Jean-Claude Michéa: la “imposibilidad antropológica” de la utopía liberal


Para compartir: notas-resumen por Acuarela Libros de varios libros de Jean-Claude Michéa sobre el pensamiento y la civilización liberal (citados al final). Acuarela publicó La escuela de la ignorancia, que hasta ahora es el único título de Michéa traducido al castellano.

El liberalismo y el problema de la paz

Para Jean-Claude Michéa, el liberalismo es en primer lugar una reacción a las guerras de religión de los siglos XVI y XVII. Guerras de una duración, una amplitud y una brutalidad sin precedentes. Guerras en las cuales una ideología del Bien pretende erradicar de una vez por todas el Mal.
El liberalismo se plantea el problema de una sociedad pacificada. El enemigo es la religión y la teología: las ideologías del Bien, necesariamente mortíferas y excluyentes. ¿Por qué sustituirlas? ¿Qué puede estructurar, si no es la religión, un mundo común?
La respuesta del liberalismo es: la Razón, “luz natural”. La razón puede ofrecer un ordenamiento del mundo en claves de paz, prosperidad, felicidad, sin imponer una representación única de “la vida buena”. Para el liberalismo no hay Bien y Mal, sino lo bueno y lo malo.
La racionalidad científica, cuyo modelo lo ofrecía entonces la física experimental (de Galileo a Newton), es la imagen de referencia. El liberalismo parte de que puede haber una “ciencia de la naturaleza humana”. Pero, ¿qué fuerza haría en esta “física social” el papel que juega la “atracción universal” en la física clásica? Es decir, ¿qué ley permite entender y unificar los comportamientos humanos? El interés.
Actuando movidos por nuestro interés bien entendido -y no por las pasiones, las supersticiones o los prejuicios- podremos configurar una sociedad armonizada. La “mano invisible” de Adam Smith sería exactamente eso: cada uno, pensando en sí mismo, contribuye al bienestar general. El cálculo egoísta es el único fundamento racional de la armonía social. El intercambio económico es el modelo de la racionalidad. Y el “dulce comercio” es el mejor antídoto contra la la religión y la guerra. Mientras compran y venden los seres humanos no se matan. Lo dice con mucha gracia Kant: un mundo poblado por diablos viviría en paz, porque serán malos pero no tontos y se dan cuenta de que miran mejor por su propio interés comerciando que haciendo la guerra.

La metafísica liberal

La metafísica “monadológica” del liberalismo prima el individuo e ignora (o minusvalora) todo lo que lo hace dependiente de “lo social”: por ejemplo, el inconsciente, donde siempre hay un Otro a partir del cual nos vemos a nosotros mismos; la lengua materna, que nos inscribe en un mundo de sentidos que no elegimos; o la lógica del don (dar, recibir y devolver) que nos vincula necesariamente a otros. El individuo liberal es un ser autocentrado e independiente por naturaleza.
La metafísica liberal es pesimista, parte de la desconfianza en el otro: la guerra de todos contra todos es la verdad oculta bajo todas las relaciones sociales. Es una metafísica del “miedo a la muerte”: la autoconservación, perseguir el propio interés y perseverar en el propio ser son las conductas racionales. Lo irracional es jugarse la vida por un ideal heroico o religioso de santidad, gloria u honor (base cultural de las guerras de religión). Es una metafísica “juvenil” marcada por el miedo a envejecer, por el ideal de una salud física a toda prueba que permite al individuo la autosuficiencia. Y es una metafísica de la “transgresión y la movilidad” que elogia la capacidad de arrancarse a todas las raíces y estar siempre en movimiento, sin “anclarse” en hábitos, prejuicios, oficios o lugares de residencia (finalmente obstáculos al interés bien entendido o dependencias psicológicas inaceptables). El liberalismo es el partido del Progreso, el Cambio y el Movimiento.
Para Michéa, izquierda y derecha tienen idénticas raíces liberales: la derecha es liberal en lo económico pero le cuesta aceptar las consecuencias del liberalismo en lo cultural (aborto, matrimonio gay, etc.). A la izquierda le pasa lo contrario: asume que “cada cual tiene su vida” (y puede hacer con ella lo que quiera, siempre que no dañe a otro) en el ámbito de las costumbres, pero no del todo en el económico.

