Las aventuras de los yippies (4.2): El Festival de la Vida, según Norman Mailer

(Si antes dejamos que Abbie Hoffman y Jerry Rubin nos acercaran a la 'contracumbre' de Chicago en el 68,  ahora vamos a darle la palabra a Norman Mailer,  que nos describa los acontecimientos, en otro fragmento del muy recomendable Miami y el sitio de Chicago, publicado en Capitán Swing, con traducción de Antonio G. Maldonado; por otra parte, al leer el texto -al igual que con los otros textos de Mailer que hemos subido al blog, es fácil comprender por qué Hoffman lo admiraba tanto y llegara a decir que era "el mejor periodista de Estados Unidos".)
 
[...] se había librado una batalla en el Lincoln Park y los yippies habían sido expulsados finalmente, mucho después de la hora límite de las 23:00, con gases lacrimógenos. Y, lo que era mucho más llamativo, que algunos cronistas y fotógrafos de la prensa, pese a exhibir sus credenciales, habían sido golpeados junto al resto. El lunes por la noche la ciudad estaba cubierta por una atmósfera de guerra. En los corralones, varias horas después de que la convención diera comienzo a sus sesiones, las calles estaban vacías except5o por las patrullas y las barricadas de la policía que controlaban todas las vías de acceso. El hedor de los corralones era fuerte esa noche, y en un barrio cercano, donde el alcalde tenía su casa, una pequeña casa de madera como las del resto de vecinos, la sensación de Chicago como una ciudad en la llanura (semejante a cualquier de las pequeñas ciudades ferroviarias de Dakota del Norte o Nebraska) se venía a la mente, y en las luces mortecinas de las calles, y en las calladas aceras, porque casi nadie salía a la calle en esa zona, las cosas eran de un marrón ubicuo y el miedo que encerraban casi podía palparse desde fuera. El burgués medio de Chicago, maldito con esa mediocre cultura punzante de la religión americana, que cubría como un manto húmedo la mentalidad de los americanos, carecía de aquellos bulevares y mansiones y monumentos de la mente que una cultura real ofrece a la paranoia colectiva para su enriquecimiento; no, los habitantes de Chicago, escondidos aquella noche de lunes (tal y como lo harían el martes por la noche, y el miércoles por la noche, y el jueves por la noche) en sus casas, estaban esperando una explosión de los negros, o una avalancha de yippies que tomara por la fuerza la pureza de sus trincheras familiares. De modo que el miedo estaba en esas calles vacías, así como la rabia de la ciudad ante su propio medio, una rabia que no se rebajaría con medidas menos drásticas que las de una tiranía.

Más de diez kilómetros hacia el noreste, tanto como desde Greenwhich Village hasta el centro de Harlem, en el Lincoln Park, se habían encendido los fuegos de los hombres prestos para luchar. Eran más de las 23:00, cerca de la medianoche, ylos patrulleros circulaban por doquier, y había pelotones de policías en cada manzana, tan numerosos que parecían ir a un desfile. En el prado entre la calle North Clark y la avenida La SAlle, donde el periodista había estado escuchando música la tarde del día anterior, había unos pocos cientos de personas dando vueltas, remozando. En la oscuridad era imposible saber cuántos eran. Quizá hubiera unos mil en todo el parque, jóvenes listos para la acción, con toda la variedad de emociones entremezcladas, el miedo tan puro como el de los esquiadores ante una pendiente pronunciada y una alegría pujante y loca, como la de los estudiantes que preparan bromas pesadas en los dormitorios de sus compañeras y les roban las bragas, y sin embargo, la noche estaba cargada de horror, sí, sobre todo cargada de horror, como si un espeluznante accidente de coche hubiera tenido lugar pocos minutos antes y la gente tuviera miedo de que en el próximo recodo del camino pudieran salirle al paso cuerpos envueltos en mantas manchadas de sangre. Muy cerca, la luz azul de un patrullero giraba en las tinieblas, la amenazadora luz azul dando vueltas de trescientos sesenta grados, una y otra vez, y también una luz blanca plateada que perforaba la retina, en los intervalos, iluminando los rostros de aquellos muchachos que aún no habían cumplido veintidós años, algunos ni siquiera veinte, algunos envueltos en mantas indias, otros en ponchos, otros con camisas blancas y pantalones caqui, arremangados, algunos con sudaderas, otros con cascos de moto, otros con cascos de fútbol, una o dos casacas de esgrima, y el presentimiento de unos pocos con armas privadas, muchachos con navajas que se deslizaban, entrando y saliendo, emitiendo ese humo de la acción que se lleva de noche en noche en el frío electrificado de la sangre.


Las aventuras de los yippies 1: Levitando el Pentágono
Las aventuras de los yippies 2: Tirando dinero en la bolsa
Las aventuras de los yippies 3: Vota al Cerdo
Las aventuras de los yippies 4.1:  El Festival de la Vida

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