LOS YIPPIES Y NOSOTROS, QUE LOS QUEREMOS TANTO* (1)


Fue un flechazo, amor a primera vista. La potencia desestabilizadora del encuentro. En este caso, un encuentro hacia atrás. Un salto de más de cuarenta años en el tiempo. Y también un salto en el espacio, a ese lugar a la vez mítico y desconocido que es EE.UU. Hablamos de nuestro descubrimiento de los yippies, un grupo revolucionario inscrito en el movimiento de la contracultura norteamericana de los años 60.

Diseño de la chapa: Carlos Ruano
El imaginario del progreso que lo impregna todo quiere hacernos creer que esos encuentros son imposibles: «El pasado no puede decirnos nada porque es lo viejo. Quienes lo habitaban sabían menos que hoy. Su mundo era más simple, no tenían que afrontar los complejos problemas del presente». Etcétera. Pero sin embargo, una y otra vez tejemos esos vínculos imposibles entre ayer y hoy. Rompemos la «línea del tiempo» que nos separa cada vez más del pasado y establecemos diálogos con los muertos como si estuvieran a nuestro lado. De ese modo, convertimos la línea del tiempo en algo que se parece más a una red, donde no hay enlaces prohibidos, donde cada punto puede entrar en contacto (potencialmente) con cualquier otro punto. ¿Qué hay de nuevo, viejo? Contemporáneo es todo aquello que nos permite aferrar el presente, sentirlo y pensarlo. Hay jóvenes de dos mil años y viejos recién nacidos. Hay búsquedas y preguntas que abren canales insospechados de conversación entre experiencias y personas de distintas épocas. Hay enamoramientos que atraviesan «océanos de tiempo» para encontrar al otro siempre joven. En nuestro viaje al interior de la contracultura americana nunca nos sentimos como arqueólogos que buscan datos para reconstruir un pedazo de historia. Más bien nos pareció entrever que alguien nos hacía señales desde el pasado, nos acercamos a mirar y de pronto nos topamos con un fragmento del futuro incrustado allí, dios sabe cómo.

Ciertamente, existen fuerzas muy poderosas conspirando para neutralizar la virtualidad intempestiva del pasado. Por ejemplo, los estereotipos. ¿Cómo funcionan? Un estereotipo nos presenta las cosas como algo ya visto y vivido. La vida en cartón piedra: sin contexto ni historia, sin claroscuros ni contradicciones, sin riesgos ni desafíos. Nada que descubrir, nada por lo que preguntarse, nada que pueda emocionarnos. Los clichés impiden que el mundo nos afecte. Nos distancian de todo lo que podría tocarnos, ese es su poder de desactivación. Conjuran la intensidad del encuentro: la conmoción, la sorpresa, la expectativa, la excitación. Nos vuelven cínicos: gente que ya lo ha visto todo, que ya lo sabe todo y que no se cree nada.

La memoria de la contracultura americana ha sido sepultada durante los últimos cuarenta años por los estereotipos producidos al alimón entre el mercado y una parte importante del pensamiento crítico. El mercado ha convertido una serie de preguntas,  búsquedas y desafíos en modas, frases publicitarias y productos de consumo. Y una buena parte del pensamiento crítico ha concluido entonces que el mercado era la verdad secreta de aquellas preguntas, búsquedas y desafíos. Así, dos fuerzas en principio opuestas se conjugan para levantar una capa de plomo que fija las distancias entre pasado y presente. Si durante mucho tiempo nosotros mismos buscamos pistas sobre la articulación posible entre lo existencial, lo político y lo creativo en el mayo francés, los años 70 en Italia o el punk inglés, y nunca en la contracultura americana, se debe sin duda a esta barrera de los estereotipos.

¿Cómo atravesarla? No hay receta. En nuestro caso, fue muy importante el poder de la ficción, que es capaz de recrear la mirada del espectador sobre lo mirado. La literatura de los yippies tuvo ese efecto en nosotros. Miramos la contracultura americana a través suyo y vimos más allá de los iconos estereotipados (flores, melenas, pacifismo ingenuo): cómo en una sociedad de abundancia y prosperidad aquel movimiento lanzó un envite de fondo: «No queremos la vida que se nos ofrece, vamos a inventar caminos aquí y ahora para escapar de este mundo». A partir de ahí, pudimos empezar una conversación entre nuestro presente y aquel pasado, entre su idea de lo que era un desafío y nuestra pregunta por lo que pueda ser hoy.

