No deje a su hija cerca del gimnasio (sobre "Cuerpo" de Harry Crews)

CRÍTICA DE LA OBRA “CUERPO” DE HARRY CREWS

por Fay Weldon, publicada en el New York Times el 9 de septiembre de 1990.

(traducción: Javier Lucini)

No deje a su hija cerca del gimnasio, señora Worthington, o, como Shereel Dupont, la heroína de la nueva y eléctrica novela del señor Crews, “Cuerpo”, jamás regresará. Y de hacerlo, ya no será como la dulce cosita joven y rolliza que tan bien conocía y amaba, sino, tal y como se dice en el libro, y se dice muy bien, como “una chica de puro músculo resplandeciente”. ¿Ve? Ahí va su hija, ¡ya se marcha! Tirando de pesas como Shereel para hacer realidad el sueño impecable de la androginia. Demasiado flaca para tener el período menstrual. ¡Una Narcisa triunfante! ¡Una exultante anoréxica! Y ni por un momento, tal es la habilidad de este escritor tan masculino, tal la energía de marcha moderada de su escritura, he dudado del derecho del señor Crews a valerse de tanta intimidad con sus personajes femeninos.

Y no es que esta energía exista en virtud de la dureza del lenguaje, expletivo o incidental, aunque éste abunde. Al contrario, me da la impresión de que procede de una fuente mucho más formal y respetable: del mero hecho de que haya tanto que decir y tan pocas páginas para hacerlo y a uno no le quede más remedio, por tanto, que enroscarse como un muelle con el lenguaje. Pocos escritores son capaces de esto. Bien por usted, señor Crews, como se suele decir en Australia: ¡a por ello!

En el mundo de la competición del Miss Cosmos, el sexo se utiliza para perder peso, la comida como combustible, los otros como rivales, el amor para la explotación, la familia para abandonarla; tu propio yo está ahí para ser transformado en otra cosa. Derrotar a las demás se convierte en algo muchísimo más importante que simplemente ganar y como te cerca la obsesión y el mundo se hace cada vez más pequeño (y nadie parece tener las suficientes neuronas como para arrojar algo de luz sobre toda esta locura), al final se masca la más salvaje y oscura tragedia. “Cuerpo” es un libro duro, ágil y brillante. Sólo espero que el mundo que describe sea menos terrible en la carne, o en la ausencia de ésta, que sobre la página.

Shereel Dupont nació con el nombre de Dorothy Turnipseed en el seno de una familia de enormes proporciones físicas y vitalidad homicida en lo más rústico del estado sureño de Georgia, una gente que la ama, que está muy orgullosa de ella y que quiere poseerla y protegerla, como haría cualquier familia ordinaria. La historia de cómo los Turnipseed se abren camino, causando estragos, a través de las filas delicadamente afinadas y narcisistas de los reunidos en el Hotel Blue Flamingo de Miami Beach para asistir a las competiciones de Mr y Miss Cosmos, conforma el algo precario corazón cómico de la novela (señor Crews, a veces recarga demasiado las tintas, ¿por qué Turnipseed?; ha ido demasiado lejos; en ocasiones podía no pasarse tanto y ser un poco más agudo). La lucha de Shereel entre el amor y el honor procura el perfecto y tierno desarrollo del libro; la tensión del ganará-o-no-ganará, creciendo página a página, dota de músculo, nervio y fervor a toda la obra. Pero es la habilidad de Harry Crews a la hora de describir la existencia física, la sensación corporal, lo que más impresiona. Estos hombres lampiños y venosos viven muertos de hambre, al igual que las mujeres, no “tienen grasa corporal, su piel es diáfana, sus movimientos lánguidos y deliberados, sus muros abdominales coronados por hileras de músculo tan afiladamente definidos que parecen irreales, las locas figuraciones de un artista loco”. (Y no piensen que la repetición de “loco” se debe a un descuido del señor Crews: si lo dice dos veces es que hay que decirlo dos veces. Si lo intentas con una sola vez no funciona, ¿de acuerdo?). El extenso pasaje central en el que Bill Bateman, “El Murciélago”, contando los días que quedan para la competición, viviendo de una lata de atún de 150gm con un limón exprimido, un paquete de vitaminas y tres palitos de apio al día, convoca sus fuerzas para hacer el amor con la vasta y carnosa Earline, la hermana pequeña de Shereel, cada difícil movimiento emocional con su grotesca respuesta física tan generosa y apreciativamente descrito, viene a constituir una pieza maestra de erótica que podría ser estudiada en los talleres de escritura de todo el país (aunque quizá no en los estados del Cinturón Bíblico). Con todo lo duro, contundente, malhablado, rudo y ocasionalmente sobre-adjetivado que pueda llegar a ser, hay que decir que su habilidad es innegable, la compasión de su corazón y su estimulante agudeza:

