EMMÁNUEL LIZCANO: Los tsunamis y la crisis (Fuera de lugar)


Emmánuel Lizcano según Acacio Puig
(comentarios de Emmánuel Lizcano en la entrevista incluida en Fuera de Lugar, de Amador Fernández-Savater)

«Cuando se habla del tsunami provocado por el desplome de los fondos monetarios, de la sequía crediticia o de la fuerza del huracán financiero, se nos están presentando fenómenos propiamente económicos como si fueran fuerzas desatadas de la naturaleza. El primer efecto retórico consiste en anular toda responsabilidad por la crisis. Nadie es responsable de los tsunamis o las sequías, luego nadie es responsable de la crisis. Una vez construida así la irresponsabilidad particular, queda el terreno abonado para declararnos responsables a todos en general: ahora resulta que quien no consuma lo suficiente, contribuye a ahondar la crisis. Un segundo efecto es inyectar miedo y resignación ante lo que se construye como inevitable y universal. Nadie puede escapar a las leyes de la economía, del mismo modo en que nadie escapa a la ley de la gravedad.

Luego está, como bien apuntas, lo que estas metáforas impiden ver. Si los fenómenos económicos son naturales, dado que naturaleza –como madre– no hay más que una (la naturaleza), tampoco puede haber más que una economía: la economía. Cualquier alternativa (ya sea en términos de otros modelos económicos, ya en términos de deseconomizar tantas facetas de la vida como nos han economizado: capital humano, coste de la vida, etc.) no puede ser sino un dislate, una quimera o ganas de hacer el ridículo. Como decía Vargas Llosa, quien se oponga a las leyes de la economía, que se tire por la ventana y verá si funciona o no la gravedad. Lo curioso es que si en el novelista esa analogía trasluce ideología descarada, en el bombardeo de metáforas como las anteriores por la prensa salmón es el propio discurso de los expertos el que se revela intrínsecamente ideológico. Si se leen los razonamientos económicos como argumentos novelísticos o como poesía (aunque sea poesía de madera), tanta «expertez» resulta un puro despropósito.

CÉSAR CHÁVEZ (the movie)

Os adelantamos aquí la primera reseña aparecida de la película sobre el activista chicano, César Chávez (uno de los héroes e inspiradores de Óscar Zeta Acosta), estrenada ayer (28/03/2014) en Estados Unidos.

 
Escrito por Sergio Burstein

Convertido desde hace ya buen tiempo en una leyenda del activismo latino en los Estados Unidos, César Chávez es un sujeto de la vida real que ocupa cierto lugar en las enseñanzas impartidas dentro de las escuelas del Sur de California, que le ha dado nombre a una de las más conocidas avenidas de Los Angeles y que merecía tener una cinta que contara su historia, porque el conocimiento que se tiene de él suele ser demasiado impreciso.

Como se trataba de un chicano que vivió y desarrolló toda su labor en el Estado Dorado, parecía natural que el encargo fuera tomado por un cineasta del mismo origen; sin embargo, por una razón u otra, el proyecto terminó en manos de Diego Luna, un mexicano del DF que se ha hecho básicamente conocido como actor (su papel en "Y tu mamá también" es todavía recordado), pero que, antes de esto, había dirigido dos largometrajes: "J.C. Chávez" (2007) y "Abel" (2010).

Pese a la coincidencia de apellidos con el nuevo estreno, "J.C. Chávez" era un documental sobre un boxeador mexicano que, por su naturaleza misma, no garantizaba que Luna estuviera capacitado para encargarse de un título con un guión dramático; pero "Abel" sí era un filme narrativo, y además uno que, en medio de su carácter íntimo e inusual (trataba sobre un niño con desarreglos mentales que asumía el papel del padre ausente dentro de una familia), funcionaba perfectamente, lo que daba grandes esperanzas sobre la buena fortuna del nuevo proyecto.




Sin embargo, a diferencia de "Abel", el Chávez méxico-americano existió realmente, y su historia, al menos del modo en que está planteada, requería de una perspectiva muy distinta, tanto en el plano colectivo como en el del manejo de la información. Lamentablemente, las ambiciones del relato se salen del alcance de Luna, pese a que parece tener el corazón en el lugar correcto, que sus intenciones son las mejores y que no incurre nunca en sensiblerías excesivas. En este punto, es importante señalar que, a diferencia de "Abel", donde el mismo Luna coescribió el guión, el de esta cinta se encuentra adjudicado a los anglosajones Keir Pearson ("Hotel Rwanda") y Timothy J. Sexton ("Children of Men").
 
Pese a que "César Chávez" no es un recuento completo de la vida de su protagonista -lo que resulta una decisión adecuada-, lo que se ve en ella da la impresión de ser un resumen apretado del periodo que se recrea, es decir, el de la revuelta de fines de los '60. Desde el inicio, nos sentimos como si hubiéramos entrado a la sala con la película empezada, porque los personajes se encuentran ya completamente metidos en lo suyo y los hechos se van sucediendo de manera vertiginosa, sin darnos la impresión de que los conocemos ni de que entendemos sus motivaciones.
 
La cinta no deja de transmitir de manera adecuada, sin histrionismos innecesarios, la relevancia social del icono, plasmada en una estrategia de no violencia y en un ingenioso boicot contra los poderosos (en este caso, los empresarios agrícolas) que dieron como resultado cambios sustanciales para los campesinos hispanos de la región; pero, quizás en el intento de no caer en la cursilería, Luna hace que todo se vuelva demasiado frío y mecánico como para resultar emocionante, una característica que es esencial para que el espectador sienta realmente empatía por estos militantes.
 

