Desaparezca aquí

Nuestro buen amigo Nacho Vegas (escribió el prólogo de la novela Guía de Dennis Cooper que publicamos en Acuarela Libros; debajo del vídeo tenéis el texto de Nacho) mandó recientemente un recadito a la industria discográfica -"Estaría bien que la industria se hundiera"- y ha hecho el gesto de publicar con licencia creative commons su último disco, La zona sucia, que además sale bajo Marxophone, un híbrido entre comunidad autogestionada y sello discográfico creado por el propio Nacho, Raúl Fernández Refree y Fernando Alfaro (aquí lo explica perfectamente Abel Hernández).

Os animamos a echar un vistazo además a esta interpretación en directo de su tema "Nuevos planes, idénticas estrategias" (del disco Desaparezca aquí), donde nos decía: "...ya nadie confía en la energía nuclear después de lo de Chernobyl. / Pero el cielo, aún tan negro, / es nuestro cielo, es nuestro, / y tengo un ambicioso plan, consiste en sobrevivir".
Sobreviviste, Nacho, pero desgraciadamente algunos aún creían en la nuclear.




Lo bello en lo atroz

(Prólogo de Nacho Vegas a Guía, de Dennis Cooper)

Hace unos cuantos años tuve la original idea –en fin, al menos yo la consideraba original– de confeccionar manualmente una camiseta de Dennis Cooper. Tomé el logotipo de un corazón partido por la mitad que encontré impreso en su novela gráfica Horror Hospital Unplugged y alrededor de él escribí el nombre a mano, en burdas letras negras sobre un fondo blanco. Como si se tratara del de un cantante de rock. Con mi flamante camiseta nueva me paseé aquel año por el Festival Internacional de Benicàssim, orgulloso de ella hasta que llegó a mis oídos que había alguien más en el festival que llevaba una camiseta de Dennis Cooper. Imposible, pensé. Debe tratarse de un error. Por aquel entonces aún no existía Acuarela Libros y en España sólo estaban editadas las dos primeras novelas de Cooper en Anagrama. El otro tío de la camiseta era Jesús Llorente, uno de los responsables de la publicación en nuestro país de esta novela, la cuarta del escritor californiano, y la persona que me ha pedido que escribiera este prólogo.

¿Por qué llevábamos camisetas de Dennis Cooper como quien lleva una camiseta de un grupo de pop? A mí, en aquel tiempo Cooper me daba más que la mayoría de música que escuchaba y mucho más que el mundo que me rodeaba. Yo tenía veintipocos, los Smiths eran historia, Kurt Cobain acababa de ser asesinado por la Gran Industria Musical, Smog aún no habían calado hondo en mis entrañas y lo que estaba ocurriendo a mi alrededor era bastante desalentador. Mi generación parecía haber decidido esconder sus obsesiones y mirarse a los zapatos. O bien se compadecían patéticamente o hacían gala de un carácter autocomplaciente que rechazaba con osadía cualquier tópico anterior sin percatarse de que se estaban acomodando en otros mucho más insustanciales. Lo de sexo, drogas y rocanrol era una horterada, decían. La música de baile más efímera, las drogas de diseño, la posmodernidad y el consecuente miedo de la gente no ya a tocarse, sino a expresarse y aun a comunicarse, configuraron una suerte de generación rancia y asexuada de la que yo quería huír, y sin embargo el pánico se apoderaba de mí cuando me veía en medio de todo aquello y pensaba que formaba parte. Por suerte, yo seguía confiando en los discos y en los libros, y me aferraba a ellos como un niño a las faldas de su madre. Y allí estaba Dennis Cooper para salvarme.

Me enamoré de los personajes de Cooper, de su imperfección –que era la mía–, de su desubicación en el mundo –que era la mía–, de sus miserias y obsesiones, de su estupidez y de su ternura –las mías–. Me recordaban a River Phoenix en Mi Idaho privado, pero más brutalmente reales (no estaba equivocado: el “Dennis Cooper” que protagoniza Guía guarda en su cajón una carpeta dedicada al actor que incluye una fotografía de su cadáver en el ataúd en incipiente estado de descomposición). Y con todo lo que rodeaba a estos personajes –la violencia, el sexo animal, las drogas duras, la marginalidad–, lo que me llamaba la atención por encima de todo era que siempre resultaban tiernos. Lo era Ziggy en Tentativa (Anagrama, 1996) como lo son en esta ocasión Sniffles, Chris, Scott y el propio Dennis: están fatal de la cabeza, pero inspiran ternura (no en vano uno de los poemarios de Cooper incluido en Dream Police, la antología publicada por Acuarela, lleva el magnífico título de La ternura de los lobos). Bret Easton Ellis ya había proclamado en sus novelas el fracaso del romanticismo en nuestros días, del mismo modo que Michel Houellebecq hace lo propio referido al existencialismo, pero mientras ambos autores nos muestran a personajes abyectos o sencillamente asqueados, Cooper nos enseña el lado tierno de los suyos, demostrando que se trata de Los Miserables de nuestros días, que están perdidos en un mundo inevitablemente hostil y que aun así se afanan en buscar, en buscarse, en llegar hasta el mismo fondo, cueste lo que cueste. Y en su periplo, las drogas, el dolor y el sexo se convierten en las paradas obligatorias de un viaje por carretera en el que el vehículo es el deseo y el destino es... no se sabe.

Por otro lado, lo insólito de Dennis Cooper entre el resto de maestros del realismo brutal es que, en medio de ese caos grotesco, se adivina una necesidad imperiosa de describir la belleza, de alcanzarla y tocarla y estrujarla entre las manos, una empresa que se convierte en algo tan irracional como la poesía misma. En Dennis Cooper, la realidad y el deseo trascienden el concepto cernudiano para ir más allá. El objetivo es una misión imposible. Lo bello habita en el mismo lugar que lo atroz, y probablemente necesitemos imbuirnos en uno para llegar a aprehender lo otro. Nuestro cuerpo no nos pertenece; nosotros pertenecemos a nuestro cuerpo y estamos atrapados en él como en medio de un laberinto con una única salida: la muerte. “Todas las bellezas de mi mundo están dormidas, inconscientes o muertas”, proclama con aparente resignación Dennis Cooper en un momento de Guía, en una frase que parece remitirnos al universo del grupo de pop Felt. Pero olvídate, volveremos a la carga. Siempre lo hacemos. Como ocurre durante una resaca fuerte de drogas o alcohol, cuando uno dice “nunca más” aun sabiendo que volverá a suceder, así nosotros y todos los personajes de Dennis Cooper de este mundo emprendemos nuestros particulares “viajes al fin de la noche” asolados por las dudas y los temores, conscientes de que no harán más que plantearnos nuevas dudas y temores y sabedores de que esa es la manera en que debemos transitar por la vida, porque la alternativa, la de esa generación mediocre de la que antes hablaba, no alberga dudas: es la de la insatisfacción pura y dura, la de las frustraciones pudriéndose dentro de cuerpos perfectamente aseados por fuera.

Guía es, a mi juicio, la mejor de las novelas de Dennis Cooper que han sido traducidas al castellano. En ella Cooper resulta tan autobiográfico que no lo es en absoluto. O dicho de otra manera, donde otros utilizarían su vida privada él usa su imaginación privada, acaso mucho más íntima que aquella. Pues la imaginación, de la que muchos se sirven para huir de las cosas, en él se convierte en el medio necesario para plantarles cara de una forma aterradora, trágica y lúcida. Estremecedora y enternecedora a un tiempo. Ya pueden irse olvidando de todo lo demás. NACHO VEGAS, febrero 2006.

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