Continuamos con las joyas audiovisuales sobre los yippies que han subtitulado en castellano nuestros amigos de Guerrilla Translation.
En este knockout audiovisual de apenas 30 segundos, el infaliblemente
escandaloso Jerry Rubin espanta a todo un contingente de reporteros
acartonados con sus teorías sobre sobacos, acicalado social y la
revolución juvenil.
Más info sobre los yippies:
Los yippies (Acuarela Libros)
Yippie! Una pasada de revolución (Abbie Hoffman)
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Jerry Rubin vs. el desodorante
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on lunes, 17 de febrero de 2014
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Jerry Rubin, la yerba y los Panteras Negras
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on lunes, 10 de febrero de 2014
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Continuamos con las joyas audiovisuales sobre los yippies que han subtitulado en castellano nuestros amigos de Guerrilla Translation
En este segundo round, el risueño y letal Jerry Rubin entabla un constructivo y entrañable " tête-à-tête" con Dorothy Fuldheim, presentadora de un programa marujil estadounidense. Entre otras cosas hablan del sexo libre, de la pasma, por qué la yerba es mejor que el alcohol y Jerry farda de sus amistades entre las Panteras Negras.
Más info sobre los yippies:
Los yippies (Acuarela Libros)
Yippie! Una pasada de revolución (Abbie Hoffman)
En este segundo round, el risueño y letal Jerry Rubin entabla un constructivo y entrañable " tête-à-tête" con Dorothy Fuldheim, presentadora de un programa marujil estadounidense. Entre otras cosas hablan del sexo libre, de la pasma, por qué la yerba es mejor que el alcohol y Jerry farda de sus amistades entre las Panteras Negras.
Más info sobre los yippies:
Los yippies (Acuarela Libros)
Yippie! Una pasada de revolución (Abbie Hoffman)
Los yippies acribillan con pistolas de agua
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on lunes, 3 de febrero de 2014
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Tenemos la suerte de ofreceros, como parte de la filmografía yippie, una serie de documentos audiovisuales para los que nuestros amigos de Guerrilla Translation se han currado los subtítulos en castellano.
En el primero, el periodista David Frost "intenta" entrevistar a Jerry Rubin mientras que un desastrosamente camuflado contingente de Yippies infiltrados -entre ellos Mick Farren y Felix Dennis- se autoinvitan al diálogo con Frost, y, de paso, le acribillan con pistolas de agua... Épico.
Más info sobre los yippies:
Los yippies (Acuarela Libros)
Yippie! Una pasada de revolución (Abbie Hoffman)
En el primero, el periodista David Frost "intenta" entrevistar a Jerry Rubin mientras que un desastrosamente camuflado contingente de Yippies infiltrados -entre ellos Mick Farren y Felix Dennis- se autoinvitan al diálogo con Frost, y, de paso, le acribillan con pistolas de agua... Épico.
Más info sobre los yippies:
Los yippies (Acuarela Libros)
Yippie! Una pasada de revolución (Abbie Hoffman)
Hablemos de quemar billetes
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on sábado, 18 de enero de 2014
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(Artículo publicado en Diagonal por Ramón Calandria)
“No se trata del dinero, se trata de enviar un mensaje”. El Joker despacha, gasolina mediante, una montaña de millones de dólares delante de un mafioso en El caballero oscuro, la segunda parte del Batman de Christopher Nolan. ¿Cuál es el mensaje? En este caso sólo el Joker lo sabe, pero el medio –esa hoguera de papel moneda–, es lo suficientemente rotundo como para adivinar que se trata de algo que no solemos escuchar. La profanación del dios dinero, un incendio de la dinámica de producción y acumulación de riqueza.
La idea de Nolan estaba tomada de alguien, claro está. En 1967, Abbie Hoffman escribió en su manifiesto Yippie, una pasada de Revolución (Acuarela) sobre su célebre actuación en la Bolsa de Nueva York. Varios yippies que habían intentado entrar a la Bolsa, tiraron algunos billetes a la prensa, se besaron, mordieron los billetes. En un momento dado, Hoffman quemó un billete de cinco dólares. La acción, una más dentro de la revolución porque sí de los yippies, fue un preámbulo del hito de aquel grupo: el masivo escrache a la convención del partido demócrata en Chicago del año 68.
Llevar a cabo la fantasía iconoclasta de quemar billetes forma parte de una larga tradición estética ... (Sigue leyendo)
“No se trata del dinero, se trata de enviar un mensaje”. El Joker despacha, gasolina mediante, una montaña de millones de dólares delante de un mafioso en El caballero oscuro, la segunda parte del Batman de Christopher Nolan. ¿Cuál es el mensaje? En este caso sólo el Joker lo sabe, pero el medio –esa hoguera de papel moneda–, es lo suficientemente rotundo como para adivinar que se trata de algo que no solemos escuchar. La profanación del dios dinero, un incendio de la dinámica de producción y acumulación de riqueza.
La idea de Nolan estaba tomada de alguien, claro está. En 1967, Abbie Hoffman escribió en su manifiesto Yippie, una pasada de Revolución (Acuarela) sobre su célebre actuación en la Bolsa de Nueva York. Varios yippies que habían intentado entrar a la Bolsa, tiraron algunos billetes a la prensa, se besaron, mordieron los billetes. En un momento dado, Hoffman quemó un billete de cinco dólares. La acción, una más dentro de la revolución porque sí de los yippies, fue un preámbulo del hito de aquel grupo: el masivo escrache a la convención del partido demócrata en Chicago del año 68.
Llevar a cabo la fantasía iconoclasta de quemar billetes forma parte de una larga tradición estética ... (Sigue leyendo)
¿Realidad o mito yippie?
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on martes, 14 de enero de 2014
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Gracias a nuestro amigo lector GonzaloMaGar hemos dado con este auténtico filón sobre la contracultura estadounidense de los 60 y 70, una auténtica pasada. Entre los muchos materiales queremos empezar destacando esta entrevista con Abbie Hoffman publicada en el fanzine underground The East Village Other (en una entrada anterior ya incluimos algo de este fanzine underground con motivo de la conexión Abbie-Beatles).El caso es que nos llama la atención que en la entrevista se comenta que Yippie! Una pasada de revolución, el libro de Abbie que publicamos en español el año pasado (titulado Revolution for the Hell of It en inglés), había vendido en EE.UU. por aquel entonces (1971) la friolera de ¡¡¡800.000 copias!!!! ¿Realidad o mito yippie?
Nos parece raro, ya que nosotros ya llevamos más de 1 millón de copias... ¿Realidad o mito acuarelo?
Filmografía Yippies y Contracultura 60: Growing Up In America
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on sábado, 4 de enero de 2014
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Aquí tenéis Growing Up in America (1988, Morley Markson) un documental sobre el espíritu de los sesenta y sobre qué pasó con muchos de los hippies, los yippies y en general el mundo de la contracultura de los sesenta, con entrevistas a Allen Ginsberg, Jerry Rubin, Abbie Hoffman,
Fred Hampton, Deborah Johnson, John Sinclair, y Timothy Leary.Abbie Hoffman, Jerry Rubin: Un mensaje de despedida
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on viernes, 20 de diciembre de 2013
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| Hoffman y Rubin quemando dinero en Wall St.
