LOS HORRORES DE LA GUERRA SEGÚN C.S. LEWIS

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C.S. LEWIS (Belfast, Irlanda del Norte, 29 de noviembre de 1898 – Oxford, Inglaterra, 22 de noviembre de 1963)
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LOS HORRORES DE LA GUERRA SEGÚN LEWIS

 “[…] Por entonces, en el continente, continuaba la terrible carnicería de la Primera Guerra con Alemania. Como seguía y empecé a prever que probablemente duraría hasta que yo alcanzase la edad de hacer el servicio militar, me vi obligado a tomar una decisión que la ley hubiera impedido tomar a los muchachos ingleses de mi edad; pero en Irlanda no había reclutamiento. No me enorgullecí mucho, ni siquiera entonces, por decidir que me alistaría cuando pudiera, pero pensé que la decisión me absolvía de tener ninguna otra noticia de la guerra. Arthur, cuyo corazón desgraciadamente le eximía, no tenía que planteárselo. Así pues dejé la guerra a un lado hasta un punto que algunas personas considerarían vergonzoso y casi increíble. Otros lo llamarían huir de la realidad. Yo sostengo que fue más que nada un pacto con la realidad: fijamos una frontera. En efecto, le dije a mi país: “Me tendrás en tal fecha, no antes. Moriré en tus guerras si es necesario, pero hasta entonces viviré mi propia vida. Podrás contar con mi cuerpo pero no con mi mente. Tomaré parte en las batallas, pero no leeré sobre ellas”.
Si hay que excusarse por esta actitud puedo decir que un chico infeliz en el colegio adquiere inevitablemente el hábito de dejar el futuro en su sitio; si en algún momento empezara a permitir infiltraciones del trimestre siguiente en las vacaciones actuales, se desesperaría. Por otra lado, el Hamilton que hay en mí siempre estaba en guardia contra el Lewis; ya tenía suficiente experiencia de lo que es un temperamento autotorturante […] Sin embargo, aun así, apenas puedo lamentar haber escapado de la espantosa pérdida de tiempo y energía que habría supuesto leer las noticias sobre la guerra o tomar parte de otra forma que no fuese artificial y etiquetera en las conversaciones sobre ella. Leer sin conocimientos militares ni buenos mapas los relatos de una lucha que ya están distorsionados antes de llegar al general de división, de nuevo se distorsionan antes de que este los despache y luego son “narrados” de forma irreconocible por los periodistas, esforzarte en descubrir qué contradicciones se producirán al día siguiente, temer y esperar intensamente una débil evidencia, es desperdiciar tu inteligencia […]”.

“[…] Pasé el tiempo normal de entrenamiento (algo benigno en aquellos días comparado con el entrenamiento de la última guerra) y me nombraron Segundo Teniente de la Infantería de Somerset Light, el antiguo XIII Cuerpo de a pie. Llegué a las trincheras del frente el día que cumplí los diecinueve años (en noviembre de 1917) y pasé la mayor parte de mi servicio en los pueblos que hay antes de Arras (Fampoux y Monchy). En abril de 1918 me hirieron en el monte Bernenchon, cerca de Lillers.
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COMPARACIÓN ENTRE EL COLEGIO INTERNO DE WYVERN Y EL EJÉRCITO

