Paletos y punks: los Sex Pistols en el Sur de EE.UU.

Aprovechando el viaje por el Sur de Estados Unidos en el que nos hemos sumergido con las novelas de Harry Crews que estamos publicando en Acuarela (Cuerpo y El Cantante de Gospel), os presentamos la visión del Sur estadounidense y de la América más profunda que hace John Lydon en su libro Rotten: No Irish, No Blacks, No Dogs.

A punto de desintegrarse y con un Sid Vicious cada vez más enganchado a la heroína, los Sex Pistols se embarcan en una atípica gira estadounidense para un grupo de punk británico, desplegando su imagen de marcianos en un paisaje no menos alienígena de vaqueros, camioneros, rednecks y Dolly Partons.



Durante la gira nos pagaban la mísera cantidad de diez dólares al día. La comida no es que fuera de primera calidad y en general todo era bastante cutre. Al ir a Estados Unidos nos imaginábamos que todo iba a ser un espectáculo maravilloso y en cierto modo eso es lo que nos encontramos, pero no fue precisamente lo que la gente asocia a la palabra espectáculo.

Al elegir sólo el Sur de Estados Unidos para tocar no se trataba de echar el grupo a los leones. San Francisco fue lo más al norte que tocamos y no sin una larga discusión. Yo prefería no ir porque me parecía muy al norte. La idea era que si queríamos que nos tomaran en serio en Estados Unidos teníamos que trabajarnos la base desde el Sur. En el norte pensaban que ya lo sabían todo, así que las puertas estaban cerradas para los Pistols. Creo que hubiera sido una estupidez tocar en Nueva York. No tenía sentido porque ya habían decidido que nos odiaban y que sus grupos eran mucho mejores. Los neoyorquinos creían esa payasada de que Richard Hell
inventó el punk.

Había una actitud hostil hacia nosotros en el Sur dondequiera que tocábamos. Pero tenía que ser así, porque de ese modo la gente empezaba a pensar. A su manera, la cosa estaba funcionando. Lo que queríamos no era una aceptación masiva sino que nos entendieran. En aquella época la música rock estadounidense estaba empezando a convertirse en algo exclusivo del norte. Al Sur se le reservaba el country y el western, para aislarlos, y pocos grupos hacían giras allí. Si el Sur recibía un trato tan malo como nosotros era una señal de que el público sería ideal.

Enero de 1978 en Atlanta © Bettmann/CORBIS
La gente del Sur me pareció muy abierta. Todas las tonterías que nos habían contado sobre que nos iban a matar a tiros eran infundadas. Les gustaba mucho la fiesta, bebían mucho y hacían todo en exceso, pero sin violencia. No niego que sean gente violenta, pero no necesitan recurrir tanto a la violencia. Los sureños hacen gala de una capacidad de contención admirable. No necesitan demostrar lo duros que son. Son gente de grandes dimensiones. Un chaval de quince años es como un camionero de treinta y cinco de Nueva York.

En Warner Brothers, nuestro sello americano, la idea de ir de gira por el Sur les pareció fatal. Tenían su circuito establecido: Nueva York, Los Ángeles y unas cuantas de las grandes ciudades del norte. No había nadie que llevara a un grupo de rock & roll al Sur y evitara especialmente Nueva York como si tuviera la peste. Por eso me encantaba la idea, aunque sólo fuera por la rebeldía que implicaba la decisión. Fue genial, una de las mejores contribuciones de Malcolm. Nos decían que nos iban a matar. Pues vale. Les demostramos que se equivocaban. Alguno acabó muerto, pero no los que contaban. "Son unos fanáticos de la Biblia y se pasan el día disparando", insistían. Es verdad que había fanáticos de la Biblia y pistolas, pero no era a nosotros a quienes apuntaban. No eran más que disparos al aire.

El conductor del autocar era un tipo negro que nos desaconsejaba ir a todos los sitios que estaban programados porque le aterrorizaba el Sur. Odiaba estar allí y pensaba que nos estábamos jugando el pescuezo a cada minuto.

En cierto modo tenía razón, sobre todo si tenemos en cuenta el público para el que tocábamos, auténticos vaqueros. No eran, ni remotamente, salas de rock & roll. Era lógico, porque si te vas a meter en ese mundo es mejor que te metas hasta el fondo. Hay que echarle valor y disfrutar lo absurdo que es. Sin embargo, la prensa británica pensaba que íbamos a la guerra y cada noche nos daba por muertos.