Aquí tenéis la quinta y última parte del prólogo-epílogo de Amador Fernández-Savater a Yippie! Una pasada de revolución, de Abbie Hoffman, que hemos dividido en cinco partes.
|
LOS YIPPIES Y NOSOTROS, QUE LOS QUEREMOS TANTO (PARTE 5)
Un mensaje de despedida
Abbie, Jerry: os amamos. Pero no queremos acabar como vosotros, aunque
entendemos y sabemos valorar las razones que llevaron a cada uno a tomar
sus decisiones. Así que estamos aprendiendo a mirar nuestro mundo con
nuestros ojos y ya no con los vuestros. Madurar políticamente, le
decimos a eso. Es difícil, ¡sois una influencia demasiado fuerte,
demasiado épica, demasiado presente! Pero tenemos previsto hacernos más
pacientes que vosotros, más topos. Hoy todo se ha acelerado muchísimo,
pero las cosas importantes parecen suceder muy despacio, casi sin que
nos demos cuenta. Igual no hacemos tanto ruido como vosotros pero somos
más efectivos.
Vuestro mundo ya no es el nuestro. ¿Cómo explicároslo? Nuestro malestar ya no consiste en ese desgarro íntimo entre lo que soy y lo que puedo/quiero ser que vosotros llamabais alienación, sino en la dificultad para hacernos una vida y dotarla de una dimensión común. Todo tiende a la precariedad, a hacerse superfluo y volatilizarse, a la individualización y la banalidad. Por eso vuestro desafío no puede ser exactamente el nuestro. ¿Romper qué? Está todo muy roto por acá. En todo caso, romper para defender algo que estemos construyendo o para darle espacio... Sin otro mundo en el que hacer pie, nos preguntamos dónde plantarnos para decir NO.
Hay amigos que dicen que vuestro destino estaba cantado porque una política de la intensidad no se sostiene, nos agota, lo quema y devasta todo. Puede ser. Y sin embargo... no queremos otra. Pero ya no vamos a asociar la intensidad al gozo de lo excepcional, sino al esfuerzo permanente de construcción de sentido y vínculos en esta realidad estallada. Vosotros sabíais bien que una vida intensa pasa por una vida en conflicto. La diferencia tal vez es que nuestro enemigo se ha vuelto más abstracto y al mismo tiempo mucho más concreto: por un lado, esa disolución de todo que os mencionábamos y, por otro, nosotros mismos, nuestro miedo a cambiar, nuestro horror al vacío...
A menudo os echamos de menos. Envidiamos vuestra capacidad para tomaros la vida a la vez absolutamente en serio y completamente en broma. Nos gustaría hacernos más ligeros. Expulsar el miedo a equivocarnos. No ponérnoslo nunca fácil. Estar allí donde no se nos espera y emocionarnos con todo lo que hagamos. La izquierda sigue siendo esa cosa mortalmente aburrida que conocisteis, gobernable de tan previsible. Sin embargo, en los últimos años ha sucedido algo nuevo, rompedor e intenso en las calles, pero ¿sabéis qué? Lo ha protagonizado la gente normal y no politizada. No sé si lo entenderíais, pero al mismo tiempo ¡es muy yippie!
También hemos aprendido algunas cosas. Cuando necesitamos un héroe fabricamos uno virtual. Quizá nuestras fábulas no tienen la fuerza de vuestro ejemplo vivo, pero al menos no sacrificamos a nadie en la trituradora mediática. Ya estabais los dos muertos cuando apareció (allí en Amérika precisamente) un movimiento que dio vida a muchas de vuestras viejas astucias estratégicas. Los media lo llamaron movimiento antiglobalización. En él usamos vuestras herramientas, pero no nos fuimos a vivir en ellas, ¿entendéis la diferencia? Luego se vino todo abajo, se deshicieron muchas amistades y nos deprimimos bastante. Pero tampoco fue vuestra hecatombe. Quizá porque los tiempos han cambiado, quizá porque no pusimos toda la carne en el asador, quizá porque hemos aprendido a protegernos mejor. Ya nos parece oíros: «No pasa nada si uno no se atreve a volverse loco». Vale, pero el caso es que diez años más tarde de aquel movimiento aquí seguimos. Es más de lo que otros pueden decir, ¿eh, Jerry? Ya no anhelamos exactamente una vida política, sino que vida y política puedan contaminarse, interpelarse, enriquecerse mutuamente, pero sin llegar a fundirse.
No nos comparamos con vosotros, ni hacemos vuestro balance. No os juzgamos, ni os reprochamos nada. A ninguno de los dos. Solo nos apena una cosa: que sacrificaseis vuestra amistad en ese circo absurdo yippie vs yuppie. Una amistad que había sobrevivido hasta entonces a las rupturas políticas. ¿Merecía la pena? ¿No se llevó de nuevo el plano de la escena todo lo demás por delante? ¿Realmente es ahí donde se juega todo?
Aún tenemos mucho de qué hablar. Sigamos en
contacto.
Algunas referencias bibliográficas:
Jonah Raskin, For the hell of it:
the life and times of Abbie Hoffman, University of California
Press, 1996.
Jerry Rubin, Do it! (escenarios de
la revolución), Blackie Books, 2009 (reedición, 2013).
Jerry Rubin, We are everywhere,
Harper Colophon Books, 1971.
Jerry Rubin, Growing (up) at 37,
MW Books, 1976.
Larry Sloman, Steal this Dream.
Abbie Hoffman and the countercultural revolution in America,
Doubleday, 1998.
Abbie Hoffman, Woodstock Nation: a
talk-rock album, Random House, 1969.
Norman Mailer, Los ejércitos de la
noche, Anagrama, 2005.
Alice Gaillard, Diggers. Revolución
y contracultura en San Francisco (1966-1968), Pepitas de
Calabaza, 2010.
Allen Ginsberg, Spontaneus mind
(selected interviews: 1958-1996), Harper Collins Publishers,
2001.
Antonin Artaud, El teatro de la
crueldad, Edhasa, 1986.
Juan Gutiérrez, «La larga marcha de
la rebeldía a partir de mayo del 68»
(http://www.ustream.tv/recorded/355631).
Pierre Levy, Inteligencia colectiva:
por una antropología del ciberespacio, 2004, disponible en la
Red.
Judith Butler, Vida precaria. El
poder del duelo y la violencia, Paidós, 2006.
Sobre el concepto de «ficción»,
«Política literal y política literaria (sobre ficciones políticas
y 15-M)», Amador Fernández-Savater (se puede encontrar en la red,
en la página de eldiario.es)
Los yippies y el presente
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Acuarela
on viernes, 13 de diciembre de 2013
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Aquí tenéis la cuarta parte del prólogo-epílogo de Amador Fernández-Savater a Yippie! Una pasada de revolución, de Abbie Hoffman, que finalmente hemos dividido en cinco partes (en lugar de las cuatro anunciadas inicialmente).
