Música para los títulos de crédito iniciales de una posible versión cinematográfica de LA REVUELTA DEL PUEBLO CUCARACHA.

Tema: Angry Cockroaches (Cucarachas Enojadas).
Artista: Tito & Tarántula.

Tito & Tarántula

Tito & Tarántula es un grupo de rock chicano formado en 1992, pocos años después del fin de la antigua banda de Tito Larriva (nacido en Ciudad Juárez, México), Cruzados. Es más conocida por sus canciones "After Dark", "Back to the House That Love Built", "Strange Face of Love" y "Angry Cockroaches", y por haber participado en la banda sonora de la película de Robert Rodríguez From Dusk Till Dawn (Abierto hasta el amanecer).

DISCOGRAFÍA

1997, TARANTISM


Tras su aplaudida aparición en las películas de su amigo Robert Rodríguez (Desperado y Abierto hasta el amanecer), sacan en 1997 su esperadísimo álbum debut. Es en este disco donde está el tema Cucarachas enojadas.

1999, HUNGRY SALLY & OTHER KILLER LULLABIES


2000, LITTLE BITCH


2002, ANDALUCÍA


2008, BACK INTO THE DARKNESS


Y he aquí la memorable aparición de las Cucarachas enojadas en la película Abierto hasta el amanecer:


La caída yippie


Aquí tenéis la tercera parte del prólogo-epílogo que escribió Amador Fernández-Savater para  Yippie! Una pasada de revolución, de Abbie Hoffman, que finalmente hemos dividido en cinco partes (en lugar de las cuatro anunciadas inicialmente).

Los yippies y nosotros, que los queremos tanto (Primera parte)
Segunda parte: "Los yippies en 9 palabras clave"
Tercera parte: "La caída yippie"
Cuarta parte: "Los yippies y el presente"

LOS YIPPIES Y NOSOTROS, QUE LOS QUEREMOS TANTO (PARTE 3)


Yippie vs yuppie: renuncia o repetición 

Nos situamos ahora a principios de los 70. La represión sobre el movimiento se acentúa. En diciembre de 1969, Fred Hampton, portavoz de los Panteras Negras, es asesinado a sangre fría por el FBI. En mayo de 1970, en la Universidad de Kent (Ohio), cuatro estudiantes caen abatidos a balazos por la Guardia Nacional mientras protestan por la invasión amerikana de Camboya. Escalada del enfrentamiento. ¿Hasta dónde puede sostenerse la dinámica de confrontación? La desesperación política por la crisis del movimiento en el cambio de década se retroalimenta con el salto al vacío de la agitación armada. Los que deciden asumir la dureza del nuevo paisaje y pasan a clandestinidad son los WeatherUnderground, un grupo surgido de la protesta estudiantil que toma su nombre de una canción de Bob Dylan («no necesitas a un hombre del tiempo para saber en qué dirección sopla el viento»). La atmósfera en el movimiento se hace muy pesada, quienes empujan hacia las líneas más duras llevan ahora la voz cantante. Los Weather Underground son para muchos un modelo de entrega y compromiso revolucionario. También para los yippies. Jerry Rubin les dedica We are everywhere, su segundo libro, escrito en prisión, porque «hay un weatherman en el interior de cada yippie». En marzo de 1970, tres miembros de los Weather Underground se vuelan por los aires cuando fabricaban una bomba casera.