Este texto es un fragmento de esa conversación. Está dividido en dos partes. En primer lugar, expone quiénes fueron los yippies a partir de nueve palabras clave que pueden dar cuenta de su imaginario (contra)cultural y político. Aquí despegamos de la realidad y la bombardeamos sin piedad. Esta parte ofrece algunos elementos de contexto que pueden ser útiles para introducirse en el libro de Abbie Hoffman. La segunda parte explica cómo fue la caída y el aterrizaje forzoso de sus dos líderes más conocidos: el propio Hoffman y Jerry Rubin. Y también se pregunta por las resonancias y las diferencias entre el pasado yippie y nuestro ahora.  Esta segunda parte se puede leer al terminar el libro de Hoffman. ¿Por qué dividir el texto así? Porque es un error fatal leer la historia de los yippies a partir de su final, retrospectivamente. Es el error del pensamiento crítico que neutraliza la fuerza creadora de la contracultura americana al confundirla con el mercado que acabó absorbiéndola (al menos, sus aspectos más superficiales). Lo que fueron Abbie Hoffman y Jerry Rubin en los años 70 y 80 no explica lo que fueron en los años 60. Fue un devenir entre otros muchos posibles, a partir de la discontinuidad radical de una derrota política. Dejar esa parte para el final, así como las interpretaciones sobre la actualidad del desafío yippie, quiere dejar abierta la historia a nuevas lecturas y reapropiaciones. Permitir que este libro se lea tal y como su autor lo escribió: por y para las luchas de aquel presente, inmerso en la potencia del ahora, despreocupado del porvenir.

 * Ese «nosotros» somos Leónidas Martín y yo mismo. Este viaje a la contracultura americana de los años 60 lo hemos hecho los dos juntos. Y aunque finalmente me haya hecho yo cargo de la escritura, este texto registra, absorbe y elabora las innumerables conversaciones que hemos ido teniendo al hilo de cada uno de nuestros hallazgos.

Banda Sonora Yippies: Grateful Dead

En este cuelgue os presentamos una joyita que nos hemos encontrado en YouTube de los Grateful Dead, la banda de Jerry García que tanto gustaba a los Yippies y que se convertiría también en la banda residente de los Merry Pranksters de Ken Kesey, con su sonido primerizo altamente influenciado por los Acid Tests ('Tests de Ácido') empapados de LSD de Kesey, así como por el R'n'B. 



Se trata de un video del 68 en el que se recoge el sonido y el ambiente del mítico barrio de Haight Ashbury, en San Francisco, cuna del rock psicodélico en el que durante una época (el Verano del Amor) fueron vecinos y amigos los Diggers, Jefferson Airplane, Janis Joplin y Grateful Dead.

¡Disfrútenlo!


La sed de aventuras

Ilustración de Acacio Puig

"Es la sed de aventuras lo único que debe rescatarse y perdurar".

FERNANDO SAVATER


Llamamiento a todos los artistas del mundo (Correo Dadá)

LLAMAMIENTO POR UN ARTE ELEMENTAL

A todos los artistas del mundo. En arte, amamos la invención audaz, la renovación. El arte es la consecuencia, la suma de las tensiones de una época. Vivimos en el presente. Reclamamos, por consiguiente, la consecuencia de nuestra época, un arte que sólo parta de nosotros, que no exista antes de nosotros ni después de nosotros –y no en función de una moda cambiante, sino porque sabemos que el arte se renueva constantemente y no es sólo una consecuencia del pasado–. Representamos el arte elemental. El arte puede ser elemental si no hace filosofía, si se construye única y exclusivamente a partir de sus propios elementos. Dejarse modular por los elementos de la creación, eso es ser artista.