Los yippies y nosotros, que los queremos tanto (Primera parte)
Segunda parte: "Los yippies en 9 palabras clave"
Tercera parte: "La caída yippie"
Cuarta parte: "Los yippies y el presente"
La guerra de los mundos
Primero fue el bombardeo, luego vino la
caída. Hicieron de su vida un desafío y lo pagaron caro. La
historia de los yippies nos fascina. Pero su desafío no puede ser el
nuestro. Ahora cambiamos de tono y registro para preguntarnos por qué
y exponer al gunas primeras intuiciones al respecto.
Hay un nivel en
el que podemos seguir pensando junto a nuestros héroes. Es el nivel
táctico. Los yippies nos legan un depósito perfectamente actual y
actualizable de formas de hacer, formas de decir y formas de estar.
De hecho, los movimientos políticos más creativos de los últimos
diez años lo han hecho suyo, aún sin conocerlo apenas. Una
visibilidad enigmática, la potencia abierta de un nombre-ficción,
el sinsentido que desafía el sentido establecido, ¿no han sido
ingredientes de esa fuerza anónima que se expresó en la consigna
Dinero Gratis, en el movimiento V de Vivienda o en el propio 15-M?
Los mitos que impulsan a la acción, las performances callejeras, los
rumores, los fakes y el humor que dice (sin decir) lo prohibido, ¿no
forman parte ya del repertorio de lo que se ha popularizado como
«guerrilla de la comunicación»? Seguir esta enumeración sería muy
fácil. En este sentido, lo más sorprendente es encontrar una
extrema condensación de enunciados y estrategias del futuro en un
pequeño punto de la galaxia contracultural amerikana, treinta años
antes del nacimiento del movimiento antiglobalización.
Pero a otro
nivel estas equivalencias y continuidades pueden funcionar como un
trampantojo. Porque la potencia de la política yippie no consistía
solo en un repertorio táctico de herramientas más o menos
originales o creativas, sino en la idea-fuerza que vehiculaba cada
una de ellas: la guerra entre mundos. Amérika y la sociedad
alternativa, el Festival de la Vida y la Convención de la Muerte, el
viejo mundo y el nuevo mundo, la sociedad oficial y las mil
experiencias comunitarias que proliferaban en sus márgenes.
Los
yippies se autoproclaman vanguardia del enfrentamiento entre mundos.
Una vanguardia delirante porque se opone mediante el absurdo a la
«racionalidad» de un sistema que baña a los niños vietnamitas en
napalm. Una vanguardia política, pero también estética, erótica o
sensible. Cada una de sus intervenciones busca dividir el mundo en
dos y trasladar la polarización al interior mismo de cada persona.
La guerra entre mundos se libra sobre todo en el desgarro más íntimo
entre lo que cada cual es y lo que quiere/puede ser. Los yippies
apuntan a esa contradicción y pretenden hacerla estallar sacudiendo
el deseo social mediante imágenes. Entre los dos mundos hay que
decidirse, porque la existencia de uno pasa por la total destrucción
del otro: lógica radical del antagonismo. Ellos mismos se convierten
(sobre todo Hoffman y Rubin) en imágenes vivas de la revolución
juvenil. Encarnan la ruptura de las formas alienadas de existencia,
la promesa de una vida intensa y liberada. Ni siquiera contestan a
las preguntas cuando les entrevistan en televisión, sino que
aprovechan para encenderse un porro, burlarse de los presentadores de
plástico, largarse un discurso incendiario, exhibir sus camisetas
multicolores o sus melenas imposibles. Representan, cada vez que
irrumpen en la esfera pública, la distancia irreductible entre los
dos mundos: locos, fumados, infantiles, violentos, carapintadas,
fieros, divertidos, sexys, radicales. Imágenes épicas, imágenes
muy puras, imágenes sin sombra: Abbie y Jerry quedarán atrapados en
ellas el resto de sus vidas.
Pero durante los años setenta el nuevo
mundo se hunde. Ya no hay palanca para volcar la sociedad oficial. La
derrota clava a los yippies en ese mundo que han peleado por
destruir. ¿Cómo vivir a partir de ahí? Las trayectorias de Abbie y
Jerry son dos respuestas distintas a esa pregunta. Abbie se niega a
aterrizar, la fidelidad a sí mismo pasa por insistir en el rechazo.
Pero, ¿desde dónde? Ya no hace pie en ningún sitio y se queda
colgado en el aire, entre la amargura y la melancolía. Por su lado,
Jerry se despolitiza y decide triunfar en ese mundo que se ha vuelto
único.
Podemos leer la historia de Abbie y Jerry como una metáfora
del impasse político en el que nos debatimos hoy: la alternativa
entre la fidelidad a una idea de desafío que ya no hace pie y la
adaptación a la realidad («lo que hay es lo que hay»). Ese impasse
se nos aparece hoy como inadecuación radical entre cuerpos y
palabras: cada cosa va por separado, sin apenas encontrarse. Los
cuerpos se rebelan sin recurrir apenas a ningún discurso, los
discursos críticos giran en torno a sí mismos sin tocar la
realidad, etc. Judith Butler explica que cuerpo y palabra se
desencuentran radicalmente en situaciones de dolor. Por ejemplo, ante
la muerte de un ser querido: no sabemos nombrar lo que sentimos, no
sabemos quiénes somos, entramos en crisis de palabras o repetimos
clichés de modo automático. Hoy, es la idea-fuerza de los dos
mundos lo que ha muerto. Basculamos entre la opción de Abbie y la de
Jerry, incapaces de elaborar positivamente el duelo y transformarnos.
Hacemos «como si» nada hubiera ocurrido y repetimos lenguajes
críticos de otros tiempos. O nos entregamos a la melancolía por la
desaparición del «acto» verdaderamente radical de corte y
separación que hoy se ha vuelto imposible, quizá simplemente porque
ya no tiene la base donde prender (sin la pólvora contracultural,
¿qué explosión podría haber organizado la mecha yippie?).
Políticas del mundo común
¿Se puede luchar sin alternativa
utópica en la que hacer palanca? ¿Podemos inventar una política
sin afuera que no sea pura desesperación? Son preguntas que nos
fuerzan a repensar lo que significa luchar. Porque tal vez hoy no
luchamos para salirnos de la sociedad, sino para crear y recrear el
lazo social en los intersticios del mercado, que ahora no opera tanto
mediante formas autoritarias y disciplinarias que fijan los cuerpos a
un lugar como en los años 60, sino ensamblando y desensamblando
continuamente el vínculo (léase también: el sentido) según la
lógica de la maximización de la ganancia. De lo que resulta la
dispersión y la precariedad como nuevo fondo de lo social.
La clave entonces no sería
preguntarnos si podemos luchar o no sin alternativa utópica, sino
partir de que ya lo hacemos cotidianamente. Luchamos día a día para
transformar la guerra de todos contra todos que resulta de la lógica
dispersiva del mercado en un mundo común y habitable. Luchas no
utópicas, que no niegan la realidad, sino que tejen una especie de
sociedad subterránea, parcial, fragmentaria e inestable que sostiene
la vida en común. Luchas que tienen a la vez un plano informal e
invisible y un plano más explícito y visible.
