Quiero que sepas que te odio, nena

El viejo John Lydon, alias Johnny Rotten, cantante de los Sex Pistols y PIL, publica en breve Mr. Rotten's Scrapbook, un libro de fotos y recortes en el que repasa su carrera. En Rotten. No Irish, No Blacks, No Dogs ya repasó su vida en texto sin pelos en la lengua (también incluía una sección de fotos de su infancia y los Pistols), con fragmentos como el que os ofrecemos a continuación, del capítulo "Quiero que sepas que te odio, nena".

El destino. ¿Quién cree en el destino? Las cosas suceden porque haces que sucedan. Eso del destino no existe. Todo parecía imposible para los Sex Pistols, incluso conseguir un público. En nuestro apogeo el público se componía de artistillas: los que estaban a la última y los que querían figurar. A mí los que me gustaban eran los pocos que procedían de la clase obrera. A Malcolm McLaren y a sus amigos no les hacía tanta gracia porque aquella gente les empujaba contra un rincón de la sala rápidamente. Eran días de caos. La única violencia de verdad no provenía de nuestro público sino de los intrusos, tíos que solían llevar uniformes azules. Los típicos broncas, los hooligans, no necesitaban buscar víctimas. Eran grupos de borrachos agresivos que recorrían las calles a la caza de cualquiera, con tal de que fuera una sola persona y ellos quince. Los skinheads estaban en horas bajas en 1976. Las bandas de skinheads se peleaban demasiado entre sí como para molestarse por los demás. Había skins de derechas y de extrema izquierda. Todo se había convertido en una cuestión de moda porque el verdadero movimiento skin había aparecido y desaparecido mucho antes. Fueron una evolución de los mods con un estilo de vestir muy elegante y cuidado. Cuando resucitó en los setenta no tenía nada que ver. No se diferenciaban mucho de los imitadores del punk que idolatraban los uniformes. Siempre he odiado el concepto de uniforme. Si te interesa algún tipo de movimiento tienes que rechazar ese tipo de cosas, porque de lo contrario te estancas y se convierte en algo estéril.

Malcolm tenía una tienda en la que vendían ropa sado de cuero, por ejemplo camisetas ajustadas de cuero, que atraían a cualquier adolescente interesado por el decadentismo. Yo me compré un jersey muy bueno de cuero con manga larga, cuello alto y muy ceñido. Le corté el cuello con una cuchilla así que estaba hecho jirones por arriba. Después le recorté la parte que cubría los pezones. Quedó perfecto, totalmente ofensivo. Malcolm aprovechó el momento. Vio lo que se estaba cociendo porque tenía la tienda y vendía aquella ropa, aunque sólo fuera a los pervertidos que pasaban por King’s Road. Entonces la tienda se llamaba Sex. Después descubrió que podía promocionar el nombre en las camisetas de los Sex Pistols, con un éxito considerable.

Había una camiseta en la que se veía a dos vaqueros con los pantalones bajados y las pollas prácticamente se tocaban. En otras había jovencitos en pelotas. Eran camisetas para violadores de Cambridge, con una imaginería depravada, pero funcionaba. A mí me parecía un concepto interesante. En gran parte< !--more--> se debía a Vivienne Westwood. Malcolm acaparaba todos los elogios pero creo que era ella la que se encargaba de casi todos los diseños.

BOB GRUEN: Cuando fui a Sex, Malcolm vendía pantalones con cinturones en mitad de las perneras. Decía que era para que pudieras atarte las piernas. ¿Quién coño iba a querer atarse las piernas? Seis meses después había chavales por toda Inglaterra caminando con las rodillas atadas. Antes de que la tienda se llamara Sex, Malcolm y Vivienne vendían artículos sexuales a gente aburrida, ropa para teddy boys y blusas con hombreras gigantescas a lo Bowie. También tenían imitaciones de ropa de los cincuenta como pantalones con pinzas y zapatos sin cordones. Tenían el mismo corte que en los cincuenta pero le daban una nueva perspectiva haciendo los pantalones rosas en lugar de negros y los zapatos dorados en lugar de marrones o azules. Yo compraba en la tienda de vez en cuando, pero sólo como complemento de mi vestuario. Malcolm y Vivienne se enfadaban mucho porque también compraba ropa en otros sitios.

CHRISSIE HYNDE: Toda aquella ropa sado no estaba pensada con un propósito sexual, era más bien una declaración de principios: que le den al sistema. Había camisetas con dibujos de violadores que llevaban máscaras de cuero con la idea de reflejar parte de nuestra propia cultura. Eran muy antisistema. Las esvásticas y la ropa sado de los punkis eran para mostrar su actitud de rechazo al sistema. No compraban esa ropa para asociarse con los fascistas, el Frente Nacional o el sadomasoquismo. Lo que querían era mostrar su rechazo.

Cuando tenía diecisiete años cortaba los trajes y les ponía imperdibles para que no se cayeran trozos. Alguna vez me quisieron dar de hostias por llevar puesta esa ropa. No sé cómo explicarlo, pero encontraba cierta elegancia en la forma de vestir de los vagabundos de Londres. Los tipos que vivían en la calle, los indigentes, los mendigos... como quiera que se llamen, sabían cómo vestir. Aparte de la suciedad, a mí me parecía que tenían estilo. Siempre llevaban trajes o el sombrero inclinado de cierta manera. Les encontraba un garbo increíble, casi señorial, con orgullo de lo que eran. Lo de llevar bolsas de basura vino de ver a los mendigos de Londres. Me encantaba cómo las llevaban, tan brillantes y bonitas, mucho mejor que el cuero. Sólo tienes que coserles unas mangas y a la calle. Y eso es lo que hice.

–John, pareces un vagabundo.

–Sí, papá, tengo estilo.

En aquella época más que un grupo lo que teníamos era una colección de gente que se aburría. Creo que nos juntamos por pura desesperación. Por lo que a nosotros respectaba no había esperanza ninguna. Ése era nuestro vínculo. No tenía sentido buscar un trabajo normal porque sería espantoso. No había ninguna salida, no teníamos inspiración, ni musical ni de ningún otro tipo, hasta que empezó lo del grupo. Antes de los Pistols nos paseábamos por King’s Road y veíamos a la gente comprando ropa de moda patética. Y allí estábamos nosotros, unos monstruos horribles en medio de todo aquello. Era el sitio ideal, el centro de la moda londinense.

(traducción de Tomás Cobos y Jose Elías Rodríguez; ilustración de Joaquín Secall)

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