El artista es el único capaz de descubrir los elementos del arte. Éstos no proceden de la arbitrariedad personal; el individuo no es una entidad separada y el artista es el intérprete de las energías que conforman los elementos del mundo. Artistas, proclamaos solidarios del arte. Dad la espalda a los estilos. ¡Reclamamos la abolición de los estilos para alcanzar el estilo! El estilo nunca es plagio.

Este manifiesto tiene valor de acto: llevados por el movimiento de la época, con el arte elemental proclamamos la renovación de nuestra concepción, de nuestra conciencia de las fuentes de energía que se entrecruzan incansablemente, modelan el espíritu y la estructura del tiempo, y conciben el arte, cosa pura que, liberada de la utilidad y de la belleza, brota, elemental, del individuo.

¡Por el arte elemental! ¡Contra la reacción en el arte!

Berlín, octubre de 1921,
R. HAUSMANN, HANS ARP, IVAN POUGNY, MOHOLY-NAGY

Texto de Correo Dadá de Raoul Hausmann
Ilustración: Raoul Hausmann: Kutschenbauch dichtet, 1920. Museo de arte e industria, Saint-Étienne.

Banda Sonora Yippies: David Peel y la Lower East Side


La Lower East Side fue una banda que acompañaba a Dave Peel y se lanzó de lleno al mundo de la contracultura con Have a Marijuana, un disco concebido como una colección de canciones para fumetas. En los setenta los produjo su admirador John Lennon, que se encargó de canciones como The Pope Smokes Dope [El Papa fuma maría]. Por si la conexión con los yippies no fuera ya obvia, aquí debajo tenéis un vídeo de Peel y la Lower East Side en el que, además de John Lennon y Yoko Ono, participa Jerry Rubin (en el centro, con una camiseta blanca que dice "This is not here"). En Yippie! Una pasada de revolución, Abbie Hoffman dice de ellos: "Uno de mis grupos favoritos se llama Lower East Side. Su líder se llama Dave Peel y canta en la calle GRATIS".


HIPSTER, HIPPIE, YIPPIE, HACKER, BEAT… Y DEMÁS TRIBUS MÁS O MENOS CONTEMPORÁNEAS

[Reproducimos, con imperdonable retraso, un fantástico texto del blog de Rui Valdivia sobre hipsters, hippies, yippies y demás en el que (¡¡¡GRACIAS!!!) elogian nuestro trabajo en la publicación del libro Yippie! Una pasada de revolución (de Abbie Hoffman) y todos los materiales que estamos subiendo al blog. Si no fuera por momentos como estos...]

ORIENTACIONES EN EL UNIVERSO HIPSTER, HIPPIE, YIPPIE, HACKER, BEAT… Y DEMÁS TRIBUS MÁS O MENOS CONTEMPORÁNEAS

La jerga sociológica alrededor de las tribus o de las identidades resulta realmente compleja. Especialmente la anglosajona. En el siglo XIX las cosas estaban más claras. El concepto de clase política nos mostraba un mundo menos complicado, más diáfano, y caracterizado casi únicamente por tu papel de burgués o proletario, de lumpen o capitalista. Etiquetas, modas. Orientarse en el siglo XXI resulta más problemático. Pero las identidades también son más difusas. Las redes permiten una pertenencia múltiple, y poder desplegar la personalidad entre diferentes tribus o files. Porque se puede elegir para conformar nuestra original identidad. Surgen así dos visiones contrapuestas sobre lo que una tribu o un calificativo sociológico representa: la que considera que esas identidades electivas realmente existen, que algo sólido las sustenta, que representan realidades sociales defendidas por grupos definibles por características concretas. Y también la que cree que cada una de estas tribus sólo existe como imaginario, como símbolo o mito alrededor de los cuales tendemos a identificarnos y a sentir afinidades, estereotipos creados por el cine, la literatura y la música, pero sin materializaciones (Sigue leyendo)

UN VIAJE A TRAVÉS DE LOS VIAJES, por Álvaro García-Ormaechea


(Os ofrecemos esta reseña (actualizada) que nos hizo en su día Álvaro García-Ormaechea del libro de Fernando Savater La Aventura Africana, que reeditamos el curso pasado.) 

