parecía natural
que el encargo fuera tomado por un cineasta del mismo origen; sin
embargo, por una razón u otra, el proyecto terminó en manos de Diego Luna,
un mexicano del DF que se ha hecho básicamente conocido como actor (su
papel en "Y tu mamá también" es todavía recordado), pero que, antes de
esto, había dirigido dos largometrajes: "J.C. Chávez" (2007) y "Abel"
(2010).
Pese a la coincidencia de apellidos
con el nuevo estreno, "J.C. Chávez" era un documental sobre un boxeador
mexicano que, por su naturaleza misma, no garantizaba que Luna estuviera
capacitado para encargarse de un título con un guión dramático; pero
"Abel" sí era un filme narrativo, y además uno que, en medio de su
carácter íntimo e inusual (trataba sobre un niño con desarreglos
mentales que asumía el papel del padre ausente dentro de una familia),
funcionaba perfectamente, lo que daba grandes esperanzas sobre la buena
fortuna del nuevo proyecto.
Sin embargo, a diferencia de "Abel",
el Chávez méxico-americano existió realmente, y su historia, al menos
del modo en que está planteada, requería de una perspectiva muy
distinta, tanto en el plano colectivo como en el del manejo de la
información. Lamentablemente, las ambiciones del relato se salen del
alcance de Luna, pese a que parece tener el corazón en el lugar
correcto, que sus intenciones son las mejores y que no incurre nunca en
sensiblerías excesivas. En este punto, es importante señalar que, a
diferencia de "Abel", donde el mismo Luna coescribió el guión, el de
esta cinta se encuentra adjudicado a los anglosajones Keir Pearson ("Hotel Rwanda") y Timothy J. Sexton ("Children of Men").
Pese a que "César Chávez" no es un
recuento completo de la vida de su protagonista -lo que resulta una
decisión adecuada-, lo que se ve en ella da la impresión de ser un
resumen apretado del periodo que se recrea, es decir, el de la revuelta
de fines de los '60. Desde el inicio, nos sentimos como si hubiéramos
entrado a la sala con la película empezada, porque los personajes se
encuentran ya completamente metidos en lo suyo y los hechos se van
sucediendo de manera vertiginosa, sin darnos la impresión de que los
conocemos ni de que entendemos sus motivaciones.
La cinta no deja de transmitir de
manera adecuada, sin histrionismos innecesarios, la relevancia social
del icono, plasmada en una estrategia de no violencia y en un ingenioso
boicot contra los poderosos (en este caso, los empresarios agrícolas)
que dieron como resultado cambios sustanciales para los campesinos
hispanos de la región; pero, quizás en el intento de no caer en la
cursilería, Luna hace que todo se vuelva demasiado frío y mecánico como
para resultar emocionante, una característica que es esencial para que
el espectador sienta realmente empatía por estos militantes.
No ayuda tampoco que los pesares de
los campesinos no sean mostrados de modo contundente ni que los
adversarios anglosajones de esta justa causa sean presentados de manera
tan acartonada, casi como villanos de caricatura, sobre todo en el caso
del jefe de policía Galen (Michael Cudlitz). Nos agrada
la comparación con el detestable Sheriff Arpaio del presente, claro,
pero lo cierto es que "César Chávez" es una película demasiado solemne y
seria como para que esa clase de detalles sean interpretados como
elementos de comedia (a diferencia de "Abel", que en un primer nivel
podía ser visto como un drama y hasta un melodrama, pero a que a
nosotros nos supo a comedia negra).
En el área de los antagonistas, el que sale mejor librado es el empresario Bogdanovitch, interpretado por John Malkovich,
también productor del filme. Esta es una figura ficticia que representa
a los ejecutivos de la uva y que, en los dominios del gran actor, no
luce como un villano despiadado, sino como un tipo que también pasó por
momentos duros (es igualmente descendiente de inmigrantes, aunque del
Este de Europa) antes de volverse rico.
