De guerrillas y herejías


por Carolina León

Esas resonancias que se generan entre las lecturas y los hechos, y qué difícil es determinar qué fue primero. Me estoy comiendo ‘Guerrilla’ de T.E. Lawrence (Acuarela Libros, 2004), y no podía dejar de pensar en el 15M. No ha sido hasta hace un rato que recordé que la comparación ya estaba hecha.

Hace algún tiempo navegaba en un libro llamado Correo Dadá (también publicado por Acuarela). No lo tengo a mano, solo apuntar que por entonces me parecía clarísimo que no había ninguna otra “vanguardia” más cercana a lo que era, es, el 15M. Algo indefinible, algo tan versátil que desconcierta, aturde, disloca.

Algo que cada vez que se intenta meter en unos moldes, se desborda. Dadá era tan iconoclasta como lo ha sido en todo este tiempo el movimiento, digo, salvando la “distancia” que algunos podrán señalar entre arte y política. El apunte queda ahí, porque la lectura quedó apartada un día debajo de otro millón de libros y movilizaciones.

La relación Guerrilla – 15M la hizo el propio editor del libro, Amador Fernández Savater, para relatar lo que había sucedido en Madrid en los primeros días de agosto de 2011, cuando se cerró la Puerta del Sol (en este blog escribí Plaza tomada más o menos por lo mismo).

La resonancia de la “guerrilla” de Lawrence me parece aún hoy pertinente, extensible al devenir del 15M más allá de los acontecimientos de hace un año. Las citas son todas del prólogo de Wu Ming 4:



“La de Lawrence es una estrategia de sustracción. El enemigo no es combatido sino abandonado y desorientado”.

“… el momento “epifánico” en el que los guerrilleros se transforman en soldados regulares y descienden de las montañas para enfrentarse al ejército enemigo, es totalmente secundario (…). Es más: los mismos guerrilleros no tienen que “ver” al adversario o “dejarse ver” por él. Los fantasmas pueden causar mucho miedo a los ejércitos”.

“Hacer de la propia movilidad una metáfora de la mutación social, ser portadores del mismo cambio, actuando por contagio a lo largo de las líneas del desierto, que conducen a cielos y tierras nuevos”.

La guerrilla descrita por el británico está distribuida en un espacio liso, el espacio del nómada, que aquí podemos entender como el espacio político transversal a todas las áreas de la vida. El 15M hace ya mucho tiempo que no es visible si no lo buscas, no está centrado en una acampada, está en todas partes. Se ha hecho tentacular, alcanzando a mil cuestiones, y absorbiendo en su no-identidad todas las identidades. Estas se mezclan, pero no se anulan.

Leo en las “doctrinas” de la guerrilla la fuerza de no ser ejército: el guerrillero es siempre un individuo, la guerrilla se hace con su capacidad de movilidad, con su inteligencia y autonomía para las decisiones; el ejército está compuesto de individuos que se alienan y subyugan a una jerarquía. La fuerza de nuestra movilización invisible se corresponde a esa suma de identidades.

Leo que el guerrillero no debe morir: transcribo en este contexto que el cuerpo del guerrillero debe ponerse en riesgo lo menos posible. La vida que defendemos la queremos para vivirla.

Leo que la guerrilla busca dejar solo al enemigo: despistarlo es más importante que enfrentarlo. Los golpes que no consiguen alcanzar su objetivo son golpes derrochados que lo debilitan. Cuando 15M se bifurca, cambia, se reproduce en asambleas, no tiene un líder, todos somos sus caras, adopta formas y frentes móviles, difusos (en la judicatura, en la salud, en la educación, en las plazas), sigue pareciéndose mucho a la guerrilla de Lawrence.