 


No ayuda tampoco que los pesares de los campesinos no sean mostrados de modo contundente ni que los adversarios anglosajones de esta justa causa sean presentados de manera tan acartonada, casi como villanos de caricatura, sobre todo en el caso del jefe de policía Galen (Michael Cudlitz). Nos agrada la comparación con el detestable Sheriff Arpaio del presente, claro, pero lo cierto es que "César Chávez" es una película demasiado solemne y seria como para que esa clase de detalles sean interpretados como elementos de comedia (a diferencia de "Abel", que en un primer nivel podía ser visto como un drama y hasta un melodrama, pero a que a nosotros nos supo a comedia negra).
 

En el área de los antagonistas, el que sale mejor librado es el empresario Bogdanovitch, interpretado por John Malkovich, también productor del filme. Esta es una figura ficticia que representa a los ejecutivos de la uva y que, en los dominios del gran actor, no luce como un villano despiadado, sino como un tipo que también pasó por momentos duros (es igualmente descendiente de inmigrantes, aunque del Este de Europa) antes de volverse rico.
 

Lo más grave se da en el plano histórico, porque la falta de profundidad del relato -curiosamente detallista en la reconstrucción de los discursos y las reuniones políticas- se hace evidente en la casi completa omisión de la polémica más grande alrededor de Chávez: su supuesta colaboración con agentes de inmigración para deportar a los nuevos inmigrantes indocumentados, que llegaban aparentemente a los campos traídos por los empresarios mientras que los trabajadores que ya habían estado ahí (muchos de ellos igualmente sin "papeles") andaban metidos en una huelga para reclamar por sus derechos.
 

 


Se trata de un tema complejo que no debería condenar toda la labor que realizó el activista, pero sí de uno que ha preocupado a muchos estudiosos a lo largo de los años, y que el filme de Luna no se interesa en atender más que de pasada. De ese modo, su visión del líder termina siendo demasiado idealista, marcada además por una impronta católica -realmente proveniente de la persona en cuestión- que no deja de tener paralelos con la historia de Cristo.
 
Michael Peña, quien hace de Chávez, es un actor sumamente talentoso al que se ha visto en papeles tan impresionantes como los de "Crash" y "End of Watch"; pero aquí, no tiene oportunidad de imprimirle demasiada pasión al representado, pese a que él mismo creció en medio de una situación semejante. No le va mejor a sus compañeros (la participación de Rosario Dawson como la eterna activista Dolores Huerta es mínima), con la excepción de la fenomenal America Ferrera, quien, en la piel de la fiera esposa de Chávez, Helen, protagoniza al menos una escena de rebeldía absolutamente convincente.
 
"César Chávez" representó sin duda un esfuerzo enorme para Luna y sus allegados, y su mensaje es absolutamente relevante en momentos en que el drama de los indocumentados se agudiza. Además, técnicamente, está muy bien realizada, y tanto su ambientación de época (en lugar de California, se filmó en Hermosillo y en Sonora, dentro de México, ya que los territorios originales habían cambiado mucho) como la caracterización inicial de los personajes (es decir, la que se relaciona a sus modos de lucir y de hablar) son de lo más convincentes. Hay que verla, sin duda, y nos interesaría darle una segunda oportunidad; pero la primera nos dejó con la idea de que la marcha se quedó a mitad de camino. Y no somos de los que rompen huelgas.




GUILLEM MARTÍNEZ sobre la Cultura de la Transición en Fuera de Lugar

Guillem Martínez por Acacio Puig
«La Cultura de la Transición es algo más parecido a lo que dice el malo de Matrix al chico de Matrix: "Sois humanos, imperfectos y vuestro olor me da naúseas."»
(GUILLEM MARTÍNEZ sobre la transición en Fuera de Lugar, de Amador Fernández-Savater)

¿Cómo arruinar al imperio?

(fragmento de Llamamiento)

El endurecimiento policial de los Estados en los últimos años solamente prueba que las sociedades occidentales han perdido toda fuerza de agregación; no hacen más que gestionar su ineluctable descomposición. Es decir, esencialmente, impedir toda reagregación, pulverizar todo lo que emerge.
Todo lo que deserte.
Todo lo que rompa con lo establecido.
Pero poco importa. El estado de ruina interior de estas sociedades muestra un número creciente de grietas. El continuo reestablecimiento de las apariencias nada puede hacer al respecto: más allá se forman mundos. En okupaciones, comunas, grupúsculos, barrios que intentan escapar a la desolación capitalista. La mayoría de las veces estas tentativas abortan o mueren de autarquía, incapaces de establecer los contactos, las solidaridades apropiadas. Incapaces también de percibirse como parte activa en la guerra civil mundial.
Pero todas estas reagregaciones no son apenas nada comparadas con el deseo masivo, el deseo siempre pospuesto, de dejarlo todo. De partir.
En diez años, entre dos censos, cien mil personas han desaparecido en Gran Bretaña. Han cogido un camión, un billete, han tomado ácidos o se han ido al monte. Se han desafiliado. Han partido.
Nosotros habríamos deseado, en nuestra desafiliación, tener un lugar al que llegar, un partido que tomar, una dirección que seguir.

Muchos que parten se pierden.
Y no llegan jamás.

Nuestra estrategia es pues la siguiente: establecer aquí y ahora un conjunto de focos de deserción, de polos de secesión, de puntos de reunión. Para los que se fugan. Para los que parten. Un conjunto de lugares donde sustraerse al imperio de una civilización que camina hacia el precipicio.

