La música jamaicana como ágora del pueblo: Catarsis rocksteady (bibliografía reggae)

Una parada obligatoria en la bibliografía reggae es Catarsis rocksteady: la edad dorada de la música jamaiquina, una crónica sentimental, de Lutxo Pérez. Debajo exponemos algunos de los motivos por los que nos ha cautivado el libro, pero más de allá de su contenido, hay que destacar la valentía de Lutxo al lanzarse a la aventura cuando la música jamaicana -que en otros idiomas tiene un gran número de títulos- atravesaba en el panorama editorial español un largo desierto apenas salpicado por varias obras en torno a la figura de Bob Marley (más adelante tocaremos alguna de ellas). Lutxo rompió el hielo, abordando además un estilo jamaicano, el rocksteady, relativamente desconocido en España, y por todo ello se merece la Orden del Mérito Editorial Reggae, si es que existiese (que también daríamos a Black Star, sin dudarlo). Tras habernos quitado el sombrero, aquí van algunos argumentos por los que nos convenció el libro, que por cierto Rockdelux incluyó entre lo más selecto publicado en España el año pasado.

- Por mostrarnos la belleza del rocksteady, ese gran desconocido cuyo nombre tienes que repetir varias veces a tus amigas y amigos cuando intentas resumir la historia del reggae ("si el abuelo del reggae fue el ska, la madre fue el rocksteady..." ¿El qué? "El rocksteady." ¿Mande?...). ¿Qué es el rocksteady? Podríamos resumirlo como el ritmo más vacilón y elegante salido de Jamaica. O quizá como el soul de Kingston. Pero démosle la voz a Lutxo, que lo cuenta muy bien: 

La era rocksteady aterrizó sobre Jamaica en el otoño de 1966 y se esfumó apenas dos años más tarde, a mediados de 1968. El nuevo ritmo, que recibió su nombre del último baile de moda , supuso el puente estilístico entre el ska -primer ritmo nacional- y el reggae -sinónimo de Jamaica en el mundo a partir de los años 70-. Técnicamente, el rocksteady se diferencia de su antecesor en el tempo, que se redujo a casi la mitad, y en un nuevo patrón de bajo (la verdadera madre del cordero) que abrió de par en par las puertas del futuro.

Tal y como explica el británico Steve Barrow, célebre historiador de la música jamaiquina, las líneas de bajo que sustituyeron al monolítico "walking bass" del ska fueron la verdadera clave del tránsito estilístico. 'El rocskteady rompió el ritmo. Hizo que las notas de bajo se tocaran agrupadas siguiendo un patrón, en vez de una línea continua. La batería y todo lo demás seguían al bajo y [el guitarrista] Lynn Taitt fue el hombre que orquestó todo.   

(...) El soul que se facturaba en EEUU fue el faro que  iluminó el tránsito estilístico entre los dos géneros eminentemente pioneros de la cosa jamaiquina. (El rocksteady fue)una factoría de soul sincopado con sabor a mar Caribe, capaz de hacer frente a los catálogos de las gloriosas Motown, Atantic, Hi y Stax de los dorados años 60. Llegada la pausa, la escena jamaiquina fue capaz de igualar la exuberancia orquestal del soul americano y su profundidad argumental.

Si hay un aspecto destacable del rocksteady y que queda bien claro en Catarsis, es la belleza de las canciones de este estilo, que para muchos fue la cumbre musical de la isla. Creo que queda patente en esta lista de Spotify confeccionada por el propio Lutxo.



- Por la narración en primera persona, todo lo contrario a la posición del erudito en plan "ahora os voy a enseñar yo la verdad, pequeños ignorantes", sino como el deseo irrefrenable de compartir algo que nos ha emocionado, situándolo además en el devenir personal, inseparable de las sensaciones que nos embargan cuando escuchamos música. Quizá la palabra clave sea por eso "compartir", un impulso que nos sigue manteniendo vivos en Acuarela y que ha sido precisamente el motor para publicar Bass Culture: la historia del reggae (Lloyd Bradley). A partir de esta premisa, Lutxo va hilando un relato personal lleno de pasión, humor, emoción por los hallazgos musicales...  Si bien es cierto que, como dice Lutxo en su introducción, resultaría exagerado decir que el rocksteady (o el estilo musical que sea) te "salve la vida", él mismo demuestra en el libro la capacidad de las canciones para transformarnos (para bien). Como tú, Lutxo, creemos firmemente en el poder exorcizante de la música. En su poder catártico. Y si además se trata de ritmos jamaicanos, creemos que es posible ahuyentar con música al mismísimo diablo para que se vaya a tocar los pelotas a otro planeta.


