El callejón de las almas perdidas, avatar de Enigma, el pueblo del Cantante de Gospel.

Hoy os queremos recomendar esta imprescindible novela de William Lindsay Gresham, joyita publicada por nuestros admirados camaradas de Sajalín, en la que hemos encontrado el rastro freak y grotesco del Sur natal de Harry Crews y nuestro querido Cantante de Gospel.

El callejón de las almas perdidas empieza con la extraordinaria descripción de un abyecto espectáculo de feria cuyo principal reclamo es «el monstruo», alguien que ha caído tan bajo que está dispuesto a humillarse, por un trago de whisky, delante de un público ávido de sensaciones extremas. El joven Stan Carlisle, que trabaja en la feria ambulante, está convencido de que nunca acabará así. Es inteligente y ambicioso, y pronto descubre que puede engañar a cualquiera encontrando su punto débil. En poco tiempo se convertirá en un mentalista de primera, pero triunfar en una feria ambulante timando a pobres desgraciados no es suficiente para Stan, quien decide establecerse como falso reverendo y médium para estafar a ricos desesperados que ansían comunicarse con difuntos queridos a cualquier precio. Parece que Stan tiene el mundo a sus pies y que nada ni nadie puede detenerlo… al menos por ahora.  

William Lindsay Gresham (Baltimore, 1909-Nueva York, 1962) se graduó en 1926 y, ante la imposibilidad de encontrar un empleo fijo, trabajó una temporada como cantante folk en Greenwich Village. En 1937 participó como voluntario en la Guerra Civil Española, donde ejerció de médico en el bando republicano. Dos años después regresó a los Estados Unidos y pasó una temporada en una clínica para tuberculosos. Sus demonios interiores le llevaron de creencia en creencia: marxismo, psicoanálisis, cristianismo y budismo. Pese a sus problemas con el alcohol, Gresham escribió en 1946 su obra maestra: El callejón de las almas perdidas, un clásico underground de la literatura norteamericana inédito hasta ahora en español. La novela, adaptada al cine con Tyrone Power como protagonista, proporcionó a Gresham fama y dinero, pero lo perdió todo. La segunda de sus tres mujeres, la poeta Joy Davidman, lo dejó en 1953 por el escritor británico C.S. Lewis, y en 1962, gravemente enfermo, se quitó la vida a los 53 años de edad en la habitación de un hotel de Nueva York.   


A continuación os ofrecemos dos fantásticos pasajes de la novela, en excepcional traducción de Damià Alou que podrían haber sido perfectamente extraídos de las páginas de El Cantante de Gospel.

1-Rumbo al Sur.

"[...] La feria ambulante puso rumbo al sur y los pinos comenzaron a flanquear carreteras arenosas. Las cigarras emitían su percusión en medio del aire de final de verano, y las caras de los blancos eran más descarnadas, llenas de desolación, y los labios a menudo estaban manchados de tabaco de mascar.
Por todas partes, las caras relucientes y oscuras del otro país del Sur brillaban al sol. Se quedaban callados y asombrados, y contemplaban cómo se instalaba la feria a la humeante luz de la mañana. En el Diez.en-Uno siempre se quedaban en la parte de atrás del público, un cordón invisible los inmovilizaba. Cuando uno de los blancos se daba la vuelta bruscamente y los empujaba, la palabra "perdone" caía de ellos como un penique en equilibrio sobre los hombros.
Stan nunca había estado tan al sur, y en el ambiente había algo que le incomodaba. Era una tierra oscura y ensangrentada donde una guerra oculta viajaba como millones de gusanos bajo la tierra [...]".



2-Freak Show

"[...] Evansburg, Morristown, Linklater, Cooley Mills, Ocheketwney, Bale City, Boeotia, Sanders Falls, Newbridge.
En breve: El Espectáculo de Monstruos de Ackerman-Zorbaugh. Patrocinado por los Altos Cedros de Sión, los Fondos de Beneficencia de Caldwell, las Hijas de los Pioneros de Clay County, los Bomberos Voluntarios de Kallakie, y la Leal Orden del Bisonte.
Polvo cuando el tiempo era seco. Barro cuando llovía. Maldiciendo, humeando, sudando, tramando, sobornando, bramando, engañando, la feria ambulante proseguía su camino. Llegaba por la noche como una columna de fuego, traía emociones y cosas nuevas a los pueblos amodorrados: luces y ruido y la oportunidad de ganar una manta india, de montar en la noria, de ver al salvaje que acaricia esos reptiles igual que una madre acariciaría a sus bebés. Luego desaparecían en la noche, dejando la hierba del campo pisoteada y cajas de palomitas de maíz y cucharillas de hojalata que se pudrían como vestigios de su presencia [...]".


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