Se trata de darse los medios, encontrar la escala en la que puedan resolverse una serie de cuestiones que, planteadas individualmente, nos sumen en la depresión. ¿Cómo deshacerse de las dependencias que nos debilitan? ¿Cómo organizarse para dejar de trabajar? ¿Cómo establecerse fuera de la toxicidad de las metrópolis sin, por otro lado, “irse al campo”? ¿Cómo detener las centrales nucleares? ¿Cómo hacer para no verse forzado a recurrir al triturador psiquiátrico cuando un amigo se vuelve loco, ni a los medicamentos burdos de la medicina mecanicista cuando se pone enfermo? ¿Cómo vivir juntos sin aplastarse mutuamente? ¿Cómo acoger la muerte de un camarada? ¿Cómo arruinar al imperio?

El llamamiento que precede a la insurrección que viene y otros textos radicales de la constelación TIQQUN-COMITÉ INVISIBLE

Banda sonora yippies: Jimi Hendrix

Retomamos nuestra banda sonora de los yippies y años sesenta en EE.UU. animándoos a redescubrir una canción lisérgica de la época: Purple Haze (1967) de Jimi Hendrix.


LITERATURA CHICANA: Ser chicano en California (Califas), según el poeta chicano/apache Jimmy Santiago Baca.

Inauguramos con esta entrada una serie dedicada a la literatura chicana con el objeto de contextualizar y situar la obra del nuevo autor de nuestro catálogo, Óscar Zeta Acosta. Una literatura muy rica que, lamentablemente, en nuestro país, salvo por el caso de la exitosa Sandra Cisneros, publicada por Seix Barral y en su día por Ediciones B, apenas ha tenido resonancia editorial.

Jimmy Santiago Baca
Y comenzamos por nuestro autor chicano favorito: Jimmy Santiago Baca, extraordinario poeta nacido en Santa Fe, Nuevo México. Sus padres lo abandonaron a la edad de dos años y vivió con su abuela antes de ingresar en un orfanato, de donde se fugó a la edad de trece años. A los veintiún años fue condenado a cinco años en una prisión de máxima seguridad por problemas con las drogas. En la prisión aprendió a leer y escribir y comenzó a componer poesía. Además de varias novelas y colecciones poéticas, Baca escribió el guión para la película de Taylor Hackford, Blood in Blood Out, que fue distribuida por Hollywood Pictures en 1993 y que narra la historia de tres primos, Miklo (Damian Chapa), Cruz (Jesse Borrego) y Paco (Benjamin Bratt), que crecen como hermanos en medio de la violencia de las bandas del este de Los Ángeles (barrio en el que Óscar Zeta Acosta centró su militancia, como relata en La revueta del Pueblo Cucaracha).

De la película Blood In Blood Out
En España Alfaguara publicó en 2002, con traducción de Manu Berástegui, su impresionante libro de memorias En suelo firme, que ganó el Premio Internacional en la Feria de Frankfurt del 2001. 

De esta obra hemos seleccionado dos textos. En el primero de ellos se refiere a lo que para él fue ser chicano (y activista) en California, y en el segundo, que publicaremos en un próximo cuelgue, cuenta el momento crucial en que durante su estancia en la cárcel comenzó a ser consciente del valor de su herencia chicana.

I

"[...] Ser chicano en California molaba. Todo el mundo escuchaba y bailaba la música de grupos como Santana o Los Lobos, que cantaban sobre nuestra cultura indio mexicana, y a mí me encantaba, a pesar de que no sabía mucho de mis propias raíces. El activismo político chicano flotaba en el aire y yo tenía un punto de resentimiento que las chicas atribuían a mi inexistente actividad contracultural. Fuera lo que fuese, ellas querían descubrir mi secreto, qué herida se ocultaba detrás de mi reflexivo silencio y mi sonrisa tímida. La mayoría eran chicas blancas a punto de ir a la universidad o que ya la habían dejado. Les parecía genial que yo estuviera trabajando y que me las arreglara solo. Yo les decía que, si pudiera, me encantaría ir a la universidad y, acto seguido, les largaba alguna frase altisonante sobre lo difícil que es la vida cuando naces con la piel tostada. Por lo general, Marcos escuchaba mi perorata mientras se fumaba un canuto y hojeaba un ejemplar de la revista Mecánica Popular, empapándose de mis arengas activistas, que acababan con las chicas rodando en mis brazos por la hierba de delante de nuestro apartamento playero, nuestros cuerpos entrelazados, besandonos y abrazándonos [...]".

LA LOCA CARRERA DEL BÚFALO, por Josep Vicent Miralles

Amanecemos hoy con esta fantástica reseña de

La revuelta del pueblo cucaracha es la crónica lisérgica de la lucha que mantuvieron los chicanos en EE UU para ver reconocidos sus derechos civiles.

Una pelea constante por su dignidad y sus derechos. Bajo el salvaje influjo de un personaje que se sobrepasa a sí mismo se despliega un milagroso artefacto con un pie en la comedia y otro en el pulp.

Cuando no sepa a quien atribuirle una cita célebre, pruebe suerte con Borges o con Wilde. Si no acierta, nadie será capaz de decirlo. Incluso si a usted mismo le sucede un episodio de ingenio verbal, no arriesgue; diga que es de Borges o de Wilde. O de Sain-Exupery si se siente especialmente audaz. Al final puede que nadie dijera nada y todo sea una conspiración de los editores y los fabricantes de sobres de azúcar. 

Viene esto a cuento de aquella frase, de Borges, de Wilde, de Saint-Exupery, que decía que cuanto menos interesante resultaba la obra, más interesante acababa siendo el artista. La cita no es literal, claro, pero sirve para explicar lo que se siente cerca de la literatura de Óscar Zeta Acosta.