Y, ahí, personalmente, sigo encontrando una fuente de poder. En cada cosa que se ha hecho, en cada mercadillo de trueque, en cada ocupación, en cada desahucio parado, en cada protesta espontánea, en cada veleidad y estafa denunciada, nosotros, nosotras, construimos realidad desde ahí dentro. ¿Que es poca cosa? Cambiamos el marco de esa otra realidad (la del ejército regular) y construimos una realidad fuera del marco.

Y ¿vencemos?

Depende de lo que se considere victoria. Desde el punto de vista de Lawrence, al rechazar la identificación con el enemigo (separarse, colocarse al lado), no nos sirven tampoco las “victorias” que éste consideraría.

“Los fundamentos de la guerrilla-movimiento son por tanto dos: la movilidad, como mejor forma de defensa; y el pensamiento, como mejor forma de ataque”.

Me urge dar valor a los miles de cambios que se producen cada día entre nosotros. No hemos acabado con el capitalismo financiero, desde luego, pero cada vez somos más los que escapamos del marco lingüístico y, sin vergüenza, lo llamamos “estafa”.

Apunto, solo apunto, que esa fuente de poder no la tiene la acción propuesta para el 25S. Está anclada a un territorio, tiene un finalismo y consiste en un “choque” frontal, reconociendo al enemigo. Aunque los fantasmas, eso sí, siguen dando mucho miedo.

“En realidad nuestro peor enemigo somos nosotros mismos. Nosotros mismos cuando pensamos a la turca. Y pensamos a la turca cuando aceptamos la definición del conflicto como enfrentamiento directo entre dos bloques simétricos. Ahí perdimos, perdemos y perderemos”, escribió hace un año Fernández Savater. Las cosas están sucediendo muy deprisa y estoy escuchando sin pausa. Esto no es desmarcarme, ni rechazar, esa convocatoria, que desde el primer momento me interesó. La reflexión continúa otro día.


II parte 


“En primer lugar, mi señor, el estado de los hechos es el siguiente: el anabaptismo se extiende solapadamente; no tiene un único cabecilla, al que sea posible cortar el cuello para no pensar más en ello; no tiene un ejército al que derrotar en una batalla; no tiene fronteras propiamente dichas, se propaga ahora aquí, ahora allá, tal como hace la peste negra cuando, saltando de una región a otra, siega las vidas de sus víctimas sin la menor distinción ni de lengua ni de estado, aprovechando el vehículo de los humores corporales, del aliento, del simple borde de un vestido; de los anabaptistas sabemos que prefieren la clase de los trabajadores manuales, pero puede decirse que estos se encuentran por doquier y que por lo tanto no hay frontera que pueda estar segura; ninguna milicia ni ejército, en efecto, consigue impedir el avance de este ejército invisible.”
Q (p. 270)

La novela firmada por Luther Blisset (1999) relata la historia de algunas de las herejías del siglo XVI como una guerra de clases, leída en términos marxistas. La wikipedia (sí, eso) escribe “movimientos sociales radicales” en lugar de herejías, y así es como creo que los Wu Ming los pintan. Una re-lectura tan potente y necesaria como la que realiza Calibán y la bruja sobre la caza de brujas de la misma época. No se trata de una fe contra otra, sino de los que tienen al dios del dinero contra los que no.

El Papa y el catolicismo de Roma es el poder del Emperador y las noblezas europeas. El luteranismo irrumpe, pero se alía pronto con los pudientes, banqueros, mercaderes de ese comienzo del capitalismo. Los movimientos heréticos se alzan como religiones para los pobres y desposeídos, prometiéndoles un cielo en la tierra.

Consiguen dar algunas batallas y preocupar a los poderosos. En Münster, el pueblo llano se hace con el control de la ciudad en 1534. “Y para ello tenía un plan: reunir a todos los baptistas y hacerles desertar del mundo, ese mundo de esclavitud y prostitución al que los poderosos querían condenarlos para siempre” (243).

Dejando de lado la muchísima simpatía que las ideas heréticas de estos tipos me han despertado, el libro incide en el poder que adquieren estando juntos, construyendo un espacio.