En el plano informal e invisible están
las mil prácticas cotidianas que recrean el vínculo por fuera de la
lógica mercantil de la conexión/desconexión según el beneficio.
Como explica Pierre Levy, si hay mundo, si aún vivimos en un mundo
común, se debe a todos esos gestos que tejen una y otra vez los
vínculos. El mundo común subsiste porque «las prácticas de
acogida, apertura, cuidado, reconocimiento y construcción son
finalmente más numerosas y fuertes que las prácticas de exclusión,
indiferencia, cierre, resentimiento y destrucción». Levy reúne
todas estas prácticas en el concepto de «hospitalidad», porque no
se dan solo entre quienes comparten identidad (familia, nación,
clase social, oficio, religión), sino también entre extraños y
desconocidos. En el plano explícito y visible están las luchas que
emergen hoy, no tanto para reivindicar «otro mundo posible», sino
una vida digna, un mundo común y habitable para todos. Pienso en la
primavera árabe, en los indignados, en Occupy Wall Street... Son
luchas autoconvocadas, sin rostro ni identidad clara. Recurren al
anonimato como estrategia no representativa de comunicación,
visibilización y generalización. Están protagonizadas por gente
cualquiera, desconocida entre sí, sin ideología ni participación
regular en estructuras políticas estables. Interpelan, mediante un
lenguaje muy directo y poco codificado, a una intimidad común
rompiendo el consenso, el sentido común y lo políticamente correcto
(«democracia real ya», etc.). Y escapan y desafían los esquemas
convencionales, tales como izquierda y derecha, para inventar
«nosotros» abiertos e inclusivos, como el 99% de Occupy.
La
dificultad hoy es reconocer, valorar y pensar desde estas luchas que
redefinen lo posible sin referencia a un afuera, ni a una alternativa
utópica de sociedad, prisioneros como estamos entre el imaginario de
la revolución y la adaptación a la realidad.
Ficciones de retaguardia
La experiencia yippie nos ha permitido
pensar cuál era el papel de la vanguardia y el poder de las imágenes
en las políticas marcadas por la idea de los dos mundos. Pensar
ambos problemas desde las políticas del mundo común obliga a un
cambio de perspectiva.
Primera cuestión: las vanguardias y las
retaguardias. El modelo de la vanguardia yippie estaba basado en las
ideas de polarización entre mundos y acción directa. Pero, ¿es
posible esa polarización cuando vamos todos en el mismo barco?
«Todos íbamos en ese tren» se coreaba en las manifestaciones tras
el atentado del 11-M de 2004 en Madrid, resumiendo perfectamente lo
que queremos decir aquí: hay un solo mundo, amenazado. La
globalización intensifica esa percepción de fragilidad común, de
interconexión, sin afuera posible. Si no hay ninguna
posición de superioridad desde la que criticar, ningún nuevo mundo
desde el que hablar, ningún afuera en el que hacer palanca o hacia
el que empujar, tampoco tiene sentido una vanguardia que enseñe el
camino a través de la acción directa y ejemplar. Las políticas del
mundo común exigen pensar más en «retaguardias» que acompañen y
potencien los espacios donde se recrean los vínculos. La acción de
estas retaguardias no es tanto empujar o arrastrar, como inventar
dispositivos para amplificar y conectar lo que ya está en marcha.
Segunda cuestión: mitos y ficciones.
Hemos visto en qué consistían los mitos para los yippies:
narrativas de lucha que dividen el mundo en dos (la revolución
juvenil, etc.). En el caso de las políticas del mundo común, quizá
tendríamos que hablar más de ficciones. Menos confrontativas, menos
épicas, menos puras, menos cargadas de fe revolucionaria que los
mitos yippies. Las ficciones no dividen exactamente el mundo en dos,
sino que más bien permiten sustraerse a los significantes
hegemónicos y abrir espacios de encuentro entre diferentes, espacios
donde cualquiera puede contarse. Quizá el ejemplo más claro de la
diferencia entre los mitos yippies y las ficciones actuales sea el
lema «somos el 99%» del movimiento Occupy Wall Street (que luego se
ha retomado en otros muchos países). «Somos el 99%» es sin duda
una ficción, en el sentido de que se trata de una afirmación
imposible («mentira» desde un punto de vista objetivo y literal)
según la cual una minoría en la calle dice ser la mayoría. Pero a
los yippies jamás se les hubiera pasado por la cabeza nombrarse como
el 99%. Todo lo contrario: el 99% para ellos era más bien el
enemigo, la mayoría social que vive prisionera del viejo mundo y a
la que se trata de «sacudir y despertar». «Somos el 99%» no
confronta la realidad desde la idea de «otro mundo», sino desde el
deseo activo de hacer del único mundo que hay un mundo común y
habitable para todos. Si el mito polariza entre dos posiciones claras
y definidas, mediante las ficciones nos desmarcamos de las
clasificaciones que nos representan, clasifican y separan, para poder
así encontrarnos los diferentes y rehacer juntos el mundo común.
(continuará)
La caída yippie
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on viernes, 6 de diciembre de 2013
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Aquí tenéis la tercera parte del prólogo-epílogo que escribió Amador Fernández-Savater para Yippie! Una pasada de revolución, de Abbie Hoffman, que finalmente hemos dividido en cinco partes (en lugar de las cuatro anunciadas inicialmente).
Los yippies y nosotros, que los queremos tanto (Primera parte)
Segunda parte: "Los yippies en 9 palabras clave"
Tercera parte: "La caída yippie"
Cuarta parte: "Los yippies y el presente"
LOS YIPPIES Y NOSOTROS, QUE LOS QUEREMOS TANTO (PARTE 3)
Yippie vs yuppie: renuncia o repetición
Nos situamos ahora a principios de los
70. La represión sobre el movimiento se acentúa. En diciembre de
1969, Fred Hampton, portavoz de los Panteras Negras, es asesinado a
sangre fría por el FBI. En mayo de 1970, en la Universidad de Kent
(Ohio), cuatro estudiantes caen abatidos a balazos por la Guardia
Nacional mientras protestan por la invasión amerikana de Camboya.
Escalada del enfrentamiento. ¿Hasta dónde puede sostenerse la
dinámica de confrontación? La desesperación política por la
crisis del movimiento en el cambio de década se retroalimenta con el
salto al vacío de la agitación armada. Los que deciden asumir la
dureza del nuevo paisaje y pasan a clandestinidad son los WeatherUnderground, un grupo surgido de la protesta estudiantil que toma su
nombre de una canción de Bob Dylan («no necesitas a un hombre del
tiempo para saber en qué dirección sopla el viento»). La atmósfera
en el movimiento se hace muy pesada, quienes empujan hacia las líneas
más duras llevan ahora la voz cantante. Los Weather Underground son
para muchos un modelo de entrega y compromiso revolucionario. También
para los yippies. Jerry Rubin les dedica We are everywhere, su
segundo libro, escrito en prisión, porque «hay un weatherman en el
interior de cada yippie». En marzo de 1970, tres miembros de los
Weather Underground se vuelan por los aires cuando fabricaban una
bomba casera.