Zeta Acosta, el Búfalo Acosta, fue un abogado chicano que solo publicó dos novelas a principios de los años 70. Una, autobiográfica, y la otra, La revuelta del pueblo cucaracha, en la que sin dejar de lado la recreación literaria del yo, de un yo avasallador, omnipresente y fuera de órbita, ofrece una panorámica sincopada de los Estados Unidos de la desigualdad y la bronca racial.

La novela vive en el difícil equilibrio de algunos genios de lustroso pedigrí canalla. A la carencia técnica contrapone algunos megatones de energía. A los vacíos de estructura y a las caídas de ritmo, o a las transiciones torpes, enfrenta el chute adrenalítico de anécdotas y escenas absolutamente inolvidables, como la descerebrada autopsia a siete manos a un pobre diablo dos veces enterrado. O la sentada frente a una sinagoga en la que, de pronto, y llevados por el porro y el sexo generoso bajo las mantas, nadie sabe muy bien qué hacen allí esos vatos locos.

Pero lo mejor, el verdadero festín, es saber que al fondo de toda esa desmesura hay verdad. Que como si de un spin-off por anticipado se tratase, se está ante un autor que es una mezcla entre los personajes límites de Bolaño y Tarantino. Un outsider de raza y ¡viva la raza! No en vano Óscar Zeta Acosta fue retratado por el cine y la literatura: bajo el nombre de Dr Gonzo, en Miedo y asco en las Vegas, de Hunter S. Thompson. Acosta conoció al periodista norteamericano en 1967 y juntos emprendieron un viaje a Las Vegas que por sí mismo bastaría para edificar una leyenda. Para redondear el mito, se desconoce la fecha y el lugar de la muerte del Búfalo Pardo, como se hacía llamar el abogado mexicoamericano. Lo último que se sabe de él, por boca de su hijo Marco, es que en 1974 llamó desde la ciudad de Mazatlán, en Sinaloa, y dijo que estaba a punto de subirse en un barco lleno de nieve blanca.

Es una imagen que podría estar sacada de la mejor novela negra. Después de esa llamada de teléfono llegó el silencio. Que lo mataron, es la opción más repetida. Hunter S. Thompson incluso se animaba a fantasear con Óscar a bordo de un descapotable con un kilo de heroína en una mano y una ametralladora Uzi en la otra cruzando la frontera. Disparando a las estrellas. Fanfarroneando. Cavando su tumba. Gritando que hay seres que no están diseñados para vivir mucho tiempo, sino solamente para vivir. A secas. Dejando un rastro de huellas profundas y desparejas.

Leer entrada original aquí

 


De Ambrose Bierce a Zeta Acosta pasando por Carlos Fuentes

(reseña de La revuelta del Pueblo Cucaracha de Óscar Zeta Acosta en El Cultural)
Óscar Zeta Acosta por Jesús Barraza
Gringo Viejo, la novela que dio a conocer a Carlos Fuentes, narra la vida y enigmática muerte en México del autor norteamericano Ambrose Bierce. Similar destino tuvo Oscar Zeta Acosta (1935-1974), un abogado activista del movimiento chicano, que desapareció misteriosamente en México (se le da por muerto) en el año de 1974. Zeta Acosta inspiró el personaje del Dr. Gonzo en Fear and Loathing in Las Vegas (1972), la novela de Hunter S. Thompson luego llevada al cine. Thompson se ocupa aquí de la Introducción (Álex Portero firma el Epílogo).

La producción literaria de Acosta, como la de Bierce, también fue escasa, únicamente... (Sigue leyendo)

Vuelve Thoreau, de la mano de Antonio Casado da Rocha


Si un individuo pasea por los bosques por amor a ellos la mitad de cada día, corre el riesgo de que le consideren un holgazán; pero si se pasa todo el día especulando, cortando esos bosques y dejando la tierra desnuda antes de tiempo, se le aprecia como ciudadano laborioso y emprendedor, como si el único interés de una ciudad por sus bosques estuviera en talarlos. Eso decía con conocimiento de causa Henry David Thoreau (1817-1862), que condenaba la maldita obsesión que ha convertido al mundo en un taller y en una lotería y afirmaba, dando ejemplo con su vida, que todas las cosas buenas son libres y salvajes.

Thoreau fue agrimensor, naturalista, conferenciante y fabricante de lápices, y hoy se le considera uno de los padres fundadores de la literatura norteamericana, profeta de la ecología y la ética ambiental, inventor de la desobediencia civil. La villa de Concord, el lugar donde nació en 1817, ha quedado inmortalizada en clásicos como Walden y en otros libros de Thoreau menos conocidos a este lado del Atlántico, pero que han viajado por el mundo bastante más que su autor. 

Él se conformaba con haber viajado mucho por los ríos y campos de Concord.
Amén de resistirse por activa y pasiva a cualquier tipo de esclavitud o domesticación, Thoreau continúa exasperando a las personas serias. Para no malinterpretar ese legado de protesta creativa (así lo describió Martin Luther King), habría que entenderlo en sus propios términos, dentro del contexto formado por las cosas y las personas que le importaban. Esa es la idea que animó a Antonio Casado da Rocha a escribir este primer ensayo en castellano sobre la obra de Thoreau, aumentado y corregido para esta nueva edición (la primera edición es de diciembre de 2004), que sigue a rajatabla el consejo de Mark Twain: si una biografía prescinde de las pequeñas cosas y solo menciona las grandes no traza en absoluto un retrato apropiado de la vida de un hombre.