Liberalismo político

El liberalismo político actúa con el objetivo de abolir todo lo que estorba esa racionalidad instrumental. Primero, aún en el Antiguo Régimen y revolucionariamente, contra el matrimonio entre Estado y religión. Luego, y hasta ahora, contra todo lo que nos hace vincularnos “irracionalmente” a seres, lugares o cosas. Este movimiento es a la vez y paradójicamente fuente de emancipación (de modalidades desigualitarias de lazo social) y motor de la “modernización capitalista” (que barre costumbres, lugares y comunidades “no funcionales”).
El sueño liberal es llegar a una pura y simple “administración de cosas, organizada científicamente por técnicos”, pero los individuos se obstinan en no pensar según su propio interés y seguir inscribiéndose en “filiaciones, pertenencias y raíces”. Por tanto, el liberalismo es una doctrina de la “revolución cultural permanente”: siempre hay obstáculos (en las costumbres, en las identidades, etc.) que impiden a la gente razonar “desde su interés bien comprendido”. Son las famosas “distorsiones del juego de la oferta y la demanda”.
¿Cómo asegurar la coexistencia pacífica de individuos sin nada en común (y que se obstinan en “pensar mal”, desde la pasión y no el interés)? Es una pregunta básica en la tradición liberal. El Leviatán es una respuesta (la de Hobbes), el (Estado de) Derecho es otra. Mecanismos neutros, racionales, abstractos que presuponen (y operan desde) la metafísica individualista. Los valores morales deben quedar siempre fuera del espacio público.

Sociedad y socialismo

El liberalismo reintroduce la guerra de todos contra todos que dice conjurar pero a otro nivel: ya no religioso, sino “racional” (el éxito por encima de todo y de todos, el sálvese quien pueda, el lazo social como carga y obstáculo, etc.). Pero la sociedad resiste: la vida familiar o la vida de un vecindario, las relaciones amistosas o amorosas, no se pueden entender desde la lógica liberal, sino sólo desde la lógica del don (a la vez obligatorio y facultativo, interesado y desinteresado). Michéa engloba en la lógica del don todos los valores que “hacen sociedad”: la confianza recíproca, la ayuda mutua, la solidaridad por encima del conflicto, el espíritu de grupo, los sentimientos comunes. La sociedad sigue tejiéndose día a día según la lógica del don (como contra-sociedad) aunque la hipótesis hegemónica sea la liberal.
El socialismo, tal y como se configuró en el siglo XIX (más proudhoniano que marxista), es el proyecto de conciliar igualdad, lazo social y comunidad. La filosofía socialista establece la “relación” como dato antropológico primero: endeudamiento simbólico recíproco y por tanto un “sentido de los otros”. Como dice P. Leroux, teórico socialista del siglo XIX, “los hombres desasociados no sólo son extraños los unos a los otros, sino necesariamente rivales y enemigos”. Pero la comunidad está hecha muchas veces de formas de tutela y control que infantilizan a los individuos (y aquí Michéa reconoce efectos emancipadores en el liberalismo, la axiomática del interés y la Ilustración). Por eso el socialismo pretende combinar igualdad y comunidad. Igualdad contra la voluntad de poder que nos hace desear “elevarnos sobre los otros”. Comunidad frente a la guerra de todos contra todos liberal. El socialismo se opone por tanto a 1) la voluntad y el deseo de poder que se encarnó en las vanguardias y las dictaduras comunistas y 2) al individualismo liberal.
Desde Foucault hasta Deleuze, desde la contracultura hasta Mayo del 68, Michéa critica la “fuente liberal” del pensamiento y los movimientos contemporáneos (elogios del deseo y la desterritorialización, del nomadismo y la transgresión, etc.). Hace también una crítica acerba de la Red, donde la lógica del contacto es “afinitaria e instrumental” (redes sociales, etc.) cuando en un “mundo común” (Hannah Arendt) tenemos que convivir con quien no es igual a nosotros y ni siquiera nos gusta, para lo cual se crearon valores como la civilidad, la cortesía, la vecindad o la hospitalidad (que funcionan según la lógica del don). Para Michéa, el socialismo arraigaba fundamentalmente (y aún arraiga) en el mundo del trabajo (obrero, campesino, etc.) donde se despliegan los valores no-liberales: una cierta moralidad, disciplina individual y colectiva, conducta responsable y generosa, etc. Virtudes humanas de base (la common decency de Orwell, el autor de cabecera de Michéa) contra el culto al poder y al éxito individual. Relaciones a largo plazo y duraderas que confieren identidad frente a la fragmentación liberal o la deriva permanente de la Red.
Como esos mundos están desapareciendo poco a poco, Michéa no es políticamente muy optimista que digamos, aunque repite que la utopía liberal es imposible y que el lazo social encuentra siempre el modo de reproducirse, como esas flores que crecen milagrosamente junto a las aceras, sosteniendo paradójicamente (¿a su pesar?) la no-sociedad liberal.

Referencias: 

-Impasse Adam Smith. Remarques sur l'impossibilité de dépasser le capitalisme sur sa gauche, Jean-Claude Michéa, Climats (2002) 
-Orwell éducateur, Jean-Claude Michéa, Climats (2003) 
-L'empire du moindre mal. Essai sur la civilisation libérale, Jean-Claude Michéa, Climats (2007) 
-La double pensée. Retour sur la question libérale, Jean-Claude Michéa, Champs Essais (2008)

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