Pero nadie murió. Los vaqueros se lo tomaron como una broma, con razón. Nuestro objetivo no era destruir su forma de vida ni nada por el estilo. Más bien al contrario. Queríamos llevar un poco de aire fresco a su aburrida rutina cotidiana. La mayoría de la gente que conocimos se portó de forma espléndida. Amables y abiertos. No he vuelto a encontrarme con gente igual. En el Sur, con todas sus cosas negativas, son muy auténticos, no sienten la necesidad de ser pretenciosos y en el fondo son muy individualistas, no son una masa homogénea.

 [...] Cuando nos registramos en el hotel de Atlanta, la policía nos retuvo a Sid y a mí en el parking para evitar que fuéramos a la ciudad. Ni la gente de Warner ni la policía nos querían dejar ir al centro porque pensaban que provocaríamos todo tipo de incidentes y que nos iban a linchar, lo que no era cierto como luego comprobamos. Las cosas que pasaban en las calles de Atlanta eran mucho más raras que todo lo que pudiera ocurrir en el escenario.

[...] Íbamos en busca de diversión, dispuestos a todo, así que nos metimos en una discoteca muy rara que había en un centro comercial de las afueras de la ciudad. Dentro había un montón de travestis con acento del Sur. Vaqueros duros vestidos de mujer. Era raro, como si fueran dobles de John Wayne con ropa de mujer. Fue muy divertido. Había unas cabinas en las que echaban películas de porno duro. También había travestis bajitos que te ofrecían mamadas prácticamente gratis. Me echaron porque me meé en la boca de alguien. Otros se lo tomaban más en serio. Era de locos.

Las cabinas eran de risa, había unas colas larguísimas. Para que la película no se parara tenías que meter monedas todo el rato mientras te la chupaba un travesti. ¿Existen travestis guapos? Si les miras de cerca se les ven los pelos asomando en la barbilla. Me resultaba imposible excitarme. No podía mantener la erección.

Sid ligó con un travesti negro y yo con una vaquera que llevaba un sombrero de cowboy y acababa de salir de la cárcel. Me contó el dramón de su vida y yo estaba fascinado. No vimos otro sitio comparable en todo el país. Tenían unos juegos de luces malísimos y la música era un disparate. A los pinchas se la sudaba y mezclaban de todo, country seguido de música funk negra. Todo el sitio estaba lleno de contradicciones y por eso me encantó. No es la imagen típica del Sur. Es curioso que los padres de familia de la ciudad lo permitieran y después condenaran a los Sex Pistols. 

Los clubes de Londres no se podían comparar con aquel sitio. Hay algo muy cobarde en los ingleses. Les gusta la moda y la imaginería pero cuando llega la hora de la verdad se echan atrás.

Uno de los guardaespaldas nos llevó a su casa cerca de Atlanta. Era un motero gigantesco con barba pelirroja que tenía un club nocturno. Vivía en una casa increíble de estilo fronterizo con una enorme rueda de carromato en la entrada. Me encantó porque era normal de una manera fuera de lo normal, como si estuviéramos visitando el plató de Bonanza. Pasamos la noche de fiesta, bebiendo, tomando speed y escuchando música country y western. Por la mañana, a eso de las cinco o las seis, nos llevó a un establecimiento de donuts en plan de broma. Se suponía que era el sitio al que iban los policías. Y fíjate por dónde, allí estaban. Los policías estadounidenses son iguales en todas partes. Donuts y café. Pese a nuestro estado paranoico, fue divertido estar sentados allí en medio. Aquella fue mi primera experiencia en el país y era precisamente lo que buscaba. No fui a Estados Unidos en busca de la misma mierda de siempre. A Sid y a mí nos intrigaban los bares de carretera para camioneros y las cafeterías de donuts. Los mejores momentos en el autocar eran cuando parábamos en los bares de carretera. En aquellos días Sid no se metía nada porque era complicado conseguir heroína y drogas duras en general. Las aventuras en aquellos sitios le mantenían a tono. Al ver a aquellos camioneros con sus mujeres en plan Dolly Parton podíamos experimentar el mundo del Sur en su salsa.

