Reseña de Estrella del alba en El Cultural de El Mundo


 

Wu Ming no existe. O mejor, es una ficción. El pseudónimo de un colectivo de escritores italianos. Primero, Wu Ming fue Luther Blisset, y con esa otra marca el grupo firmó Q (2000) y obtuvo el éxito. Luego llegaron Manituana o 54, ya con el nombre actual. Cuando un miembro de Wu Ming escribe una obra individual, Wu Ming no se disuelve; simplemente, incorpora un número identificativo: Estrella del alba ha sido escrita por Wu Ming 4, y a esta fantasmal puesta en escena se añade que el libro lo ha traducido, con resbalones escalofriantes (¿“quíteme una curiosidad”?), un tal Nadie Enparticular.

Hemos leído o visto esta historia muchas veces, no siempre asociada al mismo nombre de leyenda: Lawrence de Arabia. Es el tema del traidor y del héroe, la melodía ambigua que contrapone verdad íntima y proyección pública. Es la pregunta sobre el relato de una vida; la relación conflictiva, pero esencial, entre el mito y la realidad. Todo esto aborda Estrella del alba a través de cuatro protagonistas, T. E. Lawrence y sus locos seguidores en Oxford: Robert Graves, J. R. R. Tolkien, C. S. Lewis. Estos hombres coinciden en la Inglaterra de 1919 arrastrando una educación exquisita y un pasado agitado. La primera guerra mundial queda cerca para ellos, y Lawrence ya se ha convertido en un héroe de la lucha árabe contra el turco.

Wu Ming 4 alterna los capítulos que narran lo que ocurre en Oxford con los que recrean el largo periplo, anterior en el tiempo, que convirtió al joven arqueólogo y oficial británico T. E. Lawrence en Lord Dinamita, el hombre de acción al borde de la locura. La leyenda, en fin: un nuevo Aquiles, una estrella al filo del amanecer. Lo interesante reside en que Lawrence se percibe a sí mismo como un fraude y un traidor. Y a fin de cuentas, ¿cómo decidir si lo era o no, con toda su represión sexual y su sadismo intermitente? “Lo partes en dos, y en su interior sólo encontrarás cicatrices”.

Quienes lo observan también oscilan en su juicio: Graves, que acabó sus días en Deià saludando a la Diosa Blanca con nueve reverencias cada noche de luna nueva, percibe a su amigo como un ideal; Tolkien querría percibirlo así pero no lo logra, porque para él lo histórico es problemático; y C. S. Lewis mantiene una actitud obsesivamente escéptica, aunque tal vez esconde razones dolorosas, viscerales, para ello. Ojo a la dignísima caracterización de los personajes, incluida su vida doméstica, y a la soltura con que Wu Ming 4 organiza este juego de espejos truncados. Por lo demás, tiene su miga que un escritor oculto tras un pseudónimo colectivo afronte el tema de la construcción de un personaje público. Es una ironía deliberada y crítica, claro. Y por supuesto, las cuestiones planteadas tienen una lectura añadida: el papel activo de la escritura en el mundo, la función de la narración como palanca política o social. Lawrence dice escribir sus memorias porque, con ellas, sigue combatiendo.

Y sí, todo esto está en el texto, latente o explícito. Pero hay cierto encorsetamiento, formal y de fondo, en el libro. Estrella del alba va más lejos que la película de David Lean o que los libros de Graves o del propio Lawrence en el retrato de la homosexualidad típicamente británica o en las aristas más incómodas de la historia. Pero eso no significa que mejore esos modelos, ni siquiera que sea una novela atrevida. No lo es, o no lo suficiente; y uno acaba añorando que, además de recrear unas vidas conocidas, Wu Ming 4 las reinterprete con verdadera profundidad. Tal cosa no llega a ocurrir.

Las referencias al IRA, a Iraq o al triunfo tecnológico actúan como eco de nuestra época, pero leer Estrella del alba en clave política o moral de estricta actualidad requiere alguna contorsión. Y la hacemos, vale, porque no somos lectores perezosos, pero nos queda la sensación de haber leído una novela más hábil y lúdica que necesaria. Sospecho que éste no era el objetivo.

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