"Lo que nos interesa de África es su vinculación a la aventura; lo que nos interesa de la aventura es su privilegiada condición de motivo literario y de iniciación ética.” Hace más de treinta años La aventura africana quería llegar a ser un ciclo de clásicos de aventuras que habría de imprimirse en Guipúzcoa prologados y dirigidos por Fernando Savater. Al autor de La infancia recuperada le había faltado reconquistar sus sueños con África, y en cierto sentido asumió La aventura africana, según él mismo reconoce, como una manera de colmar esa insatisfacción. Aunque el atractivo proyecto se frustró antes de materializarse, los prólogos de las cuatro primeras novelas, además de una introducción general a la serie, llegaron a escribirse. Al publicarlos en 2009 y reeditarlos ahora, Acuarela rescata tardíamente unos textos que sin duda completan La infancia recuperada, tanto en lo que ese libro tiene de homenaje a cierto tipo de literatura como en lo que respecta al planteamiento de una noción ética de aventura, una cuestión que, si bien ya fue esbozada en aquella obra, ahora es expuesta en la introducción general de un modo algo más teórico y especulativo. 
  
Las obras prologadas son Beau geste, de P. Christopher Wren, un libro  que habría que recuperar para la literatura porque ha sido explotado por el cine casi hasta la saciedad; Las aventuras de Allan Quatermain, de Rider Haggard –“el latigazo delicioso de la aventura bien contada, de la intriga y el riesgo, la osadía y la abnegación”; A través del desierto, de Sienkiewicz, brillante excepción en un género eminentemente anglosajón, y La tragedia del Korosko, alabada en esta ocasión como uno de los mejores trabajos de Conan Doyle.

Contextualizadas en el África más o menos gobernada por el imperialismo británico, estas obras no son desde luego loas a la misión civilizadora del hombre blanco, ni tampoco meras crónicas de viajes para divulgar entusiastas averiguaciones geográficas o antropológicas. Más bien constituyen “un viaje a través de los viajes”, en busca no tanto de las fuentes del Nilo como “del paso al Noroeste de la geografía de la verdadera vida”, por recordar a Debord. Porque hace un poco más de cien años, mientras el imperio pisaba las nieves vírgenes del mundo y Cecil Rhodes, contrariado por no llegar a alcanzar los planetas, se consolaba llevándose los vergeles de África a la Bolsa de Londres, el viaje entre los viajes no habría de hacerlo ninguno de aquellos viajantes a sueldo, sino Joseph Conrad por el corazón de las tinieblas. 

Ilustración de Acacio Puig
¿Qué relación guarda la aventura con la literatura? Toda. Para Savater “la narración no es solo imprescindible para la propagación simpática de la aventura, sino que es radical componente de la aventura misma […]. Lo que da a la aventura su potencia de regeneración moral y su vigor mágico es que, en cierto modo, se la vive, se la cuenta y se la escucha al mismo tiempo”. El tiempo de la aventura es esencialmente literario porque se inspira en la literatura y porque no puede ser medido ni utilizado pero sí narrado: más que para ninguna otra cosa, la aventura se vive para contarla y se cuenta para vivirla. Si volvemos a ella es para recordarnos a nosotros mismos que seguimos vivos, y porque necesitamos que su fuerza arrolladora haga sangrar de nuevo nuestra mal cicatrizada noción de las cosas. En cierto modo volvemos a la aventura para viajar de nuevo por primera vez, escapando de la propia piel y experimentando, como Ulises o Simbad, la cualidad primordial del viajero, del extranjero libre, protagonista de su propio destino.  

Por otra parte el aventurero se presenta como la superación de la figura del jugador, y ello por el mero hecho de haber caído en la tentación más pura. Quien tienta al aventurero no es otra que la mismísima muerte, presente en toda aventura en forma de tragedia eventual, es decir, siempre como amenaza y nunca como necesidad. El héroe en este tipo de relatos es así una especie de jugador trágico que, después de barajar bien, osa repartirle cartas también a la muerte. Lo impulsa el anhelo de recuperar el botín logrado tras la victoria de haber nacido: ese equilibrio entre la promesa y la incertidumbre que fue el diamante en bruto de la vida, tan toscamente tallado por las instituciones que los vivos, por cobardía o cautela, han querido darse a sí mismos. No se busquen en la Bolsa las acciones y el riesgo: frente al mundo de la actividad, ociosa o remunerada, la aventura es el contexto de la acción ética; contra la servidumbre de la posibilidad al dominio de la necesidad, el aventurero invoca a la muerte para vencerla: “Si en nosotros hay algo que no es pleno feudo de la muerte, si hay algo que no se reduce a mero arriendo de la nada, es precisamente la decisión de caer, pese a la muerte y por ella, en la tentación mortal de la aventura”. 