Otras tensiones desgarran a los yippies desde dentro:
las mujeres y los homosexuales promueven entonces con mucha fuerza
prácticas de separación activa. Denuncian la naturaleza patriarcal
de los espacios, el sesgo masculinista en las formas de hacer y el
papel relegado que se reserva a quienes no se ajustan a los modelos
dominantes. Jerry Rubin y Abbie Hoffman se convierten a menudo en el
objetivo de los ataques. Al fin y al cabo, son líderes «muy
machos». Por otro lado, si bien a finales de los años 60 Abbie y
Jerry meditan seriamente la necesidad de levantar estructuras
organizativas estables, las nuevas generaciones yippies («zippies»
y «yipellas») rechazan radicalmente todo atisbo de organización o
disciplina, radicalizando la tendencia yippie al caos y la
espontaneidad. Jerry y Abbie se convierten también en blancos de sus
ataques (simbólicos y físicos): se han vuelto figuras mediáticas,
no quieren abandonar la jefatura yippie, coquetean con el Partido
Demócrata y, sobre todo, ¡ya son mayores de treinta años! ¿Y no
repetían ellos mismos tanto aquello de que uno nunca debería fiarse
de alguien mayor de treinta años? De ese modo, el mito de la
revolución juvenil y el uso político de la fama les empieza a pasar
factura. Ahora se sienten presos de su imagen: atacados por
feministas y jóvenes, despreciados por los medios de comunicación
(que los glorificaban solo un par de años antes) y adorados como
iconos de consumo rápido por las grupies que los persiguen allá
donde van.
Si en el Festival de Woodstock miles de personas se habían
congregado pacíficamente para disfrutar colectivamente de la música,
unos meses después se desata la violencia en el Festival de
Altamont. Un joven muere apuñalado por los Ángeles del Infierno,
que habían sido contratados por los Rolling Stones para garantizar
la seguridad del evento. El Festival de Altamont y los homicidios de
la Family de Charles Manson presentan una sombra inquietante en la
«comunidad del amor» contracultural. De hecho, tras Altamont se
habla de «la muerte de la nación de Woodstock». En la contracumbre
de Miami en 1972 nada funciona. Chicago queda ya lejos y la protesta
es perfectamente absorbida por la nueva línea demócrata. Nixon
triunfa de nuevo en las elecciones de 1972: la radicalización
contracultural de los últimos años alimenta el deseo de Ley y Orden
en la balanza del miedo.
El movimiento contra la guerra alcanza un
tope. Y en 1973 se firman los Acuerdos de Paz de París por los que
se pone fin a la Guerra de Vietnam. El movimiento se hunde. Muchos
militantes se convierten directamente en traficantes de droga: de
revolucionarios a delincuentes. Las anfetaminas, la cocaína y la
heroína sustituyen a la marihuana y el LSD en el imaginario popular.
La heroína penetra y devasta enclaves míticos de la contracultura
como el barrio de Lower East Side en Nueva York. Problemas materiales
gravísimos afectan a los dropout: no tienen carrera, oficio ni
beneficio y ahora tampoco el apoyo de una comunidad. Se han quedado
colgados en el aire en el salto revolucionario al nuevo mundo. Y
mientras la realidad de las formas de vida hippie se desintegra a
toda velocidad, el nuevo capitalismo hip o psicodélico consume la
imagen en musicales de éxito masivo como Hair. La ley del «sálvese
quien pueda» impera en el hundimiento. Lee Weiner, uno de los
encausados en el juicio a los ocho de Chicago, contará luego que un
día de comienzos de los 70 decidió quemar su agenda en un
restaurante, escapar y alejarse de los restos del naufragio como
única vía para conservar la cordura y la vida. En 1976 se suicida
Phil Ochs, mítico cantautor folk y activista envuelto en todas las
aventuras yippies. Como dirá su compañero Stew Albert, «su gesto
legitimará el suicidio ante toda una generación».
Durante varios años, los yippies
fueron capaces de afectar, desafiar y transformar la realidad, ¿cómo
seguir relacionándose con ella una vez que se ha perdido esa
capacidad y la realidad se ha vuelto como de plomo? ¿Cómo habitar
una derrota tan descomunal? No fueron pocos los que siguieron el
camino de Phil Ochs, incapaces de reaclimatarse a la normalidad
después de haber vivido con absoluta exaltación una política de la
intensidad que parecía ilimitada.
Jerry Rubin decidió que era mucho
mejor empezar a hacer yoga que pasar a la clandestinidad. Desde
comienzos de los años 70, mientras todavía mantiene su actividad
política, se interna en el mundo de la autoayuda. Hasta el fondo, al
más puro estilo Jerry Rubin. «De 1971 a 1975, experimenté en carne
propia el electroshock, la terapia gestáltica, la bioenergética, el
rolfing, los masajes, el trote diario, los alimentos saludables, el
tai chi, Esalen, la hipnosis, la danza contemporánea, la meditación,
el Control Mental Silva, el grupo Arica, la acupuntura, la terapia
sexual, la terapia reichiana y la Casa More: un cursillo de Nueva
Conciencia con todo un surtido de posibilidades.» En 1976 publica un
libro donde desnuda completamente su travesía hacia el Yo: Growing
(up) at 37. El título es muy significativo, alude
a la vez a su edad y al movimiento Grow up de crecimiento interior.
El libro comienza así: «En 1970, a la edad de 32 años, tenía todo
lo que pensaba desear en la vida. Era el líder de un potente
movimiento político que luchaba para cambiar las instituciones del
país. Amaba y disfrutaba el amor de una mujer ardiente. Había
escrito un best-seller y era el líder popular de la rebelión para
la gente joven. Mi vida era excitante, comprometida, relevante. Había
satisfecho todos mis sueños infantiles. Y entonces: crash. En poco
menos de dos años, el movimiento político de masas desapareció y
la mujer me dejó. Un grupo de jóvenes me retiró del movimiento por
pasar de los treinta años. Mi fama se convirtió en mala fama e
historias del tipo “¿Qué fue de él?”. Los periódicos
empezaron a describirme con adjetivos como “antiguo” y “viejo”.
La gente se relacionaba conmigo como con una imagen y no con un ser
humano. Y lo peor de todo: me creía esa imagen. Me sentí muerto a
los treinta y cuatro. Pero no me lo tomo personalmente. Lo que me
pasó a mí le pasó también a miles de personas que creían estar
haciendo una revolución política y cultural en los años 60. De
pronto el movimiento se acabó, ¿y dónde estábamos nosotros?».
Crucificado en su imagen, Rubin decide dar un giro radical a su vida.