Luther Blisset no lo escribieron para explicar este momento, pero la comparación es inevitable y fecunda. Nosotros somos los herejes, los que pueblan Q, en especial anabaptistas.

Si llevo la comparación hasta el final (spoiler aquí): “Es decir, es menester reunir a todos sus cabecillas, a todos los Müntzer, a los acuñadores, a los apestados, en un único lugar, todas las manzanas podridas en un solo cesto” (271). Tampoco explico mucho más que lo de siempre: la revolución de los humildes atraerá toda la fuerza del poder.

No nos queda otra que ser herejes sin religión. Dígase, una “fe” como la democracia, y ningún lugar donde ejercerla más que en los espacios y los modos que inventemos. No nos queda otra que guerrear de otra manera por construir una tierra nueva, un cielo nuevo, porque ya no hay más vida aquí dentro.

Cada día más personas encuentran su motivo para salirse.

Es necesaria una acción que lo transforme todo. Y el 25S podría ser esa acción, unas coordenadas para volver a encontrarse, reconocernos en el espacio, ponernos cara y obtener poder de la herejía.

Cuerpos. Tendríamos que ser muchos miles, decenas de miles de cuerpos. “De lo que se trata es de reconquistar la iniciativa expresando con los cuerpos lo que ya nadie niega” ¿No son los cuerpos una materia demasiado débil? No quiero explicar cómo acaba la rebelión de Münster.

Contenidos, símbolos, consignas. Atronar las calles con un grito. Hablo desde lo abstracto, el delirio de imaginar cómo puede ser, cómo quiero que sea esa gran performance. Va a mirar el mundo entero, si lo hacemos bien.

El debate y el posicionamiento (me sumo / no me sumo) se está dando a cada hora y esto es una reflexión en voz alta. Como la voz de una que quisiera estar en las reuniones y no puede poner su cuerpo en todas partes. Aquí no encontraréis un no/si, este es el lugar en que mis heterónimos se hacen preguntas. Y el lugar en el que digo que me acerco y me alejo tantas veces como aparece la torpeza de no sumar (y perder o ganar, quién sabe) en esta acción.

Desde las manifestaciones de julio, la obsesión ha sido el Congreso, vallado desde el día 11. La obsesión del territorio. Es nuestro pero no podemos acercarnos. Es el “lugar” de la democracia, que por ende no es nuestra. No hay metáfora en esto que escribo.

No me da miedo el vacío, el vértigo posible. Me da miedo el cuerpo. Ellos son ejército y nosotros simple masa. Guerrillera, eso sí, con una mente cada uno, con una asfixia y unos sueños muy concretos. No podemos más de consumir sueños, queremos realizarlos. “Pero nosotros esperamos otros cielos nuevos y otra tierra nueva, en que tiene su morada la justicia, según su promesa” (247, no es casualidad que la frase suene prácticamente idéntica a otra que citaba en el último post).

Dadaístas. Guerrilleros-fantasmas. Herejes variados. Eso, también, somos. Leer Q entrega esa dimensión de reconocimiento: siempre hemos estado en el lugar del hereje, aunque no lo supiéramos. No nos vale vuestro dios dinero, no nos vale vuestra Iglesia-democracia. Nos salimos. Y por eso nos veo en Münster, tomando una plaza, pero creo que tenemos que ser lo suficientemente inteligentes como para no jugar toda la baraja al territorio. No sé si sentarse alrededor del símbolo de su democracia es el mejor plan, pero no tengo una alternativa que aportar, salvo una gran performance de megáfonos sonando en todas las octavas: “Dimisióooooooon, dimisióooooooon, dimisióooooooon”.

Del recorrido de varias décadas en la historia de Q, aún se puede sacar mucho más. Por ejemplo, que no hay victoria ni derrota que sea definitiva. Cuenta mucho más haber dado la batalla, sea con el resultado que sea.

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