Duke Reid sale a hombros.
- La estructura del libro, de pequeños epígrafes que se van devorando y, como en un gigantesco puzle, van haciendo avanzar la historia hasta tener una visión global del asunto. En este discurrir de historias -que demuestra la capacidad de Lutxo para entrelazarlas y ampliar su significado- hay un sinfín de personajes apasionantes y anécdotas alucinantes que no solo llenan de color la historia sino que nos acercan mucho más a la vibrante escena musical y social de la segunda mitad de los sesenta en Jamaica. Porque, pese a su corta duración, el rocksteady es un resumen perfecto de casi todos los elementos esenciales de toda la producción musical jamaicana, como dice Lutxo: "el síncope, la fugacidad, la producción frenética de éxitos, la fiera competencia, los empresarios visionarios y malos pagadores, el sound system como laboratorio de pruebas, la economía de medios como motor de la creatividad, el diálogo que las canciones establecen entre sí y algunos de los robos más descarados de todos los tiempos".

- Pero dejémonos de monsergas y vayamos al grano. Ahí van unos cuantos ejemplos de canciones rocksteady que Lutxo comenta en el libro y que pueden dar una idea de los monstruos musicales que recorrían por entonces la isla antillana (por cierto, quienes hayan leído el prólogo a Bass Culture: la historia del reggae comprenderán el porqué de la primera canción elegida):

Shanty Town, Desmond Dekker
Cry Tough, Alton Ellis
Swing Easy, Soul Vendors

Tougher than Tough, Derrick Morgan (¡Qué letra! Aquí tenemos la esencia de los rude boys, en algunos aspectos predecesores de los rastas: Rougher than rough, tougher than tough. Strong like lion, we are iron. Rudies don't fear no boy, rudies don't fear)
Train to Skaville, Ethiopians
Stop that Train, Keith & Tex
Blam Blam Fever, Valentines

Precisamente, si hay algo que nos gusta mucho de Catarsis, son las numerosas playlists que incluye al final, un gustito para nuestras orejas.

Desmond Dekker. Grande.

- Por último, quería rescatar estos párrafos del libro que reflejan muy bien uno de los aspectos que más me gustan del reggae y la música jamaicana en general (como quise explicar, mucho más torpemente, en Una cultura supersónica), es decir, el concepto del acontecimiento sonoro y la creación-representación musical como encuentro, como celebración colectiva, como plaza:

"Las canciones que viven en permanente diálogo entre sí mismas fueron una herencia de aquellos hombres y mujeres que llegaron desde África a bordo de infames barcos de esclavos. La música, ya lo hemos dicho, era parte esencial de la identidad grupal de aquella gente. Como Public Enemy se autoerigían "la CNN de los negros", las escenas musicales de ascendencia africana siempre han enfocado su discurso a la comunidad de la que proceden, dan cuenta de sus circunstancias y utilizan su mismo lenguaje.

"Los creadores jamaicanos, como el resto de músicos negros del resto de naciones, siempre han dirigido su arte al pueblo, a la calle, al gueto, a los más desfavorecidos. Sus letras hablan sobre asuntos cotidianos y vienen formuladas en los mismos códigos que utiliza la audiencia (sus mismas expresiones y actitudes). En este sentido, la literatura de la música jamaiquina funciona como un bumerán en constante trasiego entre creadores y público (con el factor potenciador que supone las condiciones de aislamiento del país).

"Siempre con la audiencia como juez y parte, la escena jamaiquina funciona como un ágora: uno suelta su discurso y cualquier de los presentes tiene la capacidad de ejecutar una respuesta que, normalmente, sigue los mismos patrones estéticos en que ha sido formulado el argumento inicial.

"Piensen en la rama de la literatura rude boy, sus juicios ficticios y la repercusión de estas canciones en la sociedad. Alguien envía una opinión musicada y, como estamos frente a un tema de candente actualidad, pronto habrá alguien que responda (normalmente, desde una postura estético similar). Si Prince Buster crea la figura del Juez Dread, las respuestas a esa canción harán mención a ese mismo juez, le volverán a dar vida para magnificarlo o ridiculizarlo, o crearán un nuevo juez que case mejor con su discurso.

"Esto que ocurría en el plano literario, como decíamos, pronto se contagiará al discurso musical (...)  En la mercancía hurtada (...) incluimos de todo: desde un verso de amor, una introducción, las notas de saxofón o el falsete de Curtis Mayfield. Jamaica hizo del plagio una causa. Inoculó el robo en su ADN y, al sumarlo con el resto de sus elementos esenciales, se naturalizó lo de tomar prestada materia prima de aquí y allá, copiar descaradamente y mirar hacia otro lado. Pero no les maldigan todavía. Esta horda de ladrones lo hace guapo, como el Vaquilla y el Torete a lomos de un Seat Mirafiori. […] la copia siempre daba una vuelta de tuerca a la idea original, la matizaba y personalizaba, la actualizaba. La llevaba un paso más allá".

0 comentarios:

Publicar un comentario en la entrada