Un giro sobre sí mismo. Como tantos otros radicales deprimidos
políticamente antes y después que él, se dijo: «Me expuse
demasiado, los otros no me cuidaron y ahora debo cuidarme yo». Si en
el movimiento había perdido la intimidad con su cuerpo, ahora
volvería a cuidar de él: buenos alimentos, horas de sueño,
ejercicio. Si en el movimiento tenía «muchos contactos, pero pocos
amigos», ahora cuidaría más las relaciones personales auténticas
y desinteresadas. Si en el movimiento su ambición personal había
crecido desmesuradamente, ahora aprendería a diferenciar la voz del
ego y la voz de la verdad. Si en los años 60 todo pasaba por una
lucha contra el enemigo exterior, ahora entablaría una lucha
interior contra sí mismo para encontrarse a sí mismo. En
definitiva, se propuso «dejar de criticarlo todo» y hacerse cargo
de la propia situación, porque «cada cual elige lo que quiere
vivir», «obtenemos de la vida lo que queremos» y todo lo que nos
pasa solo es en el fondo «un proceso mental».
De alguna manera, Rubin proseguía a su
modo la lucha de liberación de los años 60 contra el
condicionamiento social. Pero ahora ya no se trataba del
condicionamiento capitalista, sino familiar: «Soy una copia en papel
carbón de mi padre y de mi madre muertos». Rubin confiesa que le
debe a su madre ser tan dependiente, ponerse tan nervioso al tocar a
otros, estar siempre juzgando, comparando y compitiendo, pensar que
ninguna mujer es realmente buena. Y a su padre, creer que la imagen
es más importante que la realidad, hacerlo todo rápido, existir en
la propia reputación y carecer de vida interior. Finalmente, a
través de la terapia, se reconcilia con sus padres y les reconoce
todo lo bueno que ha heredado de ellos: la sensibilidad, la cortesía,
la ternura, la escucha, la belleza positiva de la timidez. «Lo
siento, te perdono, madre.» Rubin les dedica el libro a ambos, «con
amor».
Según Rubin, si en el movimiento de
los años 60 el rechazo del condicionamiento social pasaba por «el
auto-odio», la terapia ayuda por el contrario a «confrontar cosas,
a tomar la responsabilidad por ellas, a quitarles el poder para
destruir tu vida». Es una verdadera «declaración de independencia»
con respecto a «la programación social que hace de nosotros en la
infancia máquinas sin ninguna capacidad de elección verdadera». El
movimiento Grow up es para Rubin una prolongación del acid-grass
movement: ambos rompen con una existencia en la cual interpretamos
papeles en lugar de ser auténticamente y nos identificamos demasiado
con nuestro nombre, el estatus, el ego y el poder. «Necesitaba matar
a Jerry Rubin para ser Yo» y así «reencarnarme en vida».
Todavía
en 1976, Rubin parece pensar en una repolitización posible. Ha
tocado fondo, se ha encontrado a sí mismo y desde ese suelo se
propone impulsar de nuevo una vida política. «Quiero estar activo
políticamente de nuevo, pero ya no a expensas de mi felicidad y de
mi salud.» «El malestar no es la única fuente para la acción
política, la gente puede hacer política desde una posición de
satisfacción personal.» «Quizá en los 80 veamos el activismo de
los 60 combinado con la conciencia de los 70.» No suena mal. ¿Por
qué ha de estar reñida necesariamente la acción colectiva y la
calidad de vida personal? Y sin embargo, ya en el propio libro se
puede intuir algún problema para esa repolitización.
Rubin confiesa
que, después de su proceso de autodescubrimiento del Yo, está «más
cínico, más apático y más individualista que antes». Reconoce
que en los años 60 tenía mucho ego y ambición, pero también «una
afectación real por la pobreza y el sufrimiento, la desigualdad y la
injusticia». Sin embargo, ahora, como viene a confesar en una
entrevista de la época, lo que pasa en el mundo ya no le abruma.
¿Por qué? Cuando el movimiento se viene abajo, Rubin busca un nuevo
punto de partida para su vida. Es la única manera de escapar del
barco que se hunde y seguir vivo. El espacio de elaboración de la
crisis y de autodescubrimiento que encuentra es el movimiento Grow
up. Las técnicas de crecimiento interior le dicen que para descubrir
a su verdadero Yo y reconectar con él lo primero que debe hacer es
perder el ego y abandonar los apegos. «El potencial de la disciplina
espiritual es la habilidad para romper la programación y los apegos
de la gente. La gente piensa que es sus deudas, su trabajo, sus
casas, sus posiciones de poder, sus niños. El movimiento espiritual
tiene el potencial de poner a la gente en contacto con la esencia que
hay tras las cosas con las que se identifican.»
Según el movimiento de autoconciencia, lo que uno es no tiene tanto que ver con los entramados de relaciones y los contextos histórico-sociales, sino con una esencia inmutable por debajo de todo ello. Por esa razón, rehacerse tras la crisis no pasa por recuperar fuerzas y encontrar nuevas alianzas, sino por aprender a encontrar el verdadero Yo tras cada relación, cada situación, cada devenir, cada contexto. La terapia se convierte así en una estrategia de liberación y una declaración de independencia... del mundo y de los otros. Ya no los necesitamos más que de manera secundaria y derivada.
El nuevo punto de partida que encuentra Rubin para la vida conlleva una desconexión profunda de la experiencia política básica: descubrirse implicado en un mundo común. Por todo ello, quizá no sea de extrañar que aunque acabe el libro sobre su viaje interior llamando a una repolitización, lo siguiente que sepamos de él es que se ha convertido en un empresario de muchísimo éxito y fortuna. De yippie a yuppie. Rubin pone a partir de ese momento todas sus capacidades —para emprender, entusiasmar, innovar, promover y motivar— al servicio de una sola causa: hacer dinero, todo el dinero posible. En eso queda finalmente su idea de un «socialismo del Yo». Como decía su amigo Stew Albert, «creyó inventar el socialismo del Yo, pero era una idea ya vieja. Se llama capitalismo».
Según el movimiento de autoconciencia, lo que uno es no tiene tanto que ver con los entramados de relaciones y los contextos histórico-sociales, sino con una esencia inmutable por debajo de todo ello. Por esa razón, rehacerse tras la crisis no pasa por recuperar fuerzas y encontrar nuevas alianzas, sino por aprender a encontrar el verdadero Yo tras cada relación, cada situación, cada devenir, cada contexto. La terapia se convierte así en una estrategia de liberación y una declaración de independencia... del mundo y de los otros. Ya no los necesitamos más que de manera secundaria y derivada.
El nuevo punto de partida que encuentra Rubin para la vida conlleva una desconexión profunda de la experiencia política básica: descubrirse implicado en un mundo común. Por todo ello, quizá no sea de extrañar que aunque acabe el libro sobre su viaje interior llamando a una repolitización, lo siguiente que sepamos de él es que se ha convertido en un empresario de muchísimo éxito y fortuna. De yippie a yuppie. Rubin pone a partir de ese momento todas sus capacidades —para emprender, entusiasmar, innovar, promover y motivar— al servicio de una sola causa: hacer dinero, todo el dinero posible. En eso queda finalmente su idea de un «socialismo del Yo». Como decía su amigo Stew Albert, «creyó inventar el socialismo del Yo, pero era una idea ya vieja. Se llama capitalismo».