Otras tensiones desgarran a los yippies desde dentro: las mujeres y los homosexuales promueven entonces con mucha fuerza prácticas de separación activa. Denuncian la naturaleza patriarcal de los espacios, el sesgo masculinista en las formas de hacer y el papel relegado que se reserva a quienes no se ajustan a los modelos dominantes. Jerry Rubin y Abbie Hoffman se convierten a menudo en el objetivo de los ataques. Al fin y al cabo, son líderes «muy machos». Por otro lado, si bien a finales de los años 60 Abbie y Jerry meditan seriamente la necesidad de levantar estructuras organizativas estables, las nuevas generaciones yippies («zippies» y «yipellas») rechazan radicalmente todo atisbo de organización o disciplina, radicalizando la tendencia yippie al caos y la espontaneidad. Jerry y Abbie se convierten también en blancos de sus ataques (simbólicos y físicos): se han vuelto figuras mediáticas, no quieren abandonar la jefatura yippie, coquetean con el Partido Demócrata y, sobre todo, ¡ya son mayores de treinta años! ¿Y no repetían ellos mismos tanto aquello de que uno nunca debería fiarse de alguien mayor de treinta años? De ese modo, el mito de la revolución juvenil y el uso político de la fama les empieza a pasar factura. Ahora se sienten presos de su imagen: atacados por feministas y jóvenes, despreciados por los medios de comunicación (que los glorificaban solo un par de años antes) y adorados como iconos de consumo rápido por las grupies que los persiguen allá donde van. 

Si en el Festival de Woodstock miles de personas se habían congregado pacíficamente para disfrutar colectivamente de la música, unos meses después se desata la violencia en el Festival de Altamont. Un joven muere apuñalado por los Ángeles del Infierno, que habían sido contratados por los Rolling Stones para garantizar la seguridad del evento. El Festival de Altamont y los homicidios de la Family de Charles Manson presentan una sombra inquietante en la «comunidad del amor» contracultural. De hecho, tras Altamont se habla de «la muerte de la nación de Woodstock». En la contracumbre de Miami en 1972 nada funciona. Chicago queda ya lejos y la protesta es perfectamente absorbida por la nueva línea demócrata. Nixon triunfa de nuevo en las elecciones de 1972: la radicalización contracultural de los últimos años alimenta el deseo de Ley y Orden en la balanza del miedo.

El movimiento contra la guerra alcanza un tope. Y en 1973 se firman los Acuerdos de Paz de París por los que se pone fin a la Guerra de Vietnam. El movimiento se hunde. Muchos militantes se convierten directamente en traficantes de droga: de revolucionarios a delincuentes. Las anfetaminas, la cocaína y la heroína sustituyen a la marihuana y el LSD en el imaginario popular. La heroína penetra y devasta enclaves míticos de la contracultura como el barrio de Lower East Side en Nueva York. Problemas materiales gravísimos afectan a los dropout: no tienen carrera, oficio ni beneficio y ahora tampoco el apoyo de una comunidad. Se han quedado colgados en el aire en el salto revolucionario al nuevo mundo. Y mientras la realidad de las formas de vida hippie se desintegra a toda velocidad, el nuevo capitalismo hip o psicodélico consume la imagen en musicales de éxito masivo como Hair. La ley del «sálvese quien pueda» impera en el hundimiento. Lee Weiner, uno de los encausados en el juicio a los ocho de Chicago, contará luego que un día de comienzos de los 70 decidió quemar su agenda en un restaurante, escapar y alejarse de los restos del naufragio como única vía para conservar la cordura y la vida. En 1976 se suicida Phil Ochs, mítico cantautor folk y activista envuelto en todas las aventuras yippies. Como dirá su compañero Stew Albert, «su gesto legitimará el suicidio ante toda una generación». 

Durante varios años, los yippies fueron capaces de afectar, desafiar y transformar la realidad, ¿cómo seguir relacionándose con ella una vez que se ha perdido esa capacidad y la realidad se ha vuelto como de plomo? ¿Cómo habitar una derrota tan descomunal? No fueron pocos los que siguieron el camino de Phil Ochs, incapaces de reaclimatarse a la normalidad después de haber vivido con absoluta exaltación una política de la intensidad que parecía ilimitada. 


Jerry Rubin decidió que era mucho mejor empezar a hacer yoga que pasar a la clandestinidad. Desde comienzos de los años 70, mientras todavía mantiene su actividad política, se interna en el mundo de la autoayuda. Hasta el fondo, al más puro estilo Jerry Rubin. «De 1971 a 1975, experimenté en carne propia el electroshock, la terapia gestáltica, la bioenergética, el rolfing, los masajes, el trote diario, los alimentos saludables, el tai chi, Esalen, la hipnosis, la danza contemporánea, la meditación, el Control Mental Silva, el grupo Arica, la acupuntura, la terapia sexual, la terapia reichiana y la Casa More: un cursillo de Nueva Conciencia con todo un surtido de posibilidades.» En 1976 publica un libro donde desnuda completamente su travesía hacia el Yo: Growing (up) at 37. El título es muy significativo, alude a la vez a su edad y al movimiento Grow up de crecimiento interior.