Lo más grave se da en el plano
histórico, porque la falta de profundidad del relato -curiosamente
detallista en la reconstrucción de los discursos y las reuniones
políticas- se hace evidente en la casi completa omisión de la polémica
más grande alrededor de Chávez: su supuesta colaboración con agentes de
inmigración para deportar a los nuevos inmigrantes indocumentados, que
llegaban aparentemente a los campos traídos por los empresarios mientras
que los trabajadores que ya habían estado ahí (muchos de ellos
igualmente sin "papeles") andaban metidos en una huelga para reclamar
por sus derechos.
Se trata de un tema complejo que no
debería condenar toda la labor que realizó el activista, pero sí de uno
que ha preocupado a muchos estudiosos a lo largo de los años, y que el
filme de Luna no se interesa en atender más que de pasada. De ese modo,
su visión del líder termina siendo demasiado idealista, marcada además
por una impronta católica -realmente proveniente de la persona en
cuestión- que no deja de tener paralelos con la historia de Cristo.
Michael Peña, quien
hace de Chávez, es un actor sumamente talentoso al que se ha visto en
papeles tan impresionantes como los de "Crash" y "End of Watch"; pero
aquí, no tiene oportunidad de imprimirle demasiada pasión al
representado, pese a que él mismo creció en medio de una situación
semejante. No le va mejor a sus compañeros (la participación de Rosario Dawson como la eterna activista Dolores Huerta es mínima), con la excepción de la fenomenal America Ferrera, quien, en la piel de la fiera esposa de Chávez, Helen, protagoniza al menos una escena de rebeldía absolutamente convincente.
"César Chávez" representó sin duda un
esfuerzo enorme para Luna y sus allegados, y su mensaje es absolutamente
relevante en momentos en que el drama de los indocumentados se agudiza.
Además, técnicamente, está muy bien realizada, y tanto su ambientación
de época (en lugar de California, se filmó en Hermosillo y en Sonora,
dentro de México, ya que los territorios originales habían cambiado
mucho) como la caracterización inicial de los personajes (es decir, la
que se relaciona a sus modos de lucir y de hablar) son de lo más
convincentes. Hay que verla, sin duda, y nos interesaría darle una
segunda oportunidad; pero la primera nos dejó con la idea de que la
marcha se quedó a mitad de camino. Y no somos de los que rompen huelgas.
«La
Cultura de la Transición es algo más parecido a lo que dice el malo
de Matrix al chico de Matrix: "Sois humanos, imperfectos y vuestro
olor me da naúseas."»
El endurecimiento policial de los Estados en los últimos años solamente prueba que las sociedades occidentales han perdido toda fuerza de agregación; no hacen más que gestionar su ineluctable descomposición. Es decir, esencialmente, impedir toda reagregación, pulverizar todo lo que emerge. Todo lo que deserte. Todo lo que rompa con lo establecido. Pero poco importa. El estado de ruina interior de estas sociedades muestra un número creciente de grietas. El continuo reestablecimiento de las apariencias nada puede hacer al respecto: más allá se forman mundos. En okupaciones, comunas, grupúsculos, barrios que intentan escapar a la desolación capitalista. La mayoría de las veces estas tentativas abortan o mueren de autarquía, incapaces de establecer los contactos, las solidaridades apropiadas. Incapaces también de percibirse como parte activa en la guerra civil mundial. Pero todas estas reagregaciones no son apenas nada comparadas con el deseo masivo, el deseo siempre pospuesto, de dejarlo todo. De partir. En diez años, entre dos censos, cien mil personas han desaparecido en Gran Bretaña. Han cogido un camión, un billete, han tomado ácidos o se han ido al monte. Se han desafiliado. Han partido. Nosotros habríamos deseado, en nuestra desafiliación, tener un lugar al que llegar, un partido que tomar, una dirección que seguir. Muchos que parten se pierden. Y no llegan jamás. Nuestra estrategia es pues la siguiente: establecer aquí y ahora un conjunto de focos de deserción, de polos de secesión, de puntos de reunión. Para los que se fugan. Para los que parten. Un conjunto de lugares donde sustraerse al imperio de una civilización que camina hacia el precipicio.
