Las aventuras de los yippies (4.1): El Festival de la Vida


(textos sobre el teatro guerrilla de los yippies frente a la violencia policial en 1968 en Chicago, de Jerry Rubin, Abbie Hoffman y Amador F-S; en la película Chicago 10 tenéis también una buenísima descripción del Festival de la Vida)

El Festival de la Vida (Amador Fernández-Savater)



Ahora lo llamamos «cumbre» y «contracumbre». En el verano de 1968, el Partido Demócrata organizó una convención en Chicago con el fin de elegir candidato para las elecciones presidenciales de 1968, tras la súbita renuncia de Lyndon B. Johnson («¡se ha vuelto un dropout!», decían los yippies) y el asesinato de Robert Kennedy. Podríamos considerar la contracumbre entera como una acción yippie.



En primer lugar, se escenificó la confrontación entre mundos.La propuesta yippie era celebrar un Festival de la Vida ininterrumpido durante tres días en el parque Lincoln, «una obra de teatro revolucionario para sustraer a las masas de jóvenes alienados a sus padres, a sus maestros y a Amérika como un todo». Allí pretendían que estuviese presente toda la cultura alternativa: desde los grupos musicales de referencia ofreciendo conciertos gratuitos hasta poetas-profetas célebres como Allen Ginsberg, pasando por los mejores grupos de teatro-guerrilla y toda la droga disponible.

Cabalgando a Logan

El Festival de la Vida debía mostrar y comunicar al mundo entero la belleza exuberante de la cultura juvenil alternativa frente a la Convención de la Muerte donde se decidía la continuación de la guerra de Vietnam. Se trataba de dramatizar las divisiones culturales que atravesaban entonces el país y dar a escoger: «Chicago es una obra moral de teatro religioso que aborda emociones humanas elementales, pasadas y futuras: juventud y vejez; amor y odio; bien y mal; esperanza y desesperación; yippies y demócratas». Estar fuera tiene que ser más atractivo que estar dentro.



En segundo lugar, los yippies construyeron un perfecto evento mítico. Meses antes, utilizaron las negociaciones con las autoridades para crear expectativas sobre lo que estaba por venir. El alcalde Daley denegaba el permiso para instalarse en el parque Lincoln, los yippies escandalizaban con su propuesta de actividades, Allen Ginsberg cantaba «Hare Krishna» en medio de las negociaciones, la tensión en torno al evento crecía y crecía. Manipulando el ansia de morbo de los media, los yippies lanzaron rumores disparatados que la prensa recogía y amplificaba encantada: «los yippies proyectan echar grandes cantidades de LSD en el agua», «los yippies han pintado sus coches como taxis, secuestrarán a los delegados de la Convención y los soltarán en Wisconsin», «los yippies disfrazados de Vietcong piensan repartir arroz y besar a los niños por la calle», etc. La imaginación se excitaba más y más.


El teatro-guerrilla y el humor hicieron su aparición ya en pleno evento, cuando los yippies promovieron a un cerdo, de nombre Pigaso, para candidato demócrata. La campaña fue tumultuosa y muy corta, todos acabaron entre rejas, incluyendo al cerdo. Así lo narra Jerry Rubin en Do it!: «“La democracia en Amérika es de chiste”, grité mientras nos maniataban. “Ni siquiera se le permite a nuestro candidato pronunciar su discurso.” Nos llevaron a comisaría y cuando llevábamos un rato, un policía entró y nos dijo: “Malas noticias, se enfrentan todos ustedes a cargos muy graves”. “Maldita sea, pensé yo, ¡el cerdo ha cantado!”»



Por último, en Chicago los yippies desplegaron a gran escala la táctica de la provocación/reacción: provocar al poder hasta obligarle a mostrar su auténtico rostro represivo. «Anhelamos la represión para exponerla», escribió Rubin. Y porque además la confrontación intensifica la experiencia de comunidad. Los yippies estaban divididos, no sabían qué deseaban con más fuerza: si que el Festival de la Vida saliese adelante o que la policía impidiese por la fuerza su existencia. Esto último fue lo que ocurrió. A pesar de la poca gente que se congregó finalmente en la ciudad para la protesta y el festival, Chicago 1968 es un acontecimiento importantísimo en la historia amerikana porque fue casi enteramente televisado y la represión policial salvaje quedó a la vista de todos. «The whole world is watching»: antes de que se coreara en Génova en la contracumbre de 2001, los manifestantes de Chicago aullaron ese eslogan en otra ciudad sitiada durante el verano de 1968.

LA BATALLA DE CHECAGO (Extraido de Do It!, de Jerry Rubin, editado por Blackie Books, con traducción de Pablo Álvarez Ellacuria)

Lo primero que los amerikanos vieron al comienzo de la Convención Nacional Demócrata de 1968:

Doscientos pirados correteando por el parte. Estrafalarios, melenudos, chicos y chicas yippies enloquecidos practicando el baile de la serpiente japonés y pegándose con postes, aprendiendo a defenderse con una patada en los huevos de la poli mientras gritan: ¡WASHOI!