A comienzos de los 70, Abbie Hoffman
coquetea con la cocaína. Consume y vende. ¿Problemas de dinero,
curiosidad, desesperación política? En todo caso, lacocaína y el
tráfico sustituyen la intensidad perdida con la crisis del
movimiento. Abbie es capturado con una cantidad importante de droga
en una operación policial. Sin apoyo social, con su credibilidad en
crisis, en un contexto político hostil, Abbie corre el riesgo de ir
a la cárcel durante una larga temporada. Es Abbie Hoffman: hundir su
persona en la cárcel es hundir la imagen de los 60 en el fango del
descrédito. Decide entonces pasar a la clandestinidad, en la que
vivirá durante los siguientes seis años. Uno de sus amigos dirá:
«Prisionero de su mito, prisionero de su historia, Abbie vivirá la
clandestinidad como una continuación de los años 60». Pero en la
superficie, el recuerdo de los 60 se desvanece y nadie se acuerda ya
de Abbie Hoffman.
La vida clandestina no será nada fácil para
Abbie. Los Weather Underground, a quienes les pide el ingreso en la
organización (¡como dirigente!), le rechazan: demasiado inestable,
demasiado egocéntrico, demasiado ingobernable. Su padre muere de un
infarto, que todo el mundo atribuye al episodio de la cocaína y al
paso de su hijo a la clandestinidad. Se separa de su mujer Anita y de
su hijo America (!), que recordará luego cómo su padre le ignoraba
casi completamente. Pero la clandestinidad le permite también
deshacerse de su yo-imagen y mirar las cosas desde otro sitio.
Asegura haber descubierto «cómo es la vida de la gente normal»,
que él siempre había despreciado como pura alienación.
Traba una nueva relación sentimental que mantendrá hasta el final de su vida. Una parte de él respira aliviada por poder dejar de ser quién es, pero otra sufre muchísimo por ello. En la clandestinidad no hay focos ni escena. La visibilidad es justamente lo que está prohibido. Y Abbie no lleva bien la penumbra. En uno de los ataques que empieza a sufrir entonces, recorre los pasillos de un hotel gritando: «¡Soy Abbie Hoffman, soy Abbie Hoffman!». Desde entonces le acompañan largos periodos de depresión. Es diagnosticado como maníaco-depresivo y empieza a ser medicado. Bajo una falsa identidad, se convierte en el líder de referencia de una lucha ecologista para salvar un río amenazado por una operación turística y eso le devuelve a la vida. «Es lo que sé hacer: soy un organizador de la comunidad.»
Traba una nueva relación sentimental que mantendrá hasta el final de su vida. Una parte de él respira aliviada por poder dejar de ser quién es, pero otra sufre muchísimo por ello. En la clandestinidad no hay focos ni escena. La visibilidad es justamente lo que está prohibido. Y Abbie no lleva bien la penumbra. En uno de los ataques que empieza a sufrir entonces, recorre los pasillos de un hotel gritando: «¡Soy Abbie Hoffman, soy Abbie Hoffman!». Desde entonces le acompañan largos periodos de depresión. Es diagnosticado como maníaco-depresivo y empieza a ser medicado. Bajo una falsa identidad, se convierte en el líder de referencia de una lucha ecologista para salvar un río amenazado por una operación turística y eso le devuelve a la vida. «Es lo que sé hacer: soy un organizador de la comunidad.»
Tras seis años de clandestinidad se
entrega a la policía. Pasa un tiempo en prisión, pero enseguida
queda libre. Y vuelve a las andadas políticas, pero solo para
encontrarse con el desdén y la indiferencia social. Se involucra en
los movimientos antimperialistas (El Salvador y Nicaragua) y
ecologistas (antinuclear) del momento. Es detenido en un par de ocasiones. Las
luchas donde participa conocen algunas victorias, pero para él ya
nada es lo mismo. Es la época Reagan, la revolución queda lejos.
Las luchas de los 80 no tienen comparación con las de los 60, pero
Abbie no puede dejar de compararlas. Está clavado en su identidad.
Es una reliquia de los 60, incapaz de reinventarse a sí mismo en los
nuevos tiempos.
La nostalgia depresiva y la amargura se apoderan de él a menudo: «I miss my youth». Se embarca en una gira de debates con su viejo amigo Jerry Rubin bajo el título: «Yippie contra Yuppie». El guerrero Abbie Hoffman, fiel a sí mismo. El traidor Jerry Rubin, ahora el enemigo público número uno de la izquierda. La gira de debates arruinará una amistad que había sobrevivido al distanciamiento ideológico. Muchos de los que le tratan entonces le describen en caída libre: solo, enfermo, infeliz. Abbie es incapaz de vivir en tiempos no-revolucionarios: «Nunca pudo aceptar que la pasión y la potencia de los años 60 se habían ido», dirá un amigo. Lo que le daba la vida era desafiar al poder y ahora el poder le contesta con una sonrisa burlona: «Ya solo eres una caricatura de ti mismo». Cuando a la depresión psíquica se añade una depresión física, Abbie decide quitarse de en medio. Se suicida con un atracón de pastillas en 1989 sin dejar ninguna nota de despedida. «La única cosa privada que hará en su vida adulta», dirá alguien.
La nostalgia depresiva y la amargura se apoderan de él a menudo: «I miss my youth». Se embarca en una gira de debates con su viejo amigo Jerry Rubin bajo el título: «Yippie contra Yuppie». El guerrero Abbie Hoffman, fiel a sí mismo. El traidor Jerry Rubin, ahora el enemigo público número uno de la izquierda. La gira de debates arruinará una amistad que había sobrevivido al distanciamiento ideológico. Muchos de los que le tratan entonces le describen en caída libre: solo, enfermo, infeliz. Abbie es incapaz de vivir en tiempos no-revolucionarios: «Nunca pudo aceptar que la pasión y la potencia de los años 60 se habían ido», dirá un amigo. Lo que le daba la vida era desafiar al poder y ahora el poder le contesta con una sonrisa burlona: «Ya solo eres una caricatura de ti mismo». Cuando a la depresión psíquica se añade una depresión física, Abbie decide quitarse de en medio. Se suicida con un atracón de pastillas en 1989 sin dejar ninguna nota de despedida. «La única cosa privada que hará en su vida adulta», dirá alguien.
Jerry
necesitó cambiar para seguir viviendo. El rechazo a cambiar impidió
seguir viviendo a Abbie. Jerry decidió encontrar su «verdadero Yo»,
oculto bajo todos los disfraces y las máscaras de los años 60.
Abbie decidió seguir siendo fiel a sí mismo: clandestinidad y
luchas sociales. Pero, ¿realmente hay alguna esencia bajo el
disfraz? Y, ¿cómo puede uno ser fiel a sí mismo cuando desaparece
el contexto que hacía de uno mismo uno mismo? Entre la renuncia y la
fidelidad como repetición, ¿qué vías se abren? ¿Qué podría
significar madurar políticamente?