Me sorprende que no me disgustara más el Ejército. Por supuesto, era detestable. Pero las palabras ‘por supuesto’ son las que explican esto. En eso se diferencia de Wyvern. Nadie te decía que te tuviese que gustar. Nadie pretendía que te gustase. Uno no espera que le guste. Cualquiera que conocieras tenía por seguro que era una necesidad odiosa, una espantosa interrupción de la vida racional. Y eso supone toda una diferencia. Una tribulación honrada es más fácil de soportar que aquella que se anuncia como algo placentero. La una alimenta la camaraderie e, incluso (cuando es intensa), una especie de cariño entre los compañeros de fatigas; la otra alimenta la desconfianza, el cinismo oculto y un resentimiento incómodo. En segundo lugar, encontré que mis superiores en el Ejército, mayores que yo, eran incomparablemente mejores que los patricios de Wyvern. Sin duda esto se debe a que Treinta es, por naturaleza, más amable con Diecinueve que Diecinueve con Trece: realmente son adultos y no necesitan autoconvencerse. También me inclino a pensar que mi cara había cambiado. Aquella ‘cara’ que tan a menudo me habían dicho que ‘no pusiera’ parecía haberse ido, quizá cuando leí Phantastes. Incluso tengo alguna evidencia de que le sucedió una cara que suscitaba compasión o grata diversión. Así, la primera noche que pasé en Francia en un barracón o sala de instrucciones donde iban a dormir unos cien oficiales en tablas de maderas, dos canadienses de mediana edad se hicieron cargo de mí y me trataron, no como a un hijo (lo que me hubiera podido molestar), sino como a un amigo perdido hacía largo tiempo. ¡Benditos sean! […] En el Ejército había gente desagradable, pero el recuerdo llena aquellos meses de contactos agradables y transitorios. Parecía que cada pocos días te encontrabas con un sabio, alguien ocurrente, un poeta, un bufón divertido, un raconteur, o al menos un hombre de buena voluntad.


EN EL HOSPITAL

“En algún momento a mediados de aquel invierno tuve la suerte de caer enfermo de lo que los soldados llamaban ‘fiebre de trinchera’ y los médicos P.V.O. (pirexia de origen desconocido) y fui enviado al hospital de Le Tréport por tres deliciosas semanas. Quizá tenía que haber mencionado antes que desde pequeño tenía problemas en el pecho y muy pronto aprendí a hacer de la enfermedad más insignificante uno de los placeres de mi vida, incluso en tiempo de paz. Ahora, como alternativa a las trincheras, una cama y un libro eran ‘el mismo cielo’. El hospital había sido un hotel y estábamos dos por habitación. Me fastidiaron la primera semana porque una de las enfermeras de noche mantenía una loca relación amorosa con mi compañero de habitación. De todas formas tenía demasiada fiebre para sentirme incómodo; pero el susurro humano es un ruido muy aburrido y poco musical, especialmente de noche. Después mi suerte cambió a mejor. Enviaron al amante a otro sitio y le sustituyeron por un músico misógino de Yorkshire que en nuestra segunda mañana juntos me dijo: ‘Oye, chaval, si nos hacemos nosotros las camas las putas hermanas no estarán tanto tiempo en la habitación’ (o algo parecido). Por lo tanto, todos los días nos hacíamos la cama y todos los días cuando entraban las dos V.A.S. (Departamento de Ayuda Voluntaria) decían: ‘¡Oh, se han hecho las camas!, ¡qué buenos son estos dos!’, y nos recompensaban con su mejor sonrisa. Creo que atribuían nuestra acción a la galantería […]”.



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LA GUERRA

“[…] La guerra ha sido descrita tantas veces por quienes vieron más que yo que hablaré muy poco de ella. Hasta que se produjo el gran ataque alemán de primavera disfrutamos de gran tranquilidad. Incluso entonces, no nos atacaron a nosotros sino a los canadienses que estaban a nuestra derecha, limitándose a ‘tenernos entretenidos’ lanzando contra nuestras líneas unos tres obuses por minuto durante todo el día. Creo que fue entonces cuando me di cuenta de que un miedo grande vence a uno menor: me encontré con un ratón (era un pobre ratón tembloroso lo mismo que yo era un pobre hombre tembloroso) que no intentó huir de mí. En invierno nuestros principales enemigos eran el cansancio y el agua. Me he llegado a quedar dormido caminando y al despertar seguía caminando. Caminábamos por las trincheras con botas de goma hasta el muslo y agua que nos llegaba a las rodillas; recuerdo la corriente helada que entraba en las botas cuando te enganchabas en un espino artificial oculto. La familiaridad con los muertos tanto recientes como de días confirmó las ideas sobre los cadáveres que me formé cuando vi a mi madre muerta. Llegué a conocer, a sentir pena y a respetar al hombre normal, en especial al querido sargento Ayres que (supongo) murió a causa del mismo obús que me hirió a mí. Yo era un oficial inútil (entonces encomendaban misiones con gran facilidad), una marioneta que él movía, y él convirtió aquella relación ridícula y dolorosa en algo bello, llegando a ser para mí casi como un padre. Pero respecto al resto, la guerra –los miedos, el frío, el olor de los explosivos, los hombres horriblemente destrozados que aún se movían como escarabajos medio aplastados, el tumbar o levantar cadáveres, el panorama de toda aquella tierra sin una brizna de hierba, las botas puestas día y noche hasta que parecían crecer con tus pies– todo esto asoma de vez en cuando entre mis recuerdos vagamente. Todo esto está separado del resto de mis experiencias y a veces me parece que le ocurrió a otra persona. Incluso, en cierto modo, carece de importancia. Ahora parece que importa más un momento imaginativo que las realidades que le seguían. Fue la primera bala que oí, tan lejos de mí que ‘zumbaba’ como la de un periodista en tiempo de paz o la de un poeta. En ese momento hubo algo que no era exactamente miedo, mucho menos indiferencia, una vibración ligera que decía: ‘Esto es la guerra. Sobre esto es sobre lo que escribió Homero’. […]”.