El libro comienza así: «En 1970, a la edad de 32 años, tenía todo lo que pensaba desear en la vida. Era el líder de un potente movimiento político que luchaba para cambiar las instituciones del país. Amaba y disfrutaba el amor de una mujer ardiente. Había escrito un best-seller y era el líder popular de la rebelión para la gente joven. Mi vida era excitante, comprometida, relevante. Había satisfecho todos mis sueños infantiles. Y entonces: crash. En poco menos de dos años, el movimiento político de masas desapareció y la mujer me dejó. Un grupo de jóvenes me retiró del movimiento por pasar de los treinta años. Mi fama se convirtió en mala fama e historias del tipo “¿Qué fue de él?”. Los periódicos empezaron a describirme con adjetivos como “antiguo” y “viejo”. La gente se relacionaba conmigo como con una imagen y no con un ser humano. Y lo peor de todo: me creía esa imagen. Me sentí muerto a los treinta y cuatro. Pero no me lo tomo personalmente. Lo que me pasó a mí le pasó también a miles de personas que creían estar haciendo una revolución política y cultural en los años 60. De pronto el movimiento se acabó, ¿y dónde estábamos nosotros?». 

Crucificado en su imagen, Rubin decide dar un giro radical a su vida. Un giro sobre sí mismo. Como tantos otros radicales deprimidos políticamente antes y después que él, se dijo: «Me expuse demasiado, los otros no me cuidaron y ahora debo cuidarme yo». Si en el movimiento había perdido la intimidad con su cuerpo, ahora volvería a cuidar de él: buenos alimentos, horas de sueño, ejercicio. Si en el movimiento tenía «muchos contactos, pero pocos amigos», ahora cuidaría más las relaciones personales auténticas y desinteresadas. Si en el movimiento su ambición personal había crecido desmesuradamente, ahora aprendería a diferenciar la voz del ego y la voz de la verdad. Si en los años 60 todo pasaba por una lucha contra el enemigo exterior, ahora entablaría una lucha interior contra sí mismo para encontrarse a sí mismo. En definitiva, se propuso «dejar de criticarlo todo» y hacerse cargo de la propia situación, porque «cada cual elige lo que quiere vivir», «obtenemos de la vida lo que queremos» y todo lo que nos pasa solo es en el fondo «un proceso mental». 

De alguna manera, Rubin proseguía a su modo la lucha de liberación de los años 60 contra el condicionamiento social. Pero ahora ya no se trataba del condicionamiento capitalista, sino familiar: «Soy una copia en papel carbón de mi padre y de mi madre muertos». Rubin confiesa que le debe a su madre ser tan dependiente, ponerse tan nervioso al tocar a otros, estar siempre juzgando, comparando y compitiendo, pensar que ninguna mujer es realmente buena. Y a su padre, creer que la imagen es más importante que la realidad, hacerlo todo rápido, existir en la propia reputación y carecer de vida interior. Finalmente, a través de la terapia, se reconcilia con sus padres y les reconoce todo lo bueno que ha heredado de ellos: la sensibilidad, la cortesía, la ternura, la escucha, la belleza positiva de la timidez. «Lo siento, te perdono, madre.» Rubin les dedica el libro a ambos, «con amor».

Según Rubin, si en el movimiento de los años 60 el rechazo del condicionamiento social pasaba por «el auto-odio», la terapia ayuda por el contrario a «confrontar cosas, a tomar la responsabilidad por ellas, a quitarles el poder para destruir tu vida». Es una verdadera «declaración de independencia» con respecto a «la programación social que hace de nosotros en la infancia máquinas sin ninguna capacidad de elección verdadera». El movimiento Grow up es para Rubin una prolongación del acid-grass movement: ambos rompen con una existencia en la cual interpretamos papeles en lugar de ser auténticamente y nos identificamos demasiado con nuestro nombre, el estatus, el ego y el poder. «Necesitaba matar a Jerry Rubin para ser Yo» y así «reencarnarme en vida». 