Antonio Casado da Rocha (San Sebastián, 1970) es licenciado en humanidades por la National University of Ireland, doctor en filosofía por la Universidad del País Vasco y miembro de la Thoreau Society desde 1995. Además de esta obra es autor de La desobediencia civil a partir de Thoreau (Gakoa, 2002) y Bioética para legos (introducción a la ética asistencial) (Plaza y Valdés, 2008).

«El libro de Antonio Casado, filósofo y traductor de Thoreau, bucea profundamente en la vida del escritor estadounidense y, desde ese conocimiento preciso, ofrece un texto en el que cuenta a Thoreau. Casado ha digerido a Thoreau y nos ofrece el producto de su digestión; no lo muestra como una pieza diseccionada y señalando ahí están las vértebras, ahí los higadillos, primero le pasó aquello y luego lo otro, sino que lo ofrece vivo, entero, como si desde la disección previa que ha hecho volviera a unir los pedazos para mostrarlo de una sola pieza, aunque con todas sus aristas.»
ANTONIO CALVO ROY, El País, Babelia (2 de abril de 2005).

Jerry Rubin vs. el desodorante

Continuamos con las joyas audiovisuales sobre los yippies que han subtitulado en castellano nuestros amigos de Guerrilla Translation.

En este knockout audiovisual de apenas 30 segundos, el infaliblemente escandaloso Jerry Rubin espanta a todo un contingente de reporteros acartonados con sus teorías sobre sobacos, acicalado social y la revolución juvenil.


Más info sobre los yippies:
Los yippies (Acuarela Libros)
Yippie! Una pasada de revolución (Abbie Hoffman)

Jerry Rubin, la yerba y los Panteras Negras

Continuamos con las joyas audiovisuales sobre los yippies que han subtitulado en castellano nuestros amigos de Guerrilla Translation

En este segundo round, el risueño y letal Jerry Rubin entabla un constructivo y entrañable " tête-à-tête" con Dorothy Fuldheim, presentadora de un programa marujil estadounidense. Entre otras cosas hablan del sexo libre, de la pasma, por qué la yerba es mejor que el alcohol y Jerry farda de sus amistades entre las Panteras Negras.


Más info sobre los yippies: 
Los yippies (Acuarela Libros)
Yippie! Una pasada de revolución (Abbie Hoffman)

Transformando lo cotidiano en Mayo del 68 (Kristin Ross)


(fragmento de Mayo del 68 y sus vidas posteriores, de Kristin Ross)

Frente a la imagen dominante del militante profesional (o más bien el ex militante profesional) dominante en los ochenta, Nicolas Daum ofrece su recuerdo de una experiencia colectiva:


Pero de la misma manera que nos sentíamos juntos en la corriente general de Mayo del 68, al mismo tiempo ahora tengo la impresión de ir totalmente a contracorriente de la ideología dominante. Esa es la única nostalgia que me produce Mayo del 68: lo que hacíamos no era en realidad militancia, era una forma de vida, no había diferencia entre la vida y la militancia, no existía un corte que las dividiera. Casi todas las noches había compañeros en casa. Existía cierta concordancia entre lo que se decía y lo que se hacía.

Estos comentarios ofrecen la mejor descripción que he encontrado de lo que se experimenta cuando el imaginario político se infiltra en la vida cotidiana de la gente. Definen de forma precisa la noción de praxis como experiencia de lo cotidiano expresada en toda su riqueza y liberada de todas sus miserias. Es la cotidianeidad fusionada con la política como lugar donde se pueden superar las divisiones causadas por la alienación, donde se puede abolir la constante y profunda ruptura entre lo cotidiano y lo no cotidiano, lo público y lo privado, entre la vida militante y la vida ordinaria. En las frases de Daum se encuentra lo que Henri Lefebvre quiere decir cuando habla de “lo cotidiano transformado”: la creación de una cultura que no se concibe como una institución sino como un modo de vida que se aplica durante un tiempo en la actividad de un grupo que combina su función y su actividad social. La actividad política ya no parece una esfera diferenciada y aislada de la vida social: cada persona puede trabajar en el nacimiento de otro futuro desde su lugar de trabajo o residencia. La especialización –el dominio “natural” de los expertos– se basa en la separación de las esferas; aquí, lo social se ha reconfigurado para eliminar dicha separación, para rechazar las categorías naturalizadas del experto.

(Traducción de Tomás González Cobos; ilustración de Acacio Puig)

Los yippies acribillan con pistolas de agua

Tenemos la suerte de ofreceros, como parte de la filmografía yippie, una serie de documentos audiovisuales para los que nuestros amigos de Guerrilla Translation se han currado los subtítulos en castellano.

En el primero, el periodista David Frost "intenta" entrevistar a Jerry Rubin mientras que un desastrosamente camuflado contingente de Yippies infiltrados -entre ellos Mick Farren y Felix Dennis- se autoinvitan al diálogo con Frost, y, de paso, le acribillan con pistolas de agua... Épico.



Más info sobre los yippies:
Los yippies (Acuarela Libros)
Yippie! Una pasada de revolución (Abbie Hoffman)

LA VIDA DESENFOCADA

Bicheando por la red nos encontramos con esta genial correspondencia ficticia ideada por Sergi Sánchez para El Cultural del Mundo hará unos quince años entre Hunter S. Thompson y Terry Gilliam con motivo del estreno de la película Miedo y Asco en Las Vegas. Contiene auténticas perlas.