Textos correspondientes a la obra Surprised by Joy (Cautivado por la Alegría) de C.S. Lewis. (Editado en España por Ediciones Encuentro, Madrid, 1989. Traducción de Mª Mercedes Lucini)

La primera obra publicada por C. S. Lewis. El poema “Muerte en combate”.
“[…] C. S. Lewis apareció en la primera guerra mundial, en el norte de Francia, el martes 25 de septiembre de 1917. Dos meses después, el día de su cumpleaños número diecinueve, hizo parte de las líneas del frente en las confrontaciones del valle del Somme. Ahí, frente a las ruinas, los cadáveres y las humillaciones, vio morir algunos de los gestos que lo hacían ser la persona que era: vio morir la entereza que lo llevó a entregarse a un ejército, el Inglés, en el que no se sentía del todo cómodo; el idealismo con el que se entrenó hasta ser llamado “oficial” del tercer batallón de infantería; el orgullo de pertenecer a una causa superior a la propia existencia. Fue herido en la batalla de Arras, el lunes 15 de abril de 1918, tras sobrevivir a una serie de explosiones en el monte Berenchon. Y perdió en combate a su gran amigo de la tropa, Paddy Moore, cuando el armisticio comenzaba asomarse: tuvo que enterrarlo en un campo refundido en el sur de Peronne.

“En enero de 1919 regresó a Oxford, al legendario University College (una institución que desde la edad media, desde el año 1249 para ser precisos, ha recibido a algunos de los mejores alumnos del planeta), dispuesto a continuar los estudios que había empezado hacía un par de semestres. Ni siquiera la guerra había conseguido someter sus vocaciones: la publicación en la revista Reveille de su poema Muerte en la batalla (“pero, aunque hace un momento / luché a ciegas entre hombres que maldecían en el combate, / la tarea pasó como pasa una pensamiento pasajero”) era una prueba, la primera, de que esta vez sería la escritura la estrategia de la que se valdría para soportar la pérdida; su empeño en mantener a la señora Janie King Moore, madre de Paddy, su fallecido hermano en armas, le demostró a quienes lo conocían que estaban ante un hombre que siempre cumplías sus promesas; sus extraordinarias calificaciones en Filosofía, Historia Antigua, Literatura griega, latina e inglesa, obtenidas en los cinco años siguientes, presagiaban una brillante carrera en los salones de clase […]”.


Death In Battle

C. S. Lewis
Open the gates for me,
Open the gates of the peaceful castle, rosy in the West,
In the sweet dim Isle of Apples over the wide sea’s breast,

Open the gates for me!

Sorely pressed have I been
And driven and hurt beyond bearing this summer day,
But the heat and the pain together suddenly fall away,
All’s cool and green.

But a moment agone,
Among men cursing in fight and toiling, blinded I fought,
But the labour passed on a sudden even as a passing thought,

And now—alone!

Ah, to be ever alone,
In flowery valleys among the mountains and silent wastes untrod,
In the dewy upland places, in the garden of God,
This would atone!

I shall not see
The brutal, crowded faces around me, that in their toil have grown
Into the faces of devils—yea, even as my own—
When I find thee,

O Country of Dreams!
Beyond the tide of the ocean, hidden and sunk away,
Out of the sound of battles, near to the end of day,
Full of dim woods and streams.

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