HARRY CREWS: LO QUE SÉ DE NOSOTROS DOS

Os anticipamos el fantástico prólogo de Jesús Llorente al libro CUERPO, en el que nos revela cómo llegó a saber de la existencia de Harry Crews, a través de la música.

HARRY CREWS: LO QUE SÉ DE NOSOTROS DOS

Conocí a Harry Crews en el verano de 1994, un verano en el que mi vida estaba en transición, aunque no estaba seguro de adónde ni hacia qué. Al principio Harry fue para mí tan solo un grupo musical en el que militaba Kim Gordon, cuya banda principal, Sonic Youth, abanderada del rock ruidoso norteamericano desde 1982, vivía un momento dulce tras publicar clásicos como Sister o Daydream Nation. Del mismo modo, Kim Gordon (y todos sus compañeros en Sonic Youth, Thurston Moore, Steve Shelley y Lee Ranaldo, a quien con el paso del tiempo terminamos editando un libro de poemas en Acuarela) era para mí una referencia de altura musical y emocional, un blog de lectura obligada de cuando no había blogs y los links iban de boca en boca, cuando no de mano en mano.

Harry Crews fue fundado en realidad por Kim y por la reina del underground Lydia Lunch (Teenage Jesus & The Jerks, 8 Eyed Spy, Big Sexy Noise) junto a Sadie Mae, también conocida como Lisa Timocich. Jamás grabaron un disco de estudio y el único que publicaron es una presentación en vivo en la que también participa Pat Place (The Contortions) como guitarrista, una recopilación en directo extraída de actuaciones en salas del Reino Unido y Austria.

Con un sonido crudo y desnudo que te llegaba a los tobillos, a la cabeza, al pecho y al estómago, como debía ser la música en aquellos momentos, al menos la música que yo quería que me sacudiera por dentro. Conocí a Harry Crews antes de que supiera que era un escritor personalísimo, intenso, original y despiadadamente bueno. Durante aquel verano de 1994 pasé unas semanas sintiéndome el chico más punk de las zonas residenciales de Demarest, un pueblo a las afueras de New Jersey, célebre porque en él vivía Lucius Walker, pastor baptista conocido
por su oposición al embargo de los USA a Cuba, fallecido el año pasado. Transcurrían mis horas más muertas que vivas escuchando en una casete las 12 canciones de su único álbum, titulado Naked in Garden Hills, un fragoroso y farragoso compendio de hardcore, rock, no wave, trash metal que me contagiaba ganas de existir, de sobrevivir en este mundo, por gris y siniestro y sin esperanza que fuese aquel mundo mío.

Mi inglés no era lo suficientemente bueno como para comprender cuál era el motivo central del elepé, el epicentro de tanta rabia, tanto desgarro físico, casi sexual, y solo cuando pasé un par de días en Nueva York justo antes de volver a España pude descubrir lo que escondía aquella música misteriosa y voraz. En una tienda vi el disco en vinilo, con una portada en la que salían las tres protagonistas del proyecto en forma de ilustración-collage bastante cutre, y una contraportada en la que pude ver por primera vez la cara de Harry Crews. Del Harry Crews escritor.

En realidad composiciones como “Car”, “The Knockout Artist” o “The Gospel Singer” tomaban su nombre de diferentes novelas de Harry Crews. El título del disco también hace referencia a otra novela suya. “Bringing Me Down” trata sobre un festival (o convención, pero quiero evitar esa palabra) de serpientes, un tema que Crews había abordado en A Feast of Snakes. Y la cara A comienza con “About The Author”, en el que Lydia Lunch recita en primera persona, como si fuera el Harry Crews de carne y hueso, la historia de su vida hasta entonces. Era, como si dijésemos, la primera noticia que yo tenía de él. Y era a través de una cantante, en un disco llamado como el novelista que yo todavía no había leído, en una pieza en la que ella se mete bajo su piel en una especie de spoken word ruidoso, experimental, tremendo, primitivo.

Fue entonces cuando me hice con dos de sus novelas en una librería de St. Marks Place. Y luego con otras dos, horas después. Finalmente me gasté casi todo mi presupuesto del viaje en dos volúmenes más, uno de ellos su autobiografía. Pasé una eternidad en el aeropuerto sin poder comprar comida ni bebida y bebiendo agua del lavabo de uno de los baños. Pero yo tenía 22 años y cuando no podía comer nada me daba por pensar que podía comerme el mundo. Leí y leí y leí alimentándome por dentro como se alimenta un enamorado o un loco. Y luego en el avión seguí leyendo. Y parte de esta historia se detiene aquí.

Sí, aquí, en otra contraportada. La de Body (ahora Cuerpo).