“Ella sintió que el cálido desvanecimiento se apoderaba de nuevo de su corazón, la sangre parecía abandonarle el cerebro y se mareó con aquel último dulce muchachita sonando y canturreando en algún lugar situado en la zona posterior de su ardiente y palpitante pelvis. En menos de cuatro minutos, Billy Murciélago le había llamado dulce muchachita más veces de las que ella había podido oír en boca de cualquiera a lo largo de toda su vida.

Y cuando sus ojos se volvieron a centrar en la maleta, donde podía distinguir claramente el bulto de la caja de bombones bajo la cumbre de capas de ropa, cuando sus ojos volvieron a detenerse allí, en esta ocasión no pudo desviarlos. Dulce niño Jesús, todo su cuerpo sonaba y canturreaba, palpitaba y vibraba, y si no podía hacerse con un buen puñado de bombones para apaciguar su sangre cuanto antes, no podría responsabilizarse de sus actos y lo sabía, sabía que era más que capaz de arrojarse sobre Billy Murciélago y devorarlo como si se tratara de un bombón si no conseguía hacerse con un buen puñado de los auténticos”.

Ésta es la décimosegunda novela de Harry Crews. Sospecho que a lo largo de la década de los noventa irá ganándose cada vez más el respeto de los círculos literarios establecidos. A medida que nos aproximamos al fin del milenio, lo aberrante, lo desviado, lo desesperado, lo asesino y lo suicida se ha vuelto suficientemente normal. Y necesitamos que nuestros escritores le den sentido a todo esto.

Gracias, señor Crews.

ESTAR CATARÓNICO

“En ese momento un enorme hombre lampiño y repleto de venas situado, en diagonal, al otro lado de la piscina, se colocó de frente, se dejó caer sobre una rodilla y apoyó los puños contra la parte inferior de su cintura en una pose de expansión dorsal. Lentamente, grandes y gruesas alas de músculo comenzaron a brotarle desde las caderas a las axilas y continuaron emergiendo hasta dar la impresión de que la parte superior de su cuerpo iba a explotar. Sus ojos parecían vidriosos, distantes, concentrados en algo que sólo él podía ver. Las primeras venas aparecieron y permanecieron en su frente, luego en el cuello y finalmente por los hombros y los brazos, venas como gusanos que de repente hubieran cobrado vida. Parecía que había dejado de respirar. Los demás desviaron la mirada de Alphonse y su familia para contemplarle. Se quedaron quietos, como si también ellos hubieran dejado de respirar.

[...]


–Necesita un cable –dijo Earline–. Se va a quedar catarónico.

–Catarónico –dijo Clavo–. No sé mucho de esas vainas.

–Tampoco tiés un diploma en Problemas Cotidianos.

–En algo tenía que tener suerte –dijo Clavo.

–No me aturulles en un momento así, Clavo –le respondió ella–. Creo que estamos ante una crisis crítica.

–Yo no me metío en ninguna crisis –dijo Motor–, ni en el agua me metío”.




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