La policía de Checago está de guardia permanente frente los principales depósitos de agua de la ciudad para evitar que los yippies echen LSD en el suministro. La Convención Demócxrata arranca tras una alambrada. 

Y eso ha sido solo el principio.

El domingo oteamos Lincoln Park y contamos cabezas: unos dos mil o tres mil zumbados. Los organizadores agachamos la cabeza cariacontecidos. Habíamos soñado con que fueran a Checago quinientas mil personas. Contábamos con que acudiese cincuenta mil. Pero Daley [alcalde de Chicago] sopló y sopló y asustó a la gente.
[...] Pero aunque éramos pocos, éramos los duros: después de la campaña intimidatoria de Daley y el movimiento, ¿quién iba a acudir a Checago si no los peores, los tíos y tías más duros, locos e indómitos?

Y éramos malos hasta aburrir. Sucios, apestosos, mugrientos, obscenos, gritones, drogadictos, descreídos y enfundados en chaquetas de cuero. Éramos un auténtico espectáculo de mugre y dejadez, la encarnación misma del rechazo de los estándares de la clase media. 

Meábamos, cagábamos y follábamos en público; cruzábamos en rojo; abríamos botellas de coca-cola con los dientes. Íbamos constantemente colocados y probábamos todas las drogas conocidas.

Éramos las fuerzas proscritas de Amérika, en flagrante exposición frente a los ojos del mundo.

¡Toma ya! ¡El futuro de la humanidad estaba en nuestras manos! ¡Yippie!

[...] Al principio hubo quien tuvo reparo en llamar "cerdos" a la poli. Lo de "cerdo" era algo más propio de Berkeley y San Francisco, inspirado por los Panteras Negras. (...) Pero un vistazo a los enormes marranos de blanco y azul fue suficiente.
-¡Oye, esos gordinflas parecen cerdos de verdad!
-¡Y llevan dos pistolas! ¡Dos pistolas! Una para sacarla deprisa y otra para sacarla despacio!
Checago era el Salvaje Oeste.

El domingo por la noche un coche patrulla atravesó Lincoln Park. De todas partes surgió el rock'n'roll al estilo yippie: el ruido de las piedras aporreando la chapa de los coches patrulla y reventando parabrisas. Había comenzado la batalla de Checago.

Varias criaturas del pantano brumoso, máquinas grotescas y enormes como tanques fuertemente iluminados, entraron en el parque y dispararon un gas lacrimógeno que nos hizo vomitar.

Unos cerdos enmascarados, con aspecto de siniestros astronautas, abrían la carga: comealmas del infierno que convirtieron el parque en una piscina de gas.

Los yippies plantaron cara a la Gran Maquinaria hasta el último instante. Luego nos dispersamos por las calles gritando alegremente: "¡La calle es de la gente!".

Los yippies prendimos fuego a los cubos de basura, los volcamos sobre la calle, disparamos alarmas de incendio, entorpecimos el tráfico, rompimos ventanas a pedradas y creamos el caos de cien maneras diferentes.

Los coches patrulla aullaban a nuestra estela. Entonces agachábamos la cabeza y nos estábamos quietecitos y sin hacer nada hasta que pasaban de largo.

Cuando pillábamos un coche patrulla aislado lo destruíamos a pedradas.

Sin encontrabas a un grupo de amigos en los que confiar, ya tenías montada tu célula de acción revolucionaria. Las calles proporcionaban las armas. Una rama de árbol se convertía en una porra. Por todas partes había piedras.

Los ciudadanos nos abrieron sus puertas para ofrecernos refugio frente a las porras de los cerdos.

Los chavales blancos de clases obrera ayudaron a los yippies a levantar las barricadas.

Los conductores negros de autobús se declararon en huelga y se unieron a los yippies en la calle, lanzando piedras a los esquiroles blancos. 

La prensa andaba por allí tomando notas y sacando fotos. [...] ¡Zumba! Un cerdo le abrió la cabeza a un reportero. ¡Sangre de periodista! ¡Crac! Otro fotógrafo que cae, la sangre tiñe su camisa blanca. ¡Crac!
-Oiga, que trabajo para Associated Press.
-Con que sí, ¿eh, hijoputa? ¡Pues toma!
Llegado el martes, los yippies vitoreamos a los reporteros y fotógrafos que acudieron al frente Solo el hecho de estar en la zona de disturbios era ya un acto de valentía. Teníamos en común el vendaje de nuestras cabezas.

El mensaje recorrió el mundo entero: el Partido Demócrata es el partido de la sangre, los cerdos y la crueldad: CERDOS contra GENTE. En las calles, cada cerdo era su propia ley.

La autoridad gubernamental había decaído hasta tal punto que no nos quedó otro remedio que llevar nuestra lucha a las Naciones Unidas. Los yippies nos autoproclamamos "nueva nación" y exigimos la autodeterminación.

En una rueda de prensa internacional Stew mostró su remendada cabeza y exigió una reunión del Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas y el envío inmediato a Checago de tropas de paz de la ONU.

