LA REVOLUCIÓN DIFUSA: LOS AGENTES DE LA SOMBRA




Ilustración: David Muñoz
A través del torrente de luz desfilaba una cola de usuarios que casi asomaba su extremo posterior por la boca de la Ciudad Iluminada. Entre ellos nos mezclamos el Maestro Penumbra y yo, haciendo sonar las monedas que contábamos para el billete, como habíamos convenido para pasar inadvertidos. Cuando con paciente paso nos acercábamos hacia la taquilla, entre ancianos de codos afilados, un señor de bigote arrogante paseó su mirada por las facciones del Maestro, que al instante abandonó su fingimiento y echó a correr hacia el interior, saltando ágilmente sobre los tornos y seguido a corta distancia por la mayor velocidad que mis piernas permitieron. El Agente de la Luz del bigote no salió en nuestra persecución. Le bastaba comunicar nuestra presencia para dejar la ejecución en manos de sus compañeros armados. No abandonamos por este peligro el plan previamente concebido: era la principal habilidad de Penumbra, adquirida por la costumbre, sortear al enemigo. 
 
Me había costado un tiempo decidirme a acompañarle en aquel sabotaje. Aunque lo conocía ligeramente desde la infancia, ya que éramos vecinos, sólo comencé a conversar con él dos meses antes de esta primera aventura. Una noche de diciembre lo encontré en la escalera en avanzado estado de embriaguez. Debido sin duda a un ebrio arranque de alegría me propuso acompañarle a su casa. Allí, tras varias horas de charla intrascendente junto a una botella y un paquete de cigarros, se atrevió a confesarme sus conocimientos, sus planes y su insuperable timidez. En un cuarto apenas iluminado por la luz de la calle que se filtraba entre las cortinas, escuché revelaciones sorprendentes de cuya veracidad no podía sino dudar entonces. ¿Cómo podría haber sospechado que era la Luz causa de todos los sufrimientos de la ciudad? Me parecía inconcebible aquella relación entre la Luz, hasta entonces símbolo de progreso y civilización para mí, y la destrucción de la alegría. Me explicó, en un lenguaje con dejes mesiánicos, que esta destrucción había tenido su origen varios siglos antes del nacimiento del cristianismo. La Luz se fue introduciendo poco a poco en los rincones, en la intimidad de los pequeños cuartos, y acabó por desplazar el mundo de sombras que nos rodeaban. Entre las muchas heridas abiertas, Penumbra destacaba la timidez y la seriedad.
 
«Es obvio que la luz causa malestar. La luminosidad nos deja indefensos antes las miradas de los demás, sin poder cobijarnos. La respuesta de nuestros cuerpos se debe a esa sensación de opresiva vigilancia, esa continua y dolorosa exposición pública, que provoca diversas reacciones:

»Los tímidos, desde hace un tiempo Agentes de la Sombra, nos hemos replegado hacia la oscuridad, donde nadie nos observa. 
 
»Los más sufridos, ignorantes de la procedencia de su aflicción, se refugiaron de manera inconsciente en la careta de la seriedad, homogeneizando sus gestos. Obtienen por recompensa, a cambio de su rigidez facial, la seguridad de no convertirse en el blanco de las miradas del mundo. Y no sólo tienen estos Severos Semblantes, como nosotros los llamamos, que enfrentarse a cualquier juicio visual, sino que la represión es sistematizada por dedos acusadores.

»Esos dedos, que como rayos caen sobre el desafortunado que muestra algún rasgo que lo diferencia, risa irrespetuosa o expresión informal, pertenecen a los Agentes de la Luz. Recuperados por el Flujo de Luz de entre los Severos Semblantes, han sido sometidos a largas exposiciones bajo los focos, de tal manera que han terminado por anular todo impulso de individualidad en sus mentes. Una segunda misión les ha sido encomendada: eliminar a los Agentes de la Sombra en los pasillos y vagones de la Ciudad Iluminada. Para ello se sirven del Deslumbrador, que camuflan bajo las más diversas formas.»

 
Ilustración: David Muñoz
Dos meses después de aquella noche agarraba el grasiento pasamanos de las escaleras mecánicas, a la retaguardia del Maestro. En mi bautizo como Agente de la Sombra bajaría nada menos que a la búsqueda del Generador Central de la Ciudad Iluminada. Aunque en la Ciudad Exterior, más antigua, el Flujo de Luz seguía cegando muchas pupilas, los Agentes de la Sombra, ayudados por la noche, habían prosperado gracias a exitosas actividades terroristas. De este modo los Grandes Jefes Relucientes resolvieron trasladar su centro de operaciones a los Subterráneos del Transporte, morada del relucir desde su construcción en el siglo XIX. Llevaron así la primacía de la Luz al subsuelo, a las profundidades de la tierra, atravesándola con sus cuchillos de claridad. Lo indefinido recibía por primera vez contorno.