Ilustración de Acacio Puig
Nuestras humanas pasiones deben de cuando en cuando recordarse a sí mismas en su manifestación más primigenia y espléndida. Por eso “las narraciones africanas han sido una modalidad perecedera de un género imperecedero”, un género que invoca el ámbito de los elementos decisivos y las decisiones elementales, allí donde la imaginación, hoy tan saturada de clichés prefabricados y estándares mediáticos, recupera sin condiciones su potencia simbólica. Este gran librito contiene cinco ritos de iniciación y unas acertadísimas ilustraciones de Acacio Puig. Más que suficiente para trasladarnos a la antesala de la aventura, ese lugar común, ese tópico inagotable.

Hunter S. Thompson y la América de después del Juicio de los 7/8 de Chicago.



Este fantástico texto está extraído de uno de los artículos que conforman el libro La gran caza del tiburón (Anagrama, 1981), concretamente de la Introducción a "Miedo y Asco en Las Vegas: Un viaje salvaje al corazón del sueño americano".  En él Thompson nos habla del fin de una era, de la Norteamércia del sueño roto tras el juicio de los 8 de Chicago y del fin del mito de la Carretera...

Hunter S. Thompson (1937-2005) nació en Kentucky. Empezó como periodista deportivo, se consagró como una de las grandes estrellas de la célebre revista Rolling Stone e inventó el llamado «periodismo gonzo», en el que el autor se convierte en protagonista y catalizador de la acción. Entre sus obras más célebres y desmadradas se encuentran, Miedo y asco en Las Vegas y Los Ángeles del Infierno. Una extraña y terrible saga, así como los reportajes reunidos en La gran caza del tiburón. Empezó su única novela, El diario del ron, en 1959, pero no fue publicada hasta 1998. Todas ellas publicadas por Anagrama. Gallo Nero también nos deleitó hace poco con el libro El último dinosaurio, un volumen de entrevistas con el autor.


“[…] Y, en fin, quiero, por último dar las gracias a cuantos me ayudaron a componer este feliz trabajo de ficción. No hace falta dar nombres. Ellos saben bien quiénes son… y, en esta loca era de Nixon, ese conocimiento y esa risa privada probablemente sea lo mejor que cabe esperar. La diferencia entre el martirio y la estupidez estriba en una tensión de un cierto tipo en el cuerpo político… pero esa línea de separación desapareció, en Estados Unidos, en el juicio de los “7/8 de Chicago”, y no tiene ningún sentido que nos engañemos ahora respecto a Quién Tiene el Poder.



En un país donde mandan los cerdos, todos los cerdos suben rápido… y los demás vamos jodidos, si no somos capaces de coordinar nuestras acciones: no necesariamente para Ganar, sino más que nada para no Perder del todo. Nos lo debemos a nosotros mismos, y a esa tullida imagen que tenemos de nosotros como algo mejor que una nación de ovejas aterradas… pero, sobre todo, se lo debemos a nuestros hijos, que tendrán que vivir con nuestra derrota y todas sus consecuencias a largo plazo. No quiero que mi hijo me pregunte, en 1984, por qué sus amigos me llaman “Buen Alemán”.



Y esto nos lleva a una última cuestión sobre Miedo y Asco en Las Vegas. Yo le he llamado, no demasiado sarcásticamente, “vil epitafio de la Cultura de la Droga de los años sesenta”; y creo que lo es. Toda esta saga tortuosa es una especie de Tentativa Atávica, un viaje-sueño al pasado (sin embargo reciente) que sólo a medias salió bien. Creo que ambos sabíamos, en todo momento, que corríamos un gran riesgo al hacer un viaje años-sesenta a Las Vegas en 1971… y que ninguno de los dos volvería a hacerlo nunca.