Los genios también se escriben cartas. Uno no sabe si Terry Gilliam y Hunter S. Thompson se han escrito cartas o han hablado por teléfono, porque en la dimensión desconocida de “Miedo y asco en Las Vegas” todo es posible: lo cotidiano se convierte en lo lisérgico, y viceversa. Gilliam es el representante díscolo de los Monty Python, un hombre que luchó para que “Brazil”, su primera obra maestra, se estrenara en América sin ser remontada por el presidente de la Universal; doce años después, su segunda obra maestra, “Doce monos”, se convertía en uno de los éxitos sorpresa de la temporada... y fue producida por la Universal. Mientras, Thompson vivía en Kentucky, dormido en los laureles del lenguaje “gonzo”. Veinticinco años antes, revolucionó la gramática del periodismo: se podía permitir un descanso. Estaban hechos el uno para el otro; y sí, Gilliam ha conseguido adaptar la obra de Thompson, una novela inadaptable. ¿Qué tal si nos tomamos la libertad -después de todo, la pirámide invertida fue aniquilada por Thompson- de inventarnos su correspondencia? Un aviso: aunque parezca mentira, cuanto se cuenta en ellas es rigurosamente cierto.

Terry Gilliam

Querido Terry: 

He visto dos veces “Miedo y asco en Las Vegas”. La he visto dos veces en uno de esos multicines del centro comercial de Aspen, en uno de esos cementerios cristalizados en los que, en cualquier momento, se puede presentar un tipo disfrazado de oficinista y volarte la tapa de los sesos. Ésa es una de las ventajas de vivir en Woody Creek, Colorado. Todo vale, todo puede ocurrir, como en Las Vegas, ese lugar donde los modernos se reunirían los sábados por la noche si los nazis hubieran ganado la guerra. Creo que esto lo he escrito antes, pero no importa.

Johnny Depp se parece a mí. Es Raoul Duke, el protagonista de tu película, y es Hunter S. Thompson. No lo digo como un cumplido, pero estoy orgulloso de haberme metido en su cabeza durante los días que estuvo en mi casa. Los dos, supongo, nacimos en Kentucky. Es una pena que yo naciera un 18 de julio de 1937. Podríamos haber esnifado éter juntos si hubiéramos pertenecido a la misma generación.

Creo que a Kate Moss, la percha que lo acompañó el primer día de su visita, no le caí bien. Una lástima: tal vez la bomba que hice detonar en el jardín de mi casa no le pareció un buen recibimiento. A Johnny se le veía a gusto. Le puse a ordenar mi correspondencia en un sótano. Luego me acompañó en mi gira de promoción de “Proud Highway”, y se vistió de guardia de seguridad para protegerme.

Johnny es como una palabra en estilo “gonzo”, que, como sabes, es el que me hizo célebre en los desiertos de Nevada. Mutante, eléctrico, obediente en su creativo mimetismo. Algo así como un camaleón borracho, así se comportó cuando se hizo pasar por mí en ese absurdo homenaje que le hizo la Universidad de California a Ginsberg


Me alegró no haber insistido en mi obsesión por Jack Nicholson -“¿Hunter es Jack Nicholson? Vamos, no me tomes el pelo y apura el canuto”-, y me alegró que Brad Pitt y Woody Harrelson se alejaran de tu proyecto, Terry. Sólo recordar a Bill Murray intentando reproducir mi entrecortada dislexia gestual en “Where the Buffalo Roam”, esa película inspirada en mis “deliriums tremens” periodísticos que dirigió Art Linson -espero que no le conozcas-, se me escama la piel.

El tramposo no miente
Hace poco, en una pesadilla terrible, releía algo que había escrito por 5.000 dólares. Había sido publicado, cómo no, en “Rolling Stone”. Apostado junto a mí, ese millonario con el corazón roto que frecuenta a gente que me irrita, Tom Wolfe. Vestido con su traje blanco, me susurraba algo sobre la importancia del nuevo periodismo, y yo le decía: “Todo fue una mentira, y como todas las mentiras, fue bella”.

Y entonces leí en voz alta: “Sólo soy el médium, el canal, un pararrayos humano para las sulfurosas y trémulas visiones y los horribles ‘flash-backs' de ácido de toda una generación... que son preciosas, aunque sólo sea como monumentos vivos y salvajes de un sueño que nos embruja”. ¿Qué aprendí de esa pesadilla? Que soy un tramposo que cuenta la verdad.

Incluso cuando escribí ese reportaje sobre cómo estuve a punto de ser elegido sheriff de Aspen (Colorado) -creo que se titulaba “El poder freak en los rockies”-, luchando contra todos los barberos y contables que no entendían mi acérrima defensa del consumo de drogas, quería decir la verdad. Mi buen amigo Jann S. Wenner, fundador de esa revista que convirtió en arte la crónica musical (y cualquier crónica), lo sabe muy bien: con él he compartido más de una docena de cervezas enlatadas.

¿Por dónde íbamos? Estábamos en Las Vegas. No te puedes imaginar lo que era eso. Continuos brotes de locura. Vampiros reflejados en las gafas de sol. Voces insufribles que llegaban, a todo volumen, a través de la pared. Todos esos lagartos jugando a las tragaperras, y los dibujos de la alfombra hechizados por una serpiente imaginaria. ¿Cómo lo has hecho? Ya lo sé: con efectos digitales, con filtros de colores, con grandes angulares, pero, repito: ¿cómo lo has hecho?


Los editores del “Sports Illustrated”, los que me enviaron a cubrir esa extraña carrera de motocicletas Mint 400 en medio de la nada, no lo sabían, pero América era eso: el pánico de los hombres vestidos con camisas de chorreras y las mujeres de lentejuelas, el pánico del juez de paz al casarlos, el del autoestopista del comienzo de mi novela. Una América llena de pánico y polvo.