(Continuará)
La decadencia del East Village tras el mutis de los yippies
Publicado por
Acuarela
on jueves, 14 de noviembre de 2013
Etiquetas:
Abbie Hoffman,
contracultura,
prólogo yippies,
Yippie Una pasada de Revolución,
yippies
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(Os ofrecemos este fantástico
texto de Fernanda Pivano, extraído de la obra Beat, Hippie, Yippie, del underground a la contracultura, publicado
por Ediciones Júcar en 1975 con traducción de José Palao. En él habla de la
decadencia del East Village después de la desaparición de escena de los
Yippies. Al leerlo, salvo por la referencia al “clima de ostentosa seguridad
económica”, parece estar hablando del Madrid de hoy, cuyo ambiente nocturno y
cultural parecen estar empeñados en destruir…).
Desde hace algunos meses
se sabía que la “crisis” había implicado a locales públicos y privados, también
allá, en el East Village, el barrio de la Contracultura de New York. La
premonición de que sucedería algo se podría incluso rastrear mágicamente en el
incendio nocturno que hace años, casi a raíz de concluir una serie de “contestaciones”
y altercados violentos, redujo a cenizas el Fillmore East, la sucursal en New
York de los espectáculos “rock” de Bill Graham. Al margen de la magia, o dentro de la magia de las
leyes económicas que han llevado a la inflación, han sido después reducidos a
cenizas por el aumento de los impuestos el Electric Circus, hasta ayer heroico
teatro de los grupos libertarios, y hoy silencioso y sombrío con el cartel de “se
alquila” colocado sobre la fachada azul, y el Gem SPA, el
bar-heladería-kiosco-cabinas telefónicas (siempre estropeadas) en el que antes
o después, de día o de noche, se encontraban todos los amigos de la zona y que
ahora no tiene ni siquiera carteles en los tableros de madera clavados en las
verjas.
Los turistas, llevados
ahora a la St. Mark’s Place en los autocares de “New York nocturno”, deben
contentarse con los pocos establecimientos aún abiertos por la noche que venden
pantalones o camisetas, pipas para distintos usos o amuletos de los pieles
rojas, discos “inencontrables” o viejos panfletos. El más atrayente es el
puesto que despacha 36 gustos distintos de helados hechos de polvos pero
ofrecidos con nombres impresionantes como Rojo de Panamá u Oro de Acapulco;
como todo el mundo sabe, se trata de los nombres dados a la marihuana que crece
junto a los riachuelos mexicanos o en las orillas del canal de Panamá.
El East Village casi
parece haber vuelto a su originaria condición de guetto puertorriqueño, y no
solamente por la apagada iluminación, a pesar de las lujosas “boutiques”
diurnas para los clientes que vienen de la parte alta de New York. (Hay quien
dice que esta atmósfera de apagamiento es debida a la ausencia de los jefes de
la contracultura (Abbie Hoffman, Ed Sanders y Jerry Rubin) que están desde hace
meses en Miami para organizar la Convención del partido YIP, Partido
Internacional de la Juventud, programada para las mismas fechas que la del
Partido Demócrata, mientras, se discute sobre si esto es cierto pero no se
discute sin embargo sobre la inesperada popularidad de George McGovern a todos
los niveles y circulan entre tanto insignias y panfletos con el slogan “Fuera
Inmediatamente” (del Vietnam, se entiende). Circulan también fotografías en
color polaroid del matrimonio Nixon como las que antes usaban para el Rey y la
Reina consorte de los exreinos de Europa.
También los espectáculos
están de capa caída. Ya nadie habla de la “desnudez”, que hasta el año pasado
era la máxima estrella de los teatros del Off Off Broadway, del Off Broadway y
del propio Broadway. El film homosexual LA
de Fred Halsted y la comedia Eunucos de
la ciudad prohibida de Charles Ludlan, montada por su Compañía Teatral del
Ridículo, son espectáculos que se ven sin escándalo alguno, más o menos como se
ve La Naranja Mecánica, la última
película de Stanley Kubrick, el popular autor de 2001.
Las librerías están de
capa caída. Los escaparates más al día están atestados de libros de divulgación
escritos y editados a toda prisa, que explican la historia de “todo lo que
sucedió”, desde las “comunas” a los “motociclistas” autobautizados Ángeles del
Infierno; los emocionantes, rebeldes y superindependientes folletos impresos
quién sabe cómo, acaso incluso a ciclostil, que en el pasado decenio hicieron
la propuesta de una “sociedad dentro de la sociedad”, ahora se encuentran
solamente en las secciones de “libros raros”; mientras que las clasificaciones “Nueva
Izquierda”, “Poder Homosexual” o “Liberación de la mujer” guían plácidamente al
público hacia temas hasta ayer candentes.
De la escena
revolucionaria parece haber desaparecido todo vestigio. Los viejos Hijos de las
Flores parecen ya lejanos, como hallazgos de la Edad de Piedra, y su
creatividad se ha desvanecido en la parodia de los vestidos seudoindios o de
las calcomanías vendidas a gran precio en las tiendas más caras de la ciudad
alta para dar a la gente rica la emoción de tener un tatuaje falso o una
decoración prefabricada sobre la piel. No obstante, las viejas propuestas de
no-violencia y paz, que parecen engullidas por la metodología del activismo
violento, actuaron en profundidad, dejando en las conciencias señales
indelebles: los estudiantes y, en general, la juventud se aparta cada vez más
de la acción, vuelve a ser introvertida y, en un renovado deseo de
conocimientos, lee mucho, aprovechando las ediciones de bolsillo que ofrecen
prácticamente todo lo que se puede leer. Jerry Rubin, que fue uno de los
protagonistas del activismo político más populares entre los jóvenes y sigue
siendo uno de los jefes del Partido Internacional de la Juventud, practica
diariamente una hora de meditación Zen y se ha convertido en el secretario de
John Lennon.
Ahora, como en los años
pasados, estos problemas siguen sin conseguir rozar siquiera a la ciudad alta,
en la que la mayor novedad parece la de los tapones desenroscables de las
botellas de Coca Cola que han sustituido a las viejas “chapas”, como si se
pretendiese animar a los consumidores haciéndoles sentirse tan ocupados que ya
no deben usar ni los abrebotellas. En cuanto a lo demás, se siguen construyendo
y demoliendo rascacielos y las calles están siempre cortadas por nuevos
andamiajes, por nuevos socavones abiertos por los bulldozers, dentro de un
clima de ostentosa seguridad económica y de ensordecedor estruendo, a pesar de
que se intente convencer a los peatones de que el ruido de los compresores ha
sido reducido a un murmullo, o, como ellos dicen, han sido “whiperized”. La
vieja Times Square, sede de la fabulosa vida nocturna libertaria de los años
cincuenta, está irreconocible por culpa de los rascacielos recién terminados,
desde cuyos andamios, hasta hace muy poco, los obreros de la construcción lanzaban
piedras y huevos sobre las cabezas de los estudiantes; y los escaparates de la
Quinta Avenida, con las faldas hasta la rodilla, ofrecen una imagen explícita
de esta América de 1972 aferrada a una mediocridad fuera de todo riesgo.









