C.S. Lewis: primeras impresiones de Oxford


La compagnie de tant d’hommes vous plaist, nobles, jeunes, actifs; la liberté de cette conversation sans art, et une façon de vie masle et sans cérémonie. MONTAIGNE.

“[…] A finales del trimestre del invierno de 1916 fui a Oxford a presentarme a un examen para obtener una beca. Los chicos que se hayan enfrentado a una prueba como esta en tiempo de paz no se pueden imaginar con cuánta indiferencia fui yo. No quiero decir que subestimara la importancia (en cierto sentido) de aprobar. Sabía muy bien que apenas había una profesión en el mundo, salvo la de profesor de colegio, en la que yo pudiera encajar para ganarme la vida y que estaba arriesgándolo todo en un juego en el que pocos ganan y cientos pierden. Como Kirk dijo de mí en una carta que envió a mi padre (que, por supuesto, no vi hasta muchos años después): ‘Puedes hacer de él un escritor o un catedrático, pero no lo convertirás en nada más. Vete haciendo a la idea’. También yo lo sabía; a veces me aterrorizaba. Lo que ahora hacía que tuviese menos interés era que, tanto si obtenía la beca como si no, al año siguiente iría al Ejército; incluso un carácter más entusiasta que el mío pensaría en 1916 que para un soldado raso de infantería sería una locura hacer cualquier esfuerzo por algo tan hipotético como su vida de posguerra […]”.



“[…] Mi primer contacto con Oxford fue bastante cómico. No tenía reservado alojamiento y, como no tenía más equipaje que el que podía llevar en la mano, salí a pie de la estación de ferrocarril en busca de una pensión o un hotel barato; estaba todo excitado por los ‘campanarios ilusorios’ y los ‘encantamientos que perduran’. Podría hablar de mi primera desilusión ante lo que vi. Las ciudades siempre muestran al ferrocarril su peor cara. Pero a medida que caminaba me fui asombrando cada vez más. ¿Realmente podía ser Oxford esta sucesión de tiendas cochambrosas? Pero aún seguía adelante esperando que el siguiente recodo mostrase todas sus bellezas y reflejase que era una ciudad mucho más grande de lo que podía suponer. Sólo cuando estuvo claro que quedaba muy poca ciudad por delante de mí y que, de hecho, estaba saliendo a campo abierto, me di la vuelta y miré. Allí, detrás de mí, bastante lejos, nunca más bonito que entonces, estaba el fabuloso enjambre de campanarios y torres. Había salido de la estación por el lado equivocado y había estado todo este tiempo paseando por lo que era, incluso entonces, el extenso y cochambroso suburbio de Botley. No me percaté de hasta qué punto aquella pequeña aventura era una alegoría de toda mi vida. Me limité a caminar de vuelta a la estación y, con los pies doloridos, tomé un coche y le pedí que me llevase a ‘algún sitio donde pudiera alojarme por una semana, por favor’. El método, que ahora consideraría aventurado, fue un éxito total y en seguida estaba tomando el té en un lugar confortable. Todavía sigue allí la casa, la primera a la derecha según tuerces hacia la calle Mansfield saliendo de Holywell. Compartía la salita con otro candidato, un hombre del Cardiff College que afirmaba que era arquitectónicamente superior a cualquier edificio de Oxford. Me aterrorizó todo lo que sabía, pero era un hombre agradable. No le he vuelto a ver desde entonces. 


Hacía mucho frío y al día siguiente empezó a nevar, convirtiendo todas las torres en adornos de pastel de bodas. El examen se celebró en el Salón Oriel y todos escribíamos con los abrigos y las bufandas puestas y llevando, al menos, el guante de la mano izquierda. El director, el viejo Phelps, nos dio los papeles. Recuerdo muy poco pero supongo que fui superado en conocimientos clásicos puros por muchos de mis rivales y tuve éxito en los generales y en mi forma de redactar. Tenía la impresión de que lo estaba haciendo fatal. […] Cuando llegué a casa le dije a mi padre que casi seguro había suspendido. Era una afirmación calculada para atraerme toda su ternura y caballerosidad. El hombre, que no podía entender que un muchacho se planteara su posible, o probable, muerte, entendía perfectamente la desilusión de un niño. Esta vez no oí una sola palabra sobre gastos y dificultades; nada que no fuese consuelo, tranquilidad y afecto. Más tarde, en vísperas de Navidad, nos enteramos de que la Universidad me había aceptado […]”.



Textos correspondientes a la obra Surprised by Joy (Cautivado por la Alegría) de C.S. Lewis. Editado en España por Ediciones Encuentro, Madrid, 1989. Traducción de Mª Mercedes Lucini.

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