“Miedo y asco en Las Vegas” era eso. El abogado samoano, el doctor Gonzo (que en la vida real se llamaba Oscar “Zeta” Acosta), gritando en una habitación iluminada por el neón rojo -por cierto, Benicio del Toro ha engordado 20 kilos y se ha tomado unos cuantos ídem de mescalina, ¿no?-, eso era la América del Vietnam. Íbamos a buscar el sueño americano y nos volvimos locos. No fue el LSD, ni el éter, ni la cocaína, ni la marihuana: fue lo que vimos al otro lado del espejo


Ni siquiera en mis días del reformatorio, ni siquiera cuando escribí sobre Brando o sobre Hemingway, ni siquiera cuando mecanografié “La gran caza del tiburón”, ni siquiera en mis excursiones al interior del mundo de Los ángeles del Infierno -que casi acaban con mi vida-, ni siquiera entonces me di cuenta de la magnitud de nuestra tragedia. Vivíamos (y seguimos viviendo) en el averno americano. Tal vez por eso me gustaron tanto esa habitación rosa inundada hasta la rodilla, ese circo de monstruos que Fellini hubiera aplaudido, esa voz en off obstinada en representar la polisemia de la locura.

Siempre en camas incómodas
Sigo sintiéndome tan enfermo como entonces y, por supuesto, tan confiado y tan seguro. Los depresores han hecho su efecto. Si no fuera por ellos, no podría soportar la acidez del pomelo que, ahora mismo, estoy pelando con un cuchillo de caza.

Gracias, Terry.

Hola, Hunter: 
Acabo de regresar del Festival de Cannes y me apetecería esconderme en el sótano de unas catacumbas florentinas. Ni el público ni la crítica han reaccionado bien a “Miedo y asco en Las Vegas”. Excesivo, delirante, hiperbólico, abrumador, derrochador, imbécil: todo esto ha salido de sus bocas. Soy así (tal vez lo de imbécil es ir un poco lejos), y no lo puedo evitar. Por lo demás, no me parecen calificativos peyorativos. ¿Cómo, si no, hubiera soportado un rodaje como el de “Las aventuras del barón de Mönchausen”, con un productor, Thomas Schuhly, cuyos bolsillos estaban llenos de dinero sucio, un hombre incapaz de diseñar un plan de rodaje factible? ¿Cómo hubiera luchado contra los gigantes de la Universal cuando sus directivos me confesaron que no entendían “Brazil”?

A la película le van de perlas esos adjetivos. Me han bastado poco menos de 20 millones de dólares y 8 semanas de rodaje. Quien me conozca sabe que no me gustan las camas cómodas. Supongo que por eso adapté tu novela. Leí el libro en 1971, cuando se publicó. Me lo perdí cuando salió por entregas en el “Rolling Stone”. Realmente captaba el signo de los tiempos con una actitud con la que podía identificarme. Pero, si he de ser sincero, no se me ocurrió adaptarlo. El guión me llegó en 1989, pero estaba demasiado ocupado como para convertirlo en película.

Luego apareció Alex Cox, y creo que no os caísteis muy bien, y digo “creo” porque nunca has querido hablarme de él. Les prometió el oro y el moro a los productores, los de la Rhino: que si un presupuesto de siete millones, que si todo estaría listo en cuatro meses escasos. Alex me dio problemas. Cuando se apartó del proyecto -a instancias tuyas y de Laila Nabulsi, tu “ex”, negociadora de los derechos del libro-, se atrevió a pedirme cuentas del guión que escribí junto a Tony Grisoni. ¡Dijo que estaba basado en el suyo! Es obvio que los dos partíamos del mismo libro, y eso ya fue motivo suficiente para que los miembros de la Writer's Guild of America se me lanzaran encima para imponerme la inclusión de Alex y Tod Davies en los créditos. Me faltó tiempo para quemar en público mi tarjeta de socio de la WGA.


No me importa lo que la gente piense de mí. A decir verdad, creo que a Raoul Duke y al doctor Gonzo tampoco les importa demasiado. De hecho, y estoy seguro de que es algo inconsciente, ellos son una prolongación psicotrópica de mi anárquica personalidad. Hago lo que me da la gana desde que, trabajando con los Monty Python, no enseñaba mis “sketchs”, realizados en formato “cut out animation” -especie de collage con vida propia diseñado a partir de una combinación entre materiales ajenos y dibujos hechos ex profeso-, hasta el día de emisión del programa.

Esa adicción al libre albedrío es algo que comparto con todos mis personajes: el Kevin de “Los héroes del tiempo”, el Sam Lowry de “Brazil”, el Barón Mönchausen, el Parry de “El rey pescador” y el James Cole de “Doce monos”. Ellos, como yo, tienen que pagar las consecuencias de su libertad: incapaces de dar su brazo a torcer mientras buscan la realización de sus sueños más ocultos (y, con frecuencia, imposibles), sucumben a la locura o al aislamiento. Duke y Gonzo son, otra vez, Don Quijote y Sancho Panza encarcelados en sus alucinaciones, atrapados entre las aspas de sus peculiares molinos de viento. Pienso en ellos como los últimos románticos en un mundo de pesadilla, lírico y poético, cuyo horizonte visual abarca desde el Bosco y Doré a Goya y Botticelli.

La guerra química
“Miedo y asco en Las Vegas” se parece a un cuadro de Bacon pintado por Robert Crumb o, en su defecto, por un historietista de la revista “Mad”, a ser posible su creador y fundador, Harvey Kurtzman. Quería que tu universo, ese lugar donde se libra una guerra química entre bandos enemigos, se consolidara en un infierno de colores primarios, un infierno al que Duke es enviado para sufrir los pecados de América.