Sabíamos, por tanto, la dificultad que entrañaba nuestra empresa. Pues incluso las sombras de los hombres y mujeres, que no son sino diminutos restos del dominio de la oscuridad, tienden en los Subterráneos Iluminados a desvanecerse, atacadas desde todos los puntos.

Bajo los fluorescentes que techaban los túneles vi en la cara del Maestro aquel temor que ya me había anticipado en nuestras conversaciones. «Por supuesto que he vivido el miedo infantil de las noches a oscuras en que las sábanas sirven de escudo. Pero es un sentimiento mil veces preferible a su faro deslumbrante en la cara. Cualquier intento de huida resulta vano bajo sus focos eléctricos. Al menos aquel miedo a los fantasmas de la noche era mío. Jugaba con él, estaba ahí para fascinarme, para vencerlo llegado el momento. Pero el otro miedo viene de ellos, el que me meten por los ojos.»

En el vagón los Severos relajaban su crispación mirándose los zapatos negros. «El calzado negro, con sus oscuros cordones, al igual que toda vestimenta de este color, constituye una amenaza para el orden luminoso pues libera a la vista del reluciente asedio.» Así disertaba Penumbra sobre las virtudes de la sombra: «La oscuridad, amigo Borroso, es el lugar donde nada nos es impuesto: hacemos y nos hacemos a nuestro antojo. Cuando nos sumergimos en las sombras, renunciamos, por imposible, a la medición, al cálculo. Su naturaleza es tal que los objetos ya nunca permanecen fijos, ni tienen principio ni final, pues no hay líneas. Me sorprenden al rozarme, al chocar con la extensión de mi piel, y en esto precisamente reside lo prodigioso: recuperamos a oscuras la pasión por explorar lo desconocido y lo innombrable, porque nadie juzga nuestras caras... Cuando encendemos la Luz las paredes se revisten de claridad, la claridad propia de la ciencia que encierra los territorios en un mapa. Pero no olvidemos que el interruptor lo apretamos casi siempre nosotros».

El curso de estas reflexiones fue interrumpido por un acontecimiento imprevisto durante el trasbordo hacia la línea del Generador. En un pasillo desolado nos cruzamos con un cochecito de bebé guiado por una elegante anciana. Al llegar a su altura Penumbra lanzó una mirada furtiva al interior del cochecito. Me cogió del brazo, cuando los sobrepasamos, para decirme al oído: «Corre hacia el andén». Y mientras me alejaba rebotaban en las paredes los pasos del Maestro retrocediendo y su voz amable que entablaba conversación con la anciana: «Hermosa criatura, abuela».

Dos minutos de impaciente espera separaron mi llegada al andén y la aparición simultánea, como si lo hubiesen concertado de antemano, del Maestro Penumbra y un tren que nos transportaría a nuestro destino. 
 
Y no venía solo Penumbra, sino que apresuradamente entró al vagón cargado con aquel bebé en los brazos. Indignado, en mi ignorancia, le exigí una explicación por el absurdo rapto. Temía yo que por una insensatez sin motivo no estuviéramos a la altura de las maravillosas proezas realizadas por nuestros compañeros: pensaba yo en el Capitán Modorra, que había llenado de niebla los Subterráneos de Londres, y en Juana Tinieblas, que ensombreció con su inmenso manto negro el pabellón donde científicos de todo el globo celebraban una convención sobre bombillas... y en tantas otras hazañas que conocía por el Maestro Penumbra. Pero tan pronto como tuve conocimiento de los motivos de aquel delito, todos mis temores huyeron en desbandada: habíamos capturado a la Gran Esperanza Blanca. Era El Prometido. El elegido por la Luz, que tomaría cuerpo en él para convertirlo, como a otros antes, en un Gran Jefe Lúcido. Los profetas de la Luz habían anunciado que aquel bebé que nos sonreía tímidamente, embutido en un vestido blanco y con inconfundible palidez en la cara, habría de sumir al género humano en la mayor concentración de Luz que había conocido la historia. El Mesías de los Grandes Jefes, como se le nombraba en los Salmos de Lucero, tendría poder para reducir las sombras a su mínima expresión. Pero el azar había puesto a nuestro alcance la posibilidad de desbaratar el Apocalipsis Blanco. Aquel Mesías, que viajaba siempre desprotegido para no levantar sospechas, nos sonreía en el vagón, gracias al talento del Maestro Penumbra.