Todavía en 1976, Rubin parece pensar en una repolitización posible. Ha tocado fondo, se ha encontrado a sí mismo y desde ese suelo se propone impulsar de nuevo una vida política. «Quiero estar activo políticamente de nuevo, pero ya no a expensas de mi felicidad y de mi salud.» «El malestar no es la única fuente para la acción política, la gente puede hacer política desde una posición de satisfacción personal.» «Quizá en los 80 veamos el activismo de los 60 combinado con la conciencia de los 70.» No suena mal. ¿Por qué ha de estar reñida necesariamente la acción colectiva y la calidad de vida personal? Y sin embargo, ya en el propio libro se puede intuir algún problema para esa repolitización.

Rubin confiesa que, después de su proceso de autodescubrimiento del Yo, está «más cínico, más apático y más individualista que antes». Reconoce que en los años 60 tenía mucho ego y ambición, pero también «una afectación real por la pobreza y el sufrimiento, la desigualdad y la injusticia». Sin embargo, ahora, como viene a confesar en una entrevista de la época, lo que pasa en el mundo ya no le abruma. ¿Por qué? Cuando el movimiento se viene abajo, Rubin busca un nuevo punto de partida para su vida. Es la única manera de escapar del barco que se hunde y seguir vivo. El espacio de elaboración de la crisis y de autodescubrimiento que encuentra es el movimiento Grow up. Las técnicas de crecimiento interior le dicen que para descubrir a su verdadero Yo y reconectar con él lo primero que debe hacer es perder el ego y abandonar los apegos. «El potencial de la disciplina espiritual es la habilidad para romper la programación y los apegos de la gente. La gente piensa que es sus deudas, su trabajo, sus casas, sus posiciones de poder, sus niños. El movimiento espiritual tiene el potencial de poner a la gente en contacto con la esencia que hay tras las cosas con las que se identifican.» 

Según el movimiento de autoconciencia, lo que uno es no tiene tanto que ver con los entramados de relaciones y los contextos histórico-sociales, sino con una esencia inmutable por debajo de todo ello. Por esa razón, rehacerse tras la crisis no pasa por recuperar fuerzas y encontrar nuevas alianzas, sino por aprender a encontrar el verdadero Yo tras cada relación, cada situación, cada devenir, cada contexto. La terapia se convierte así en una estrategia de liberación y una declaración de independencia... del mundo y de los otros. Ya no los necesitamos más que de manera secundaria y derivada. 

El nuevo punto de partida que encuentra Rubin para la vida conlleva una desconexión profunda de la experiencia política básica: descubrirse implicado en un mundo común. Por todo ello, quizá no sea de extrañar que aunque acabe el libro sobre su viaje interior llamando a una repolitización, lo siguiente que sepamos de él es que se ha convertido en un empresario de muchísimo éxito y fortuna. De yippie a yuppie. Rubin pone a partir de ese momento todas sus capacidades —para emprender, entusiasmar, innovar, promover y motivar— al servicio de una sola causa: hacer dinero, todo el dinero posible. En eso queda finalmente su idea de un «socialismo del Yo». Como decía su amigo Stew Albert, «creyó inventar el socialismo del Yo, pero era una idea ya vieja. Se llama capitalismo». 