Creo, sin embargo, que la película no es nada moral, y espero que estés de acuerdo conmigo. No hay nadie que busque una redención porque, a simple vista, todo parece irremediable. Es una película hecha con los colores de la rabia y el sarcasmo, como tu novela. A Nicola Pecorini (le llamábamos el Tuerto; es, de hecho, el primer director de fotografía tuerto que conozco) le di instrucciones claras al respecto: cada droga debía tener su color, su desenfoque, su sonido.

No es, tampoco, una película sobre las drogas, a pesar de que la cadena de televisión ABC prohibiera la emisión de trailers por considerarla una glorificación del dopaje. “Miedo y asco en Las Vegas” es América, y si la película es así tal vez sea porque yo me fui de América a finales de los 60, en plenas manifestaciones anti-guerra del Vietnam. Odiaba todo aquel conserva- durismo, me aburría e irritaba. Por aquel entonces, cualquier valor americano se fue al garete, y Las Vegas era el gran escaparate de América, el lugar que mejor sintetiza su infantilización. Lo sigue siendo. Por suerte, tú y yo hemos conseguido nuestro objetivo, o al menos lo hemos intentado: derrocar el mito de las utopías para convertir sus cenizas en imágenes (o metáforas) inolvidables. 

Gracias por todo. 
Terry 
 

Para leer el artículo original, pincha aquí.

Filmografía Yippies y Contracultura 60: LBJ y la América entripada

De nuevo subimos una pieza de Santiago Álvarez, y también por recomendación de nuestra amiga Carmen Pellicer (muchas gracias).

LBJ (1968) es un documental sobre el presidente estadounidense Lyndon Baines Johnson, la politica de los años sesenta, y los asesinatos de John F. Kennedy, Martin Luther King, y Robert Kennedy. Para acompañar el vídeo, debajo os invitamos a leer un texto de Abbie Hoffman sobre la muerte de R. Kennedy.



ABBIE HOFFMAN SOBRE LA MUERTE DE BOBBY KENNEDY

[Esta es la versión del asesinato de Robert Kennedy que presenta Abbie Hoffman en Yippie! Una pasada de revolución) . Como breve introducción baste decir que los yippies, que trataban de organizar una "contracumbre" denominada Festival de la Vida durante la Convención Demócrata del 68, se encontraban desmoralizados ante la sofisticada amenaza que suponía Bobby Kennedy, como explica Abbie en el siguiente fragmento. Todo cambió con el asesinato de Kennedy a manos de Sirhan Sirhan.]

Bobby sí que suponía una amenaza. Un reto frontal a nuestro teatro en la calle, un reto al carisma de Yippie!

Acordaos de la tarjeta de Navidad de Bobby: un espacio en blanco en plan psicodélico con un gran interrogante: «¿Santa Claus en el 68?». Y recordad a Bobby en televisión, dudando ante ciertas preguntas, dejando espacio para que el público interrumpiera y le echara una mano a la hora de enfrentarse al frío entrevistador que se sabía todas las preguntas y nunca se equivocaba.

Vamos, decía Bobby, únete a la batalla del misterio contra la máquina televisiva. La mística participativa. Teatro en la calle. Lo interpretaba hasta sus últimas consecuencias. Y, por si fuera poco, Bobby tenía el dinero y el poder para construirse el escenario. Nosotros teníamos que robarlo. No había color. Yippie! comenzó a caer más rápido que el dinero que habíamos tirado en la Bolsa. Todas las noches al poner la tele salía el joven caballero con su melenita, extendiendo la mano (un gesto aprendido del papa): «Dadme la mano, tenemos un largo camino por delante».

Cuando un joven melenudo te contaba que había oído que Bobby se colocaba, sabías que Yippie! tenía problemas de verdad.

[...]

Yippie! se había convertido en un movimiento irrelevante.

Las acciones nacionales habían perdido su sentido. Todo el mundo se dedicó a la dura tarea de desarrollar nuevos campos de batalla. Columbia, el Lower East Side, Free City en San Francisco. La acción local ocupó el espacio central y para finales de mayo habíamos decidido abandonar Yippie! y cancelar el festival de Chicago.

Tardamos dos semanas de debates en acordar un método de retirada que no supusiera una mayor desmoralización de las tropas. El comunicado ya estaba listo cuando de la nada surgió Sirhan Sirhan, el asesino de Bobby, y en diez segundos le dio la vuelta a la tortilla.

Pospusimos la cancelación de Chicago e intentamos buscarle un sentido a lo que acababa de ocurrir. No nos resultaba fácil pensar con lucidez. El movimiento Yippie!, aún en estado de conmoción por la insumisión de Lyndon Johnson [en referencia a su decisión de no presentarse como candidato], coqueteaba con la muerte en algún lugar entre el cincuenta por ciento de posibilidades de Andy Warhol [En junio de 1968 Warhol sobrevivió a un atentado en el que recibió seis disparos]  y el cero por ciento de Bobby Kennedy.

El sistema político de Estados Unidos estaba resultando más desconcertante que Yippie!

La realidad y la irrealidad se habían cambiado de bando en seis meses.

Era América la que estaba de tripi; nosotros simplemente nos habíamos quedado de piedra. 

Filmografía Yippies y Contracultura 60 (hasta ahora):
Chicago 10
The Weather Underground
Magic Trip
Punishment Park
Lenny
Phil Ochs: There But For Fortune
Now! 
Woodstock 
Growing Up in America