Sin embargo, no dejamos que la emoción nos embargara de tal modo que peligrase nuestra empresa original: el Gran Apagón. Si llegábamos al Generador, en la estación de Las Bengalas (llamada así por los de la Sombra) conseguiríamos apagar las luces de la Ciudad Iluminada creando un feliz caos, que vendría a ser la culminación de los sueños más ambiciosos de Penumbra. Y nada ni nadie parecía capaz de detenerlo.

En el tren, Penumbra, animado por lo acontecido, me obsequió con nuevos detalles sobre la historia de la Revolución Difusa que habían iniciado los Agentes de la Sombra. La mayor parte se concentra en cavidades sombrías bajo las montañas. En la Ciudad Exterior caminan muchos junto a las paredes de los edificios aunque un gran número de ellos han sido deslumbrados cuando acudían a orgías en sótanos deshabitados. Una docena escasa actúa en los túneles de la Ciudad Iluminada, por donde corren los trenes hasta alcanzar la siguiente estación. «Podrás verlos acurrucados contra un hueco en la pared, si pegas la cara a la ventanilla.»

También me contó algo, por primera vez, de su vida anterior. Había trabajado grabando la voz de esos monos de las máquinas que se veían en algunas tiendas de Frutos Secos. Inventando un original tono atiplado encontró un espacio donde verter su afán creativo, frenado en otras actividades por su asfixiante timidez. Pero acabó por dimitir cuando le fue negada su petición de variar el texto que recitaba el animal. Tras una prolongada temporada perdido en ocupaciones sin expectativas, un aluvión de sueños reveladores le abrió la puerta hacia una nueva vida. El Maestro amaba los sueños. En ellos comprendió las causas de aquella timidez y entró en contacto con los restantes Agentes de la Sombra, que utilizaban este medio para su comunicación. «El sueño es la más completa ausencia de luz.» En la pared interior, negra, de sus párpados, el Maestro poseía su propia pantalla de cine, y en ella se proyectaba la Revolución Difusa.

Ilustración: David Muñoz
En el trayecto hacia Las Bengalas sonaba un acordeón maltratado por un viejo adormecido, al cual Penumbra no quitaba ojo. Como el Maestro no me dijo nada, fueron los hechos mismos quienes me descubrieron las causas de tal interés por la música. Comenzó la luz del andén a entrar por las ventanas y el tren iniciaba su frenada. Al tiempo que Penumbra dejaba a La Gran Esperanza Blanca en mis manos, el acordeonista llegó hasta nuestra posición. Acercó su mano el Maestro al vaso para depositar una moneda, que cayó al suelo, como comprendí después, de manera intencionada. El músico agachado chilló al recibir la primera patada del Maestro, quien, después de propinarle la segunda, forcejeó con él para arrebatarle el instrumento. Con éste en la mano corrió hacia las puertas recién abiertas. Salí tras él y oí allí, en un extremo del andén, las últimas palabras que me dirigió su boca jubilosa: «¡Un Deslumbrador!». Me indicó con un gesto que no le siguiera y se lanzó hacia la oscuridad del túnel, delante de la cabecera del tren. Así se lo tragaron las tinieblas. Transcurrieron unos treinta segundos y del túnel llegó un prolongado gemido de placer al tiempo que un estallido de oscuridad absoluta se apoderaba del lugar. Me adentré, tanteando como pude, pues llevaba aún al bebé, en el maravilloso revuelo que se había formado en el vagón. Sentí entonces que mi timidez, como en átomos disgregados, se extendía por todo el vagón y se aproximaba a los cuerpos intercambiando hasta el infinito los papeles de tocador y tocado... Aún ahora se me empañan los ojos al recordar el Gran Apagón.

Hoy acudiré a la Sierra del Norte para unirme con los pobladores sombríos en su Guerrilla Oscura. Con la Gran Esperanza Blanca en nuestras manos la victoria está más cerca. Debo acabar estas líneas y partir antes de que vengan a buscarme. Quizá tres páginas en negro hubieran bastado para hacerme entender. Pero me temo que hasta que llegue el Gran Apagón Eterno tendré que conduciros a las Sombras a través de palabras.

Señor Borroso 

 

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