Yo quería conocer policías. Y fíjate por dónde, allí estaban. Los policías estadounidenses son iguales en todas partes. Donuts y café. Pese a nuestro estado paranoico, fue divertido estar sentados allí en medio. Aquella fue mi primera experiencia en el país y era precisamente lo que buscaba. No fui a Estados Unidos en busca de la misma mierda de siempre. A Sid y a mí nos intrigaban los bares de carretera para camioneros y las cafeterías de donuts. Los mejores momentos en el autocar eran cuando parábamos en los bares de carretera. En aquellos días Sid no se metía nada porque era complicado conseguir heroína y drogas duras en general. Las aventuras en aquellos sitios le mantenían a tono. Al ver a aquellos camioneros con sus mujeres en plan Dolly Parton podíamos experimentar el mundo del Sur en su salsa.

Yo quería conocer todo sobre Estados Unidos. No soy un esnob, puedo andar con gente de todo tipo y sentirme a gusto. No me importa si son viejas que hacen punto, al fin y al cabo se trata de seres humanos y cualquiera puede resultar fascinante. A Sid, Paul y Steve les costaba entenderlo porque pensaban que no era propio del rock & roll, aunque para mí sí lo era. Se supone que el rock & roll tiene que llegarle a todo el mundo. Si no puede participar todo el mundo, significa que es sectario. La gente que te condena y te pone a parir es porque no te conoce. Si das la cara y dejas que te conozcan todo cambia. De eso se trata la vida. Aprendes de los demás y disfrutas. todo sobre Estados Unidos. No soy un esnob, puedo andar con gente de todo tipo y sentirme a gusto. No me importa si son viejas que hacen punto, al fin y al cabo se trata de seres humanos y cualquiera puede resultar fascinante. A Sid, Paul y Steve les costaba entenderlo porque pensaban que no era propio del rock & roll, aunque para mí sí lo era. Se supone que el rock & roll tiene que llegarle a todo el mundo. Si no puede participar todo el mundo, significa que es sectario. La gente que te condena y te pone a parir es porque no te conoce. Si das la cara y dejas que te conozcan todo cambia. De eso se trata la vida. Aprendes de los demás y disfrutas.

[...] Hubo un concierto en Estados Unidos donde se presentó la gente de la Biblia. Habían desplegado una pancarta con un versículo sobre el día en que la podredumbre se apoderaría del mundo o algo así. Me llegó al alma porque significaba que al fin me hacían caso. Les invité a un concierto pero no vinieron. Fue una de las típicas situaciones en las que los padres de la ciudad bloqueaban la entrada del local. Los que querían pasar al interior tenían que soportar un aluvión de insultos, igual que pasa en la puerta de las clínicas estadounidenses en las que se practican abortos. Como los fanáticos que amenazaron al público con decírselo a sus madres cuando tocamos en Caerphilly, en Gales. "Sí, díselo a mi madre, que le voy a comprar una entrada". En Estados Unidos una sala vacía era una imagen desoladora, pero otros sitios se llenaban hasta los topes y daba miedo porque pese a toda la seguridad estábamos en el corazón del Sur rodeados de paletos, en el avispero. En Texas había montones de caballos atados en la puerta. Y se veían muchos mexicanos entre el público. A mí me parecían indios. A un grupo muy grande de mexicanos les gustamos y los vaqueros tuvieron que callarse y dejar de tirar botellas. Había dos grupos de gente enfrentada con los Pistols desgañitándose en el medio y la prensa inglesa montándola. Noel Monk, el manager de la gira, me dijo que la primera persona que empezó a tirar cosas fue un periodista inglés. Todos habían preparado las cámaras mientras aquel tipo trataba de provocar un incidente. Malcolm discutía todo el rato con Noel sobre la publicidad. Malcolm llevaba a la prensa británica a vernos y Noel le decía que no. Sólo daban problemas y desataban el caos de forma deliberada. Si es algo de verdad lo puedo aguantar, pero si se trata de puro negocio me hace sentirme impotente. A la prensa británica le encantaba inventarse cosas. Les pillaron varias veces armando gresca en la gira, algo imperdonable. El artista soy yo. Es mi trabajo, capullos.

Traducción de Tomás Cobos; ilustración de Joaquín Secall

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