[...] Los cerdos invadieron el santuario de Lincoln Park el martes por la mañana para arrestar a Tom Hayden y Wolf Lowenthal. Formamos de inmediato un piquete frente a los calabozos y acabamos tomando al asalto la estatua del general Logan en Grant Park. Izamos la bandera del Vietcong sobre su efigie.
-Esto es mejor que Iwo Jima -gritó alguiente.

Cientos de soldados aparecieron para reconquistar la colina.

El martes, la estrategia guerrillera de los yippies cosechó su mayor victoria. El gas lacrimóeno destinado a los yippies se coló en el hotel Hilston. Humphrey (candidato demócrata a la presidencia) estaba en la cama cuando empezó a oler algo raro. ¡Gas lacrimógeno! Tuvo que meterse tres cuartos de hora bajo la ducha para librarse de la corrosiva peste de los gases.
Los titulares proclamaron:
HUMPHREY GASEADO.

Nuestra estrategia guerrillera funcionaba: si nos gasean, se están gaseando ellos mismos.

El somnoliento mitin del miércoles, cargado de discursos sobre "la inmoralidad e ilegalidad de la guerra", se interrumpió cuando los cerdos vieron que se arriaba la bandear amerikana. Arriar la tricolor, aunque no es ilegal, sí representa un ataque a la masculinidad de todos los cerdos de Checago, de modo que cargaron contra nosotros con gas y porras, y fueron recibidos con una avalancha de piedras, bolsas llenas de mierdas y banquetas.

A continuación, diez mil personas iniciamos una marcha ilegal hacia el anfiteatro hasta que una línea de cerdos se interpuso frente a nosotros.

Atravesamos las calles hacia el hotel Hilton, pero todos los puentes en esa dirección estaban bloqueados por la Guardia Nacional, que nos lanzaba gas a medida que nos acercábamos.

-¡POR AQUÍ! ¡POR AQUÍ! -gritó alguien. Un puente sin guardas.
Gracias a una inmensa cagada táctica de la poli nos abalanzamos por el puente hasta la puerta del Hilton y nos desplegamos por la avenida Michigan.

Los cerdos recibieron órdenes de dispersarnos. Los focos de las cámaras de televisión convirtieron la oscuridad de la calle en un escenario de Broadway y la policía lanzó gas lacrimógeno, aporreó a los reporteros, tiró a ancianitas contra los escaparates, reventó jetas e intentó aniquilarnos.

Los yippies construyeron barricadas, prendieron fuegos, volcaron lecheras y sembraron el caos por las calles. El nombramiento de Humphrey se produjo justo cuando el estado nazi lanzaba su brutal ataque contra el pueblo.

Las escenas de cerdos apaleando a amas de casa partidarias de McCarthy, periodistas y fotógrafos, estudiantes liberales, yippies, delegados y transeúntes sin culpa quedaron grabadas en vídeo para la posteridad.

En todos los canales de televisión se repitieron una y otra vez las imágenes del contraataque de la valiente juventud: repetición infinita del Hundimiento de Amérika.


PROGRAMA DEL FESTIVAL DE LA VIDA (incluido en Yippie! Una pasada de revolución, de Abbie Hoffman)

20-24 agosto (AM) - Clases de danza japonesa de la serpiente para autodefensa, karate, autodefensa no violenta. Caseta de información del parque.
24 agosto (AM) - El alcalde yippie R. Daley presenta fuegos artificiales en el lago Michigan.
25 agosto (AM) - Bienvenida a los delegados demócratas - hoteles del centro (los detalles se anunciarán más adelante)
25 agosto (PM) - FESTIVAL DE MÚSICA – Lincoln Park.
26 agosto (AM) - Taller sobre problemas con drogas, formas de comunicación clandestina, cómo vivir gratis, teatro de guerrilla, autodefensa, insumisión al llamamiento a filas, comunas, etc.  / Ensayo de escenarios para planificar actividades en grupos pequeños.
26 agosto (PM) - Fiesta en la playa en el LAGO junto a Lincoln Park (North Avenue Beach) / Música folk, barbacoas, nadar, hacer el amor
27 agosto (amanecer) - Poesía, mantras, ceremonia religiosa.
27 agosto (AM) - Talleres y ensayo de escenarios. / Proyección de películas y otros audiovisuales—Coliseum.
27 agosto (PM) - Concierto benéfico - Coliseum. S. Wabash, 1513. Concentración y nominación de Pigasus y fiesta de cumpleaños de Lyndon Johnson. – Lincoln Park.
28 agosto (amanecer) - Poesía y música folk.
28 agosto (AM) - Olimpiadas yippies, concurso Miss Yippie, juegos como «Candidato que te pilla el yippie», «A la una mi mula, a las dos le ponemos goma al Papa» y otros juegos normales y saludables.
28 agosto (PM) - Los planes para este evento se anunciarán posteriormente. / 4 PM: Concentración de Mobe programada en Grant Park. Marcha hacia la Convención.
29-30 agosto - Los acontecimientos se programarán en función del miércoles por la noche. Regreso al parque a dormir.



Sobre la violencia policial en Chicago

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