Se trata de darse los medios, encontrar la escala en la que puedan resolverse una serie de cuestiones que, planteadas individualmente, nos sumen en la depresión. ¿Cómo deshacerse de las dependencias que nos debilitan? ¿Cómo organizarse para dejar de trabajar? ¿Cómo establecerse fuera de la toxicidad de las metrópolis sin, por otro lado, “irse al campo”? ¿Cómo detener las centrales nucleares? ¿Cómo hacer para no verse forzado a recurrir al triturador psiquiátrico cuando un amigo se vuelve loco, ni a los medicamentos burdos de la medicina mecanicista cuando se pone enfermo? ¿Cómo vivir juntos sin aplastarse mutuamente? ¿Cómo acoger la muerte de un camarada? ¿Cómo arruinar al imperio? El llamamiento que precede a la insurrección que viene y otros textos radicales de la constelación TIQQUN-COMITÉ INVISIBLE
Inauguramos con esta entrada una serie dedicada a la literatura chicana con el objeto de contextualizar y situar la obra del nuevo autor de nuestro catálogo, Óscar Zeta Acosta. Una literatura muy rica que, lamentablemente, en nuestro país, salvo por el caso de la exitosa Sandra Cisneros, publicada por Seix Barral y en su día por Ediciones B, apenas ha tenido resonancia editorial.
Jimmy Santiago Baca
Y comenzamos por nuestro autor chicano favorito: Jimmy Santiago Baca, extraordinario poeta nacido en Santa Fe, Nuevo México. Sus padres lo abandonaron a la edad de dos años y vivió con su abuela
antes de ingresar en un orfanato, de donde se fugó a la edad de trece
años. A los veintiún años fue condenado a cinco años en una prisión de
máxima seguridad por problemas con las drogas. En la prisión aprendió a
leer y escribir y comenzó a componer poesía. Además de varias novelas y colecciones poéticas, Baca escribió el guión para la película de Taylor Hackford, Blood in Blood Out, que fue distribuida por Hollywood Pictures en 1993 y que narra la historia de tres primos, Miklo (Damian Chapa), Cruz (Jesse Borrego) y Paco (Benjamin Bratt), que crecen como hermanos en medio de la violencia de las bandas del este de Los Ángeles (barrio en el que Óscar Zeta Acosta centró su militancia, como relata en La revueta del Pueblo Cucaracha).
De la película Blood In Blood Out
En España Alfaguara publicó en 2002, con traducción de Manu Berástegui, su impresionante libro de memorias En suelo firme, que ganó el Premio Internacional en la Feria de Frankfurt del 2001.
De esta obra hemos seleccionado dos textos. En el primero de ellos se refiere a lo que para él fue ser chicano (y activista) en California, y en el segundo, que publicaremos en un próximo cuelgue, cuenta el momento crucial en que durante su estancia en la cárcel comenzó a ser consciente del valor de su herencia chicana.
I
"[...] Ser chicano en California molaba. Todo el mundo escuchaba y bailaba la música de grupos como Santana o Los Lobos, que cantaban sobre nuestra cultura indio mexicana, y a mí me encantaba, a pesar de que no sabía mucho de mis propias raíces. El activismo político chicano flotaba en el aire y yo tenía un punto de resentimiento que las chicas atribuían a mi inexistente actividad contracultural. Fuera lo que fuese, ellas querían descubrir mi secreto, qué herida se ocultaba detrás de mi reflexivo silencio y mi sonrisa tímida. La mayoría eran chicas blancas a punto de ir a la universidad o que ya la habían dejado. Les parecía genial que yo estuviera trabajando y que me las arreglara solo. Yo les decía que, si pudiera, me encantaría ir a la universidad y, acto seguido, les largaba alguna frase altisonante sobre lo difícil que es la vida cuando naces con la piel tostada. Por lo general, Marcos escuchaba mi perorata mientras se fumaba un canuto y hojeaba un ejemplar de la revista Mecánica Popular, empapándose de mis arengas activistas, que acababan con las chicas rodando en mis brazos por la hierba de delante de nuestro apartamento playero, nuestros cuerpos entrelazados, besandonos y abrazándonos [...]".