Así que extremamos las cosas al máximo y sobrevivimos… lo cual significa algo, imagino, aunque no mucho más que una buena aventura… y ahora, tras vivirla, escribirla y hacer un saludo a esa década que empezó tan arriba para tornarse luego tan brutalmente amarga, no veo que quede otra elección que ajustar bien las tuercas y lanzarse a hacer lo que hay que hacer. O eso, o no hacer nada en absoluto: recaer en lo del Buen Alemán, en el síndrome de la Oveja Aterrada, y yo, la verdad, no estoy dispuesto a ello. Al menos, por ahora.



Porque fue agradable divertirse y hacer locuras con una buena tarjeta de crédito, en una época en que era posible pirarse del todo en Las Vegas y que te pagasen luego por escribirlo todo en un libro… y pienso que yo quizás lo consiguiera, quizás lo conseguí, sí, bajo la presión del telégrafo y del plazo de entrega. Nadie se atreverá a admitir una conducta así en letra impresa si Nixon vuelve a ganar en el 72.



Esta vez el Cerdo se dispone a hacer un ensayo serio. Cuatro años más de Nixon significan cuatro años más de John Mitchell… y otros cuatro años más de John Mitchell significan otra década o más de fascismo burocrático que en 1976 estará ya tan atrincherado, que nadie se sentirá con ánimo para combatirlo. Para entonces, nos sentiremos demasiado viejos, demasiado cascados, y para entonces hasta el mito de la carretera habrá muerto… aunque no sea más que por falta de ejercicio. Ya no habrá anarquistas sorbedroga de ojos estrábicos conduciendo descapotables rojos fuego-manzana por el país si Nixon vuelve a ganar en el 72.



Ni siquiera habrá descapotables, y menos aún droga. Y encerrarán a todos los anarquistas en pocilgas de rehabilitación. El grupo de presión hotelero internacional obligará al Congreso a aprobar una ley por la que se imponga pena de muerte obligada a todo el que no pague la factura en un hotel… y la muerte será con castración & flagelación si tal hecho ocurre en Las Vegas. La única droga legal será la acupuntura china supervisada, en hospitales del gobierno y al precio de 200 dólares diarios… con Martha Mitchell como ministra de salud, educación y bienestar, instalada en un lujoso ático del Hospital Militar de Walter Reed.



Eso es lo que se puede decir, en fin, de la Carretera… y las últimas posibilidades de pirarse demencialmente en Las Vegas y vivir para contarlo. Pero quizás en el fondo no lo echemos de menos. Quizás, después de todo, el mejor camino en realidad sea el de la Ley y el Orden.



Sí… quizás así sea, y si así sucede… bueno, yo al menos sabré que estuve allí, hundido hasta el cuello en la locura, antes de que la cosa se acabara, y que llegué a sentirme tan alto y tan volado como debe sentirse una raya manta de dos toneladas cruzando a toda marcha la Bahía de Bengala.



Fue un buen viaje, y lo recomiendo encarecidamente… al menos a aquellos que puedan soportarlo. Y a aquellos que no pueden, o no quieren, no hay mucho más que decirles. No en este momento, y desde luego no puedo decirlo yo, ni tampoco Raoul Duke. Miedo y asco en Las Vegas señala el fin de una era… y ahora, en esta fantástica mañana del verano indio, aquí, en las Montañas Rocosas, quiero dejar esta ruidosa máquina negra y sentarme desnudo en el porche de mi casa un rato, a tomar el sol”.


El éxtasis del Tea Party: logra el cierre de la administración federal

 Aquí tenéis un breve artículo de Antonio Caño en El País en el que se analiza cómo el Tea Party (un movimiento cuyos orígenes rastrea Thomas Frank en ¿Qué pasa con Kansas? Cómo los ultraconservadores conquistaron el corazón de Estados Unidos) ha logrado, pese a no gobernar EE.UU., parar la administración federal del país.