A comienzos de los 70, Abbie Hoffman coquetea con la cocaína. Consume y vende. ¿Problemas de dinero, curiosidad, desesperación política? En todo caso, lacocaína y el tráfico sustituyen la intensidad perdida con la crisis del movimiento. Abbie es capturado con una cantidad importante de droga en una operación policial. Sin apoyo social, con su credibilidad en crisis, en un contexto político hostil, Abbie corre el riesgo de ir a la cárcel durante una larga temporada. Es Abbie Hoffman: hundir su persona en la cárcel es hundir la imagen de los 60 en el fango del descrédito. Decide entonces pasar a la clandestinidad, en la que vivirá durante los siguientes seis años. Uno de sus amigos dirá: «Prisionero de su mito, prisionero de su historia, Abbie vivirá la clandestinidad como una continuación de los años 60». Pero en la superficie, el recuerdo de los 60 se desvanece y nadie se acuerda ya de Abbie Hoffman. 

La vida clandestina no será nada fácil para Abbie. Los Weather Underground, a quienes les pide el ingreso en la organización (¡como dirigente!), le rechazan: demasiado inestable, demasiado egocéntrico, demasiado ingobernable. Su padre muere de un infarto, que todo el mundo atribuye al episodio de la cocaína y al paso de su hijo a la clandestinidad. Se separa de su mujer Anita y de su hijo America (!), que recordará luego cómo su padre le ignoraba casi completamente. Pero la clandestinidad le permite también deshacerse de su yo-imagen y mirar las cosas desde otro sitio. Asegura haber descubierto «cómo es la vida de la gente normal», que él siempre había despreciado como pura alienación. 

Traba una nueva relación sentimental que mantendrá hasta el final de su vida. Una parte de él respira aliviada por poder dejar de ser quién es, pero otra sufre muchísimo por ello. En la clandestinidad no hay focos ni escena. La visibilidad es justamente lo que está prohibido. Y Abbie no lleva bien la penumbra. En uno de los ataques que empieza a sufrir entonces, recorre los pasillos de un hotel gritando: «¡Soy Abbie Hoffman, soy Abbie Hoffman!». Desde entonces le acompañan largos periodos de depresión. Es diagnosticado como maníaco-depresivo y empieza a ser medicado. Bajo una falsa identidad, se convierte en el líder de referencia de una lucha ecologista para salvar un río amenazado por una operación turística y eso le devuelve a la vida. «Es lo que sé hacer: soy un organizador de la comunidad.» 

Tras seis años de clandestinidad se entrega a la policía. Pasa un tiempo en prisión, pero enseguida queda libre. Y vuelve a las andadas políticas, pero solo para encontrarse con el desdén y la indiferencia social. Se involucra en los movimientos antimperialistas (El Salvador y Nicaragua) y ecologistas (antinuclear) del momento. Es detenido en un par de ocasiones. Las luchas donde participa conocen algunas victorias, pero para él ya nada es lo mismo. Es la época Reagan, la revolución queda lejos. Las luchas de los 80 no tienen comparación con las de los 60, pero Abbie no puede dejar de compararlas. Está clavado en su identidad. Es una reliquia de los 60, incapaz de reinventarse a sí mismo en los nuevos tiempos. 

La nostalgia depresiva y la amargura se apoderan de él a menudo: «I miss my youth». Se embarca en una gira de debates con su viejo amigo Jerry Rubin bajo el título: «Yippie contra Yuppie». El guerrero Abbie Hoffman, fiel a sí mismo. El traidor Jerry Rubin, ahora el enemigo público número uno de la izquierda. La gira de debates arruinará una amistad que había sobrevivido al distanciamiento ideológico. Muchos de los que le tratan entonces le describen en caída libre: solo, enfermo, infeliz. Abbie es incapaz de vivir en tiempos no-revolucionarios: «Nunca pudo aceptar que la pasión y la potencia de los años 60 se habían ido», dirá un amigo. Lo que le daba la vida era desafiar al poder y ahora el poder le contesta con una sonrisa burlona: «Ya solo eres una caricatura de ti mismo». Cuando a la depresión psíquica se añade una depresión física, Abbie decide quitarse de en medio. Se suicida con un atracón de pastillas en 1989 sin dejar ninguna nota de despedida. «La única cosa privada que hará en su vida adulta», dirá alguien. 