En ella —en la solapa en esta edición— Harry Crews parece desafiar al lector, al editor, a su agente literario, si es que lo tenía, al propio fotógrafo. Somos víctimas de nuestros rostros, de la configuración de nuestras facciones. Y Crews tiene el tipo de cara que cuando entra en un banco los seguratas se llevan la mano a sus pistolas. Si la cara es el espejo del alma, lo primero que sabemos es que Harry no es un vampiro. En su cara hay un mapa del tesoro no encontrado. Hay el ceño fruncido de mil lectoras de manos que no encuentran la línea de la vida de nadie en absoluto. Hay meandros, cunetas, muescas, dentelladas.

Desde su primera novela, The Gospel Singer (De próxima publicación en Acuarela Libros & A. Machado), se puede comprobar la evolución de Harry Crews gracias a sus fotos en la contraportada o las solapas. Mostrando su tatuaje. Con gafas de sol. Con bigote. Con cresta. Rapado. Con la cara desencajada. El rictus torcido. Casi siempre intimidatorio. A veces pidiendo perdón por ser él. Todo escritor sabe que la verdad está en la ficción, pero también que su carácter es su destino. Y si hay en el mundo una cara a la que de ninguna manera se le puede hablar de tú esa es la de Harry Crews.

Pero, ¿qué sabemos de él?

Sus padres eran aparceros y Harry nació el 7 de junio de 1935 en Bacon County, Georgia.
Su padre murió de un ataque al corazón cuando él tenía 21 meses.
Su madre trabajó durante décadas en una fábrica de puros.
Sirvió como marine durante la guerra de Corea.
Se divorció dos veces de su primera esposa.
Durante su primer año en el ejército fue campeón de los pesos ligeros en su regimiento.
Le han roto la nariz al menos seis veces.
Ha practicado karate durante 27 años.
Su primer hijo murió ahogado en la piscina de un vecino.
Ha entrenado halcones. Le gusta la cetrería.
Tiene un tatuaje en el brazo derecho con la frase “How do you like your blue eyed boy, Mr. Death” bajo una calavera. Es un verso de e.e. cummings.
Ha bebido mucho y se ha drogado lo suficiente.
Hasta los 47 no tuvo su primera resaca.
Admite no ser una persona divertida.
La gente no se sienta a su alrededor ni se ríe con sus ocurrencias.
Él mismo se ríe bastante poco.
Todo su humor se encuentra en sus libros.
Se ha metido en innumerables peleas, incluso recientemente.
Harry Crews está enfermo (aunque lleva años diciendo que lo está).
Su última novela se llama The Wrong Affair, todavía sin terminar.
Él mismo no sabe si le quedará tiempo para terminarla.
Al escribir sobre nosotros mismos nos pasa como cuando le damos la vuelta al teclado del ordenador. Sobre la mesa aparecen uñas mordidas, trozos de piel, comida, polvo acumulado, restos de chucherías y otras cosas innombrables. Normalmente recogemos los trofeos y los mandamos a la papelera con cara de asco. Pero no Harry Crews. Él escribe sobre sí mismo, todo lo que sabe del mundo lo sabe porque lo ha escrito, y a veces leído. No es uno de esos autores que primero asestan heroicos puñetazos a las mesas de los cafés y luego comienzan a dar gritos porque se han hecho daño. Tal y como él mismo confiesa: “Si no lo he hecho, no puedo escribir sobre ello. Si no me he metido en ese asunto, olido, saboreado, enfangado en ello –en el argumentono puedo decir nada. Algunos pueden, y lo hacen fenomenal. Pero yo no, radicalmente no”.

Es curioso cómo llegué hasta Harry Crews, y sorprendente el modo en el que él ha llegado a mí 17 años después. Body ha sido traducido y yo tengo algo que ver con ello... Y aunque cualquiera que haya vivido una pasión con cierta intensidad sabe que simultáneamente tiene que ir aprendiendo a conformarse con mucho menos, percibo la misma emoción que cuando descubrí a Harry (a ambos). Y es como si esa emoción siempre hubiese estado aquí, electrificada, inmóvil, como una minúscula entre paréntesis. Como si aquel que fui yo hubiese vuelto para decirme que todo aquello que sentí –por aquella música, por aquellas palabras, por la prosa de este hombre– estaba bien, que no me había equivocado por mucho que fuese experto en descubrir las cosas importantes de esta vida casi por accidente, de oídas, a tientas. Intentando filtrar en mi cabeza todo lo que llegaba hasta mí con el mejor colador posible y la voluntad de ser bueno con todo el mundo siempre y en toda ocasión, con sólo algunas notables excepciones.
22 marzo 2011

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