Desde su aparición en la escena norteamericana, en el verano de 2009, pocos meses después de la toma de posesión de Barack Obama, el Tea Party ha pasado por momentos de gran relevancia, como en las elecciones legislativas de 2010, y otros de cierto repliegue, como en las presidenciales de 2012. Pero su protagonismo nunca había llegado a ser el factor dominante de la situación política del país. Hasta ahora, con el cierre de la administración federal, cuando ha arrastrado a toda la nación a un estado extremo de ingobernabilidad... (Lee el artículo completo)


Filmografía yippies y contracultura 60: Phil Ochs, There But for Fortune

La semana pasada colgamos un par de entradas para la banda sonora yippie sobre Phil Ochs, hoy recomendamos este documentalazo sobre el mismo cantante del que tomamos de Alta Fidelidad estas primeras impresiones de Santi Hurtado.


"Nuevo documental que gira en torno a la figura de Phil Ochs, seguramente el músico folk más carismático de la década de los sesenta.


A Phil Ochs no le gustaba el calificativo “canción protesta” cuando se quería definir su obra. A él le gustaba más el apelativo “topical song” (canción sobre la actualidad). De hecho,  las canciones de éste “cantautor-periodista” - otro calificativo del que  también gustaba - tenían su origen prácticamente en las noticias que leía diariamente en los periódicos, noticias que no necesariamente abarcaban temas políticos- aunque ésta fuera la tónica habitual, como la guerra de Vietnam- sino que también abarcaban sucesos, como el trágico asesinato de Kitty Genovese, base de su canción Outside of a small circle of friends, y que dio nombre incluso a un síndrome en psicología social.


Phil Ochs pertenece a la generación de músicos que nacieron en la escena folk de Greenwich Village, junto a  Tom Paxton, Joan Baez y el mismo Bob Dylan, que fue durante mucho tiempo amigo de Ochs. Ochs fue el más combativo de su generación, y,  seguramente, por esas letras políticamente poco aptas para radiofórmulas, no tuvo el éxito de sus compañeros de generación. Solamente There but for Fortune, interpretada por Joan Baez, llegó al puesto 8º, y además fue en el Reino Unido. Incluso cuando el músico cambió su guitarra acústica por una instrumentación más orquestal, fue mal recibido por la crítica del momento. Hoy en día, sin embargo, Pleasures of the Harbor (1967) se considera un clásico de su tiempo, lo que no obsta para que Ochs llevase mal la falta de reconocimiento popular durante su carrera.

 
La cinta pone el énfasis en cómo Ochs fue perdiendo la confianza en la política norteamericana, tras la invasión de la  Bahía de Cochinos, y posteriormente los asesinatos de Kennedy y Martin Luther King. Hechos ulteriores, como  las protestas durante la Convención Demócrata en Chicago, en 1968, o posteriormente el asesinato en Chile del músico y amigo Victor Jara, sus problemas con la bebida y un trastorno bipolar diagnosticado, fueron coadyuvantes para que el músico se quitara la vida el 9 de abril de 1976. Habría cumplido 70 años el pasado 19 de diciembre. 


El documental, dirigido por Kenneth Bowser, incluye declaraciones de sus familiares, sus hermanos , Michael y Sonny; su esposa, Alice Skinner; y su hija, Meegan, además de contar con las participaciones de Pete Seeger, Joan Baez, Tom Hayden, Judy Henske, Billy Bragg, Ed Sanders, Christopher Hitchens y Sean Penn.


Hollywood Reporter señala que “a pesar de su enfoque personal, una de las fortalezas con las que cuenta el documental es su análisis profundo del movimiento de protesta, de la defensa de los derechos civiles durante la guerra de Vietnam”. Village Voice apunta que “a pesar de poseer una estructura demasiado convencional, la película de Bowser está densamente investigada, lo suficiente como para aportar una información no sólo para el tema principal, sino también para añadir datos a una época por otro lado excesivamente analizada”. Daily News recalca que “aunque Bowser utiliza material antiguo siempre que es necesario, la ausencia del tema central – que murió trágicamente en 1976 – se deja sentir claramente…” Time Out New York termina con una pregunta: ¿Y no añade un punto doblemente trágico que, al reducido legado de Phil Ochs, se constate un  tono generalmente apolítico de la generación de músicos  pertenecientes al llamado neofolk?”