Jerry necesitó cambiar para seguir viviendo. El rechazo a cambiar impidió seguir viviendo a Abbie. Jerry decidió encontrar su «verdadero Yo», oculto bajo todos los disfraces y las máscaras de los años 60. Abbie decidió seguir siendo fiel a sí mismo: clandestinidad y luchas sociales. Pero, ¿realmente hay alguna esencia bajo el disfraz? Y, ¿cómo puede uno ser fiel a sí mismo cuando desaparece el contexto que hacía de uno mismo uno mismo? Entre la renuncia y la fidelidad como repetición, ¿qué vías se abren? ¿Qué podría significar madurar políticamente?

(Continuará)

"ÓSCAR ERA UN CHICO SALVAJE...", introducción de HUNTER S. THOMPSON al libro de ÓSCAR ZETA ACOSTA.

Para ir abriendo boca os ofrecemos la introducción que escribió HUNTER S. THOMPSON para las dos obras de su viejo amigo ÓSCAR ZETA ACOSTA.
Traducción: Javier Lucini

Hunter S. Thompson & Óscar Zeta Acosta

"Óscar era un chico salvaje. Irrumpía a zancadas dondequiera que fuera y mucha gente le temía. Su fecha de nacimiento no consta en ningún calendario y su muerte apenas tuvo repercusión. Pero el hueco que dejó fue enorme y nadie ha intentado siquiera remendarlo. Fue un jugador. Fue Grande. Y cuando entraba bramando por tu puerta al caer la noche sabías que venía con la marcha, quisieras o no.

Nunca me ha gustado escribir sobre él porque me hace pensar demasiado y nunca acierto a encontrar las palabras adecuadas para explicar la terrible alegría que siempre llevaba consigo allá donde fuese. Tenías que estar allí, supongo, y entender que el tipo nunca se encontraba a gusto a no ser que estuviese en compañía de gente aún más loca que él.

Cuando murió escribí un epitafio y no me apetece volver a hacerlo, así que esto es lo que sentí entonces. Res Ipsa Loquitor*

[*Frase latina que significa «los hechos hablan por sí solos». (N. del T.)].



Lo cierto es que Óscar Zeta Acosta (por mal que pese a quienes opinan lo contrario) fue un peligroso rufián que vivió cada día de su vida proclamando que un hombre que codicia la Verdad no puede esperar piedad ni concederla…

Cuando llegue la hora de que el Gran Marcador se manifieste en contra del nombre de Óscar, una de las primeras y escasas líneas del Gran Libro Mayor destacará que, por lo general, careció del coraje que, sin embargo, manifestó en sus tan sistemáticamente monstruosas convicciones. Había más compasión, locura, dignidad y generosidad en el agotado cuerpo moreno y con sobrepeso de aquella siempre excesiva bala humana, de lo que la mayoría de nosotros veremos durante el resto de nuestras vidas en cualquier humano incluso tres veces más grande que Óscar; características que están enflaqueciendo notablemente por aquí arriba desde que aquel gordo hispano corrompido desapareció del mapa.



En la época en que le conocí, en el verano de 1967, hacía ya tiempo que había dejado atrás lo que él llamaba su «idilio de amor juvenil con La Ley». Lo mismo había ocurrido con su temprano celo misionero y, tras el primer año de trabajo para la asistencia social en el «centro legal para la pobreza» de East Oakland, estaba listo para librarse del academicismo de Holmes y Brandeis y asimilar un estilo más Huey Newton y Pantera Negra a la hora de tratar con las leyes y los tribunales de América.

Cuando entraba retumbante en aquel bar que se llamaba Daisy Duck de Aspen y anunciaba que él era el problema que todos estábamos aguardando, se hallaba ya inmerso en la política de la confrontación; y en todos los frentes: en los bares, en los tribunales e incluso en las calles si era necesario.

Óscar no se metía en peleas callejeras serias, pero era como el infierno sobre ruedas cuando estallaba una pelea en un bar. Cualquier combinación de un mexicano de ciento catorce kilos con LSD-25 constituye una amenaza potencialmente mortífera para todo lo que se ponga a su alcance; pero cuando el susodicho mexicano es además un abogado chicano profundamente cabreado que no manifiesta el menor temor ante nada que camine con menos de tres piernas, y con la convicción suicida de facto de que va a morir a los treinta y tres años (como Jesucristo), sabes que te encuentras con un grave problema entre manos. Sobre todo si el muy bastardo ya hace seis meses que cumplió los treinta y tres, va hasta el culo de ácido Sandoz, luce una Magnum 357 cargada en el cinturón y en todo momento tiene al alcance de la mano un guardaespaldas chicano que maneja un hacha, aparte del hábito desconcertante de vomitar proyectiles, verdaderos géiseres de pura sangre roja por la puerta delantera cada treinta o cuarenta minutos, o cada vez que su úlcera maligna rechaza la ingesta de más tequila a palo seco.


Este era el Búfalo Pardo en plena flor demente de su apogeo, un hombre, en verdad, que no se perdía una. Y fue de hecho en algún momento, a mediados de sus treinta y tres, cuando vino a Colorado (con su fiel guardaespaldas Frank) para descansar un tiempo tras su agotadora campaña como candidato para sheriff del condado de Los Ángeles, que perdió por más o menos un millón de votos. Pero en la derrota Óscar se las ingenió para crear una base política instantánea para sí mismo en el inmenso barrio chicano de East Los Ángeles; donde hasta los más conservadores «mexicano-americanos» de la vieja guardia de repente se estaban denominando a sí mismos «chicanos» y degustando por primera vez el sabor del gas lacrimógeno en las manifestaciones de «La Raza», que Óscar no tardó en aprender a utilizar como foro incendiario para darse a conocer como el principal portavoz de un vertiginoso e incipiente movimiento de «Poder Pardo» que el departamento de policía de Los Ángeles llegaría a considerar aun más peligroso que el de los Panteras Negras.



La tremebunda radio macuto no se caracterizaría por la falta de boletines, avisos y demás rumores enrevesados a propósito de los últimos avistamientos del Búfalo Pardo. Sería visto, al menos una vez, en Calcuta, comprando niñas de nueve años en las jaulas del Mercado Blanco de Esclavos… y también en Houston, al frente de la barra de un motel de South Main que una vez fue el Blue Fox… o quizá, de nuevo, huyendo a Bimini a medianoche: alzándose con todo lo largo que era sobre sus cuartos traseros en la cabina de un bote Cigarette negro de metro y medio con una Uzi plateada en una mano y un kilo de heroína en la otra, siempre corriendo a unos ciento cuarenta y cinco kilómetros por hora, sin luces y soltando a voz en grito –lo máximo que le permitían sus pulmones sangrantes– galimatías entresacados del Viejo Testamento…

Hasta podía llegar a aparecerse de pronto en mi porche en Woody Creek, una noche sin luna, cuando los pavos reales andan chillando con lujuria… Podía ocurrir y siempre sería un fantasma bienvenido en mi casa, aunque se presentase hasta el culo de ácido y con una cadena hecha de larvas alrededor del cuello.



Sí, ese es él, amigos; mi chico, mi hermano, mi compinche en demasiados crímenes. Óscar Zeta Acosta. Prepárate. Ya no está entre nosotros, pero incluso su memoria remueve vientos que acaban alzando coches bastante pesados de la carretera. Fue un monstruo, un auténtico hijo del siglo (más rápido que Bo Jackson y más loco que Neal Cassady)… Cuando el Búfalo Pardo desapareció, todos perdimos una de esas notas altas que ya nunca volveremos a escuchar. Óscar fue uno de los prototipos del mismo Dios (una especie de mutante de gran potencia que jamás se consideró para la producción en masa). Fue demasiado raro para vivir y demasiado extraordinario para morir…



Hunter S. Thompson

Marzo 1989

"Como abogado tuyo te aconsejo..." (II)

Óscar Zeta Acosta


“Bueno, como abogado tuyo, te aconsejo que compres una moto. ¿Cómo podrías si no cubrir como es debido algo así?”.


DR. GONZO (alias Óscar Zeta Acosta) 
en "Miedo y Asco en Las Vegas" de Hunter S. Thompson.